13 de febrero de 2005


“Muertiar”, gran negocio

Edgar, Mauricio y Pedro se dedican, desde hace años, al negocio de las funerarias. Hoy narran —sin tapujos— los secretos que hay detrás de ese oficio al que ellos reconocen como “para pocos”. Hay mucho trabajo y engaño; por esa razón pidieron que no se publicaran sus nombres.

Alicia Miranda Duke
vertice@hotmail.com


     
“CUANDO HAY MUCHOS MUERTOS DE UN PUEBLO LE VENDEMOS AL ALCALDE. eLLOS QUEDAN BIEN Y NOSOTROS GANAMOS”
Edgar, de Soyapango.
Son los comerciantes con los que nadie quisiera negociar, pero de los que nadie puede prescindir cuando llega el momento de una muerte.

Su lema: Estamos para ayudar en momentos difíciles, es la razón de ser de “los muerteros”, otra forma de llamar a los vendedores de paquetes fúnebres.

En medio de la tragedia, ellos hacen de las suyas, en un país donde los homicidios son la nota del día. Así, “muertiar” es un negocio redondo.

Pero el éxito comienza por saber, antes que sus competidores, quién, cómo y dónde falleció una persona.

¿Cómo logran tal información?

Edgar, un “muertero” de Soyapango, asegura que lo primero es tener a un buen grupo de “tiradores de muertos”; es decir, cualquier persona que informe de un fallecimiento.

Según los trabajadores de funerarias entrevistados por Vértice, los principales “tiradores” son algunos agentes policiales, sobre todo del sistema 911.

Conocer de primera mano sobre alguna muerte significa una ventaja abismal sobre los competidores, misma que se traduce en ganancias. Por eso, ellos harán cualquier cosa para garantizar que su fuente les llame.

Mauricio, cobrador de una funeraria del occidente del país, dice que hay tiradores a los que se les debe incentivar. “Mínimo, un celular con saldo y 35 dólares por venta, con tal de que nos ‘tiren’ el muerto”, dice, entre risas.

La información les permite estar siempre en la escena de un crimen, sigilosos, detrás de la cinta amarilla o estacionados frente a Medicina Legal esperando a un doliente para ofrecerles sus servicios.

Pero Edgar prefiere ver el hecho con ojos más compasivos: “Es cierto, siempre estamos allí, de metidos, pero es para ayudar a los familiares en los momentos difíciles”.

Este “muertero” tiene nueve años de andar en el negocio y por eso asegura que, muchas veces, el trato con los clientes se vuelve difícil pues acaban de perder a un familiar.

Sin embargo, le gusta lo que hace, y aunque reconoce que su presencia significa muerte, eso no es algo demasiado tenebroso para él.

Aprendió el negocio cuando todavía le tenía miedo a los cadáveres. Hoy los mira con naturalidad y asegura que conoce mejor que nadie los secretos del oficio. “... Y es que así me gano la vida”, dice con desdén.

Prepara cadáveres, vende ataúdes, alquila todo lo que se necesita para un velorio decente; pero, más que todo, busca muertos, un oficio que gana cada vez más adeptos.

El mercado es tan atractivo que, según el propietario de la funeraria donde trabaja Edgar, sólo en ese municipio existen diez “para gente pobre”.

Si bien en San Salvador la competencia es más fuerte que en el resto del país, los vendedores buscan la mejor forma de asegurarse de la información que le pasa el tirador. Una de estas formas son los agasajos.

“¡Está cumpliendo años su hijo... pues le hacemos una piñata! Todo lo pone la funeraria. Ellos sólo llegan a comer con sus hijos”, explica Pedro.

     
Si una muerte es natural o producto de un accidente, Medicina Legal entrega el cuerpo en el lugar de los hechos. Los cobradores llegan con todo y ataúd a negociar. Foto EDH / Lizette Moreno
Los tiradores —dice— pueden ser desde vigilantes, enfermeras y auxiliares de hospitales hasta forenses. Cualquier persona que pueda tener acceso a información de un fallecimiento es un potencial tirador.

