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LA
COLUMNA
El
peso de lo que somos
Es risible cuando se hacen definiciones
sobre nuestra identidad nacional. Sí, risible porque pareciera
como si se tratara de encerrar en bellas y a veces folclóricas
palabras la esencia de lo que somos, pero que en realidad refleja nada
más una distante verdad.
El verdadero salvadoreño no es quien baila con atuendos de manta
o aquellos vestidos con bellos y coloridos acabados como el que representa
a las extintas panchas.
Estos bailes, si bien folclóricos y parte de nuestra herencia
española e indigenista, es más un reflejo de una época
que escapó ya de nuestras manos y que nada más recuerdan
nuestros estudiantes en celebraciones escolares.
El salvadoreño de este tiempo ha cambiado. Su esencia se refleja
en que tira basura indiscriminadamente a las calles, genera violencia
cada vez que quiere hacer valer sus derechos, pero raras veces quiere
hacer valer sus deberes.
Sus comportamientos se centran en consumo, consumo y más consumo
sin ningún freno, así el salario de un mes o una quincena
se acabe en un abrir y cerrar de ojos en compras innecesarias.
El compatriota de hoy hace uso inmisericorde del dinero plástico,
sin importar cuánto tengamos que pagar en concepto de intereses
o que se vuelva una deuda impagable.
Al salvadoreño de hoy no le importa si edificios con valor histórico
se desploman y dan paso a construcciones modernas y sin ningún
gusto estético.
Que la otrora Casa Munguía que se levantaba señorial en
pleno corazón capitalino como retando al tiempo y la indiferencia
ya no esté más. Sólo queda la promesa de que recuperarán
la fachada.
Así sucedió hace más de una década cuando
a la Casa Ambrogi le rebanaron su parte más emblemática
que relataba no sólo el gusto arquitectónico de viejos
tiempos sino también el privilegio de ser el primer edificio
de San Salvador.
Al salvadoreño de hoy lo conquista cualquier cosa, cualquier
espectáculo y cualquier idea. Inclusive, el olvido nos atrapa
y nos borra los crueles maltratos hacia la niñez.
La peligrosa indiferencia de la gente ante la escena de una vendedora
callejera en la calle Darío que castiga físicamente a
su pequeño hijo porque no ha terminado sus tareas escolares,
haciendo alarde en público de su autoridad y violencia, es algo
totalmente contrastante con la era de la defensa de los derechos humanos
de la niñez.
Conviene hacer un alto en el camino y preguntarnos si nos enorgullecemos
de lo que somos ahora.
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