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LA
ARISTA AFILADA
Allende
y Pinochet:
la hora de enterrar los mitos
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Ilustracion/ EDH
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La verdad, aunque sea dolorosa, es mejor afrontarla.
Durante décadas, la izquierda transmitió la imagen de
un Salvador Allende, apasionadamente demócrata, que en 1973 perdió
el poder por una combinación entre la ingenuidad y la voluntad
de no usar la fuerza contra sus enemigos. La distancia y la simplificación
del pasado lo presentaron como un mártir bondadoso que al final
optó por quitarse la vida con una metralleta regalada por Fidel
Castro antes que rendirse al enemigo autoritario. Y no era así.
La historia que ahora comienza a conocerse revela a un personaje muy
diferente al de la leyenda popular.
El primer mazazo contra la dulce memoria del Allende heroico vino del
historiador chileno Víctor Farías, autor de un libro publicado
hace un par de años: Salvador Allende, antisemitismo y eutanasia.
Farías desenterró la tesis de grado escrita en 1933 por
Allende para obtener su diploma como médico. El texto de Allende
llevaba el título de Higiene mental y delincuencia y hubiera
podido ser firmado por cualquier fanático partidario de Hitler.
Era algo así como el manual del perfecto fascista latinoamericano.
Los homosexuales eran calificados de repugnantes. Los enfermos mentales
deberían ser químicamente castrados para que no transmitieran
su herencia biológica. A los judíos los caracterizaba
como usureros, estafadores y calumniadores.
Cuando lo escribió, Allende sólo tenía 25 años;
pero a los 40, cuando ya era Ministro de Salud, intentó poner
en práctica sus teorías eugenésicas, tan propias
de los nazis, proponiendo una ley para esterilizar a los enfermos mentales,
medida felizmente rechazada por el Parlamento. Y a los 64, cuando ya
era presidente, y Simón Wiesenthal el israelí cazador
de nazis, muerto recientemente en nombre de la memoria de las
víctimas del Holocausto le pidió la extradición
de Walter Rauff, un sicario de Hitler que ordenó el asesinato
de miles de judíos, Allende rechazó la petición.
Corazón adentro, aunque sexagenario, seguía siendo el
mismo ardiente antisemita que había sido en su juventud.
El segundo golpe contra la falseada imagen de Allende procede de otros
historiadores: el ruso Vasili Mitrokhin y el inglés Christopher
Andrew. El primero, ya desaparecido, fue un paciente archivista de la
KGB que tuvo la feliz idea de llevarse copia de su trabajo a casa. El
segundo, es un respetado historiador británico. A principios
de los noventa, en medio del desbarajuste de la URSS, Mitrokhim se pasó
a Occidente con toda esa valiosa información y comenzó
a publicarla. El segundo y último volumen es el que trae la información
sobre Allende: el ex presidente chileno era un colaborador del KGB.
Un colaborador que recibía dinero, transmitía información
y contribuía a los planes soviéticos de conquista en América
Latina. Se trataba de un confidential contact. Alguien con
quien Moscú contaba para minar los regímenes democráticos
y, de acuerdo con el gran proyecto ruso de hegemonía planetaria,
eventualmente lograr la derrota y destrucción política
de Estados Unidos.
En realidad, no hay ninguna contradicción entre el joven Allende
cautivado por las ideas fascistas vigentes en los años treinta
y el viejo Allende de los setenta, colaborador de la KGB. Mussolini
era un admirador de Lenin, mientras Hitler, como sucedía con
los comunistas, sentía una profunda antipatía por la democracia
liberal y por los Estados Unidos, un país que le parecía
dominado por los judíos. Fascismo y comunismo no eran extremos
que acababan por parecerse, como tantas veces se ha dicho, sino parientes
cercanos del mismo tronco socialista. Allende, sencillamente, venía
de esa tradición autoritaria y cruel. No creía en la libertad
ni en la democracia, aunque se sirviera de ellas para llegar al poder.
En cierta manera, el fin del mito de Allende es muy positivo para toda
la izquierda chilena democrática, como ha resultado providencial
para la derecha de ese país que se haya conocido, con lujo de
detalles, que el general Pinochet no sólo fue un déspota
que ordenó o toleró miles de asesinatos y torturas, sino
que, además, fue un ladrón desvergonzado. Unos y otros
tienen ante sus ojos una clarísima lección histórica:
la redención del país y la reconciliación final
sólo es posible con democracia, libertades, tolerancia, respeto
a la ley, y la humilde admisión pública de que ni Allende
ni Pinochet fueron los líderes que el país se merecía.
Ninguno de los dos respondía a la imagen que intentaron acuñar
sus partidarios. Es la hora de enterrar todos los mitos. Todos.
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