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Inseguros
contra daños
El
Salvador es vulnerable. Terremotos, tormentas tropicales e inundaciones
son algunos de los desastres naturales que nos asolan. Después
de lo ocurrido en el sudeste asiático todos nos preguntamos si
la Naturaleza puede golpearnos con esa magnitud y cuán preparados
estamos. Vértice hizo un ejercicio para contestar esta duda.
El resultado fue caótico: las autoridades ni siquiera saben cuánta
gente habita en las zonas costeras.
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1 Vista Aérea
Las zonas bajas de la costa oriental dejarían el paso libre
para el ingreso de un tsunami. |
2 Riesgo en el Tamarindo
Las construcciones cercanas a la playa están en riesgo permanente. |
3 Atracción
y amenaza
La altura de las olas en zonas como El Tunco atrae a surfistas locales
y extranjeros. |
Usted tuvo que haber nacido con un documento que
diga: usted vivirá en este país bajo su propio riesgo.
La frase de Antonio Arenas, el director del Servicio Nacional de Estudios
Territoriales (SNET) no suena tan lejana a la verdad. Vivir en El Salvador
es un riesgo.
Luego de los devastadores efectos de los terremotos de 2001, quedó
más al descubierto que El Salvador es un país vulnerable.
Aquí no hay ningún sitio seguro, todo El Salvador
es un suelo con riesgo sísmico o volcánico, pregonaron
en ese tiempo unos geólogos españoles que visitaron el
país para estudiar las causas que pudieron desencadenar la catástrofe.
La naturaleza de nuestro suelo nos hace vulnerables. El maremoto registrado
el 26 de diciembre pasado en el sureste asiático cuyo efecto
humano fue impresionante (más de 150 mil muertes) nos hizo volvernos
a nuestra realidad y preguntarnos si en verdad podríamos padecer
un cataclismo de semejantes proporciones.
Pero más que la magnitud física de la ola mortal que atacó
a Sumatra, Indonesia, parte de la India y Tailandia, entre otras naciones,
es la destrucción que podría dejar en un país como
el nuestro.
En ninguna de las instituciones oficiales como el Ministerio de Medio
Ambiente y Recursos Naturales (MARN), Servicio Nacional de Estudios
Territoriales (SNET) o el Comité de Emergencia Nacional (Coen)
supieron decir cuántas personas en realidad habitan nuestras
costas o localidades más cercanas a ésta, mucho menos
dimensionar el daño.
Solamente el Centro para la Prevención de Desastres (Ceprode),
una organización no gubernamental que trabaja en esta área
en algunos sitios del país, dijo tener la información
no tan actualizada porque cada vez surgen más asentamientos,
pero no nos la hizo llegar como prometió.
Es difícil hacer cálculos. Pero basta imaginar localidades
tan cercanas al mar como el Puerto de La Libertad para entender qué
daño podría llevarse, de encontrarse en una situación
similar, por citar un ejemplo.
Claro, en el estado de la zona costera de El Salvador hay un montón
de ranchitos que se los llevaría. Ahora, cuántos metros
puede penetrar... eso depende de la velocidad, de la altura, de la magnitud
del temblor mismo, de la distancia a la que ocurra el temblor,
dice Arenas.
Creo que si miramos detenidamente el mapa de riesgo por inundaciones
que maneja el Coen, tendríamos una idea de todas las poblaciones
que podrían ser vulneradas por un tsunami, opinó
una fuente del MARN.
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| Tierras bajas. Parte de la costa salvadoreña
entre La Unión y Usulután resultaría más
afectada porque su ubicación sobre el nivel del mar es mínima. |
Pero, ¿es que nadie cuenta con cifras exactas
que puedan siquiera indicar cuántos salvadoreños serían
al menos en hipótesis las potenciales víctimas
en caso de un maremoto? Arenas no se atreve a decir cuáles serían
aquí los efectos de tal fenómeno.
No es posible hacerlo porque es una elucubración
que roza con la fantasía. No creo que sería muy educativo
decirle eso a la población, sostiene el funcionario y prefiere
basarse en información técnico-científica para
decir que en esta parte del mundo no ha habido evidencia instrumental
acerca de sismos de tales magnitudes.
Sin embargo, cree que lo más lógico que ocurriría
si trasladáramos el tsunami reciente de Asia al plano salvadoreño
o a otro sitio del planeta, y bajo las mismas características,
el daño sería el mismo. Pero, hay que establecer diferencias
en cuanto a número de habitantes e infraestructura turística,
por ejemplo.
No obstante, Arenas sí se atreve a seguir la lógica: en
caso de un desastre de este tipo, la zona de la desembocadura del río
Lempa, en la jurisdicción de San Vicente y La Paz, resultaría
más afectada porque es la que está en el nivel más
bajo, más próxima al mar. Los habitantes de San Carlos
Lempa, por ejemplo, pueden contar año con año los efectos
por el desbordamiento del río.
Por el contrario, buena parte de la costa occidental y central pueden
respirar más tranquilos porque sólo en teoría
tienen algunas elevaciones que pueden convertirse en barreras protectoras.
Walter Hernández, geólogo del SNET, comparte la opinión
con Arenas, de que no se puede medir hipotéticamente los daños,
pues éstos dependerán de la magnitud del fenómeno,
de cuál sea la velocidad de la ola y la profundidad del epicentro
porque en cuanto mayor sea así es la energía liberada
y la rapidez con que avanzará hacia tierra firme.
Francisco Gavidia, oceanógrafo, tampoco cree que se tenga que
hablar en términos hipotéticos; es más, considera
que todos los que habitan la costa del Pacífico deben saber que
es en esta zona donde ocurre el 81% de los tsunamis.
