13 de febrero 2005


Tras la pista de los criminales

El Laboratorio Técnico de la policía es un aliado en las investigaciones y una herramienta para la comprobación científica de los posibles autores de un crimen, por ejemplo. Sin embargo, la ley salvadoreña exige la presentación de testigos como única prueba válida para determinar si el sospechoso es culpable o no.

Juan Carlos Rivas
vertice@elsalvador.com


     
Fotos EDH / Wilfredo Díaz
Las denuncias de que en Merliot acechaba un violador, entre enero y julio de 1995, llevó a la Unidad de Investigaciones de la PNC a montar un operativo que dejó a un sospechoso a la orden de la justicia y que derivó en investigaciones bajo el microscopio para dictar un resultado que no dejaba lugar a dudas.

Las víctimas del sujeto presentaron las ropas rasgadas como evidencias del asalto sexual y, durante la narración de sus experiencias, denunciaron que el acusado las había amenazado de muerte.

Con estos datos, la Policía Nacional Civil montó un operativo que terminó en la captura de Carlos Armando Hernández, a quien se le apodó El violador de Merliot, en julio de 1995.

Fue la División de la Policía Técnica y Científica (conocida como Laboratorio Técnico de la policía) la que, a solicitud del Juez 2º de lo Penal de Nueva San Salvador, analizó las evidencias: muestras de sangre, semen y cabellos.

La unidad de Serología hizo el peritaje para buscar los nexos entre las prendas “muestreadas” y los fluidos biológicos del presunto victimario.

Después de cuatro días, los técnicos determinaron que había concordancia. El protocolo (informe de análisis) sirvió para que los fiscales argumentaran que el detenido era quien había violado a las denunciantes.

Lo que hicieron los peritos en este caso es nada más uno de varios procedimientos que se pueden efectuar en este laboratorio que, además de las unidades de serología y dactiloscopia, cuenta con otras áreas de la criminalística: toxicología, balística, documentos copia, retrato hablado, cerebrología, drogas, poligrafía y reconstrucción de hechos.
Cada una de estas secciones entra en escena cada vez que se requiere aclarar un crimen o la participación de una persona en cualquier delito.

Observar el trabajo de estos técnicos resulta una escena interesante.

Olor a sangre

Entrar en este laboratorio significa incursionar en un mundo hermético, donde se maneja información confidencial a la que muy pocos tienen acceso.

Un oscuro pasillo separa la parte administrativa de la técnica. Después de recorrerlo, uno se encuentra con otro pasillo donde dos grandes refrigeradores guardan centenares de evidencias embaladas y que están relacionadas con toda clase de delitos.

     
Una perito puede establecer si un cheque es falso por los distintos tipos de tinta. Fotos EDH / Wilfredo Díaz
Detrás de los refrigeradores se localiza la unidad de serología, una habitación iluminada donde lo primero que llama la atención es el olor a sangre que aquí se halla en estado líquido o adherida en diversidad de objetos decomisados.

Dos largas mesas de madera exhiben balanzas, microscopios centrífugos, estufas, cámaras de flujo laminar, instrumentos clínicos, cámaras para separar fluidos, condensadores y, lo más sofisticado, incubadoras para separar fluidos.

También se halla equipo especializado: desde lupas y lámparas ultravioleta hasta instrumentos tan sofisticados como los cromatógrafos, con los que se mide cantidades de alcohol, sustancias volátiles o narcóticas.

Debajo de la cámara de flujo laminar, duerme, apiñada, una serie de objetos: piedras con rastros casi imperceptibles, corvos, colchones, muletas, armas artesanales, ladrillos y tubos de hierro, entre otros que han sido recolectados en la escena de los delitos.

La acumulación de evidencias es cuantiosa. Se reciben alrededor de 40 a 50 cada día, de todo el país.

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Cinco técnicos, que usan guantes y mascarillas, son los encargados de analizar la enorme cantidad de muestras.

Resulta un número insuficiente, aunque capaz, según dice la especialista en serología forense Margarita G., quien participó en el análisis de las evidencias del caso del violador de Merliot, hace diez años.

Ese proceso de análisis siguen desarrollándolo en este laboratorio para ayudar a resolver casos similares.
Mario L. es uno de esos expertos. Desinhibido, muestra un proceso similar al utilizado en el caso del famoso violador.

Con algodones empapados en químicos extrae restos de sangre de muestras de tela manchada de una prenda íntima. Luego saca pequeños hilos (de 1/2 pulgada cada uno) que fija de dos en dos, con esmalte para uñas, sobre unas plaquitas de vidrio, antes de estudiarlos a través del microscopio.

     
La unidad de toxicología es la que posee el equipo más completo, como los cromatógrafos, que son aparatos que miden los niveles de alcohol, drogas, venenos y explosivos. Además, realizan pruebas de antidoping y alcoholemia.
Luego separa —por medio de una proteína, la P30— el fluido seminal para su identificación.

El resultado —cualquiera que sea— se enviñeta y embala en la bodega.

Margarita G. dice que estos procedimientos serían más eficientes si tuvieran microscopios más sofisticados. “Lo que falta es el equipo de punta y más atribuciones a la policía”, añade.

Detectives y sombras

La necesidad de más técnicos y equipo más modernos es evidente en todas las unidades.

La unidad de balística es una de las que tienen tal déficit. Dado el incremento de crímenes cometidos con armas de fuego y la abundante recolección de casquillos y plomos, los trabajos se han retrasado.

Otro ejemplo de la carencia de personal es que el número de inspectores oculares, o recolectores de evidencias, apenas llega a 21 para todo el país.

Pero hay otros factores que también provocan acumulación: la variedad de los métodos delictivos y la ley misma, porque el accionar de la policía técnico-científica está supeditado a la Fiscalía o al juez.

Otro obstáculo es que no se tiene acceso al Registro Nacional de las Personas Naturales y la entrada al Registro y Control de Armas es restringida.

También está la falta de un banco de datos de huellas digitales. Todo esto interrumpe el trabajo de la policía e investigadores, dicen los peritos.

Pese a estas carencias y obstáculos, los técnicos de este laboratorio han podido identificar datos clave, como los que determinaron que el semen de Carlos Armando Hernández estaba en las prendas de varias de sus víctimas.
Esas pruebas sirvieron para incriminarlo. Hoy purga una pena en prisión.

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