17 de abril de 2005



LA COLUMNA

Mirella Cáceres
vertice@elsalvador.com

El peso de lo que somos

Es risible cuando se hacen definiciones sobre nuestra identidad nacional. Sí, risible porque pareciera como si se tratara de encerrar en bellas y a veces folclóricas palabras la esencia de lo que somos, pero que en realidad refleja nada más una distante verdad.

El verdadero salvadoreño no es quien baila con atuendos de manta o aquellos vestidos con bellos y coloridos acabados como el que representa a las extintas panchas.

Estos bailes, si bien folclóricos y parte de nuestra herencia española e indigenista, es más un reflejo de una época que escapó ya de nuestras manos y que nada más recuerdan nuestros estudiantes en celebraciones escolares.

El salvadoreño de este tiempo ha cambiado. Su esencia se refleja en que tira basura indiscriminadamente a las calles, genera violencia cada vez que quiere hacer valer sus derechos, pero raras veces quiere hacer valer sus deberes.

Sus comportamientos se centran en consumo, consumo y más consumo sin ningún freno, así el salario de un mes o una quincena se acabe en un abrir y cerrar de ojos en compras innecesarias.

El compatriota de hoy hace uso inmisericorde del dinero plástico, sin importar cuánto tengamos que pagar en concepto de intereses o que se vuelva una deuda impagable.

Al salvadoreño de hoy no le importa si edificios con valor histórico se desploman y dan paso a construcciones modernas y sin ningún gusto estético.

Que la otrora Casa Munguía que se levantaba señorial en pleno corazón capitalino como retando al tiempo y la indiferencia ya no esté más. Sólo queda la promesa de que recuperarán la fachada.

Así sucedió hace más de una década cuando a la Casa Ambrogi le rebanaron su parte más emblemática que relataba no sólo el gusto arquitectónico de viejos tiempos sino también el privilegio de ser el primer edificio de San Salvador.

Al salvadoreño de hoy lo conquista cualquier cosa, cualquier espectáculo y cualquier idea. Inclusive, el olvido nos atrapa y nos borra los crueles maltratos hacia la niñez.

La peligrosa indiferencia de la gente ante la escena de una vendedora callejera en la calle Darío que castiga físicamente a su pequeño hijo porque no ha terminado sus tareas escolares, haciendo alarde en público de su autoridad y violencia, es algo totalmente contrastante con la era de la defensa de los derechos humanos de la niñez.
Conviene hacer un alto en el camino y preguntarnos si nos enorgullecemos de lo que somos ahora.


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