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Relato
A
un paso del abismo
Sin
esperanza. Rodrigo resuelve y Jackeline es una inversión. Yessica
considera a Juan como el hijo problemático: ni estudia ni colabora.
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| Vida
en comunidad. La privacidad no existe en un mesón de 23 familias,
donde los niños conocen a edad temprana asuntos más
adecuados para ojos adultos. Los chambres corren y todos tienen
una opinión de Juan. FOTO EDH / Archivo |
En los dos primeros años de vida de Juan, el zapatero fue la
única figura paterna, incluso materna. El padre biológico
había sido condenado a 10 años de cárcel por violación,
y Yessica, en un ataque de hedonismo, se había olvidado de la
crianza de su hijo. Yo sólo jodiendo pasaba, recuerda
la joven, reduciendo a una las actividades que llevó a cabo entre
1994 y 97.
Noé abandonó a su pareja -Carmen- como una medida para
proteger al niño y se llevó al chico con él. Yessica
también se acercó al ex marido de su madre. Yo la
comprendía y por eso ella se aferró a mí,
justificaba Noé.
Así comenzaron una relación en silencio que los llevó
hasta Apopa, con Juan a cuestas.
El zapatero, antes de morir -falleció de Sida en enero pasado-,
hablaba del episodio en voz baja; el desliz no había
dejado de atormentarlo. Yo sé que estuvo mal, pero pobrecita
ella, decía.
| En el mesón hay 23 cuartos, uno por familia. Las madres solteras lideran la mayoría de los hogares. Los inquilinos invadieron el lugar tras el terremoto de 1986. No pagan alquiler, sólo los servicios de agua y luz. Hay siete lavaderos colectivos en el patio común. |
Noé pasó a ser una especie de protector de Yessica, algo
que luego repitió con los tres hijos de ella. Aunque ninguno
sea hijo mío, les di mi apellido y los tengo como los hijos que
nunca pude tener.
Nueva etapa
La incestuosa relación duró hasta que Carmen juró
matar a Noé. Entonces cada quien agarró su camino.
Y Juan pasó a compartir la cotidianidad sólo con su madre,
en un reducido espacio de mohosas paredes: una pieza de mesón
en el Barrio Lourdes, donde el televisor siempre pasa encendido.
Para mantener al niño y a la que venía en camino -a los
dos años de dar a luz, Yessica volvió a quedar embarazada,
esta vez, de una niña-, buscó empleo de mesera. Servía
tragos y ayudaba en la cocina de varios y nada variados locales. Así
transcurrieron los años.
Del eterno empleo conserva el aspecto -ojos perfilados de oscuro y plata,
máscara de pestañas azul y dos arcos café a modo
de cejas-y las pocas ganas de seguir afrontando la rutina laboral.
En más de una ocasión Juan fue compañero de jornada
de su madre. Lavaba los trastes de la correspondiente cervecería,
y el sueldo lo decidía Yessica: cinco dólares. El niño
corría a gastar ese dinero en las máquinas de videojuegos.
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| Condición,
su madre le dará comida si asiste a clases de computación.
FOTO EDH / Archivo |
MARCO MACROSOCIAL
Para
Cervellón, la sociedad salvadoreña,
machista y homófoba, ya ha definido la identidad de Juan,
cuando éste apenas la busca. |
Las
historias de las mujeres de esta familia se dan en un contexto patriarcal,
de una sociedad homofóbica y altamente machista.
Existe una exclusión muy grande, pero ¿qué
pasa si la exclusión viene a partir de una interpretación
de que Juan es gay, cuando no es así?
Es un niño con una identidad confusa, con una familia
complicada, con una serie de revoltijos en sus sentimientos y que
seguro no halla dónde ubicarse. Sin embargo, la sociedad
y su entorno están reaccionando como si él fuera gay.
Es terrible todo lo que está recibiendo a partir de un entramado
que viene de un postulado machista. En eso está envuelto
Juan.
¡Es lógico que no quiera ir a la escuela, que
quiera vagar, que sea rebelde! Porque entre más vago, más
me olvido de mis circunstancia, de lo que me hace sufrir. No es
de gratis todo lo que hace. |
Así conoció el ambiente en el que su mamá
se movía, y los comentarios que los bolos chucos hacían
sobre ella, recuerda el menor.