Los mejores: policías. ¿Casualidad? No. Los vendedores saben muy bien que los policías son los primeros en tener esa información. Y por eso el trato policía-muertero se concreta en una llamada telefónica.

—¡Hay violento en tal dirección...!

—¡Copiado! —responde el receptor.

A cambio de información, los policías reciben un porcentaje de la venta. Aunque la cantidad varía, Mauricio afirma que en su funeraria se les da cinco dólares sólo por llamar, y 35 si se consigue la venta.

Pedro, un agente funerario de San Martín, dice que ellos dan el 10 por ciento. “Claro, si el negocio fue bueno, se les da más”.

Se les ofrece cualquier cosa con tal de conservar el contacto, especialmente si se trata de un policía.

Entre tiradores y muerteros surge una relación de codependencia. Unos informan y reciben una dádiva y los otros ofrecen esa dádiva y negocian con la información.

Entre más rápido le “tiren” el muerto, mejor para todos. A veces, mucho antes de que el fiscal lo sepa, los muerteros comienzan a negociar con los familiares, quienes se enteran de la muerte por medio de una llamada.

Pedro lo ha hecho muchas veces. Por ello repite de memoria el discurso:

—“Aló, mamita, ¿usted conoce a esta persona? Le tengo una mala noticia (...). ¡No se preocupe, porque ya tenemos al ‘dijunto’ !”.

Trucos

Después del primer contacto, “el resto es cuestión de truquitos”, explica Edgar.

Los muerteros identifican a los familiares y los esperan, agazapados, como un cazador a su presa. Una vez los dolientes están a su alcance, les salen al paso.

     
A veces entran a la escena del crimen; otras veces esperan, como espectadores. Foto EDH / Wilfredo Díaz
Saben que en ese momento los familiares de la víctima se encuentran vulnerables. Entonces se acercan para negociar.

—“Mamita, lamento mucho lo que le pasa, pero nosotros estamos aquí para ayudarle. Despreocúpese porque para eso estamos”.

Mauricio, por ejemplo, es un maestro en el manejo de situaciones difíciles: comienza con un “sentido pésame”, luego regala un abrazo y después comienza a vender el servicio fúnebre. Todo con mucha sutileza.

Si en ese momento otra funeraria intenta quitarle el cliente, el vendedor tiene que bajar el precio. “Si ofrecen lo mismo, nosotros le damos gratis el ataúd”, dice Pedro. Una estrategia muy usada por estos agentes.

Muchas veces esas ofertas son difíciles de creer, como la de ofrecer un precio que no existe.

El rango de costos que ofrecen estas funerarias va desde 100 hasta mil dólares, aunque el servicio casi siempre sea el mismo.

Preparan el cuerpo, las sillas, el capillaje, los floreros, el ataúd y los soportes. Lo que básicamente varía es el tamaño y la forma de la caja y el número de sillas que ofrecen.

Si el doliente se inclina por un servicio básico (económico) la funeraria le venderá únicamente una caja ovalada que no baja de 100 dólares.

En cambio, si opta por algo mejor tendrá de 40 a 60 sillas para el velorio, más floreros y candelabros de “lujo” y un ataúd con dos ventanas.

Independientemente del precio que elija, éste no será inferior a los 100 dólares; caso contrario, las funerarias estarían perdiendo. Eso lo saben las funerarias, no los clientes.

“Le decimos un precio y cuando llegamos a la funeraria inventamos algo para sacarle más”, explica.

“(...) ¿Sabe lo que pasa, mamacita? el ‘dijunto’ estuvo mucho tiempo tirado en la calle. Adquirió una bacteria que le está sacando espuma por la boca... Pero bueno, ahí vea qué decide usted”. Estas frases son comunes.

En caso que el doliente insista en llevarse el cuerpo, Edgar tiene el “truquito” para terminar de convencerlo: “Le pongo rinso en la boca al muertito y se los enseño a los familiares”. Al ver aquella escena, los dolientes no tienen más opción que aceptar las condiciones.

No hay forma de salir ileso. Todo está cubierto, incluso, si un cliente no tiene con qué pagar el paquete que compró, las funerarias le dan crédito.

