11 de septiembre de 2005


LA OPINIÓN
Memorias patrias

Lilian Martínez
vertice@elsalvador.com

Ella estudiaba parvularia cuando por primera vez escuchó a una maestra hablar sobre la patria. El 15 de septiembre de 1978 se acercaba y era necesario aprender a recitar de memoria la oración a la bandera.

La pequeña no podía imaginar cómo chisporrotean los yunques, pero sonreía al imaginarse colocando una corona de hojas recién cortadas en las inmortales sienes de la bandera. Porque ¿cómo imaginar una corona de amor, si nunca la había visto?

El día del desfile llegó. Ella marchaba sin doblar las rodillas y evitaba sonreír, no porque el sol le molestara, sino porque le parecía que marchar detrás de la bandera era lo más serio que había hecho en sus cinco años de vida.

Su joven madre seguía la marcha desde la acera, más pendiente de darle a beber agua a la pequeña que de inflamar su propio corazón con patriotismo.

Porque, hasta donde ella sabía, el patriotismo no es lo mismo que la sangre, ni tan vital como el agua.

Aunque requemada por el sol que soportó, la niña disfrutó la experiencia de participar en algo tan serio e importante como un desfile. Esa era su impresión, luego de ver cómo los vecinos del barrio llenaban las aceras a los lados de las calles y sonreían ante el paso de los párvulos.

Lo que ella no sabía era que, como su madre, los vecinos hacían valla, no porque su corazón estuviera inflamado de patriotismo, sino porque un hijo, una sobrina o un nieto marchaban por primera vez.

Para ella, esa sería la primera y la última. En el colegio de monjas donde la matricularon sus padres al año siguiente, el desfile del 15 de septiembre no era parte de la agenda escolar.

En aquella institución el patriotismo se cultivaba no sólo en el mes de septiembre, sino durante todo el año. Las alumnas cantaban, con bastante dificultad, las agudas notas del himno nacional y recitaban de memoria la oración a la bandera cada lunes.

Desde la primera vez que vio cómo una alumna marchaba con el asta del pabellón apoyada en la cintura, escoltada por otras dos, volvió a tener la impresión de que estar al lado de la bandera era algo distinguido y que sostener el pabellón era el máximo honor.

A partir de ese día, soñó con ser abanderada. Años después, gracias a un buen récord académico, lo logró. Una banda con los colores patrios adornó su tronco y el cinturón para sostener el asta de la bandera rodeó su cintura.

Avanzó por el pasillo en cámara lenta para luego hacer las veces de estatua a la vista de todos. Pasaron cinco, quince, cuarenta minutos de discurso y mucho bla, bla, bla. Entonces sintió el cinturón apretado. El asta se tornó pesada.

Un sonido sordo tapó sus oídos y una niebla, que sólo ella veía, la cegó. No supó cómo ni porqué. Pero durante ese saludo a la bandera, ella comprendió que el patriotismo no era lo que había imaginado.

La bandera no era un ser animado que se inclina para que las jóvenes generaciones le ciñan una corona de amor en sus inmortales sienes. Los yunques no revolotean como mariposas.

La oración a la bandera era poesía. Y el patriotismo que inflama muchos corazones, nada más una metáfora.


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