15 de mayo de 2005


Relato
A un paso del abismo

Sin esperanza. Rodrigo resuelve y Jackeline es una inversión. Yessica considera a Juan como el hijo problemático: ni estudia ni colabora.

ALICIA MIRANDA / LEYRE VENTAS
VERTICE

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Vida en comunidad. La privacidad no existe en un mesón de 23 familias, donde los niños conocen a edad temprana asuntos más adecuados para ojos adultos. Los chambres corren y todos tienen una opinión de Juan. FOTO EDH / Archivo


En los dos primeros años de vida de Juan, el zapatero fue la única figura paterna, incluso materna. El padre biológico había sido condenado a 10 años de cárcel por violación, y Yessica, en un ataque de hedonismo, se había olvidado de la crianza de su hijo. “Yo sólo jodiendo pasaba”, recuerda la joven, reduciendo a una las actividades que llevó a cabo entre 1994 y 97.

Noé abandonó a su pareja -Carmen- como una medida para proteger al niño y se llevó al chico con él. Yessica también se acercó al ex marido de su madre. “Yo la comprendía y por eso ella se aferró a mí”, justificaba Noé.
Así comenzaron una relación en silencio que los llevó hasta Apopa, con Juan a cuestas.

El zapatero, antes de morir -falleció de Sida en enero pasado-, hablaba del episodio en voz baja; el “desliz” no había dejado de atormentarlo. “Yo sé que estuvo mal, pero pobrecita ella”, decía.

En el mesón hay 23 cuartos, uno por familia. Las madres solteras lideran la mayoría de los hogares. Los inquilinos invadieron el lugar tras el terremoto de 1986. No pagan alquiler, sólo los servicios de agua y luz. Hay siete lavaderos colectivos en el patio común.

Noé pasó a ser una especie de protector de Yessica, algo que luego repitió con los tres hijos de ella. “Aunque ninguno sea hijo mío, les di mi apellido y los tengo como los hijos que nunca pude tener”.

Nueva etapa


La incestuosa relación duró hasta que Carmen juró matar a Noé. Entonces cada quien agarró su camino.

Y Juan pasó a compartir la cotidianidad sólo con su madre, en un reducido espacio de mohosas paredes: una pieza de mesón en el Barrio Lourdes, donde el televisor siempre pasa encendido.

Para mantener al niño y a la que venía en camino -a los dos años de dar a luz, Yessica volvió a quedar embarazada, esta vez, de una niña-, buscó empleo de mesera. Servía tragos y ayudaba en la cocina de varios y nada variados locales. Así transcurrieron los años.

Del eterno empleo conserva el aspecto -ojos perfilados de oscuro y plata, máscara de pestañas azul y dos arcos café a modo de cejas-y las pocas ganas de seguir afrontando la rutina laboral.

En más de una ocasión Juan fue compañero de jornada de su madre. Lavaba los trastes de la correspondiente cervecería, y el sueldo lo decidía Yessica: cinco dólares. El niño corría a gastar ese dinero en las máquinas de videojuegos.

Condición, su madre le dará comida si asiste a clases de computación. FOTO EDH / Archivo
MARCO MACROSOCIAL
Para Cervellón, la sociedad salvadoreña,
machista y homófoba, ya ha definido la identidad de Juan, cuando éste apenas la busca.
“Las historias de las mujeres de esta familia se dan en un contexto patriarcal, de una sociedad homofóbica y altamente machista.
“Existe una exclusión muy grande, pero ¿qué pasa si la exclusión viene a partir de una interpretación de que Juan es gay, cuando no es así?
“Es un niño con una identidad confusa, con una familia complicada, con una serie de revoltijos en sus sentimientos y que seguro no halla dónde ubicarse. Sin embargo, la sociedad y su entorno están reaccionando como si él fuera gay. Es terrible todo lo que está recibiendo a partir de un entramado que viene de un postulado machista. En eso está envuelto Juan.
“¡Es lógico que no quiera ir a la escuela, que quiera vagar, que sea rebelde! Porque entre más vago, más me olvido de mis circunstancia, de lo que me hace sufrir. No es de gratis todo lo que hace”.

Así conoció el ambiente en el que su mamá se movía, y “los comentarios que los bolos chucos hacían sobre ella”, recuerda el menor.

