15 de mayo de 2005


Relato
El guion de una vida por escribir

Juan es una bomba de tiempo. Tiene 12 años y hace dos que dejó la escuela. Las veces que llegó tampoco le sirvieron para aprender a leer o escribir. Su madre lo describe como un caso perdido. Él nunca adquirió responsabilidad alguna. Su mayor deseo es vagar. Mientras llega su adolescencia, este niño, procedente de un hogar disfuncional, está cayendo en una espiral peligrosa que amenaza incluso con volverlo un travestido. Juan quiere ser estilista, pero hasta ahora lo único que tiene es un entorno viciado y limitado. Los nombres de la presente historia han sido cambiados para proteger a sus personajes

ALICIA MIRANDA / LEYRE VENTAS
VERTICE
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Foto Herberth Saravia / EDH /

“Sale del mesón, moviendo con coquetería sus caderas, improvisando el glamour que le niega su apariencia.

Tiene los pies completamente sucios, un collar de tierra en el cuello y restos de comida en las comisuras de la boca.

La única prenda que lleva puesta es un short azul. Parece sentirse cómodo. Cruza la calle sonriente hasta la tienda.

Juan es moreno, con la cara redonda, las pestañas largas, rizadas y los ojos almendrados.

De cerca es común, pero las uñas de sus pies y de sus manos conservan restos de esmalte rojo. Algo nada común en un niño de 12 años.

“¿Yo?... Quiero ser grande para hacer lo que quiera”, dice con desdén. Inclinado sobre la cama de un pick up que está frente a la abarrotería, mira con menosprecio la entrada del mesón -en el Barrio Lourdes, de San Salvador-, el lugar que lo vio crecer y del que huye todos los días. “La calle es más divertida”, asegura mientras come un trozo del pan que acaba de comprar. Sin nada más que agregar, Juan regresa al mesón.

INDIVIDUALIDAD Y FAMILIA. Priscila de Cervellón, P sicóloga de la UCA, hace un diagnóstico sobre el caso de Juan y su familia a partir de cuatro marcos de análisis.
“Los niños, cuando nacen, esperan que sus padres les ayuden a tener una estructura mental y sicológica mientras llega el momento de buscar y decidir en qué quieren convertirse. Pero si uno ve la historia de esta familia, se da cuenta de que todos tienen una personalidad que se caracteriza por depender de una seguridad externa, como la abuela, que dependió de la droga durante muchos años. El modelo de identidad de la familia parece ser: ‘Somos los que no sabemos para dónde vamos’. En ese ambiente amorfo nació y está Juan. 

Adentro, un grupo de mujeres restriega la ropa en cuatro lavaderos que también sirven como escondite para los niños, que juegan en el único espacio común que existe allí.

Juan pasa de largo hasta llegar al cuarto que está en el fondo. Justo al lado de la entrada, el inodoro despide un fuerte olor a orines; a la par, una refrigeradora y trastes apiñados completan el cuadro de bienvenida.

Una cortina floreada divide la cocina del resto del cuarto. Tras ella, se esconde una cama vieja, un mueble de madera, y la parte más oscura y húmeda de la pieza alberga un camarote desordenado. Es todo en la casa de Juan.

El niño entra, tira el pan sobre la mesa y sale del cuarto ignorando los gritos de su hermana, que le advierte una tunda de su madre. “Si te vas, le voy a decir a mi mamá que te pegue”. Pero él se va haciéndole muecas en forma de burla.

Con 12 años, Juan es un menú difícil de digerir. Es respondón, agresivo y hasta violento, pero, sobre todo, rebelde. Algo que acepta sin reparos. “No me gusta que me digan nada...”.

"Mi hija maduró a la par de sus hijos. Se fue de la casa embarazada, a lso 14 años. Yo lloraba preocupada y me emborrachaba todas las noches, también consumía otras cosas. Yo tampoco fui una santa". Carmen, abuela de Juan.

Cuestión de familia

Padre adoptivo. Noé Fuentes desapareció de la vida de Juan en enero. . Foto EDH / Archivo

La rebeldía la heredó de su madre, Yessica. Y con ella la comparte cada día en forma de comentarios irreverentes e insultos cruzados.

“Voy a hacer lo que quiera, ya vas a ver que sí”, contesta Juan ante cualquier permiso denegado.

Pero el tono del discurso de Yessica tampoco es diferente. Con sus 23 años y tres hijos, encara la vida con pose de mujer brava, desconfiada, autosuficiente.

“¿Quién me puede andar mandando a mí?... ni mi madre”, reta quien escapó de casa a los 14 como consecuencia de un embarazo precoz.

Las interminables ausencias de su madre, Carmen, habían propiciado encuentros furtivos con un muchacho huelepega.

Asimismo, de una de las salidas maternas se valió Yessica para cambiar el hogar por la calle y comenzar a lidiar con el mundo en solitario.

Vivió la gestación con el amargo sueldo de ayudante de cocinero, el depósito de un camión como techo y la pega de cobija. En ese contexto nació Juan, a los siete meses.

Carmen no tardó en encontrar a su hija y en convencerla de que le convenía regresar a casa. Por aquel entonces, la abuela de Juan, de 37 años, ya vivía con Noé, un zapatero menor que ella. Así fue como el recién nacido conoció su primer hogar, entendido más como un tejado sobre su cabeza que como una familia integrada.

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