Hay un mapa que ha hecho el MARN sobre las zonas de riesgo por
inundaciones. En general, en la zona está Punta Remedios, lo
que es la Cordillera del Bálsamo, ahí, afortunadamente,
a unos 100 metros de la Carretera del Litoral empiezan a haber alturas
de hasta 800 metros. En el caso de un tsunami eso es una barrera natural
porque si se le avisa a la gente con suficiente tiempo, pudieran subir
y se salvan, explica Gavidia.
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Manglares. Para algunos, los bosques
salados, como estos de Jiquilisco, Usulután, son una importante
barrera viva que podría amortiguar un poco el impacto de
un tsunami. |
Arenas añade otro caso, y es que si, por ejemplo,
la ola entrara por la costa de Usulután y tuviera un avance significativo
en tierra, la cordillera de Jucuarán podría convertirse
en una especie de muro de contención y de protección para
muchas ciudades. ¿Pero qué pasaría con las poblaciones
intermedias como Jiquilisco?
Otros han hablado de los manglares como barrera natural ante este tipo
de desastres, pero, ¿serán suficientes para detener cualquier
intento destructivo?
Alerta
Si se tiene claro que El Salvador no está exento de la amenaza,
¿cómo funcionaríamos para enfrentarla?
Estamos en una región que ha sufrido impactos de tsunami
y lo puede volver a sufrir. En el 2001 sufrimos el impacto de uno, está
registrado, apunta Arenas.
Se habla de al menos dos maremotos registrados en la historia salvadoreña.
Uno en 1902, frente a las costas de Acajutla y otro ocurrido el 13 de
enero de 2001, este último es el único que aparece dentro
del registro mundial de sismos.
Pese a que según el SNET en algunas zonas de La Paz
el mar retrocedió un poco y el agua salió de su borde
normal, no causó ningún daño, la experiencia de
tsunami de alto poder destructivo en otros países del continente
como los ocurridos en Chile (1960) y Alaska (1964), que alcanzaron una
magnitud de 9.5 y 9.2 respectivamente, no debemos confiarnos.
Gavidia dice que si se siguen las huellas de los sismos en el país,
frente a la Costa del Sol ocurre el 50% de los movimientos dado que
es una zona de subducción donde hay un enjambre de fallas que
es un transmisor de energía.
La tecnología nos está diciendo qué está
pasando, por eso no hay que hablar de un caso hipotético, estamos
expuestos, las probabilidades son altas. Somos un sitio vulnerable,
sentencia Gavidia.
¿Cómo manejar estas posibilidades? Arenas dice que nuestra
capacidad de alerta radica en la información que puedan registrar
las tres estaciones mareográficas que posee nuestro país
y que están ubicadas en Acajutla, la desembocadura del río
Lempa y en La Unión, aunque es la de Acajutla la única
enlazada al Sistema Mundial de Alerta Temprana a nivel regional.
A finales del 2003, en la reunión de todo el sistema de
alerta del continente, en Guatemala, concluimos con otros expertos que
Centroamérica era el gran oído sordo porque nadie estaba
monitoreando mareas en la perspectiva de un tsunami, relata Arenas.
Pero, aunque El Salvador tiene tres estaciones funcionando, la información
de las otras dos no pueden ser comprendida por la falta de un decodificador
y es como estar ciegos. Aparte, hay insuficiencia de personal
y presupuesto de ($1.764 millones) para una institución que,
según Arenas, abastece de información a muchas dependencias
del Estado, entre ellas las de emergencia en caso de desastres.
Según el ingeniero Raúl Murillo, el Coen es la organización
de protección civil que coordina todos los recursos disponibles
entre un equipo multidisciplinario dentro de un centro de operaciones
de emergencia encaminado a la prevención y mitigación
para la reducción del riesgo y los desastres.
La prevención
Para Murillo, hoy, la nueva política es preparar a los
comités municipales como centros de operaciones.
Estos dice funcionan mediante un sistema de radio comunicación
que les permita desarrollar estos sistemas de alerta... posteriormente
vamos a ir mejorando en cuanto a las estaciones telemétricas.
Pero Murillo explica que en caso de emergencia todos trabajan descentralizados
en la toma de decisiones y a la vez centralizados porque todos comparten
la información.
Lidia Castillo, directora de Ceprode, dice que el país ha avanzado,
por ejemplo, en la prevención de las inundaciones; pero falta
hacerlo en otros tipo de desastres, como que el país tenga su
ley de prevención de desastres ajustada a los tiempos. Pero este
marco ahora duerme en la Asamblea Legislativa.
El componente educativo como parte de la prevención es importante,
pero es fácilmente olvidado cuando se habla en el contexto de
maremotos que no ocurren con frecuencia.
Si alertamos que en cualquier punto de la costa salvadoreña
tenemos un tsunami, (eso) no está en la estructura del conocimiento
de las personas, dice Arenas, y añade que aunque transmiten
alertas a las instituciones correspondientes como la Policía
y comités de emergencias, es necesario que la gente entienda
esos indicadores, lo que significa una alerta.
Murillo dice que en El Salvador se ha capacitado a comunidades que se
encuentran en las zonas de alto riesgo como planicies, zonas aluviales
en la parte costera que podrían responder ante un tsunami. Se
les enseña cómo organizarse, planes de evacuación
y por qué se evacua.
Ante esta vulnerabilidad, los salvadoreños tenemos que aprender
a vivir con el riesgo. Raúl Murillo, del Coen, tiene razón
al decir que es necesario empezar de algo y estar pendientes de
lo que podría ocurrir.
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