13 de febrero de 2005


La prueba de una amistad

Dos años fueron suficientes para que estos jóvenes cultivaran una profunda amistad, que fue interrumpida por la muerte. Douglas Ángel sobrevivió a los terremotos de enero y febrero de 2001, pero está seguro de que Sergio, el amigo al que acompañó en sus 36 horas de agonía bajo los escombros de Las Colinas, lo acompaña desde el cielo.

Mirella Cáceres
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Cuatro años después de que el terremoto le arrebatara a su amigo del alma, Douglas Ángel Espinoza puede contar las últimas horas que pasó con él, su consejero, Sergio Moreno. Foto EDH/Javier Maldonado


“Después de que Sergio murió, perdí a mi mamá a causa de una leucemia aguda; detesté mi vida. Ahora puedo decir que he superado sus muertes”.

“¡Sergio!, ¡Sergio!”, grita una y otra vez. Al ritmo de su voz angustiosa mueve los pies, enfundados en unos zapatos deportivos.

Corre desesperado sobre montañas de tierra húmeda esparcida sobre casas y personas, juguetes, platos, fotos, esfuerzos y sueños.

No es el único que corre sudoroso y con un vuelco en el corazón por no saber qué ha pasado con algún ser querido que una vez habitó una de las 450 casas que, un abrir y cerrar de ojos, quedaron soterradas.

Es día de catástrofe. Es 13 de enero de 2001, día de terremoto.

Douglas, el joven alto y delgado no corre a la deriva. Un trozo de chatarra que alguna vez vio en el techo de la casa vecina a la de Sergio —su amigo del alma— le guía para localizar el lugar donde puede estar aquél, vivo o muerto.

El corazón de Douglas no ha tenido quietud desde que sus padres lo buscaron, a media cuadra de su casa, en Jardines del Volcán, Ciudad Merliot, para decirle que Las Colinas había quedado enterrada tras el sismo.

“Cuando identifiqué la casa empecé a ver cómo ayudaba. En ese momento pensé en las cosas bonitas que habíamos vivido, su sonrisa, lo que comíamos, lo que platicábamos. Me sentí alterado”, recuerda Douglas, a cuatro años de la tragedia.

En su desesperación surgen las lágrimas. Un señor se le acerca y le dice que su amigo va a estar bien. Un periodista también se aproxima para hacerle preguntas inoportunas que él no quiere contestar.

Interrumpe los sollozos y quiere ver a su amigo. No le importan las advertencias de socorristas de que entrar a dónde él está es arriesgado.

Ingresa a rastras, cruza una habitación hasta dar con él. El lugar está oscuro pero él alumbra con una lámpara el reducido espacio que providencialmente deja pasar un poco de aire a Sergio.

     
Sergio Moreno es, para Douglas, su ángel.

La pupila del ojo derecho de su amigo está dilatada y ensangrentada. Su cabeza está cubierta de tierra, pero reconoce a Douglas y le tiende la mano.

“Sácame de aquí”, le pide desesperado. Él le responde que no se preocupe. “Aquí voy a estar, cerca”, lo alienta mientras le sacude la tierra del rostro y le acaricia el cabello.

Paz y desesperación

Su amigo yace boca abajo, inmovilizado por una columna de concreto que le aplasta la cadera. Gime.

Pero su voz lo tranquiliza. Le cuenta que afuera hay mucha gente trabajando para rescatarlo, hombres con palas y máquinas excavadoras remueven la tierra. Que sus padres lo esperan con ansias.

Pero Sergio llora. Douglas se contiene para no afectarlo más. Sólo llora cuando está afuera, porque no quiere perder a su “hermano”.

También se desespera al sentirse impotente por no poder hacer más.

Así pasan las horas. Bajará y subirá durante dos días. Atrás ha dejado su casa, su familia y sus propias necesidades. “Nunca me aparté de allí”, cuenta hoy.

Cuando desciende le lleva esperanzas. Se queda arrinconado en el espacio de un metro, le aprieta la mano y le platica. “Conversá con él —le han recomendado— para que se sienta tranquilo”.

Socorristas de Guatemala se han unido a voluntarios salvadoreños para luchar por este sobreviviente.

Le han asistido con un pequeño tanque de oxígeno y le han suministrado suero y agua, pero Sergio empieza a debilitarse por tantas horas bajo concreto y tierra.

El calor del día lo sofoca y grita: “Sáquenme, ya no quiero estar aquí”.

