14 de agosto de 2005


LA OPINIÓN
Memorias del Centro

Lilian Martínez
vertice@elsalvador.com


Ella tenía cuatro años y su familia vivía en una pieza de mesón sobre la calle Concepción. Cerca de la funeraria La Inmaculada. Su padre, un joven empleado público. Su madre, ama de casa y perito contador.

Las tardes de los sábados, el paseo consistía en ir junto a papá “a hacer mandados”, caminando, sin prisas ni preocupación por los alrededores del mercado Ex Cuartel, el parque San José, la plaza Morazán y el Palacio Nacional.

Las aceras estaban libres, y a la niña le parecían amplias y espaciosas. Ahí, los ojos se le llenaban con lo expuesto en las vitrinas, mientras su olfato era atraído hacia el exhibidor de pollos rostizados a la par de Disco Almacén.

El día de pago, toda la familia almorzaba en el restaurante de hamburguesas, cerca del Teatro Nacional. En esos días, un payaso pelirrojo visitaba el lugar y nadie temía que en los baños ocurrieran asaltos a la dignidad.

En la Navidad de 1978, Santa Claus le trajo una bicicleta. Fue cuando el abuelo la llevó al parque Centenario para que aprendiera a usarla. Sí, los niños del barrio Concepción tenía dónde jugar. Era inimaginable que el espacio sería un día conquistado por el mercadillo de pulgas y el comercio sexual.

Un sábado, esperando el autobús sobre la 3ª Calle Poniente, se escucharon unos disparos. La gente gritó y corrió. Ella y su padre se agacharon. “¿Qué pasa?”, se preguntó. El Centro —por razones que desconocía— había dejado de ser un lugar seguro.

En enero de 1980, la familia se mudó. Su hogar cambió de rostro. Durante la adolescencia, ella aprendió a viajar sola en bus. Nunca la asaltaron, nunca la asustaron, pero por consejos de amigos se acostumbró a caminar corriendo y agarrando su cartera con la mano.

Las aceras del mercado Ex Cuartel, el parque San José, la Plaza Morazán y el Palacio Nacional ya no eran amplias. No porque ella hubiera crecido demasiado, sino porque el comercio, antes recluido en los locales comerciales, se había desbordado a los espacios peatonales.

En 1991, antes de la graduación, hizo su último mandado en el Centro. Visitó un local de fotografía en el portal La Dalia, ahí le hicieron las fotos para el título.

El Centro quedó relegado a una escala obligada en su viaje hacia la universidad. Entonces, tuvo que evadir el atropello de los autobuses que se aglomeraban frente al edificio de Antel.

Ahí, en su marcha desde el Parque Libertad hacia el parque San José, para abordar un microbús de la 38, tuvo su segundo encuentro con el miedo. Los aritos de fantasía que le robaron no fueron lo más valioso que el raterillo se llevó.

Entre las manos de aquel adolescente huelepega iba el sentimiento de confianza que los paseos infantiles junto a su padre le habían heredado. Desde ese momento, el lugar se volvió parte del pasado, una memoria. La misma memoria de los demás niños que un día pasearon de manos de su padre por las aceras del Centro. Esos que hoy son adultos y evitan conducir hasta ahí o prefieren dar paseos de la mano con sus hijos en los pasillos de un centro comercial. Esas serán otras memorias.


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