13 de noviembre de 2005


LA OPINIÓN
Efecto tiempo

Florencia Couto
vertice@elsalvador.com

Parece imposible imaginar al presidente de Estados Unidos, George W. Bush, y a Osama Bin Laden, el principal responsable de los ataques del 11 de septiembre contra el World Trade Center y el Pentágono, en Nueva York, compartiendo una charla o estrechándose las manos.

Uno apostaría hasta lo que no tiene, y sin temor a quedar en la ruina, a que jamás esa imagen se va a producir. A ellos los separan cientos de razones. Algunas de ellas políticas, pero la mayoría culturales.
En el caso de El Salvador, pasaron 16 años de la ofensiva de noviembre de 1989. Más de 13 de que se firmaron los Acuerdos de Paz, ese 16 de enero de 1992 —luego de 12 años de guerra—. Y, en general, la población recuerda muy poco lo ocurrido en ese entonces.

Quienes sí recuerdan son algunos de sus protagonistas, dos ex generales de las Fuerzas Armadas y dos ex comandantes del FMLN, quienes accedieron a participar en un foro sin mostrar ningún tipo de hostilidad unos hacia otros. La cordialidad y el respecto reinó durante las más de tres horas de reunión y al finalizar la charla, siguió.
Como quien comparte una tarde con sus amigos y no quiere darla por terminado. Y están lejos de ser amigos.
Los más jóvenes, que ahora cursan la escuela primaria y secundaria, ignoran el sufrimiento que marcó esa época. Sumado a esto, los libros de historia tienen enormes silencios.

Por otro lado, los que están en el rango de 20 y 30 años prefieren olvidarla. La razón es sencilla, ¿para qué recordar algo tan doloroso? Pero no es correcto. La historia de un país se debe transmitir de generación en generación. Narrar y exponer los acontecimientos pasados a los más chicos les dará las herramientas para no volver a cometer los mismos errores. Y también, les dará la base para respetar la democracia. Ese sistema político tan anhelado por el pueblo salvadoreño, donde hay libertad de expresión, de religión y de opinión, entre otros.

Esa responsabilidad de poder transmitir los acontecimientos que marcan el rumbo del país es de sus protagonistas, quienes ahora se juntan sin inconvenientes a tomar una taza de café aunque tengan diferentes puntos de vista de un mismo hecho. Y olvidando que estuvieron por más de una década intentando matarse.


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