18 de diciembre de 2005


Perfil
Jon Cortina, doctor ingeniero y jesuita

Matemático brillante, la NASA tomó su tesis doctoral como referencia. Jesuita en todas sus facetas, compaginó la ingeniería con la vida en el frente, con el acompañamiento de la población civil. Fue el cura de las comunidades. Desde el miércoles este religioso vasco es Hijo Meritísimo de El Salvador.

Leyre Ventas
vertice@elsalvador.com
Con la comunidad. Acompañar a la población civil fue la decisión de Jon Cortina, por eso permaneció en Chalatenango en la guerra. Foto EDH / archivo

Un grupo de chalatecos situados en la entrada de la sede del Consejo Central de Elecciones, hoy TSE, impide a los funcionarios salir. En primera fila están Jon Cortina, un paisano de éste de nombre Julio César Monge y el holandés John Giulliano.

Corre el año 94, vísperas de las primeras elecciones después de la guerra. El máximo órgano electoral acaba de declarar a San Isidro, San José Las Flores, Arcatao y otros pueblos del Chalatenango nororiental “municipios fantasmas”. Por tanto, no se instalarán urnas en esos lugares. Los fantasmas ni votan ni existen.

Sin embargo estos espectros pueden bloquear puertas; y lo hacen. Quieren que se revoque la decisión.

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Una iniciativa muy polémica

La policía trata de despejar. Hay cruce de insultos generalizados. Pero uno de los uniformados se dirige específicamente a Jon Cortina: “apártese. Usted además ni salvadoreño es!”. Cortina le pide chance, “momento...”, hurga en su cartera y saca una libreta fina de cartulina verdosa: la cédula. El jesuita vasco posee la doble nacionalidad desde los setenta.

La primera le corresponde por nacimiento, la segunda por elección. “Yo decidí ser salvadoreño, tú aquí naciste”, repetía con frecuencia, recuerda la guarjileña Francisca Cruz y todos sus paisanos.

Identidad

A Jon Cortina Garaigorta lo vio nacer Bilbao, una ciudad española, el 8 de diciembre de 1934. Entró en la Compañía de Jesús el 6 de octubre de 1954 y fue destinado a El Salvador el 14 de septiembre del 55. A sus 21 años aún era novicio.

Contaba que se encontró un país muy distinto al que se había imaginado. Un país empobrecido y armado hasta los dientes.

“Lo más importante es acompañar a la gente. Nunca podremos hablar si no estamos con ellos. y nuestro trabajo deber ser dar aliento” Foto EDH / archivo

En una de sus últimas entrevistas, concedida a El Faro, ilustraba dicha percepción con una anécdota. En tiempos de profesor del Externado San José le tocó cuidar un grupo de alumnos que iban a ejercitarse a una finca del volcán, y el padre encargado de entrenarlos les pidió que entregaran las armas. “Lo primero que pensé fue este padrecito está loco.

¿Cómo van a tener estos muchachos de 16-17 años pistolas? Pero el que estaba loco era yo”. Aquella jornada a Cortina le tocó guardar 27 pistolas de 32 hombrecitos.

Pero faltaron años para que Cortina aceptara a El Salvador como patria escogida. Sus estudios lo sacaban constantemente del país.

Se graduó como ingeniero por la universidad de Saint Louis, en EE.UU., y cursó teología en Frankfurt, Alemania. En ambas etapas coincidió con Jon Sobrino, otro de los jesuitas vascos destinados en El Salvador.

Cortina también estuvo en Ecuador, formándose en Humanidades.
Fue en el 73, finalizados sus estudios, cuando regresó para quedarse. Ingresó en la UCA, decidió su segunda nacionalidad y encontró su lucha personal.

Doctor-ingeniero-jesuita

La ansiedad debora a los alumnos de ingenierías. Se amontonan frente a los listados para averiguar cómo quedaron en la temible Resistencia de Materiales.

La asignatura hueso de toda la carrera la imparte el profesor más duro. “Era todo un mito: siempre se escuchaba que no habías conocido una experiencia que te templara el carácter si no habías pasado un examen con Jon Cortina”, recuerda Roberto Hasbún, entonces alumno aventajado y hoy catedrático a tiempo completo en el Departamento de MecánicaEstructural.

