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Golpes
del azar
Ellos
se juegan la vida minuto a minuto. A cualquier hora y lugar, su integridad
y sus bolsillos están en riesgo. Los asesinatos y robos a punta
de pistola de vendedores de lotería no figuran como tales en
estadísticas ni en denuncias en la policía, pero sí
en el testimonio de quienes sobrevivieron.
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Robos, asesinatos
y estafas con falsos billetes golpean a estos vendedores. Foto
EDH / Omar Carbonero
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Entre el tumulto, a la entrada de edificios, en el barrio,
en la colonia, ellos tocan las puertas de las casas, o las de la tentación.
Sí, la tentación de aquellos que sueñan con dejar
de ser pobres de la noche a la mañana.
Llévese el premio mayor. Vaya, vaya, mañana
se corre la suerte. Juegue la millonaria. Son algunas
expresiones con las que a viva voz se identifican entre la gente.
Pero detrás de esa idiosincrasia del billetero, hay una realidad
que apenas se descubre: cuando la suerte que ellos ofrecen se convierte
en una especie de mal agüero.
Consumados o frustrados, los robos se recogen como un lamento casi generalizado
cuando se les cuestiona sobre los riesgos de su oficio.
Una, dos y en algunos casos hasta cuatro, son las ocasiones en las que
estos trabajadores dicen haber sido víctimas de la delincuencia.
Pregúntele a cada vendedor de lotería, y se va a
encontrar que no hay uno al que no le hayan robado alguna vez,
afirma una experimentada vendedora mayorista.
Como en la ruleta rusa o en un juego de azar, así sortean la
vida decenas de hombres y mujeres que bajo el sol o las sombrillas venden
promesas de suerte.
Nunca saben cuándo les sorprenderá la muerte, forzada,
o cuándo el destino golpeará sus bolsillos.
En cualquier caso, escogen lo último. Claro, dicen unos, el dinero
se hace, la vida... nunca.
Nadie quiere identificarse, pero todos están dispuestos a hablar
de cuántas veces les han obligado a entregar la venta del día
o el producto sin terminar. Pero también de los compañeros
muertos a plena luz del día.
Berta, una hablantina mujer de baja estatura y grandes anteojos, dice
haber sido asaltada en cuatro ocasiones, pero es la última de
ellas la que no olvida porque una colitis nerviosa se lo recuerda.
Hace dos años me salieron al paso en Antiguo Cuscatlán,
y a punta de pistola me subieron a un pick up y me llevaron allí
por el cementerio La Bermeja. Me quitaron 685 dólares,
relata.
En Soyapango, el panorama es igual, aunque hay algunas excepciones como
la de Gilberto. Protegido por unas gafas oscuras recorre la pampa,
como él llama al espacio en que mueve su venta de billetes de
lotería de 7:00 a.m. a 5:00 p.m.
Yo le diría a un asaltante: mirá, dejame aunque
sea para el día. Para qué perder la vida por el dinero,
dice.
Una pareja de ancianos que vende lotería desde 1981 sobre la
calle Roosevelt no ha corrido la misma suerte. Les han robado en el
bus, cuando vienen de la Lotería y a la altura de comunidad 22
de abril.
La primera vez me balearon la pierna y me robaron 20 libretas
de lotín, un anillo de oro y 60 dólares en efectivo,
relata.
Entre los comerciantes se maneja la teoría que el producto robado
es vendido por los delincuentes a menor precio en pueblos lejanos para
no ser detectados.
El problema es cuando el robo muchas veces va acompañado de la
muerte.
Asesinatos a granel
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El último hurto$90 mil
saqueados
La cantidad más significativa que han robado de las cajas
fuertes de vendedores mayoristas, en San Salvador. No se ha dado
con los responsables.
Mayoristas afectados
$20 mil pérdidas
La cantidad aproximada que les fue robada a varios vendedores
mayoristas, el 31 de diciembre de 2003 en el edificio de la Lotería.
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La viuda de un billetero muerto hace seis meses se resiste
a relatar su fatal experiencia. Ella cree que es mejor dejar las cosas
así. Con eso (contar la historia) no lo revivo, manifiesta.
Esta negación ha hecho que en la Fiscalía General de la
República, regional Soyapango, se haya cerrado la investigación
sobre el asesinato de Manuel López Hernández.
Ocurrió la tarde del 8 de septiembre de 2004 cuando la víctima
junto a su esposa e hijo de 17 años regresaban a su casa en la
colonia La Floresta de Soyapango con producto y dinero.