Cuando no la acompañaba, Juan se quedaba al cuidado de su hermana y la casa. Al verse libre de la vigilancia materna -Yessica se ausentaba de 10 a 10-, la escuela comenzó a ser una anécdota en su día a día. Dejó de acudir a las clases, que nunca le motivaron y las que no darían un sólo fruto, ni unas palabras en inglés, o una cierta habilidad para las matemáticas, como su hermana Jackeline.

Liberado de los quehaceres propios de un niño, con tanto tiempo ocioso, Juan le halló gusto a “vagar”. Con ese verbo define su rutina todo aquel que la conoce de cerca.

Y todos en el mesón la conocen. Porque es una comunidad en la que, como la misma palabra indica, la vida de sus vecinos transcurre en común.

Cierto día, en dicho espacio, donde los muros no sirven para guardar secretos, un rumor comenzó a extenderse: a Juan le gusta vestirse de mujer.

Opinan todos

Ropa femenina, las uñas de los pies rojas, los ojos delineados con lápiz negro, y unas maneras muy particulares de hablar y caminar. Pero no es lo único que se le atribuye a Juan.

Yessica insiste en que, últimamente, no puede dejar “un dinero mal puesto”. Juan agarra lo que no le corresponde. “Es para ir de compras a Plaza Mundo, con un culero”, adereza el comentario su hermano de cinco años, Rodrigo. El dinero también le sirve para “las maquinitas”, todo con tal de vagar.

No tener “pisto” no es impedimento. “¿Sabe lo que hace? Se va con unos hombres para que lo inviten”, dice su hermana, quien agrega que no falta quien lo convide.

La actitud del menor desconcierta a los vecinos. Una de ellas explica que hay aspectos del menor que no entiende. “A veces me da nalgadas, y yo le digo que se ponga claro”. Ponerse claro significa definir su orientación sexual.

Juan accedió a maquillarse para la foto. Pintarse el rostro se le está volviendo algo habitual. FOTO EDH
"Creo que no se debería descartar la posibilidad de que haya sido abusado. No es estereotipar que toda persona con tendencia gay fue abusada, pero por el contexto de vida de Juan, creo que hay que indagar. Si es así, detrás hay un trauma serio a nivel de violencia sexual"
Priscila Cervellón.
FOTO EDH / Archivo

Cuando, curiosa, para disipar sus dudas, la vecina le preguntó si le gustaban los hombres o las mujeres, Juan respondió con la ambigüedad que le caracteriza: “Uhhhhh, ¿a vos qué te importa?”.

Las pestañas rizadas, sus uñas largas de oficinista, oscuras como de mecánico por tramos, pero con restos de esmalte en los bordes, confunden. Sin embargo, Juan lo dice muy claro: no se pinta, no le gustan los hombres. “Mentira, todo es mentira”, sentencia.
Detesta la gente “metida”, y lo hace saber a cada momento.

Tampoco son de su agrado los hombres mayores. “¡Uuuy, guácala! No me gustan los viejos”, expresa con desdén al cruzarse con alguno y sigue caminando. Algo tiene que ver en dicha actitud el episodio del que habla entrecortado: aquella vez en la que un vecino lo buscó, le tapó la boca y abusó de él. “Otro día, también llamó a otro bicho...”, comenta en voz baja e inmediatamente cambia de conversación. Es que Juan prefiere hablar de lo que le gusta: vagar.
Vaga porque no va a clases, porque “mucho me pegaba el profesor con la regla de a metro”, porque tampoco le interesa la escuela nocturna o porque su madre prefirió centrarse en Jackeline, la inversión académica de la familia.

Todos tienen una opinión formada de él. Los vecinos dicen que necesita mano dura, su padre biológico se encoge de hombros, su abuela pretende llevárselo de mojado a los Estados Unidos. A Noé, su padrastro, no le disgustaba la idea de internarlo en un reformatorio o institución similar.

La opción la había sugerido Yessica, a quien la rebeldía de su hijo la llevó a concluir que “es un caso perdido”.

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Han probado con clases de computación y con la iglesia. La computación lo mantuvo ocupado un par de meses hasta que la inconstancia de ir “cuando le da la gana” se impuso. De la iglesia lo echaron por “conflictivo”. Juan sólo quiere vagar.

 

 


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