Cuando Hasbún y Cortina dejaron de coincidir en las aulas fue porque comenzaron a compartir pasillo. Sus despachos están a la par. El del jesuita está decorado con fotografías y flores desde el 12 de diciembre, día que falleció en Ciudad de Guatemala, debido a las complicaciones provocadas por un derrame cerebral. De la puerta del cubículo del ex pupilo cuelga un listón negro. Y de su ojo no termina de desprenderse la lágrima presente en toda la plática.

“Jon era de la vieja escuela”, lo define Hasbún. De la escuela de la exigencia, de los resultados, de explotar al máximo el potencial del alumno. “No de aquellos de los golpes y los castigos, esos que no merecen ni llamarse maestros”, aclara.

Cubículo. Así luce la puerta del despacho de Cortina en Mecánica Estructural, en la UCA. Foto EDH / archivo

Y Hasbún, así como su esposa Patricia, son su legado académico personificado. Herederos del modo de Cortina: “no puedo dejar de reproducir su filosofía en mis clases”, admite el ex alumno.

Y es que Roberto absorvió esa modalidad inflexible de enseñanza desde el colegio. Estudiaba bachillerato en el Externado San José, regentado por la Compañía de Jesús, cuando anunciaron que un “doctor-ingeniero-jesuita”, proveniente de España, sería el nuevo profesor de matemáticas. Asignatura tan temible para bachilleres como Resistencia de Materiales para los universitarios. El genio en cuestión era Jon Cortina.

Y siempre, para unos u otros alumnos, se mostró distante. “Era el método para que diéramos lo más de nosotros”, sostiene Hasbún.

Con el tiempo comenzó a aflojar. Y lo explicaba con un “me estoy haciendo abuelo”.
Fue profesor universitario de prestigio por 30 años, impulsor de los estudios de sismología y de la construcción de las estructuras seguras. No hay profesor de ingeniería en la UCA que no haya recibido clases con él.

Su tesis sobre conexiones empernadas, la mejor del año (1975) en España, fue refente para la comisión atómica de Canadá y para laNASA.

“Era un matemático brillante y de seguir por ese camino hubiera tenido una carrera académica llena de éxitos. Pero su opción no fue esa”, sentencia Hasbún.

El camino que él quería lo llevaba hacia Guarjila. Todos los viernes al mediodía, podía dejar los números, tan fríos, para mostrar su rostro más humano en ese pueblo de Chalatenango.

Chalatenango

Un Cortina sin canas ni arrugas es el primero por la izquierda en el altar. Quien sostiene la ostia en alto, el del centro, es Monseñor Romero. A su izquierda se encuentra el párroco recién nombrado, el padre Cruz.

Es Aguilares, 1977. Y entre los tres sacerdotes ofician la primera misa después de que el sacerdote Rutilio Grande fuera asesinadocuando se dirigía al Paisnal, el 12 de marzo.
La asistencia es multitudinaria. Muchos feligreses han llegado de Chalatenango. Es el escenario del primer encuentro con los que, en unos años, compartirá la cotidianeidad.

Esa convivencia comenzó en 1985, en plena guerra, cuando Cortina solicitó al obispo que lo admitiese en ese departamento. Comenzó dando misa en Las Flores, y se vio acompañando el repoblamiento de Guarjila.

Este cantón quedó desierto cuando sus habitantes se fueron como refugiados a Mesa Grande, Honduras. Y en el 87 decidieron regresar, “porque estar en un campamento tampoco era fácil: vivíamos rodeados y para nada podíamos salir. Además, éramos de acá”, cuenta Tita sentada en el patio de su casa guarjileña.

Pero ¿cómo se acompaña un repoblamiento?

“Acompañar” en Cortina cobra una dimensión infinita. Organizar la comunidad, conseguir fondos para construir casas, diseñar el puente del río Sumpul o una galera que hiciera las veces de iglesia. Atender la preocupación de Marlene Cruz, y hacerla desistir de su idea de emigrar al norte–”¿si todos deciden irse, qué desarrollo habrá acá?–. Buscar cotizaciones de universidades para determinar si el hijo de Francisca Cruz podía estudiar trabajo social. Todo eso formaba parte del acompañamiento.

“Era el hacelotodo”, lo define Julio César Monge, paisano y amigo, ex maestro popular y miembro de Tiempos Nuevos Teatro en la actualidad; vecino de Chalatenango los últimos 15 años.“Tiraba la sotana al cesto hasta el domingo”.

