![]() 17 de abril de 2005 |
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Habemus papam... ¿Latinoamericano? La posibilidad de que un latinoamericano suceda a Juan Pablo II ha puesto a soñar a muchos. La resonancia mediática de cardenales como Óscar Rodríguez Maradiaga abre dos interrogantes: ¿es el turno de Latinoamérica? y ¿en qué nos beneficiaría?
A 15
días de la muerte de Karol Wojtyla, el mundo ha entrado en la expectativa
de quién lo sucederá como el nuevo jerarca de 1,086 millones
de católicos en el mundo. Mañana se inicia el esperado cónclave, en el que más de un centenar de purpurados elegirá al nuevo pastor de la fe católica en medio de un mundo que navega en circunstancias muy distintas a las que llevaron a Juan Pablo II a convertirse en una figura histórica, y la que, a juicio de algunos, influyó tanto como para sentenciar el derrumbe del comunismo. La interrogante sobre si el nuevo jerarca debe dar continuidad a la senda marcada por el carismático y viajero Wojtyla es una entre muchas. Pero quizá la mayor pregunta sea, en este momento, ¿cuál deberá ser el origen geográfico del nuevo jerarca católico? Se habla incluso de que el continente que alberga a prácticamente el 50 por ciento de la feligresía católica tiene ganado el derecho de relevar en el trono pontificio. Hay que destacar que la Iglesia italiana nos ha dado grandes papas, y entonces por qué no ha de ser un italiano, un conocedor de la curia, uno que domine bien las circunstancias, habría destacado en una entrevista reciente el cardenal Karl Lehmann, presidente de la Conferencia Episcopal Alemana y considerado un gran elector.
La elección de un papa que proceda de este subcontinente con el 49.6% de la feligresía católica mundial genera un entusiasmo, quizá poco o nunca visto en anteriores elecciones papales. La figura de Rodríguez Maradiaga, un salesiano a quien le atribuyen un carisma similar al del recién fallecido Juan Pablo II, sale a la palestra pública como una de las posibilidades más fuertes, sobre todo en nuestra región.
Muchos vaticinan que su edad, 63 años, es su mayor debilidad, sobre todo cuando se habla de la necesidad de elegir a un líder de transición. También pesa cierto recelo por su petición de que se perdone la condonación de la deuda de los países pobres. La cartas latinoamericanas para conseguir el próximo papado están echadas, al menos a nivel de los medios de comunicación, sobre los cardenales como Rodríguez, Jorge Bergoglio (Argentina), Claudio Humme (Brasil), el mexicano Norberto Rivera Carrera o el colombiano Darío Castrillón Hoyos. Sin embargo, ¿qué los posibilita para alcanzar la dignidad de papa si se supone que los cardenales del mundo tienen igual capacidad?
Quizá hasta el momento solamente se vea en términos de la emoción y el orgullo santo, si se quiere que el nuevo jefe del Vaticano que se aproxime al balcón de la Basílica de San Pedro, después de que el cardenal chileno Jorge Medina Estévez diga Habemus papam, sea un rostro latinoamericano. Decisión divina Si Karol Wojtyla elevó a su natal Polonia a la escena mundial y, según algunos, despejó del panorama polaco la dictadura comunista, ¿qué aportaría un Rodríguez Maradiaga, un Bergoglio o un Castrillón a la región más católica del mundo? Al hablar con algunos religiosos católicos salvadoreños, la respuesta es unísona: el vicario de Cristo es un pastor universal, no de una región en especial. El nuevo papa, quien sea, tiene que ser del mundo entero, su acción es universal, sin preferencia por una nación, espeta Óscar Rodríguez, párroco de la iglesia María Auxiliadora, de San Salvador, mejor conocida como Don Rúa. Este sacerdote, como otros entrevistados, no es ajeno a la alegría que pueda producir la elección de un latinoamericano.
