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LA
OPINIÓN
Memorias
del Centro
Ella
tenía cuatro años y su familia vivía en una pieza
de mesón sobre la calle Concepción. Cerca de la funeraria
La Inmaculada. Su padre, un joven empleado público. Su madre,
ama de casa y perito contador.
Las tardes de los sábados, el paseo consistía en ir junto
a papá a hacer mandados, caminando, sin prisas ni
preocupación por los alrededores del mercado Ex Cuartel, el parque
San José, la plaza Morazán y el Palacio Nacional.
Las aceras estaban libres, y a la niña le parecían amplias
y espaciosas. Ahí, los ojos se le llenaban con lo expuesto en
las vitrinas, mientras su olfato era atraído hacia el exhibidor
de pollos rostizados a la par de Disco Almacén.
El día de pago, toda la familia almorzaba en el restaurante de
hamburguesas, cerca del Teatro Nacional. En esos días, un payaso
pelirrojo visitaba el lugar y nadie temía que en los baños
ocurrieran asaltos a la dignidad.
En la Navidad de 1978, Santa Claus le trajo una bicicleta. Fue cuando
el abuelo la llevó al parque Centenario para que aprendiera a
usarla. Sí, los niños del barrio Concepción tenía
dónde jugar. Era inimaginable que el espacio sería un
día conquistado por el mercadillo de pulgas y el comercio sexual.
Un sábado, esperando el autobús sobre la 3ª Calle Poniente,
se escucharon unos disparos. La gente gritó y corrió.
Ella y su padre se agacharon. ¿Qué pasa?,
se preguntó. El Centro por razones que desconocía
había dejado de ser un lugar seguro.
En enero de 1980, la familia se mudó. Su hogar cambió
de rostro. Durante la adolescencia, ella aprendió a viajar sola
en bus. Nunca la asaltaron, nunca la asustaron, pero por consejos de
amigos se acostumbró a caminar corriendo y agarrando su cartera
con la mano.
Las aceras del mercado Ex Cuartel, el parque San José, la Plaza
Morazán y el Palacio Nacional ya no eran amplias. No porque ella
hubiera crecido demasiado, sino porque el comercio, antes recluido en
los locales comerciales, se había desbordado a los espacios peatonales.
En 1991, antes de la graduación, hizo su último mandado
en el Centro. Visitó un local de fotografía en el portal
La Dalia, ahí le hicieron las fotos para el título.
El Centro quedó relegado a una escala obligada en su viaje hacia
la universidad. Entonces, tuvo que evadir el atropello de los autobuses
que se aglomeraban frente al edificio de Antel.
Ahí, en su marcha desde el Parque Libertad hacia el parque San
José, para abordar un microbús de la 38, tuvo su segundo
encuentro con el miedo. Los aritos de fantasía que le robaron
no fueron lo más valioso que el raterillo se llevó.
Entre las manos de aquel adolescente huelepega iba el sentimiento de
confianza que los paseos infantiles junto a su padre le habían
heredado. Desde ese momento, el lugar se volvió parte del pasado,
una memoria. La misma memoria de los demás niños que un
día pasearon de manos de su padre por las aceras del Centro.
Esos que hoy son adultos y evitan conducir hasta ahí o prefieren
dar paseos de la mano con sus hijos en los pasillos de un centro comercial.
Esas serán otras memorias.
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