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LA
COLUMNA
La
deuda pendiente
La muerte de Juan Pablo II marca un antes
y un después en la historia contemporánea, incluyendo
la salvadoreña.
Mejor conocido como el Papa de la Paz, Karol Wojtyla fue un líder
indiscutible de la Iglesia Católica y su vida es testimonio de
eso.
Los salvadoreños vivimos ese carisma en cada una de las visitas
que hizo al país, especialmente la primera, en 1983.
Eran momentos difíciles. El Salvador acababa de sumergirse en
la guerra civil que generaba un ambiente de inseguridad y violencia.
Viajar a El Salvador era evidentemente peligroso, pero nada pudo evitar
que el Papa viniera. El 6 de marzo aterrizó en el país
pese a los riesgos que corría.
Una de las primeras cosas que hizo fue visitar la tumba de Monseñor
Óscar Arnulfo Romero. Oró en silencio por Romero y después,
frente a miles de feligreses, el Papa hizo eco de las palabras del pastor
salvadoreño. Juan Pablo II pidió la paz y la reconciliación
entre todos los cuscatlecos.
Era un mensaje enfático. Sin embargo, Karol Wojtyla abandonó
el país y sus palabras quedaron congeladas durante varios años.
El Salvador se sumió en una larga guerra civil que le costó
la vida a miles de personas. No fue sino hasta el 8 de febrero de 1996
que el Papa pudo regresar a El Salvador y constatar que la guerra civil
había terminado.
Hoy, a pocos días de su muerte, creo que es momento para recordar
las palabras que hiciera en 1983. La petición de paz y conciliación
está más vigente que nunca y por eso la deuda con Juan
Pablo II aún sigue vigente.
Si bien en 1992 terminó la guerra civil no es cierto que vivamos
en paz. Al menos no la paz a la que se refería él.
El Salvador está sumergido en otro tipo de conflictos que, de
la misma forma que la guerra civil, hace daño.
No podemos decir que vivimos en paz cuando a diario hay un promedio
de siete homicidios, cuando la inseguridad determina la vida de los
salvadoreños, cuando no podemos evitar tanta violencia.
De igual forma que hace 22 años, los salvadoreños tenemos
que asumir el concepto de reconciliación y paz.
Es por eso que la petición que hiciera el Papa durante su primera
visita al país sigue tan vigente como entonces.
Más allá de los rituales fúnebres, creo que hay
que reflexionar sobre el legado que Juan Pablo II dejó en el
mundo, especialmente el que heredó para los salvadoreños.
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