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LA
OPINIÓN
Quién
fuera un héroe
Los
actos heroicos son siempre encajonados en acciones como frustrar un
robo, sofocar un incendio o salvar la vida de otro. Yo creo que hay
pequeños actos que pueden ser más titánicos si
se ven a través de la óptica indicada.
Un día en un autobús, por ejemplo, una señora de
avanza edad se subió llevando en brazos a un bebé de menos
de un año.
El transporte iba lleno, no había asientos vacíos, ni
caballeros dispuestos a ceder el suyo. De la parte de atrás del
bus, un hombre, que pasaba los cincuenta, se levantó de su asiento,
caminó hacia la anciana y cargó al bebé por ella
hasta el lugar que le había cedido.
El niño volvió su mirada hacia arriba y observó
al hombre durante el tiempo que lo llevó en brazos.
Creo que ese día, ese bebé conoció a un héroe.
Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española,
se define heroico como algo admirable y extraordinario por su valor
o mérito.
Ceder el asiento tiene un mérito extraordinario en una sociedad
como la nuestra, donde los hombres compiten con las embarazadas y las
abuelas por ir sentados en el autobús.
Otro día, fui perseguida por una pareja de ebrios. Pensé
que su estado me daba una ventaja a mí, pero uno de los borrachos
tuvo el suficiente equilibrio para correr hacia mí y pedirme
dinero.
A menos de 15 metros había un grupo de “hombres”,
ninguno de ellos tuvo la intención de ayudarme, sin embrago,
a mí encuentro caminó un colega quien con la mayor pasividad
del mundo me saludó, me preguntó hacia dónde iba
y me acompañó hasta la puerta del lugar de mi destino.
No me pude sentir más segura ese día, no porque mi compañero
sea corpulento (creo que yo soy más alta que él), pero
tuvo el valor de auxiliarme cuando pensó que lo necesitaba.
A veces, una proeza es algo más que poner en riesgo la vida,
es más que morir por otro. Una proeza puede ser abrigar a alguien,
dejar de darse gustos y lujos por ayudar a otro que no tiene, quizás,
un par de zapatos. Imagínense lo que significa para un niño
que lleva días sin probar un bocado que de pronto alguien le
regale un plato de comida caliente, o lo que significa para un ciego
a la orilla de la acera que una mano cálida le tome del brazo
para ayudarle a cruzar la calle.
Hay pequeñas obras que merecen más mérito que otras,
hay actitudes que no se demuestran en público, pero que resultan
más heroicas que los actos protocolarios en los que muchos sonríen
a las cámaras mientras entregan donativos.
No hace falta ser rico para hacer grandes obras, ni hace falta tener
público para realizarlas. Basta el deseo.
Sólo por hoy, antepongamos la necesidad de otro y no pensemos
que para ser un héroe hacen falta músculos o catástrofes.
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