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LA
ARISTA AFILADA
Europa
y la solidaridad destructora
La
Unión Europea peligra porque es víctima de los mismos
vicios y enfermedades que afectan a cada una de las naciones que la
integran. Estas tensiones se reflejan a la hora de formular los presupuestos
anuales colectivos.
Es posible, incluso, que a medio o largo plazo estas rencillas hagan
estallar la institución. Los gobiernos no se ponen de acuerdo
en la cifra que cada país debe abonar a la casa común.
Los Estados ricos se quejan de las notables transferencias de riqueza
que deben efectuar a los más pobres para contribuir a reducir
las diferencias. La idea original es que se debía procurar una
Europa más equitativa, con niveles similares de renta. En España,
Portugal o Grecia ese objetivo parecía loable. En Alemania, Holanda
o Suecia se veía como un atropello. Si ellos son más ricos
es porque producen más riqueza. La diferencia de renta es la
consecuencia de la calidad y cantidad de trabajo que realizan.
Las naciones pobres también se sienten agraviadas. A casi todas
les molestan los subsidios con que deben sobornar a los robustos agricultores
franceses apenas un cinco por ciento de la población
para que no desestabilicen al gobierno de París. El clientelismo
es la peor de las debilidades de los gobiernos europeos: todos son rehenes
de los grupos de interés. Los representantes de cada país
llegan a Bruselas con una lista de privilegios que les reclaman los
gremios y sindicatos respectivos.
Los que producen carne quieren protegerse de la competencia argentina
o uruguaya. Los que producen bananos, como España en las islas
Canarias, les entrecierran las puertas a los productores de Ecuador
o de Costa Rica. Mientras tanto, los consumidores pagan los mayores
precios del planeta por alimentarse, exceptuado Japón.
Los padres creadores de Europa, entonces asediados por el imperialismo
soviético, no repararon en que el fundamento de cualquier federación
debe ser la ciega igualdad de obligaciones y la radical ausencia de
privilegios.
Cuando desapareció el peligro comunista, se debilitó el
instinto solidario de los ciudadanos de los países más
prósperos. Era el momento de examinar las cuentas con más
detenimiento: ¿por qué debían ellos transferir
parte de sus riquezas a los polacos o a los eslovacos para que elevaran
sus niveles de vida y se acercaran a la media de la UE cuando dentro
de las propias naciones ricas también existía un porcentaje
de ciudadanos pobres? ¿No era más razonable, por ejemplo,
que los alemanes ricos expresaran su solidaridad con los alemanes pobres
que con los polacos?
El objetivo de aliviar la pobreza relativa de otras naciones mediante
la transferencia de recursos fue algo que acabó por irritar a
muchos europeos de las zonas más desarrolladas. Esas ayudas las
habían decidido los líderes políticos, pero ofendían
a la ciudadanía.
En todos los países existían algunos rincones de miseria
y ciertos grupos que, casi siempre por razones culturales, no conseguían
alcanzar los niveles de bienestar de sus conciudadanos.
Las diferencias podían ser incómodas, pero parecían
ser la consecuencia de los distintos valores y actitudes prevalecientes
en la propia población. ¿Por qué se
preguntaron muchos holandeses antes de rechazar la constitución
en el último referéndum nosotros tenemos que pagar
con nuestros impuestos por la pereza y el desorden de otras sociedades,
o por la corrupción e ineficacia de sus gobiernos?.
Tal vez la salvación de la UE pase por evitar por todos los medios
la acción de los grupos de interés dedicados al cazarrentismo,
y por tratar de redefinir la relación entre los países
miembros estableciendo una administración neutral que no se proponga
redistribuir equitativamente las riquezas, dado que esas asignaciones
suelen tener un componente subjetivo que termina por agraviar a casi
todo el mundo.
Es mejor, por ejemplo, dedicar a la UE un porcentaje fijo de los impuestos
al consumo, un flat-tax abonado por todos los ciudadanos, que enfrascarse
en amargas negociaciones a punta de cuchillo donde todos buscan su propia
ventaja.
Por algo las iglesias, que tienen una larga y exitosa experiencia en
estos asuntos, recurren al diezmo: un porcentaje que los fieles abonan
sin quejarse porque es similar para todos. Son iguales ante los ojos
de Dios incluso para pagar impuestos.
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