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La
Arista Afilada
Bolivia
o El Fracaso De Una Nación
El
señor Evo Morales encabeza las encuestas bolivianas con un tercio
de las preferencias electorales.
Morales es un dirigente cocalero, radical y colectivista, de la familia
ideológica de Hugo Chávez y Fidel Castro, a la que agrega
un peligroso matiz étnico rayando en el racismo.
Su triunfo añadirá todo género de problemas y sobresaltos
a la ya catastrófica sociedad boliviana. Le siguen Jorge (Tuto)
Quiroga con un 27 por ciento y el empresario Samuel Doria con un 13.
Ambos son prudentes demócratas prooccidentales que creen en el
mercado.
Sus votos, sumados, superan ampliamente a los de Morales, pero, como
no hay segunda vuelta, y como no se espera la renuncia de Doria —que
sería lo sensato—, es probable que en las elecciones de
hoy Morales obtenga la presidencia y precipite al país en el
caos.
¿Por qué se suicida políticamente este pueblo?
La respuesta la obtuve, indirectamente, de un dato aportado por Myles
Frechette, ex embajador de Estados Unidos en Colombia, en un reciente
ensayo: porque la república boliviana ha fracasado sistemáticamente
en algo tan esencial como mejorar las condiciones de vida de la mayoría
de la sociedad. Bolivia es el país más tercamente pobre
de Sudamérica. En el último medio siglo Brasil ha crecido
el 350 por ciento, Chile el 200 y Argentina el 75. Bolivia, en cambio,
apenas un uno por ciento.
Ese es el dato. Los bolivianos que van a votar en el 2005 viven tan
rematadamente mal como sus padres en 1980 o como sus abuelos en 1950.
La cantidad de riqueza que son capaces de crear por cabeza, a valores
constantes, es la misma hoy que antes de la mítica revolución
que en 1952 lideró Víctor Paz Estenssoro. Tanto nadar
para morir en la playa.
Supongo que deben existir mil explicaciones para este pavoroso estancamiento,
pero la más obvia apunta al fracaso de la clase dirigente. Con
una población relativamente pequeña de algo menos de nueve
millones de habitantes, alfabetizada en más del ochenta por ciento,
instalada en un país que excede un millón de kilómetros
cuadrados repleto de minerales, la responsabilidad de este desastre
inevitablemente incrimina a la élite dominante, y en primer lugar
a los políticos que no supieron crear un clima social y jurídico
en el que proliferaran las empresas, mejorara el sistema educativo,
y en el que las diversas etnias que conviven en el país —quechuas,
aymaras, mestizos y blancos— se integraran con un mayor nivel
de armonía.
Futuro incierto
Pero lo más trágico de esta historia fallida no es lo
ocurrido, sino lo que sucederá a partir de las elecciones de
hoy, si instalan en la presidencia al señor Morales. Un país
que languidece por falta de capitales y tecnología, va a optar
por quien ahuyenta a los inversionistas extranjeros que son quienes
pueden aliviar esa deficiencia. Una economía provista de una
raquítica estructura empresarial, verá diezmados a sus
hombres de negocio, víctimas de la incertidumbre y de la ausencia
de derechos de propiedad.
Una nación étnica y geográficamente mal integrada,
llevará al poder a quien agudizará esos peligrosos conflictos
hasta probablemente desembocar en la violencia.
Un Estado legendariamente corrupto e incompetente, será dirigido
por quien lo hará aún más torpe e ineficiente como
resultado de los dogmas socialistas que suscriben Morales y sus asesores
más próximos.
Las consecuencias de esta elección —si triunfa Morales—
van a sacudir a toda Sudamérica. Bolivia es hoy el tercer productor
de coca con casi treinta mil hectáreas dedicadas a ese maldito
cultivo.
Los dos primeros son Colombia y Perú. Con el cocalero Morales
al frente del país, Bolivia no tardará en encabezar la
lista, algo que debe preocupar a Brasil, pues ése es el primer
destino de la droga boliviana.
Pero, tan peligroso como la droga y las mafias que la controlan es la
guerra potencial contra Chile. Con aliados como Cuba y Venezuela, dos
Estados pendencieros que no conocen la prudencia, es posible que Bolivia
intente recuperar manu militari los territorios perdidos en la Guerra
del Pacífico (1879-1883).
No deseo sonar como un alarmista, pero la suma de todas esas tensiones
puede hacer ingobernable al país hasta provocar un desenlace
violento. Ni siquiera es imposible concebir un escenario en el que Argentina
desde el sur y Brasil desde el este se vean obligados al envío
de tropas para pacificar al vecino ante un proceso creciente de descomposición
y anarquía.
No se puede gobernar tan mal durante tanto tiempo —prácticamente
desde la fundación de la nación en 1825— y no esperar
que en algún momento sobrevenga una catástrofe definitiva.
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