Un trabajo más

“¿Remordimiento? Nooo, alguien tiene que hacerlo —dice muy tranquilo Mauricio—. Además, no crea que para nosotros todo es fácil como parece”.

El cobrador explica que no ha faltado la ocasión en que han llegado a los golpes con tal de no dejarse quitar el cliente. Mauricio, por ejemplo, dice que ha estado preso cuatro veces. Algo que para nada le causa gracia. “Salimos rápido porque los policías son nuestros mismos tiradores, pero no es agradable”.

La fiereza con que los muerteros buscan sus clientes no siempre se traduce en una mejor vida para ellos.

La mayoría de estos negocios paga un sueldo promedio de 100 dólares. Si bien la mayoría da comisión por ventas, éstas no son periódicas. Además, muchos de los empleados no siempre gozan de prestaciones.

Pero para Edgar, Mauricio y Pedro “muertiar” es más que un oficio y por eso lo cuidan. “Esto es serio, de esto depende mi familia”, comenta Edgar, poco antes de comenzar a contar los secretos que hay en el oficio de ser muertero.

Una actividad que Crece como la espuma

Proliferación de estos negocios

Algunas de las funerarias que existen funcionan sin el permiso correspondiente.

Actualmente hay 263 funerarias en todo el país. Al menos ése es el número que maneja la Gerencia de Salud Técnica, del Ministerio de Salud, ente que regula la instalación de estos negocios.

Sin embargo, el dueño de una funeraria en Soyapango, que pidió el anonimato, aseguró que es muy fácil poner un negocio como éste: “Tú tienes una casa y le pintas un cartel en donde diga Funeraria... y ya”.

También asegura que la mayoría no paga ningún tipo de impuestos, incluso, no paga las prestaciones necesarias a sus empleados. “No hay nadie quien controle la cantidad de funerarias que han aparecido ni el pisto”, revela.

De hecho, Mauricio, empleado de una funeraria, asegura que el año pasado le hizo ganar 37 mil dólares al dueño del negocio. “No todo el dinero que entra se declara”, añadió.

Pero la Gerencia de Salud Ambiental tiene un formulario que cualquier interesado en poner un negocio de éstos debe cumplir.

El trámite comienza con el permiso de la OPAMSS, un permiso ambiental, plano de la obra para tratamiento de aguas residuales, solvencia de la alcaldía, permiso del Ministerio de Trabajo, propuesta para tratar los desechos peligrosos, memoria descriptiva del proceso de preparación de un cadáver, programa de control de insectos y análisis médico de laboratorio clínico satisfactorio de los trabajadores...


ECONÓMICO
ESPECIAL
$100 Es el paquete más barato. Consta de un ataúd sencillo y el traslado a la funeraria donde será la velación $400 El más vendido. Incluye ataúd con dos ventanas, alquiler de 40 sillas, capillaje, floreros y candelabros

Las leyes prohíben esas dádivas

Lo que podría parecer un “incentivo” hacia los informantes de muertes está prohibido por el Código Penal y por el reglamente interno de la policía.

     
Los datos los consiguen de cualquiera que pueda saber de una muerte. Foto EDH / Archivo

El Artículo 330 del Código Penal establece como un delito que los funcionarios públicos reciban dinero extra por hacer su trabajo.

“El funcionario o empleado público, agente de autoridad pública, que por sí o por persona interpuesta solicitare o recibiera una dádiva o cualquier otra ventaja indebida, o aceptare la promesa de una retribución de la misma naturaleza, para realidad un acto contrario a sus deberes o para no hacer o retardar un acto indebido, propio de sus funciones, será sancionado con prisión de tres a seis años e inhabilitación especial del empleo o cargo por igual tiempo”, reza este artículo.

Acerca del tema, Vértice consultó con la Inspectoría de la Policía Nacional Civil, institución que da seguimiento a los asuntos internos de la policía, donde indicaron que no existen agentes que estén siendo procesados por este tipo de casos.

De acuerdo con el reglamento interno de la policía, divulgar información oficial que perjudique el desarrollo de la labor policial o a cualquier persona será determinado como una falta grave.

Ésta podría llevar a la suspensión de un cargo, degradación o destitución del agente. Además del proceso judicial que se le lleve.

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