15 de mayo de 2005



LA OPINIÓN

Mirella Cáceres
vertice@elsalvador.com

Momentos cotidianos

Siempre me ha resultado interesante la panorámica que se observa desde el asiento de un autobús. En un vistazo se perciben las tonalidades de la vida capitalina.

Subirse, por ejemplo, a una unidad de la ruta 29 y concretar el recorrido permite contemplar en 60 minutos desde la apariencia gris del populoso San Bartolo, en Ilopango, hasta el rostro de la comodidad de zonas residenciales como la Miramonte o la Toluca.

En ese intermedio hay otras estampas: el mundo de las factorías, el comercio informal y los modernos centros comerciales sobre el transitado e insuficiente Bulevar del Ejército a la altura de Soyapango. Y qué decir del bullicioso mercado La Tiendona,

donde trajinan vendedores y compradores, mientras otro ejército de empleados corre tras los autobuses y microbuses atestando las calles y compitiendo con los vehículos.

Tampoco escapa a la retina el centro capitalino con su congestionamiento, humo y desorden. Y como en una película, las imágenes se van transformando.

Atrás queda el ambiente ruidoso y sucio de Soyapango y San Salvador. El viaje culmina a la altura de Metrocentro, la Miramonte o la Toluca, donde la vista toma otro color. El paisaje urbanístico transpira comodidad, limpieza, orden.
Pero desde el asiento del autobús también se perciben comportamientos que dejan con el alma en una mano a cualquiera que no está diseñado para resistir las emociones fuertes.

El conductor de un microbús 29 va sobre su carril, pero de pronto, un hombre cuarentón, de tez morena y con vestimenta veraniega, le sobrepasa a bordo de su vehículo, a la izquierda, tomando el carril en sentido contrario.
La primera amonestación para el conductor imprudente es el acostumbrado reclamo, pero éste responde con prepotencia y con un arma de grueso calibre en la mano.

Una señora, cuyo delantal y el canasto la delatan como comerciante informal, salta del asiento con los nervios de punta buscando refugio.

El microbusero simplemente calla. Con aire intocable, el imprudente arranca violentamente su camioneta negra y se pierde como loco por la Alameda Juan Pablo II, amenazante, mientras los demás conductores se apartan o frenan sorprendidos.

Sucedió sobre la Avenida Peralta, al oriente de la capital, una mañana calurosa de este mayo invernal. No es un caso insólito. Como el panorama citadino con todos sus contrastes, esto pasa todos los días frente a nuestros ojos.


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