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La
prueba de una amistad
Dos
años fueron suficientes para que estos jóvenes cultivaran
una profunda amistad, que fue interrumpida por la muerte. Douglas Ángel
sobrevivió a los terremotos de enero y febrero de 2001, pero
está seguro de que Sergio, el amigo al que acompañó
en sus 36 horas de agonía bajo los escombros de Las Colinas,
lo acompaña desde el cielo.
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Cuatro
años después de que el terremoto le arrebatara a
su amigo del alma, Douglas Ángel Espinoza puede contar
las últimas horas que pasó con él, su consejero,
Sergio Moreno. Foto EDH/Javier Maldonado
Después de que Sergio
murió, perdí a mi mamá a causa de una leucemia
aguda; detesté mi vida. Ahora puedo decir que he superado
sus muertes.
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¡Sergio!, ¡Sergio!, grita una
y otra vez. Al ritmo de su voz angustiosa mueve los pies, enfundados
en unos zapatos deportivos.
Corre desesperado sobre montañas de tierra húmeda esparcida
sobre casas y personas, juguetes, platos, fotos, esfuerzos y sueños.
No es el único que corre sudoroso y con un vuelco en el corazón
por no saber qué ha pasado con algún ser querido que una
vez habitó una de las 450 casas que, un abrir y cerrar de ojos,
quedaron soterradas.
Es día de catástrofe. Es 13 de enero de 2001, día
de terremoto.
Douglas, el joven alto y delgado no corre a la deriva. Un trozo de chatarra
que alguna vez vio en el techo de la casa vecina a la de Sergio su
amigo del alma le guía para localizar el lugar donde puede
estar aquél, vivo o muerto.
El corazón de Douglas no ha tenido quietud desde que sus padres
lo buscaron, a media cuadra de su casa, en Jardines del Volcán,
Ciudad Merliot, para decirle que Las Colinas había quedado enterrada
tras el sismo.
Cuando identifiqué la casa empecé a ver cómo
ayudaba. En ese momento pensé en las cosas bonitas que habíamos
vivido, su sonrisa, lo que comíamos, lo que platicábamos.
Me sentí alterado, recuerda Douglas, a cuatro años
de la tragedia.
En su desesperación surgen las lágrimas. Un señor
se le acerca y le dice que su amigo va a estar bien. Un periodista también
se aproxima para hacerle preguntas inoportunas que él no quiere
contestar.
Interrumpe los sollozos y quiere ver a su amigo. No le importan las
advertencias de socorristas de que entrar a dónde él está
es arriesgado.
Ingresa a rastras, cruza una habitación hasta dar con él.
El lugar está oscuro pero él alumbra con una lámpara
el reducido espacio que providencialmente deja pasar un poco de aire
a Sergio.
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| Sergio
Moreno es, para Douglas, su ángel. |
La pupila del ojo derecho de su amigo está dilatada
y ensangrentada. Su cabeza está cubierta de tierra, pero reconoce
a Douglas y le tiende la mano.
Sácame de aquí, le pide desesperado. Él
le responde que no se preocupe. Aquí voy a estar, cerca,
lo alienta mientras le sacude la tierra del rostro y le acaricia el
cabello.
Paz y desesperación
Su amigo yace boca abajo, inmovilizado por una columna de concreto que
le aplasta la cadera. Gime.
Pero su voz lo tranquiliza. Le cuenta que afuera hay mucha gente trabajando
para rescatarlo, hombres con palas y máquinas excavadoras remueven
la tierra. Que sus padres lo esperan con ansias.
Pero Sergio llora. Douglas se contiene para no afectarlo más.
Sólo llora cuando está afuera, porque no quiere perder
a su hermano.
También se desespera al sentirse impotente por no poder hacer
más.
Así pasan las horas. Bajará y subirá durante dos
días. Atrás ha dejado su casa, su familia y sus propias
necesidades. Nunca me aparté de allí, cuenta
hoy.
Cuando desciende le lleva esperanzas. Se queda arrinconado en el espacio
de un metro, le aprieta la mano y le platica. Conversá
con él le han recomendado para que se sienta tranquilo.
Socorristas de Guatemala se han unido a voluntarios salvadoreños
para luchar por este sobreviviente.
Le han asistido con un pequeño tanque de oxígeno y le
han suministrado suero y agua, pero Sergio empieza a debilitarse por
tantas horas bajo concreto y tierra.
El calor del día lo sofoca y grita: Sáquenme, ya
no quiero estar aquí.
