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INTERNACIONAL
Isfahán:
De joya de la antigua Persia a amenaza nuclear
La
controversia política actual que se ha suscitado en torno a esta
ciudad iraní no debería convertirse en un obstáculo
para dejar de conocer las bellezas arquitectónicas con que cuenta
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| La mezquita del
Imán. Está considerada como una de las más
bellas del mundo islámico. |
El nombre de Isfahán aparece estos días
en los medios de comunicación ligado a la presunta amenaza de
un peligro nuclear. Sin embargo, esta ciudad iraní constituye
una joya arquitectónica de la antigua Persia y una de las urbes
más refinadas del mundo islámico, cuyo esplendor la hizo
ostentar el título en 1650 de la mitad del mundo.
Tras horas de carretera por paisajes desérticos de piedra, donde
apenas algún matorral se atreve con las tórridas temperaturas
de más de 40 grados que marca el termómetro en verano,
Isfahán es una suerte de oasis ubicado a los pies de los montes
Zagros y cuenta con la inestimable compañía del río
Zayandeh, que riega los inesperados verdes parques y jardines en el
interior.
Los parques, lugar de esparcimiento de los iraníes, son el equivalente
de las plazas en occidente. A la caída del sol, allí se
reúne la familia y conversa animadamente mientras los niños
juegan tranquilos.
Cualquier zona verde sirve para sentarse y tomar un respiro como ocurre
con el centro neurálgico de la ciudad, la Plaza del Imán,
una de las más grandes del mundo (500 x 160 metros), que data
de 1612 y que congrega algunos de los edificios más suntuosos
de la arquitectura islámica. Deslumbran sus cúpulas amarillas
o de intenso azul turquesa, sus majestuosas entradas de labrados mosaicos
y los elevados minaretes de las mezquitas que apuntan al cielo, dando
a la construcción religiosa ese aire espiritual.
La mezquita del Imán, situada en uno de los extremos de la construcción
rectangular, está considerada como una de las más bellas
del mundo. Tras la deslumbrante entrada principal, el edificio sorprende
por su sencillez arquitectónica, pero no queda un pequeño
rincón de la cúpula o la pared que no esté cubierto
por los profusos mosaicos, donde el azul, el blanco y el amarillo se
funden en una sinfonía de color que tan sólo interrumpen
los versos del Corán escritos en blanco.
Es preciso buscar un rincón tranquilo para poder contemplar y
asimilar la recargada y extasiante belleza de la mezquita, a la que
está permitida la entrada a las mujeres no musulmanas, algo que
no ocurre en todos los lugares del país.
Para recuperarse de la impresión, conviene tomar un té
en alguna de las teterías instaladas en la zona con pórtico
de la plaza, antes de entrar en la mezquita del jeque Lotfollah, más
pequeña que la anterior pero equiparable en belleza y distinción.
Las dos mezquitas fueron construidas durante el reinado del Shah Abbas
I (1587-1629), el que mayor esplendor dio a la dinastía Safávida,
la creadora de lo que se ha denominado tercer imperio persa y que impuso
el chiísmo como religión del país.
Frente a ella, en la misma plaza, se encuentra el palacio Ali Qapu,
una construcción poco corriente por sus seis plantas con una
amplia terraza cubierta que ofrece unas maravillosas vistas sobre la
plaza.
Estos tres edificios exponen las líneas básicas que ensalzan
la arquitectura persa, una monumental simplicidad en la arquitectura
combinada con una profusa ornamentación colorida que no llega
a rayar en lo excesivo.
Además, en el extremo opuesto a la mezquita del Imán se
encuentra el principal bazar de la ciudad, donde resulta fácil
encontrar trabajos de artesanía local como las minipinturas sobre
huesos de camellos, los manteles pintados a mano o el producto estrella
de Irán, las alfombras persas.
Isfahán, cuya historia se remonta hasta el siglo V y IV antes
de Cristo, y su devenir se ha visto marcado por las invasiones árabes,
turcas, mongoles y afganas, así como por una nada despreciable
presencia judía y de cristianos armenios, vivió su época
de esplendor en el siglo XVII con la dinastía Safávida,
que además la convirtió en capital de la nación.
Asimismo, conviene dar una vuelta por el barrio armenio, al otro lado
del río que cruza la ciudad y, al caer la tarde, detenerse en
una de las teterías junto al río, por ejemplo en la parte
baja del puente Khayu, a tomar un té o el fadulleh,
una especie de helado con aroma de rosa que goza de una gran popularidad
entre los paladares locales.
Pero Isfahán cuenta sobre todo con un incentivo que la hace aún
más atractiva: la amabilidad de su gente que, ajena a la actividad
nuclear de la central ubicada a las afueras, acoge al turista con una
naturalidad que, sencillamente, desarma.
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Puente
Khayu
Una de las áreas más visitadas. |
Vista
del palacio Ali Qapu, construcción de seis plantas con una
amplia terraza cubierta. |
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