De repente, unos sujetos ametrallaron el microbús en el que se
conducían. Unas veinte vainillas quedaron esparcidas como prueba.
Pero la esposa se negó a colaborar con la investigación,
según el fiscal Humberto Portillo.
Manuel murió. Su esposa quedó herida de muerte y su hijo
con lesiones leves.
Los hampones arrebataron a esta familia 7 mil dólares en billetes
de lotería y lotines que acababan de sacar a crédito
en la Lotería.
La esposa compunge el rostro cuando recuerda que ni siquiera pudo enterrar
a su esposo porque ella se recuperaba en el hospital de dos balazos
que recibió en la parte abdominal y que le acarreó un
recorte del intestino delgado.
Ocho días después, esta mujer salió del hospital
y jamás quiso saber del oficio.
Sin dejar de tejer carteras con hilo rafia, la viuda prefiere olvidar
el doloroso y reciente episodio en su familia, le basta con recordar
la muerte de su esposo cada día. El rostro compungido y unos
ticks nerviosos dan fe de que el trauma no ha pasado.
El asesinato de Raudi Zepeda Mejía dentro del autobús
de la ruta 13 que transita entre Soyapango y el centro capitalino, es
el más reciente en el listado que manejan los billeteros del
área metropolitana de San Salvador.
El crimen ocurrió el 2 de febrero a las 2:45 p.m. y aunque se
ha manejado como víctima de un asalto a pasajeros, algunos billeteros
creen que a Mejía Zepeda lo tenían vigilado.
Cuentan que cuando le pidieron el dinero él quiso defenderse
con un machete. Los ladrones le dispararon, pero al parecer no le robaron
el dinero porque él apretó el maletín contra su
pecho.
Las lesiones que Mejía recibió en el tórax impidieron
salvarlo. Murió camino al hospital.
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El asesinato de
Raudi Zepeda Mejía es el último que resienten los
vendedores de lotería. Foto EDH / Archivo
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Morir en el oficio no ha sido la excepción de
estos dos hombres soyapanecos. En la vox populi de los vendedores de
lotería, hay un montón de asesinados.
A las muertes de Manuel López Hernández y Raudi Mejía
Zepeda se suman las de Lino Zometa, Óscar Ayala, Manuel Servellón,
Catarino Núñez, Rosalío Pérez, Rosa Rodríguez...
además de otros cuyos nombres no recuerdan.
En ninguno de estos casos dicen se ha llegado a establecer
responsables. Lo primero que la policía le pregunta a uno
es que si conocía a los asaltantes o si podemos describir los
rasgos físicos, pero ¿cómo es posible eso si las
cosas suceden tan rápido y los nervios lo traicionan a uno para
fijarse en esos detalles?, se quejan.
Rina es una mujer cuyo cuerpo bronceado es el resultado de unos 20 años
de asolearse en los andenes del Palacio Nacional.
Sobre ella, más que el impacto del sol pesan un intento de extorsión
y de robo, un robo consumado, lesiones y la muerte de un familiar.
Viviendo en Mejicanos quisieron extorsionarme. Luego, en plena
guerra, me asaltaron dos veces en el Palacio Nacional. En los años
noventa intentaron asaltarme dos veces y en 1989 mataron a mi esposo,
dice.
Esa vez no le robaron el dinero porque ella se defendió con una
pistola calibre 38, pero igual la mandaron al hospital donde se recuperó
de lesiones en el hígado, vesícula y costillas.
Los riesgos del oficio los viven cada día pero esto no los desanima
para seguir ejerciéndolo. Y es lógico, han hecho de él
su forma de vida.
Dinero perdido
Los constantes robos los dejan en la calle, sobre todo a los vendedores
ambulantes, quienes para asegurarse ocho dólares diarios deben
vender 40 vigésimos.
Las pérdidas siguen en cadena porque estos poquiteros
muchas veces le piden fiado a mayoristas. Seguido vienen diciéndonos
que les han robado todo, no podemos hacer nada más que seguir
trabajado para reponer el dinero, comenta un vendedor.
La esposa de Manuel López Hernández dice que en su caso
la Lotería les perdonó los 7 mil dólares que les
robaron, y eso fue un gran apoyo. Si Manuel hubiera sobrevivido
hubiera tenido que pagar todo ese dinero, agrega.
