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Domingo
en Iraq
Me
pasé casi todo el domingo 30 de enero prendido a la televisión,
siguiendo las informaciones, en todos los canales internacionales, sobre
las elecciones en Iraq. Hace tiempo que un hecho político no
me conmovía tanto.
En
verdad, contra toda esperanza, esperaba lo que ocurrió.
No porque esté dotado del don de la videncia, sino aleccionado
por el recuerdo de mi breve visita a ese país, a fines de junio
y comienzos de julio de 2003, donde, en todos los lugares que visité
advertí una sensación de alivio generalizado y una gran
esperanza con la caída de la dictadura del Baaz y de Sadam Hussein.
Entonces, las acciones terroristas de Al Qaeda, de Ansar al Islam, de
las brigadas enviadas por los clérigos ultra conservadores de
Irán, las de Abu Musab al Zarqawi y de los grupos supervivientes
del Baaz estaban sólo en los comienzos y era difícil imaginarse
que crecerían hasta alcanzar las proporciones apocalípticas
que han tomado.
Esto, y, sobre todo, la formidable campaña internacional de los
medios europeos embebidos de odio a los Estados Unidos, habían
llegado a persuadir a un importante porcentaje de la opinión
pública de que la intervención militar en Iraq era un
absoluto fracaso, y, además, una operación contraproducente
que, en vez de desembocar en una democratización del país,
incendiaría todo el Medio Oriente dejándolo a merced de
los fanáticos fundamentalistas anti-occidentales. ¡Iraq
sería un nuevo Vietnam que, por segunda vez, haría morder
el polvo de la derrota al arrogante coloso norteamericano! Toda la Europa
del resentimiento y la nostalgia de la evaporada revolución se
echó a las calles, a festejar este regalo de los dioses.
En un hermoso artículo titulado La prudencia política
y el coraje de los iraquíes (El País, 30/1/05),
Michael Ignatieff se preguntaba, el mismo día de las elecciones:
¿Por qué hay tan poca gente que sienta siquiera
un estremecimiento de indignación cuando ven a encuestadores
tiroteados en una calle de Bagdad? ¿Por qué no hay ni
el menor asomo de aplauso en la prensa por los más de 6,000 iraquíes
que, arriesgando su vida, se presentan como candidatos a un cargo público?
Por una razón muy sencilla: Porque esas elecciones no eran serias,
sino una farsa de los ocupantes, que el pueblo iraquí, identificado
con la resistencia la palabra es un astuto embauque,
para dar una aureola de dignidad a los terroristas, iba a boicotear,
mostrando así al mundo su rechazo de aquella intervención
colonialista del imperialismo anglosajón. La corrección
política lo había dictaminado y sólo faltaba que
los hechos vinieran a confirmar la teoría.
El maltratado, diezmado, destrozado pueblo iraquí, sobreviviente
de cuatro décadas de una de las más vesánicas satrapías
que conozca la historia y de dos años de un terrorismo ciego
y demencial contra la población civil, se ha encargado de poner
las cosas en su sitio. ¿Cómo? Yendo a votar, pese a las
amenazas de los fundamentalistas de que los recintos electorales y los
votantes podrían ser blanco de los conductores suicidas arrebozados
de explosivos y de que cada elector, por el simple hecho de depositar
su voto en un ánfora, sería objeto de persecución
y degüello, igual que toda su familia. No los intimidaron. Ahí
estaban, en Bagdad, en Basora, en Nayaf, en Faluya, en todo el Kurdistán
y hasta en el triángulo suní. Las imágenes eran
exaltantes. Familias enteras haciendo colas de muchas horas a las puertas
de los centros de votación, en una atmósfera festiva,
y entre ellas, las mujeres, ululando o haciendo la V de la victoria
ante las cámaras, con unas sonrisas de oreja a oreja. Y hombres
y mujeres respondiendo siempre a la pregunta de por qué habían
ido a votar, de la misma manera: Porque queremos paz, Porque
queremos libertad.
¿tropiezos a la democracia?
Los
comandos de asesinos suicidas mataron a cincuenta electores, cierto.
Pero cerca de ocho millones de iraquíes, jugándose la
vida, concurrieron a legitimar con sus votos las primeras elecciones
libres en la historia de Iraq. Casi el 60 por ciento de los inscritos,
una participación cívica extraordinaria comparada incluso
con las democracias más avanzadas, algo que consolida de manera
resonante los comicios iraquíes.
