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PIEDRA
DE TOQUE
El
último afrancesado
Apenas
entré a La Hune, la librería del Boulevard St. Germain
escurrida a medio camino de Le Flore y Les Deux Magots, lo vi. Estaba
estratégicamente colocado entre los estantes del fondo, donde
era menos visible a los empleados del local, simulando echar un vistazo
a la mesa de las novedades, pero, en verdad, leyendo un libro. Aunque
hacía por lo menos veinte años que no lo veía,
lo reconocí al instante.
Ya en la época en que nos encontramos la última vez, por
los años ochenta, había perfeccionado su técnica
para vivir sin un centavo ni sablear a nadie, y, además de otras
originalidades, pasarse varias horas leyendo el mismo libro, saltando
de una a otra librería de París.
Debe de tener unos 87 u 88 años, según mis cálculos,
aunque en su pasaporte, que por coqueto hizo amañar para vivir
en eterna juventud, figura como si tuviera veinte menos. Discretamente
lo observo y me maravilla lo bien que se conserva. Esbelto, muy bien
rasurado, lleva short y sandalias y una camisita deportiva que deja
parte de su pecho y sus brazos desnudos. Si esos cabellos tan bien asentados
son un bisoñé o no, no hay manera de saberlo.
Una de las muchas leyendas que circulaban sobre él era que, una
vez, en la playa de La Herradura, en Lima, un olón que lo revolcó
lo dejó calvo y que así el mundo supo que llevaba peluca.
Si es cierto, nadie lo diría: ese bisoñé que diviso
ya se ha hecho carne de su carne y pertenece a su cuerpo tanto como
sus huesos y su nariz aquilina.
Su técnica para leer de gorra es impecable. Está profundamente
concentrado en el libro que lee más tarde descubriré
que es un ensayo sobre Wittgenstein pero, al mismo tiempo, cada
cierto rato se mueve un poco para disimular y su mano libre finge interesarse
por uno de los títulos expuestos sobre el tablero, y lo mueve
y cambia de lugar, con mucha parsimonia.
Digamos que se llama Alejandro. Cuando lo conocí, en los años
sesenta, aquí mismo, en París, era ya una leyenda viviente.
Acababa, creo, de ser víctima del famoso atraco de los fondos
mutuos, en Lima, una estafa descomunal en que muchos ahorristas peruanos
perdieron hasta la camisa. Alejandro fue un de ellos.
Era un ingeniero calculista, muy competente al parecer, que trabajaba
como una hormiga para poder pasar todas sus vacaciones en París,
yendo al teatro, a la ópera, a las exposiciones, a los conciertos
y comprándose libros. Porque fue siempre un apasionado de Francia,
en todas sus manifestaciones culturales. No un creador, sino un consumidor
incansable y ávido de cultura francesa.
Cuando perdió hasta el último centavo en el timo de los
fondos mutuos, tomó una decisión audaz: quedarse para
siempre en París, estimando, sin duda, que si no tenía
más remedio que morirse de hambre, era preferible dejar el pellejo
en su amada París antes que en Lima. Alquiló entonces
una chambre de bonne minúscula en el octavo piso de un edificio
sin ascensor donde, según mis informes, vive todavía.
Tal vez esos ocho pisos que sube y baja por lo menos dos veces al día
son el secreto de su esbeltez y su excelente salud.
Nadie lo oyó quejarse nunca del quebranto económico que
hizo de él un pobre de solemnidad. Nadie ha oído jamás
a Alejandro quejarse de lo duro que debió de ser sobrevivir medio
siglo en París sin un centavo en el bolsillo. Alejandro jamás
le pidió prestado un cobre a ningún mortal. No creo que
alguien haya oído a Alejandro quejarse nunca de nada; por el
contrario, todos quienes han conversado con él se han sentido
siempre contagiados de su alegría de vivir, de su entusiasmo
ante las cosas hermosas que ofrece a los espíritus sensibles
su entrañable París.
Vida bohemia
Y no hay revista o agencia de turismo o maitre de hotel que pueda, como
Alejandro, recomendar mejor el espectáculo, la película,
el recital, el restaurante, la boite, la pasarela o el concierto que
es indispensable ver, oír o paladear si uno pasa por París,
so pena de lesa cultura.
¿Cómo se las arregla para ver todas esas cosas que ve
y hacer todo que hace? Gracias a una credencial de periodista cultural
que le extendió un diario de Lima y que debe de ser ya casi ilegible
después de tantas décadas de manoseo. Pero, gracias a
ella, Alejandro recibe invitaciones a todos los estrenos, a todas las
inauguraciones y asiste a los ensayos generales de las óperas
y los conciertos, en los que, además, como crítico, le
regalan siempre los programas y lo sientan en asientos privilegiados.
¿Y cómo hace Alejandro, además de alimentar a su
espíritu de esa ingeniosa manera, para aplacar también,
siquiera mínimamente, los aullidos de hambre de su estómago?
A juzgar por su envidiable delgadez desde que entré a La
Hune lo he visto desplazarse ya, pasito a paso, por media librería,
sin quitar los ojos del libro en el que está zambullido,
debe de ser un hombre frugal, un asceta.