Particular

La cancha está nevada, pero el frío invierno de 1966 en Frankfurt (Alemania) no resta ánimos para un partido. Se organizan los equipos: alemanes contra no alemanes. Al segundo bando corresponden los dos vascos, los dos Jon Cortina y Sobrino. El resultado: 19 a 1, a favor de los extranjeros. Cortina es responsable de 9 goles, Sobrino de dos.

No era la primera vez que coincidían, aquellos años cuando estudiban teología.
Ambos pasaron por el colegio de Indautxu, por el noviciado en Orduña y Santa Tecla, y juntos estudiaron en St. Louis, EE.UU.

Una vez en El Salvador siguieron estando en el mismo equipo. Compartían bando con el resto de jesuitas de la UCA. “Ser cristianos y ser humanos significó para nosotros ayudar y dedicarnos a esa gente oprimida”, explica Sobrino.

Pero también hubo discrepancias. Cortina llegó a criticar el modo de los intelectuales, como Ellacuría.

“Hubiera deseado que hubieran acompañado más a la gente. Por eso pedí que me permitieran acompañar a la población civil”, había explicado el propio Cortina a los periodistas de El Faro.

Hoy Sobrino asiente, “efectivamente, fue el jesuita de las comunidades”.

Blanco reiterado

Una bala atraviesa el techo del carro y sale por el vidrio de atrás. La cabeza deJon Cortina, el conductor, se encuentra unos escasos cinco centímetros de la trayectoria del disparo.
Sucedió en una de las tantas visitas a las monjas españolas ubicadas en Las Flores. Unos francotiradores emprendieron fuego contra él y su acompañante, el padre Alvarenga.

Hubo suerte. “A lo mejor fue por la cantidad de saltos que iba dando el carro. la carretera estaba muy mala y por eso no fui un blanco fácil”, se reía años después con el humor ácido que le caracterizaba.

De esa forma Chalatenango perdía para Cortina el carácter de refugio que tuvo. El 16 de noviembre de 1989, cuando los seis jesuitas fueron asesinados en la UCA, se encontraba en Guarjila.

La paz a medias

San José, Costa Rica. Suyapa Serrano siente que no le queda ánimo. Sentada, espera sin mucha esperanza que la llamen a declarar.

Es el 7 de septiembre de 2004 y la Corte Interamericana de Derechos Humanos está a punto de conocer con detalle el primer caso en su historia contra el estado salvadoreño: el de Ernestina y Erlinda, las hermanitas Serrano.

Para Suyapa puede ser el principio del final. La respuesta a la búsqueda que su madre, Victoria Cruz, iniciara cuando la Comisión de la Verdad instaló una oficina de ONUSAL en Chalatenango. Pero se le agotó la fuerza.

Sin embargo Jon Cortina, sentado junto a ella, parece más enérgico que nunca. O tan enérgico como siempre.

El primero de marzo de 2005 la Corte emitió sentencia. El Estado de El Salvador fue condenado y obligado a investigar efectivamente los hechos denunciados, identificar y sancionar a los responsables.

El de las hermanas Serrano es el caso estandarte del último gran proyecto deCortina: la Asociación Pro-búsqueda de Niños y Niñas Desaparecidos.

Desde que se fundara en Guarjila en 1994, ha contabilizado 754 solicitudes de búsqueda. Se han resuelto más de 300 casos, de los que se han producido 174 reencuentros. 90 jóvenes aún no han coincidido con sus familias biológicas.

Hoy sin Jon Cortina, Probúsqueda sigue teniendo 400 historias que resolver. “Yo continuaré como si estuviera”, se expresa la gerente Sandra Lovo. Quien trabajara con el jesuita desde 1998 lo recordará como un jefe exigente, pero justo.

Por su parte, los guarjileños lo rememorarán cuidando la grama del jardín de su casa, en la colonia Onusal. En chanclas y calzoneta, “como cualquier campesino”. Quizá cocinando pasta para los invitados que nunca faltaban.

“Quien diga que no se tomaba su pacharán–un licor– y no decía malas palabras es porque no lo conoció”. Julio César Monge atesorará también la faceta más divertida de Cortina. “Era jodarria. Incluso en las situaciones más zocadas”.

Y a partir del pasado miércoles, este país lo guardará en su memoria como “Hijo meritísimo”.Así lo decidió la Asamblea, con votos a favor de todos.



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