12 de diciembre de 2005


LA OPINIÓN
Quién fuera un héroe

Geraldine Varela
vertice@elsalvador.com

Los actos heroicos son siempre encajonados en acciones como frustrar un robo, sofocar un incendio o salvar la vida de otro. Yo creo que hay pequeños actos que pueden ser más titánicos si se ven a través de la óptica indicada.

Un día en un autobús, por ejemplo, una señora de avanza edad se subió llevando en brazos a un bebé de menos de un año.

El transporte iba lleno, no había asientos vacíos, ni caballeros dispuestos a ceder el suyo. De la parte de atrás del bus, un hombre, que pasaba los cincuenta, se levantó de su asiento, caminó hacia la anciana y cargó al bebé por ella hasta el lugar que le había cedido.

El niño volvió su mirada hacia arriba y observó al hombre durante el tiempo que lo llevó en brazos.

Creo que ese día, ese bebé conoció a un héroe. Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, se define heroico como algo admirable y extraordinario por su valor o mérito.

Ceder el asiento tiene un mérito extraordinario en una sociedad como la nuestra, donde los hombres compiten con las embarazadas y las abuelas por ir sentados en el autobús.

Otro día, fui perseguida por una pareja de ebrios. Pensé que su estado me daba una ventaja a mí, pero uno de los borrachos tuvo el suficiente equilibrio para correr hacia mí y pedirme dinero.

A menos de 15 metros había un grupo de “hombres”, ninguno de ellos tuvo la intención de ayudarme, sin embrago, a mí encuentro caminó un colega quien con la mayor pasividad del mundo me saludó, me preguntó hacia dónde iba y me acompañó hasta la puerta del lugar de mi destino.

No me pude sentir más segura ese día, no porque mi compañero sea corpulento (creo que yo soy más alta que él), pero tuvo el valor de auxiliarme cuando pensó que lo necesitaba.

A veces, una proeza es algo más que poner en riesgo la vida, es más que morir por otro. Una proeza puede ser abrigar a alguien, dejar de darse gustos y lujos por ayudar a otro que no tiene, quizás, un par de zapatos. Imagínense lo que significa para un niño que lleva días sin probar un bocado que de pronto alguien le regale un plato de comida caliente, o lo que significa para un ciego a la orilla de la acera que una mano cálida le tome del brazo para ayudarle a cruzar la calle.

Hay pequeñas obras que merecen más mérito que otras, hay actitudes que no se demuestran en público, pero que resultan más heroicas que los actos protocolarios en los que muchos sonríen a las cámaras mientras entregan donativos.

No hace falta ser rico para hacer grandes obras, ni hace falta tener público para realizarlas. Basta el deseo.

Sólo por hoy, antepongamos la necesidad de otro y no pensemos que para ser un héroe hacen falta músculos o catástrofes.


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