Antes, lo invitaban mucho los peruanos acomodados que pasaban por París
y a quienes él piloteaba por los museos y teatros, y les sacaba
entradas y les hacía reservas y ayudaba a comprar buenos libros
y valiosos cuadros.
Nunca nadie se hubiera atrevido a ofrecerle dinero a ese gentilhombre
incorrompible que es Alejandro, pero, en cambio, todos sabían
que aceptaba de buena gana ser invitado a un restaurante de lujo, en
el que él, además, escogería el vino y discriminaría,
con el gusto de un exquisito gourmet, entre los manjares del menú.
Tal vez, como los camellos, Alejandro ha perfeccionado el arte de conservar
en el estómago parte de aquellos banquetes, para rumiar esas
reservas en tiempos de vacas flacas.
Pero
la mayor parte de esos amigos tagarotes que lo invitaban ya se han muerto,
o son unas ruinas humanas incapaces de viajar, de modo que, me imagino,
Alejandro depende ahora, sobre todo, para procurarse las calorías
indispensables, de las invitaciones de las amistades que ha ido enhebrando
en este medio siglo de vida picaresca parisina que tiene a las espaldas.
Lo adivino muy bien recorriendo regularmente una serie de casas de reliquias
vivientes, en Passy o Neuilly, donde es recibido con entusiasmo a la
hora del té por lo ameno y elevado de su conversación.
Nunca conocí su chambre de bonne, pero me imagino esa diminuta
y elevada buhardilla tan inmaculadamente aseada y ordenada como su persona.
No hay duda de que plancha él mismo su ropa ¿Quién
lo haría, si no? Ese short y esa camisita que lleva ahora no
tienen una mancha ni una arruga, parecen recién sacados de esas
lavanderías para millonarios que además de lavar, planchar
y almidonar la ropa, la perfuman y la embalsaman.
¿Habrá tenido miedo alguna vez a la muerte una persona
tan solitaria como Alejandro? Meto mis manos al fuego que jamás
de los jamases. Apuesto que la espera con la tranquila indiferencia
de quien sabe que es una estupidez rebelarse contra lo irremediable.
Por lo demás, sé también que desde hace cuatro
décadas tiene consigo unas pastillas que le evitarán lo
que a él, que es un caballero y un esteta, de veras lo horroriza:
no la muerte sino una agonía indigna, babosa y gagá. Para
eso lleva esas pastillas que, apenas advierta la cercanía de
la decadencia, se tragará con un vaso de agua sin el más
mínimo temblor del pulso, lo que le asegurará un tránsito
rápido, tranquilo y elegante.
Su problema, si mal no recuerdo, era que esas pastillas tenían
fecha de caducidad, y que cada vez que caducaban, le costaba más
trabajo obtener la receta médica necesaria para actualizarlas.
Pero estoy seguro que su ilimitado ingenio ha resuelto también
ese problema.
Por amor a francia
¿Por qué Alejandro prefiere leer en librerías,
arriesgándose a que le llamen la atención o lo echen,
en vez de hacerlo en las bibliotecas públicas, que suelen ser
gratuitas? Tal vez porque ese riesgo le gusta tanto como los libros,
tal vez porque ese peligro añade un poco de condimento a sus
lecturas, o tal vez, más pedestremente, porque a Alejandro le
gusta leer los libros de actualidad, recién salidos de la imprenta,
sin esperar que pasen los meses o años que tardan las novedades
en alcanzar los anaqueles de las bibliotecas públicas.
Cuando, por fin, me decido a interrumpir su lectura para saludarlo,
me reconoce de inmediato. Me estrecha la mano caluroso, me pregunta
por mi familia y mi trabajo y alude al lejanísimo país
del que venimos. Sonríe, con la amabilidad de siempre, y me recomienda
el ensayo sobre Wittgenstein que está leyendo. Aunque por
el tema no lo parezca, también está lleno de humor,
me precisa. Y, es verdad, mientras lo espiaba varias veces lo he visto
sonreír, divertido.
Ya ha dado casi la vuelta completa a La Hune, de manera que probablemente
no terminará de leer este libro hoy día. Tal vez vaya
a terminarlo en la librería del FNAC, que está cerca,
en la rue de Rennes, o se guarde la curiosidad hasta mañana.
Porque Alejandro lee los libros por capítulos, como otros ven
telenovelas.
Si hubiera justicia en este mundo, el Estado francés debería
condecorar a Alejandro y concederle una pensión vitalicia en
agradecimiento por los servicios que ha prestado a la cultura francesa.
Nadie ha mantenido tanto como él, a costa de tantos ímprobos
esfuerzos, el mito de que París es la capital de la cultura universal,
el faro del espíritu, el Partenón moderno de las ideas
y las artes.
Lo ha hecho a lo largo de toda su vida, con total desinterés
y sin costarles una perra gorda a los contribuyentes franceses, por
puro amor a la France éternelle, la de sus pensadores, poetas,
prosistas y artistas. Y debía de hacerlo, además, porque,
tal como van las cosas, me temo que ya no queden muchos de su estirpe,
que acaso Alejandro sea el último afrancesado.
© Mario Vargas Llosa, 2005. ©
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