18 de septiembre de 2005


La arista afilada
¿El Islam es la víctima?

Carlos Alberto Montaner
vertice@elsalvador.com

Ilustración /

La edición digital en inglés de Al-Aram, la gran publicación cairota, intenta combatir el terrorismo internacional islámico (que también ha golpeado a Egipto) utilizando un curioso paralelo.

Según Andel-Moneim Said, autor del artículo, los pueblos musulmanes deben aprender de los chinos cuál es la manera más eficaz de enfrentarse a los poderes coloniales occidentales.

Según su tesis, los árabes, en efecto, han sido víctimas de notables agravios en Palestina o en Iraq, pero los chinos también lo fueron a mediados del siglo XIX, cuando los ingleses, mortificados por el desequilibrio de la balanza comercial, tras una guerra injustificada, les impusieron las importaciones de opio, la obligatoriedad de admitir la evangelización cristiana, y les arrancaron por la fuerza la soberanía sobre cinco ciudades-puerto que quedaron bajo bandera británica.

No satisfechos con esas arbitrariedades, a partir de ese momento se inició en Occidente un proceso de contratación masiva de obreros chinos en un régimen muy similar al de la esclavitud.

No obstante esos comprobados atropellos, los chinos no andan por el mundo poniendo bombas en Londres o en Madrid, sino se dedicaron a absorber la tecnología y los modos de producción occidentales, y hoy combaten exitosamente a sus viejos rivales en el mercado.

La Jihad, pues, ya sea por la voluntad de conquista planetaria —lo que al autor le parece un impulso fascista—, o ya sea como una expresión de los deseos de venganza ante los maltratos y despojos que Occidente les ha infligido a los pueblos islámicos, se equivoca en su estrategia de lucha. Lo que deben hacer las sociedades de religión mahometana es imitar a los chinos y no matar inocentes en las estaciones de trenes de las ciudades del mundo cristiano o de la propia geografía islámica.

Es una lástima que Andel-Moneim Said no se refiriera a los salvajes atentados terroristas cometidos contra los israelitas, con sus millares de víctimas también inocentes, pero supongo que cuando se escribe en Egipto la “corrección política” impide condenar el exterminio de judíos, una causa aparentemente muy popular entre el sector más fanático de la población islámica.

En todo caso, me parece que el paralelo y la recomendación que establece el conocido analista egipcio, aunque tiene aspectos positivos, peca de dos importantes errores. Uno es de carácter moral y el otro de contenido histórico. Por una parte, no censura los actos terroristas por su naturaleza criminal, independientemente de sus motivaciones y objetivos, sino lo hace por su relativa ineficacia cuando los compara con la más práctica estrategia china. Poner bombas en sitios públicos, ya sea en el metro de Madrid, en un autobús en Jerusalén o en un complejo turístico egipcio en el Mar Rojo carece de cualquier tipo de justificación ética. Punto.

A sangre y fuego

El error de carácter histórico radica en colocar al mundo islámico como una víctima de un Occidente cruel que arremete contra los creyentes de esa fe tanto en Palestina como en Iraq. La verdad histórica es que en gran medida el Islam se construyó a sangre y fuego sobre las ruinas de la civilización cristiana.

Todo el norte de África estaba compuesto por reinos cristianos hasta que en el siglo VII comenzó la larga y sangrienta cabalgata del Islam desde los desiertos de Arabia. En Constantinopla, hoy Estambul, subsistía el viejo y glorioso imperio grecocristiano hasta que los turcos islamizados lo destruyeron.

Es cierto que todo el planeta, Occidente incluido, practicó la esclavitud hasta casi la llegada del siglo XX, pero también lo es que los grandes mercaderes de esclavos en Africa fueron los árabes, y que se calcula en veinte millones de africanos negros los que pasaron por las manos y los látigos de estos duros comerciantes conquistados por el Corán.

Tratar de encontrar en el pasado justificaciones para ejercer hoy la violencia es una descomunal estupidez. Cuando los jihadistas invocan la expulsión de los moros de España en el siglo XVI como razón para poner bombas en Madrid (barbaridad que han llegado a esgrimir), es como si los españoles quisieran vengar con bombas contemporáneas puestas en Marruecos las atrocidades cometidas en España por los almorávides durante la Edad Media.

No hay sobre la tierra ningún poder que en el pasado no haya sido víctima de otra entidad más fuerte. Los ingleses que en el XIX avasallaron a los chinos, en el XI fueron avasallados por los normandos. Lo sensato, pues, es desprenderse radicalmente del pasado y mirar sólo hacia el futuro, y es ahí donde los pueblos árabes tienen su mayor problema. Viven prisioneros de una sectaria manera de entender la historia y eso los suele llevar a cometer los peores crímenes.

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