Y, también, muestra lo falaz y mezquino de aquellas argucias
de los culturalistas, quienes aseguran que es abusivo y prepotente imponer
una democracia a la occidental a una sociedad cuya cultura la rechaza
intrínsecamente porque lesiona prácticas, usos y creencias
arraigadas a las que aquélla no podría renunciar sin perder
en identidad. ¡Y esos racistas se consideran progresistas!
No advierten siquiera que su noción de identidad colectiva es
un campo de concentración que condena a un pueblo entero a no
progresar jamás, a eternizarse en el oscurantismo y la barbarie.
Después de lo ocurrido en estas elecciones, ¿pasará
por la mente del Gobierno español la sospecha de que, acaso,
fue prematuro retirar las tropas de Iraq con la precipitación
que lo hizo? ¿Que, tal vez, fue una imprudencia exhortar a los
otros países que formaban parte de la coalición encabezada
por Estados Unidos y Gran Bretaña, a una deserción parecida?
Naturalmente que no.
Porque, ya, un ejército de escribidores progresistas estremecen
los ordenadores para tranquilizarle la conciencia demostrando, en juiciosas
argumentaciones de constructores, que estas elecciones no son de ningún
modo lo que parecen el inicio de un proceso de democratización
en marcha en Iraq, como ocurrió en Afganistán sino
un accidente, un pequeño traspiés del pueblo iraquí,
que, indebidamente manipulado, ha caído en una trampa, de la
que pronto saldrá, descubriendo lo que verdaderamente es correcto
y le conviene. Y que, en todo caso, las bombas y los asesinatos de la
resistencia probarán pronto que nada ha mejorado, que todo
va para peor. Nunca tan cierta como en nuestros días la frase
de Arthur Koestler según la cual el intelectual es capaz de demostrar
todo aquello que cree y de creer todo aquello que puede demostrar.
Todo un hito
No importa el resultado de las elecciones iraquíes, éstas
han sido ya, por la masiva participación de votantes, un éxito
de largas consecuencias para todo el Medio Oriente. Ellas prueban que
es perfectamente posible que un país de inmensa mayoría
árabe y musulmana opte por un sistema democrático, donde
haya alternancia en el poder, se respete el derecho de crítica,
y una descentralización vertical y horizontal de los poderes
garantice a las minorías étnicas y religiosas una amplia
autonomía. Por primera vez en su historia, los chiies, el sesenta
por ciento de la población, dejarán de ser marginados
y explotados por la minoría suní, y los kurdos (casi un
20 por ciento) tendrán asegurada su lengua y su cultura dentro
de la flexible unidad nacional.
Desde luego, queda mucho por hacer y, no hay la menor duda, el terrorismo
fanático y cavernario causará todavía muchas muertes.
Pero estas elecciones son un hito, que, acaso, contribuya a atenuar
el escepticismo y la hostilidad de países como Francia y España
y los induzca a colaborar con el pueblo iraquí en su empeño
que se ha hecho patente en estos comicios por emanciparse
del terror y la opresión y conquistar la modernidad.
Todo ese domingo, mientras veía las imágenes de Iraq en
la pequeña pantalla, pensaba en el profesor Bassam Y. Rashid
y su familia. Profesor de español en la Universidad de Bagdad,
doctorado por la Universidad de Granada, el profesor Bassam fue mi traductor
y compañero inseparable los 12 días que pasé en
Iraq.
La palabra caballero parecía inventada para este
bagdadí musulmán y suní, de urbanas maneras y exquisitos
gustos literarios, generoso y tolerante, al que tantos años de
horror y dictadura no habían quebrantado el espíritu ni
erosionado en él la convicción de que Iraq sería,
un día próximo, Como España,
decía una democracia moderna y próspera.
Estoy seguro de que en una de esas colas largas de votantes, estaban
él y su maravillosa mujer, cuya hospitalidad convertía
su modesta casita en un palacio. Y, sin duda, se habían llevado
con ellos, a fin de que su memoria grabara para siempre este día
histórico, al pequeño Ahmed, su hijo, quien me aseguraba
que el paraíso tenía la apariencia de Granada. Como usted
bien sabe, profesor Bassam, hay ficciones que se vuelven realidades.
Con el coraje que demostraron ese domingo sus compatriotas, Iraq será
una de ellas, ya verá.
¡Y lo celebraremos comiendo el cordero que usted
sabe, el Cusi, en The White Palace!© Mario Vargas Llosa, 2004.
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