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LA
OPINIÓN
La
bofetada de Cristina
Madre
soltera, estudiante, de escasos recursos, pero con un enorme espíritu
de sacrificio y visión triunfadora.
Ése quizá sería un perfil escueto, pero sustancioso
de una joven marchista salvadoreña, cuyo trabajo ha generado,
en poco tiempo, entusiasmo y esperanzas, pues ha hecho figurar nuestro
ínfimo territorio en el podio de los ganadores de justas internacionales.
Hablo de Cristina Esmeralda López.
A sus 19 años y tras cuatro de entrenamiento, ha logrado hacerse
de un palmarés impresionante: tres medallas doradas, dos a nivel
de competiciones panamericanas celebradas en Mar del Plata en 2001 y
Lima en mayo pasado; y la más recientemente ganada en la decimonovena
edición del Gran Premio de los Cantones de La Coruña,
donde cronometró 1:30:08 y aventajó a dos marchistas ubicadas
en los primeros lugares del ranking mundial de esa disciplina. Toda
una sorpresa. Estimulante.
Es plausible la hazaña de esta espigada mujer, pero lo es mucho
más cuando sus glorias tienen una base de escasez y sacrificio.
Yo estoy muy contenta de haber ganado y le prometo que seguiré
ganando por mi país, señor Presidente. Pero también
quiero decirle que hemos ganado sin el apoyo de nadie y ahora necesitamos
que nos ayuden... La ayuda no es sólo para mí, sino también
para mi entrenador y para mis compañeros, fueron las palabras
de Cristina cuando fue recibida en Casa Presidencial.
Y más que plausible resulta alarmante, porque esas palabras desnudan
el casi abandono en que está desde hace mucho el deporte salvadoreño,
exceptuando el fútbol, que parece una inacabable fuente de dinero
que se despilfarra cada vez que se acercan las eliminatorias mundialistas,
y que rinde pobres -por no decir vergonzosos- frutos.
Cuando Cristina dice: Hemos ganado sin el apoyo de nadie,
nos dio por la cara a todos, especialmente a aquellos funcionarios que
han hecho de la responsabilidad que se les ha dado de impulsar el deporte
su fuente de privilegios y beneficios (entiéndase despilfarros,
viajes, regalías y demás) sin que nadie les demande nada.
Mientras tanto, deportistas urgidos de apoyo, como Cristina, llegan
fielmente a sus entrenamientos, acaso sin comer lo suficiente o lo adecuado,
con la misma vestimenta y los mismos zapatos, pero con enorme convicción.
Sus palabras no deben ser tomadas a la ligera. Significan una bofetada
que nos debe despertar del letargo o de la indiferencia, y hacer del
deporte una inversión justa y equitativa, pero con visión.
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