Cuando no la acompañaba, Juan se quedaba al cuidado de su hermana
y la casa. Al verse libre de la vigilancia materna -Yessica se ausentaba
de 10 a 10-, la escuela comenzó a ser una anécdota en
su día a día. Dejó de acudir a las clases, que
nunca le motivaron y las que no darían un sólo fruto,
ni unas palabras en inglés, o una cierta habilidad para las matemáticas,
como su hermana Jackeline.
Liberado de los quehaceres propios de un niño, con tanto tiempo
ocioso, Juan le halló gusto a vagar. Con ese verbo
define su rutina todo aquel que la conoce de cerca.
Y todos en el mesón la conocen. Porque es una comunidad en la
que, como la misma palabra indica, la vida de sus vecinos transcurre
en común.
Cierto día, en dicho espacio, donde los muros no sirven para
guardar secretos, un rumor comenzó a extenderse: a Juan le gusta
vestirse de mujer.
Opinan todos
Ropa femenina, las uñas de los pies rojas, los ojos delineados
con lápiz negro, y unas maneras muy particulares de hablar y
caminar. Pero no es lo único que se le atribuye a Juan.
Yessica insiste en que, últimamente, no puede dejar un
dinero mal puesto. Juan agarra lo que no le corresponde. Es
para ir de compras a Plaza Mundo, con un culero, adereza el comentario
su hermano de cinco años, Rodrigo. El dinero también le
sirve para las maquinitas, todo con tal de vagar.
No tener pisto no es impedimento. ¿Sabe
lo que hace? Se va con unos hombres para que lo inviten, dice
su hermana, quien agrega que no falta quien lo convide.
La actitud del menor desconcierta a los vecinos. Una de ellas explica
que hay aspectos del menor que no entiende. A veces me da nalgadas,
y yo le digo que se ponga claro. Ponerse claro significa definir
su orientación sexual.
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| Juan accedió a maquillarse para la foto. Pintarse el rostro se le está volviendo algo habitual. FOTO EDH |
"Creo que no se debería descartar la posibilidad de que haya sido abusado. No es estereotipar que toda persona con tendencia gay fue abusada, pero por el contexto de vida de Juan, creo que hay que indagar. Si es así, detrás hay un trauma serio a nivel de violencia sexual"
Priscila Cervellón.
FOTO EDH / Archivo |
Cuando, curiosa, para disipar sus dudas, la vecina le preguntó
si le gustaban los hombres o las mujeres, Juan respondió con
la ambigüedad que le caracteriza: Uhhhhh, ¿a vos qué
te importa?.
Las pestañas rizadas, sus uñas largas de oficinista, oscuras
como de mecánico por tramos, pero con restos de esmalte en los
bordes, confunden. Sin embargo, Juan lo dice muy claro: no se pinta,
no le gustan los hombres. Mentira, todo es mentira, sentencia. Detesta la gente metida, y
lo hace saber a cada momento.
Tampoco son de su agrado los hombres mayores. ¡Uuuy, guácala!
No me gustan los viejos, expresa con desdén al cruzarse
con alguno y sigue caminando. Algo tiene que ver en dicha actitud el
episodio del que habla entrecortado: aquella vez en la que un vecino
lo buscó, le tapó la boca y abusó de él.
Otro día, también llamó a otro bicho...,
comenta en voz baja e inmediatamente cambia de conversación.
Es que Juan prefiere hablar de lo que le gusta: vagar.
Vaga porque no va a clases, porque mucho me pegaba el profesor
con la regla de a metro, porque tampoco le interesa la escuela
nocturna o porque su madre prefirió centrarse en Jackeline, la
inversión académica de la familia.
Todos tienen una opinión formada de él. Los vecinos dicen
que necesita mano dura, su padre biológico se encoge de hombros,
su abuela pretende llevárselo de mojado a los Estados Unidos.
A Noé, su padrastro, no le disgustaba la idea de internarlo en
un reformatorio o institución similar.
La opción la había sugerido Yessica, a quien la rebeldía
de su hijo la llevó a concluir que es un caso perdido.
Han probado con clases de computación y con la iglesia. La computación
lo mantuvo ocupado un par de meses hasta que la inconstancia de ir cuando
le da la gana se impuso. De la iglesia lo echaron por conflictivo.
Juan sólo quiere vagar.
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