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LA
OPINIÓN
Memorias
patrias
Ella
estudiaba parvularia cuando por primera vez escuchó a una maestra
hablar sobre la patria. El 15 de septiembre de 1978 se acercaba y era
necesario aprender a recitar de memoria la oración a la bandera.
La pequeña no podía imaginar cómo chisporrotean
los yunques, pero sonreía al imaginarse colocando una corona
de hojas recién cortadas en las inmortales sienes de la bandera.
Porque ¿cómo imaginar una corona de amor, si nunca la
había visto?
El día del desfile llegó. Ella marchaba sin doblar las
rodillas y evitaba sonreír, no porque el sol le molestara, sino
porque le parecía que marchar detrás de la bandera era
lo más serio que había hecho en sus cinco años
de vida.
Su joven madre seguía la marcha desde la acera, más pendiente
de darle a beber agua a la pequeña que de inflamar su propio
corazón con patriotismo.
Porque, hasta donde ella sabía, el patriotismo no es lo mismo
que la sangre, ni tan vital como el agua.
Aunque requemada por el sol que soportó, la niña disfrutó
la experiencia de participar en algo tan serio e importante como un
desfile. Esa era su impresión, luego de ver cómo los vecinos
del barrio llenaban las aceras a los lados de las calles y sonreían
ante el paso de los párvulos.
Lo que ella no sabía era que, como su madre, los vecinos hacían
valla, no porque su corazón estuviera inflamado de patriotismo,
sino porque un hijo, una sobrina o un nieto marchaban por primera vez.
Para ella, esa sería la primera y la última. En el colegio
de monjas donde la matricularon sus padres al año siguiente,
el desfile del 15 de septiembre no era parte de la agenda escolar.
En aquella institución el patriotismo se cultivaba no sólo
en el mes de septiembre, sino durante todo el año. Las alumnas
cantaban, con bastante dificultad, las agudas notas del himno nacional
y recitaban de memoria la oración a la bandera cada lunes.
Desde la primera vez que vio cómo una alumna marchaba con el
asta del pabellón apoyada en la cintura, escoltada por otras
dos, volvió a tener la impresión de que estar al lado
de la bandera era algo distinguido y que sostener el pabellón
era el máximo honor.
A partir de ese día, soñó con ser abanderada. Años
después, gracias a un buen récord académico, lo
logró. Una banda con los colores patrios adornó su tronco
y el cinturón para sostener el asta de la bandera rodeó
su cintura.
Avanzó por el pasillo en cámara lenta para luego hacer
las veces de estatua a la vista de todos. Pasaron cinco, quince, cuarenta
minutos de discurso y mucho bla, bla, bla. Entonces sintió el
cinturón apretado. El asta se tornó pesada.
Un sonido sordo tapó sus oídos y una niebla, que sólo
ella veía, la cegó. No supó cómo ni porqué.
Pero durante ese saludo a la bandera, ella comprendió que el
patriotismo no era lo que había imaginado.
La bandera no era un ser animado que se inclina para que las jóvenes
generaciones le ciñan una corona de amor en sus inmortales sienes.
Los yunques no revolotean como mariposas.
La oración a la bandera era poesía. Y el patriotismo que
inflama muchos corazones, nada más una metáfora.
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