![]() 17 de abril de 2005 |
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Ante retos enormes El Papa no estará solo El
arzobispo de San Salvador, Fernando Sáenz Lacalle, aceptó
la invitación de Vértice para escribir un artículo
Ha dejado constancia de que en este mundo, violento y materialista, está presente y actúa como el alma en el cuerpo la Iglesia Católica fundada por Jesucristo como camino de salvación. El Espíritu Santo derramó sobre Juan Pablo II abundantísimas gracias, a las que él respondió con heroica fidelidad. Pero el mismo Santo Espíritu removió los corazones de millones de fieles que viajaron a Roma con motivo de su fallecimiento y a cientos de millones de personas, muchas de ellas no católicas y aún no cristianas, que admiraron con afecto y cariño a través de la televisión los sucesos de Roma. El día de la sepultura del Santo Padre, gran parte de esta multitud de telespectadores robaron horas al sueño para presenciar la conmovedora ceremonia de su sepultura. Mañana se reunirán en la Capilla Sixtina, ante la impresionante representación del Juicio Final de Miguel Ángel, los cardenales electores para cumplir con la más importante de las misiones de su cargo: la elección del Romano Pontífice que asumirá las riendas del gobierno de la Iglesia y que tendrá como respaldo la promesa de Jesucristo: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella (Mt. 16, 18). Surge espontáneo la interrogante sobre los retos que el próximo Papa encontrará. Señalemos dos de ellos: El secularismo Gracias a Dios, en nuestro Continente Americano y especialmente en Latinoamérica, se mantienen vivas las costumbres y tradiciones religiosas. Con frecuencia se dan, en todos los países, masivas manifestaciones de religiosidad popular y permanece una cultura de base cristiana.
Sin embargo, es evidente que grandes sectores de la población han dejado de practicar el cristianismo o no lo conocen. En el mundo desarrollado se aprecia con más claridad este fenómeno. En Europa, por ejemplo, los legisladores se han negado a reconocer la evidente tradición cristiana de su cultura. En todo el primer mundo se aprecia un descenso en la asistencia a la misa dominical y en la recepción de los sacramentos. Junto a la ignorancia religiosa crece la superstición, el ocultismo, los horóscopos y nuevas religiones. Se ha producido un incremento de violencia (guerras, crímenes) y cobra fuerza la cultura de la muerte (se promueven, con abundancia de medios, el aborto y la eutanasia). Estas tendencias inhumanas son sostenidas y bien financiadas por poderosos organismos internacionales. Pareciera que la batalla a favor de la fe en Dios y la religión estuviese perdida. La situación actual de gran parte de la humanidad recuerda las palabras de Jesucristo: Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿creen ustedes que encontrará fe sobre la tierra? (Lc. 18, 8). Carencia de solidaridad El egoísmo salvaje y la falta de solidaridad hacia el hermano necesitado, provoca a escala continental, nacional y ciudadana, gravísimos problemas. Gran parte de la población mundial carece de alimentos, agua, atención de salud, educación y vivienda. Simultáneamente, crecen desmedidamente las grandes empresas transnacionales y el comercio se globaliza. Se gastan enormes cantidades de dinero en confrontaciones bélicas y en defensa de intereses económicos, mientras que millones de seres humanos fallecen víctimas del hambre y de epidemias. Gracias a Dios son muy numerosas las instituciones y personas que en grande y pequeña escala se esfuerzan en todo el mundo por el desarrollo humano y procuran paliar las deficiencias de alimentos, salud, habitación, educación..., con diversísimas iniciativas. La Iglesia Católica, desde su fundación, no ha dejado de poner este empeño y lo sigue haciendo. Sería necesario, sin embargo, humanizar el desarrollo humano, cristianizar el progreso económico, industrial y científico. Hay que pensar que todos los seres humanos somos hermanos, creados por Dios, redimidos por Cristo, llamados a la santidad y a la vida eterna. Recordamos lo que Jesucristo nos dijo: Yo les aseguro que cuanto hicieron por el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron (Mt. 25, 40). ¡Enormes son los retos que el próximo Papa debe enfrentar! ¡Pero no podemos dejarle solo! Cada uno de nosotros solteros, casados, viudos, jóvenes o menos jóvenes como cristianos, y como ciudadanos, debemos asumir la responsabilidad de vivir el Evangelio en nuestra vida personal familiar, laboral y social. Los que viajaron a Roma la semana pasada y los que seguimos por televisión los funerales y el entierro de Juan Pablo II, debemos ponernos en sintonía con la oración, las enseñanzas e iniciativas del próximo Papa. ¡Obras son amores! ¡Somos muchos y Cristo está con nosotros! Es la hora de vivir coherentemente nuestra fe. Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros? (Rom. 8, 31). Fernando Sáenz Lacalle
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