El obispo de Sonsonate, José Adolfo Mojica, también cree que la elección de un sumo pontífice latinoamericano no resulta del querer, porque no se trata de propaganda política. Pero es posible, sería algo maravilloso, afirma. Este líder religioso también repite el tradicional refrán que reza que todo aquel cardenal que entra papa (al cónclave) sale cardenal. Cada sacerdote, desde los que se encuentran en los estratos más bajos de la jerarquía católica hasta los mandos superiores, repite una y otra vez que ganará la silla de Pedro quien el Espíritu Santo designe, y que ellos solamente deben esperar y aceptar su voluntad. Sin embargo, no esconden la esperanza de que gane uno de esta región. Estaría feliz con un papa del tercer mundo, dijo recientemente a Vértice monseñor Gregorio Rosa Chávez, obispo auxiliar de San Salvador. El mismo entusiasmo mostró el arzobispo capitalino, Fernando Sáenz Lacalle, al decir que me haría mucha ilusión, aunque aclaró que la procedencia de un pontífice no influye en su gestión. Con esto negó algún privilegio o beneficio. Para el párroco Rodríguez, un latino en la silla papal beneficia en cuanto a que su bandera es de una región específica, pero insiste en que, antes que eso, es el pastor universal. En la elección de un pontífice no influye su procedencia, agrega. Como este párroco, el obispo Mojica cree que la elección depende de Dios. Aun así algunos hablan de que ya el turno del papado le corresponde a América Latina, tan católica en su mayoría como multicultural y cargada de problemas sociales, entre los que destacan la pobreza y la corrupción. Estamos rezando todos los días por que el Espíritu Santo elija a la persona más adecuada para esta época, confiesa Mojica. El Papa en el mundo
Al margen de esto, dos analistas tienen su propio punto de vista. Para Kirio Waldo Salgado, ex diputado y ahora predicador, no se trata de dónde proceda el nuevo líder católico, porque, de igual manera, éste está rodeado de una élite de purpurados que dictan la política mundial vaticana. En este sentido, es indiferente de dónde sea el papa, porque desde cualquier punto de vista tendrá que enfrentar grandes retos mundiales como el ecumenismo religioso, que está cimentado en la tesis de que no importa a qué dios se adore siempre que se reconozca a un dios superior, desplazando la persona de Jesucristo, como dicen las Sagradas Escrituras, afirma el doctor Salgado. Para este abogado, el gran reto del nuevo jerarca, indistintamente de que sea latinoamericano, africano, europeo o asiático, es enderezar el catolicismo y ceñirlo a lo que dicta la Biblia cristiana.
Para el politólogo
Napoleón Campos, la llegada de un latinoamericano a la silla papal
es un hecho positivo. Tendría un significado importante,
un homenaje o tributo al cumplirse el quinto centenario de la evangelización
en América, afirma Campos.Sin embargo, este académico cree que es más importante hablar de los desafíos globales que afrontará, por el hecho de que, por antonomasia, el papa, independientemente de la nacionalidad, es un líder mundial con el encargo de hacer un planteamiento estratégico a temas relevantes y globales del Siglo XXI como la guerra de Iraq, la situación de la mujer, la homosexualidad y el Sida. El obispo Mojica coincide con Campos en que el nuevo pontífice tendrá que atender los problemas de todas las naciones, como los temas del aborto y el sacerdocio femenino, para los cuales no cree que haya variación en la postura de la iglesia, porque siempre serán vistos a la luz bíblica, contrario a otros como el celibato que, por su origen eclesiástico, podrían ser eliminados. Hoy no se gana nada, no existe la bipolaridad (que existía cuando se eligió a Wojtyla), los problemas de Latinoamérica como la pobreza y la injusticia no tienen importancia ideológica. Juan Pablo II fue un ideólogo y dejó sin banderas sociales a un papa latinoamericano. Lo único que haría éste es intentar recuperar el 40 por ciento del pueblo católico que ha perdido en casi toda Latinoamérica, excepto en México, dice Salgado. El obispo Mojica parece responderle a Salgado al mirar el beneficio de que el nuevo pontífice sea latinoamericano, y mejor aún, si es centroamericano: Se ganaría mucho, por ejemplo, un ascenso cristiano, una efervescencia, un aumento y un fortalecimiento de la fe (católica).
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