11 de septiembre de 2005


LA OPINIÓN
El pecado sin perdón

Alicia Miranda
vertice@elsalvador.com

La semana pasada el pastor de una iglesia protestante muy conocida en el país, dijo ante las cámaras del programa matutino que los destrozos que había ocasionado el huracán Katrina, en Nueva Orleans, son el resultado de una especie de castigo divino.

El pastor aseguró que las personas de países desarrollados, incluyendo Estados Unidos, tenían costumbres libertinas como practicar las relaciones sexuales antes de casarse y que, de alguna forma, el desastre era una advertencia para el resto del mundo.

Muy desconcertantes fueron aquellas palabras por la implicación que tienen.
Advirtió que cuando una sociedad vive tan libertinamente desencadena escarmientos divinos. Esa era, basicamente, la postura que defendió.

Después de una acalorada discusión con otro invitado, el pastor terminó ejemplificando sus argumentos con el huracán Katrina. Después de escucharlo sólo hay una cosa que decir: con todo el respeto que se merece, creo que perdió la perspectiva.

Sobre el tema de las relaciones prematrimoniales, tiene el derecho de expresar lo que piensa de la misma forma que el resto de personas también tienen el derecho de hacerlo.

El libre albedrío es una condición que tenemos para hacer uso de nuestro razonamiento y optar sobre lo que creemos mejor para nuestras vidas.

Poco más que esto puedo argumentar sobre el tema de las relaciones prematrimoniales porque creo que un tema tan polémico como este, especialmente esta discusión, está planteada en diferentes niveles.

No quiero decir con esto que uno sea mejor que el otro, sino que ambos argumentos se sustentan en razones o creencias diferentes.

Sin embargo, el hecho que haya ejemplificado el desastre como una especie de castigo divino es indignante. De ninguna manera se debe pasar por alto como si no hubiera dicho nada, por una razón: las cientos de personas que perdieron la vida y a los miles de damnificados de Katrina.

No está de más pedir un poco de sentido común y respeto para las víctimas.

Tampoco es un método efectivo cuando pretende convencer a que alguien se abstenga de tener relaciones antes del matrimonio.

No creo que haya alguien sensato que piense que lo de Katrina es un castigo de Dios. Todos hemos sido testigos y, desde lejos nos hemos compadecido por tanto sufrimiento. Estoy convencida de que no hay alguien que después de ver a tantos cadáveres flotando o la desesperación en los ojos de los sobrevivientes piense que se lo merecían.

Y en todo caso, nadie, por más “pecador” que sea merece un sufrimiento como ese. Tampoco nadie merece que ese dolor por el que están pasando miles de personas en Estados Unidos sea objeto —como me parece— de un chantaje más que una orientación espiritual.

Pensar y expresar su postura sobre un tema determinado es un derecho de todos los seres humanos, pero sin que signifique el irrespesto a otros, especialmente a los que están sufriendo.


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