26 de junio de 2005


LA ARISTA AFILADA
Europa y la solidaridad destructora

Carlos Alberto Montaner
vertice@elsalvador.com

La Unión Europea peligra porque es víctima de los mismos vicios y enfermedades que afectan a cada una de las naciones que la integran. Estas tensiones se reflejan a la hora de formular los presupuestos anuales colectivos.

Es posible, incluso, que a medio o largo plazo estas rencillas hagan estallar la institución. Los gobiernos no se ponen de acuerdo en la cifra que cada país debe abonar a la casa común.

Los Estados ricos se quejan de las notables transferencias de riqueza que deben efectuar a los más pobres para contribuir a reducir las diferencias. La idea original es que se debía procurar una Europa más equitativa, con niveles similares de renta. En España, Portugal o Grecia ese objetivo parecía loable. En Alemania, Holanda o Suecia se veía como un atropello. Si ellos son más ricos es porque producen más riqueza. La diferencia de renta es la consecuencia de la calidad y cantidad de trabajo que realizan.

Las naciones pobres también se sienten agraviadas. A casi todas les molestan los subsidios con que deben sobornar a los robustos agricultores franceses —apenas un cinco por ciento de la población— para que no desestabilicen al gobierno de París. El clientelismo es la peor de las debilidades de los gobiernos europeos: todos son rehenes de los grupos de interés. Los representantes de cada país llegan a Bruselas con una lista de privilegios que les reclaman los gremios y sindicatos respectivos.

Los que producen carne quieren protegerse de la competencia argentina o uruguaya. Los que producen bananos, como España en las islas Canarias, les entrecierran las puertas a los productores de Ecuador o de Costa Rica. Mientras tanto, los consumidores pagan los mayores precios del planeta por alimentarse, exceptuado Japón.
Los padres creadores de Europa, entonces asediados por el imperialismo soviético, no repararon en que el fundamento de cualquier federación debe ser la ciega igualdad de obligaciones y la radical ausencia de privilegios.

Cuando desapareció el peligro comunista, se debilitó el instinto solidario de los ciudadanos de los países más prósperos. Era el momento de examinar las cuentas con más detenimiento: ¿por qué debían ellos transferir parte de sus riquezas a los polacos o a los eslovacos para que elevaran sus niveles de vida y se acercaran a la media de la UE cuando dentro de las propias naciones ricas también existía un porcentaje de ciudadanos pobres? ¿No era más razonable, por ejemplo, que los alemanes ricos expresaran su solidaridad con los alemanes pobres que con los polacos?

El objetivo de aliviar la pobreza relativa de otras naciones mediante la transferencia de recursos fue algo que acabó por irritar a muchos europeos de las zonas más desarrolladas. Esas ayudas las habían decidido los líderes políticos, pero ofendían a la ciudadanía.

En todos los países existían algunos rincones de miseria y ciertos grupos que, casi siempre por razones culturales, no conseguían alcanzar los niveles de bienestar de sus conciudadanos.
Las diferencias podían ser incómodas, pero parecían ser la consecuencia de los distintos valores y actitudes prevalecientes en la propia población. “¿Por qué —se preguntaron muchos holandeses antes de rechazar la constitución en el último referéndum— nosotros tenemos que pagar con nuestros impuestos por la pereza y el desorden de otras sociedades, o por la corrupción e ineficacia de sus gobiernos?”.

Tal vez la salvación de la UE pase por evitar por todos los medios la acción de los grupos de interés dedicados al cazarrentismo, y por tratar de redefinir la relación entre los países miembros estableciendo una administración neutral que no se proponga redistribuir equitativamente las riquezas, dado que esas asignaciones suelen tener un componente subjetivo que termina por agraviar a casi todo el mundo.

Es mejor, por ejemplo, dedicar a la UE un porcentaje fijo de los impuestos al consumo, un flat-tax abonado por todos los ciudadanos, que enfrascarse en amargas negociaciones a punta de cuchillo donde todos buscan su propia ventaja.
Por algo las iglesias, que tienen una larga y exitosa experiencia en estos asuntos, recurren al diezmo: un porcentaje que los fieles abonan sin quejarse porque es similar para todos. Son iguales ante los ojos de Dios incluso para pagar impuestos.


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