Tertulia

Ha avanzado la noche de ese fatídico 13 de enero. “Mirá, vamos a salir bien de esto. Nos vamos a conseguir un par de bichas (chicas) y vamos a ir a la playa”, le anima Douglas.

Planean lo que harán al librarse de aquella jugada del destino, pero también rememoran las “cosas bonitas” que han vivido juntos: de cuando se conocieron, dos años atrás, en el colegio Carlos Lanier, de Santa Tecla, donde estudiaron bachillerato general; y de cómo lograron superar una nota al interpretar una vieja canción, El Reloj, con maracas y guitarras en la celebración del Día de las Madres.

Dos años de diferencia en la edad no habían limitado aquella amistad, que surgió espontánea y que había unido a sus dos familias, aunque una viviera en Acajutla y la otra en Ciudad Merliot.

Pese a haber culminado los estudios y que cada quien tomara un rumbo diferente se juntaron siempre para conversar, para salir a pasear a Metrocentro y a piropear a las chicas.

Hablaron de las veces que Sergio —aunque prefería el baloncesto— lo acompañó a entrenar al fútbol o le pagó la entrada al estadio Cuscatlán para vitorear a la Selecta en el juego eliminatorio del pasado mundial y que perdió 2 x 5 ante Honduras.

Recordaron las ocasiones en que Douglas lo acompañó a los ensayos del grupo Algodón y a las giras... de los recuerditos que siempre le trajo.

Platicaron de lo paradójica que es la vida porque ninguno de los dos imaginó que ese “pedazo de tierra” al cual subieron con alegría esté ahora encima de ellos.

Recuerdos van y vienen mientras el ruido de palas y voces se acercan. “No te preocupés, ya falta poco. Procurá no dormirte”, le suplica.

El adiós

El tiempo no se ha detenido. Sergio está agotado y, pese a los intentos de Douglas por animarlo, le pide resignado: “Ya no quiero estar aquí. Cuidá a mi mamá y a mi papá”.

Es la madrugada del lunes 15 y mientras llega la hora del rescate. Douglas prefiere no estar cerca “para no estorbar”.
Desde arriba observa cómo rescatan a su amigo —ya inconsciente— y lo suben a una ambulancia para trasladarlo al hospital Médico Quirúrgico del ISSS.

Se acerca a la camilla, le acaricia el pelo y le dice a su amigo que no lo va a dejar.

Ya en el centro asistencial las horas avanzan, llega la noche y Douglas duerme un rato.

Cigarros, café y jugo lo han mantenido en pie después de casi 30 horas desde que llegó a buscar a Sergio.
Sin embargo, esos alimentos no sirvieron para evitar que se desmaye al oír la noticia de que a su amigo le amputarán una pierna.

“Siempre fuimos vanidosos, él era bien ‘pispireto’ con las chicas; también procuraba mantenerse en forma, por su carrera musical”, relata.

Pero la peor noticia llega la madrugada del martes 16 de enero. A sus 22 años, Sergio dejaba de ser “el milagro” y moría por un paro respiratorio.

El cuerpo de Sergio no había podido resistir tantas horas de peso. La obstaculización de la circulación terminó causándole una “intoxicación sanguínea” que, al ser liberado, se le tradujo en una infección general que dañó sus riñones, aparato circulatorio, pulmones y cerebro.

“Sentí que algo de mí se murió, porque en dos años habíamos hecho una amistad bien especial; ya no era mi amigo, era mi hermano”, dice.

A partir de entonces, Douglas recordaría las últimas palabras de Sergio: “Siempre te voy a cuidar”.

Douglas reprime las lágrimas y hace un esfuerzo por recobrar la serenidad cuando dice que su amigo es como un ángel que lo cuida a él y a su pequeño hijo Alejandro. “Sé que Sergio está conmigo todo el tiempo, lo siento, sobre todo cuando mi hijo sonríe cuando está solo y mira hacia el cielo”, asegura.

Hace tres años que no va a Las Colinas ni al cementerio, prefiere recordar a Sergio por las cosas bonitas que vivieron.

ESPERANZA Y LUTO
INCONDICIONAL
Douglas descendió varias veces y se quedaba con Sergio por 10 ó 15 minutos. Nunca se apartó de allí.
EL RESCATE
Sergio es liberado dos días después del terremoto. Es llevado inconsciente al hospital.
LUCHA PERDIDA
Lastimado y con una infección generalizada, muere en el hospital de un paro respiratorio el 16 de enero.
SUEÑOS ROTOS. La carrera musical fue importante para Sergio Moreno y en la que pensó hasta el último momento.
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