Tertulia
Ha avanzado la noche de ese fatídico 13 de enero. Mirá,
vamos a salir bien de esto. Nos vamos a conseguir un par de bichas (chicas)
y vamos a ir a la playa, le anima Douglas.
Planean lo que harán al librarse de aquella jugada del destino,
pero también rememoran las cosas bonitas que han
vivido juntos: de cuando se conocieron, dos años atrás,
en el colegio Carlos Lanier, de Santa Tecla, donde estudiaron bachillerato
general; y de cómo lograron superar una nota al interpretar una
vieja canción, El Reloj, con maracas y guitarras en la celebración
del Día de las Madres.
Dos años de diferencia en la edad no habían limitado aquella
amistad, que surgió espontánea y que había unido
a sus dos familias, aunque una viviera en Acajutla y la otra en Ciudad
Merliot.
Pese a haber culminado los estudios y que cada quien tomara un rumbo
diferente se juntaron siempre para conversar, para salir a pasear a
Metrocentro y a piropear a las chicas.
Hablaron de las veces que Sergio aunque prefería el baloncesto
lo acompañó a entrenar al fútbol o le pagó
la entrada al estadio Cuscatlán para vitorear a la Selecta en
el juego eliminatorio del pasado mundial y que perdió 2 x 5 ante
Honduras.
Recordaron las ocasiones en que Douglas lo acompañó a
los ensayos del grupo Algodón y a las giras... de los recuerditos
que siempre le trajo.
Platicaron de lo paradójica que es la vida porque ninguno de
los dos imaginó que ese pedazo de tierra al cual
subieron con alegría esté ahora encima de ellos.
Recuerdos van y vienen mientras el ruido de palas y voces se acercan.
No te preocupés, ya falta poco. Procurá no dormirte,
le suplica.
El adiós
El tiempo no se ha detenido. Sergio está agotado y, pese a los
intentos de Douglas por animarlo, le pide resignado: Ya no quiero
estar aquí. Cuidá a mi mamá y a mi papá.
Es la madrugada del lunes 15 y mientras llega la hora del rescate. Douglas
prefiere no estar cerca para no estorbar.
Desde arriba observa cómo rescatan a su amigo ya inconsciente
y lo suben a una ambulancia para trasladarlo al hospital Médico
Quirúrgico del ISSS.
Se acerca a la camilla, le acaricia el pelo y le dice a su amigo que
no lo va a dejar.
Ya en el centro asistencial las horas avanzan, llega la noche y Douglas
duerme un rato.
Cigarros, café y jugo lo han mantenido en pie después
de casi 30 horas desde que llegó a buscar a Sergio.
Sin embargo, esos alimentos no sirvieron para evitar que se desmaye
al oír la noticia de que a su amigo le amputarán una pierna.
Siempre fuimos vanidosos, él era bien pispireto
con las chicas; también procuraba mantenerse en forma, por su
carrera musical, relata.
Pero la peor noticia llega la madrugada del martes 16 de enero. A sus
22 años, Sergio dejaba de ser el milagro y moría
por un paro respiratorio.
El cuerpo de Sergio no había podido resistir tantas horas de
peso. La obstaculización de la circulación terminó
causándole una intoxicación sanguínea
que, al ser liberado, se le tradujo en una infección general
que dañó sus riñones, aparato circulatorio, pulmones
y cerebro.
Sentí que algo de mí se murió, porque en
dos años habíamos hecho una amistad bien especial; ya
no era mi amigo, era mi hermano, dice.
A partir de entonces, Douglas recordaría las últimas palabras
de Sergio: Siempre te voy a cuidar.
Douglas reprime las lágrimas y hace un esfuerzo por recobrar
la serenidad cuando dice que su amigo es como un ángel que lo
cuida a él y a su pequeño hijo Alejandro. Sé
que Sergio está conmigo todo el tiempo, lo siento, sobre todo
cuando mi hijo sonríe cuando está solo y mira hacia el
cielo, asegura.
Hace tres años que no va a Las Colinas ni al cementerio, prefiere
recordar a Sergio por las cosas bonitas que vivieron.
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ESPERANZA Y LUTO
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INCONDICIONAL
Douglas descendió varias veces y se quedaba con Sergio por
10 ó 15 minutos. Nunca se apartó de allí. |
EL RESCATE
Sergio es liberado dos días después del terremoto.
Es llevado inconsciente al hospital. |
LUCHA PERDIDA
Lastimado y con una infección generalizada, muere en el hospital
de un paro respiratorio el 16 de enero. |
| SUEÑOS ROTOS. La carrera musical
fue importante para Sergio Moreno y en la que pensó hasta
el último momento. |
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