Los que salen ilesos de los robos no pueden decir lo mismo. El golpe
más grande que la delincuencia ha dado a estos trabajadores es
cuando se llevaron unos 90 mil dólares de las cajas fuertes de
mayoristas instaladas en un edificio de la Lotería en el centro
capitalino.
Fue hace año y medio, el 31 de diciembre, y hasta ahora no han
recibido respuesta de la policía, dicen los afectados, pese a
que levantaron evidencias ya que habían sospechas claras de que
los responsables habrían entrado sin forzar puertas. Alguien
de adentro les habría ayudado, dicen.
Con sierras eléctricas rompieron cerrojos y saquearon las cajas
fuertes de seis vendedores. Otros cuatro se salvaron. Quizá
no les dio tiempo, agrega uno de ellos.
Los afectados todavía están pagando la deuda contraída
con la Lotería, que los consideró imponiéndoles
bajos intereses.
No fue posible obtener la versión del presidente de la institución,
René Mauricio Chavarría, pese a la promesa de su encargado
de publicidad de darnos la entrevista.
La oficina policial de investigaciones de la regional metropolitana
tampoco brindó la información solicitada.
En El Salvador hay más de 400 vendedores inscritos, pero de éstos
depende otro número no especificado de revendedores que son claves
para la realización de 48 sorteos, repartidos en uno cada semana.
Por sus manos pasan miles de dólares cada día. Eso los
hace inevitables blancos de la delincuencia.
En la reflexión de una anciana vendedora quizá se resuma
el riesgo del viejo oficio: Todo el tiempo pierde el billetero.
Sin embargo, allí siguen.
¿Casos en impunidad?
Al parecer, tanto los asesinatos como los robos, no
han sido esclarecidos.
Ese caso está cerrado, insiste la
esposa de Manuel López, el vendedor asesinado en Soyapango. Yo
no quise que se siguiera con las investigaciones, no vaya a ser que
se acaben a la familia, agrega.
Como esta mujer, otros tienen temor de hablar de responsables de atracos.
A ese temor se une la incredulidad de que alguna vez den con ellos.
¿Para qué?, cuestionan.
Ante la falta de información de la policía, no se pudo
establecer hasta dónde han llegado las investigaciones de los
homicidios y los robos denunciados.
En la subdelegación de Soyapango, por ejemplo, las denuncias
de robos a vendedores de lotería son prácticamente inexistentes.
El cabo Mateo de Jesús González dice: Les roban
a cada rato y los estafan con billetes falsos, pero ellos casi no lo
denuncian, quizá porque solamente estarían hablando de
una silueta.
Para los billeteros, incluso tomar sus propias medidas de seguridad
no sirve de nada.
Los ladrones nos vigilan y sólo esperan que no esté
la policía para asaltar, dice un vendedor de Soyapango.
Estamos expuestos, sólo amparados a la protección
divina, dice otro que vende frente al Palacio Nacional.
Para Humberto Portillo, de la Fiscalía de Soyapango, estos asesinatos
pueden deberse a rencillas entre grupos, más que por dinero.
Pero en el testimonio de vendedores, a sus compañeros los han
asesinado por robo, y los responsables están libres.
Pero saber quiénes son, no les quita el sueño. Eso
es imposible y peligroso, remiten.
A expensas de la delincuencia
Como todos los días, vine a abrir mi venta
a las ocho de la mañana. En ese momento había más
vendedores, cuando de repente vi que se estacionó enfrente un
carro nuevo, último modelo.
No recuerdo qué color era el carro, algunos dicen que blanco,
otros que era plateadito, pero como que eran caballos se bajaron cuatro
hombres encapuchados y con pistolas y metralletas.
Este es un asalto, así que ahora nos vas a dar todo vieja
p... Como mi cartera la tenía encadenada a la mesa, no la podían
arrancar y empecé a jalonearla con los ladrones al mismo tiempo,
porque era grande mi aflicción que se llevaran toda mi venta.
No sé cómo es que no me mataron.
Se llevaron $17 mil y hasta ahora no me ha pasado el susto, casi
no duermo. El dinero lo estoy pagando poco a poco a la Lotería,
que me lo había dado a crédito.
Nueve veces me habían robado al paso, en el camino, en
el bus, pero nunca así como ese 18 de junio.
En los 28 años que Rosa ha vendido
billetes de lotería en los alrededores del Palacio Nacional,
la han asaltado 10 veces. La última ocasión fue el año
pasado. Nunca lo ha denunciado.
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