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LA
OPINIÓN
Momentos
cotidianos
Siempre
me ha resultado interesante la panorámica que se observa desde
el asiento de un autobús. En un vistazo se perciben las tonalidades
de la vida capitalina.
Subirse, por ejemplo, a una unidad de la ruta 29 y concretar el recorrido
permite contemplar en 60 minutos desde la apariencia gris del populoso
San Bartolo, en Ilopango, hasta el rostro de la comodidad de zonas residenciales
como la Miramonte o la Toluca.
En ese intermedio hay otras estampas: el mundo de las factorías,
el comercio informal y los modernos centros comerciales sobre el transitado
e insuficiente Bulevar del Ejército a la altura de Soyapango.
Y qué decir del bullicioso mercado La Tiendona,
donde trajinan vendedores y compradores, mientras otro ejército
de empleados corre tras los autobuses y microbuses atestando las calles
y compitiendo con los vehículos.
Tampoco escapa a la retina el centro capitalino con su congestionamiento,
humo y desorden. Y como en una película, las imágenes
se van transformando.
Atrás queda el ambiente ruidoso y sucio de Soyapango y San Salvador.
El viaje culmina a la altura de Metrocentro, la Miramonte o la Toluca,
donde la vista toma otro color. El paisaje urbanístico transpira
comodidad, limpieza, orden.
Pero desde el asiento del autobús también se perciben
comportamientos que dejan con el alma en una mano a cualquiera que no
está diseñado para resistir las emociones fuertes.
El conductor de un microbús 29 va sobre su carril, pero de pronto,
un hombre cuarentón, de tez morena y con vestimenta veraniega,
le sobrepasa a bordo de su vehículo, a la izquierda, tomando
el carril en sentido contrario.
La primera amonestación para el conductor imprudente es el acostumbrado
reclamo, pero éste responde con prepotencia y con un arma de
grueso calibre en la mano.
Una señora, cuyo delantal y el canasto la delatan como comerciante
informal, salta del asiento con los nervios de punta buscando refugio.
El microbusero simplemente calla. Con aire intocable, el imprudente
arranca violentamente su camioneta negra y se pierde como loco por la
Alameda Juan Pablo II, amenazante, mientras los demás conductores
se apartan o frenan sorprendidos.
Sucedió sobre la Avenida Peralta, al oriente de la capital, una
mañana calurosa de este mayo invernal. No es un caso insólito.
Como el panorama citadino con todos sus contrastes, esto pasa todos
los días frente a nuestros ojos.
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