9 de octubre de 2005


TEMA DE PORTADA
Travesía por un sueño

Dispuestos a sortear todos los obstáculos, cientos de salvadoreños emprenden esta arriesgada aventura. Su viaje inicia en México D.F. y hace escala en la ciudad fronteriza de Tijuana. Estos compatriotas enfrentan frío, hambre, maltratos, robos y el miedo a ser descubiertos y deportados por los agentes de migración mexicanos y estadounidenses.

Texto y Fotos por Mauricio Cáceres
vertice@elsalvador.com


A PUNTO DE PARTIR. Desde la Terminal del Norte, en el Distrito Federal de México, cientos de compatriotas inician la odisea para llegar a Estados Unidos.

Es casi la hora de partir. Aquí todo bulle: desde la impaciencia hasta los nervios.

Los salvadoreños tratan de confundirse entre los mexicanos.

Alistan sus pequeños bolsones en los que pusieron las pocas pertenencias que llevan consigo. Quizá una mudada o dos. Nada más que eso.

Otros, los más necesitados, no tienen en sus manos más que una bolsa plástica donde echaron todo aquello que les pueda servir para enfrentar el enorme reto que les queda adelante: llegar hasta los Estados Unidos.

Cada uno de ellos guarda temores. Es lógico. No saben qué les espera. No saben si los detendrá la “migra” estadounidense.

Temen a los asaltos. A los abusadores. A los que se pasan de listos. A los “coyotes” desalmados.

El poco dinero que lleva cada uno de ellos lo ocultan con celo para evitar las villanías. A veces creo que si el ombligo pudiese convertirse en cartera, no dudarían en ocultar, ahí, los pocos dólares que llevan consigo para comer o pagar “servicios”.

Todo esto ocurre en la terminal del norte del Distrito Federal de México. Ahí, muchos salvadoreños y centroamericanos inician el largo viaje hacia Estados Unidos movidos por una sola esperanza: cruzar, sin tropiezos, la frontera.

Tres y media de la tarde de un siete de septiembre. Inicio mi viaje con un grupo de salvadoreños que pretenden llegar a Tijuana a bordo de un autobús que, por afuera, se mira lujoso. Adentro, no se distancia de cualquier otro de su naturaleza.

El bus inicia su larguísimo recorrido. Se detiene. Bajan pasajeros y sigue su ruta por el largo territorio mexicano. La distancia entre el Distrito Federal y Tijuana es de tres mil kilómetros. Casi cuatro veces lo que separa a El Salvador de Costa Rica.

El tiempo pasa, lentamente, entre ansiedades y temores. El viaje está planeado para llegar en poco más de dos días y medio. Algunos de los pasajeros, futuros “mojados” anhelan llegar a Tijuana. Otros van en búsqueda de pasos menos convencionales pero más peligrosos.

Sonoa

Tras cumplir casi un día de recorrido, llegamos a Sonoa, una ciudad moderna pero rodeada de pobreza. Ahí me encontré con otro grupo de salvadoreños que comían y descansaban en una venta de tacos.

Escuchaban música en una estridente rockola. Hablaban en voz baja de su viaje hacia Estados Unidos. Se cuidaban de los delatores o de las autoridades que quisieran extorsionarlos.

Escucho el tono de sus voces. Entonces me acerqué a uno de ellos y le pregunté sin rodeos: ¿Tú eres salvadoreño?
— No, soy de Chiapas —responde.

Reto natural. El desierto de La Rumorosa (Mexicali) puede ser la tumba de estos viajeros.
ESCALA. En la terminal Los Monchis bajan y suben pasajeros rumbo a Tijuana.
En SONOA, un grupo de migrantes aguarda el momento para reanudar el viaje.

Entonces replico: —Yo sí soy salvadoreño.

— Pero, ¿no eres de la migra?

— Claro que no —le dije tratando de aclarar las cosas.

Fue entonces cuando el hombre reconoció que era salvadoreño y que, simplemente, mentía para que no lo sorprendieran los soplones de migración.

Alberto ( así se llamaba), me dijo que viajaba, en otro autobús, junto a otros siete salvadoreños.

Historias como esas se encuentran, y repiten, a lo largo de todo el camino hasta Tijuana. Algunas veces se mira a los salvadoreños mientras hablan por teléfonos públicos a sus familiares, a los jefes de los “polleros” o a coyotes que se encuentran en la capital mexicana.

En las terminales de León, Aguas Calientes, San Luis Potosí, Durango, Mazatlán, Sinaloa, Los Monchis, Culiacán, Ciudad Obregón, Hermosillo, Caborea, San Luis Río Colorado y Mexicali, entre otras ciudades, fui encontrando, siempre, toda suerte de salvadoreños empeñados en llegar a Estados Unidos.

Algunos no encuentran tropiezos en el camino. Otros no tienen tanta suerte. En San Luis Colorado, un poblado localizado a unas siete horas de Tijuana, policías de migración bajaron de un autobús a cuatro salvadoreños y a dos guatemaltecos.

Los metieron en una maltrecha celda de una estación policial para, luego, ponerlos bajo las órdenes de las autoridades federales de migración. Por lo menos eso dijeron. Y hasta adelantaron el futuro: la deportación.

En ese mismo lugar, mi compañero de viaje, el periodista Erick Rodríguez, y yo, fuimos minuciosamente revisados por policías de migración mexicanos. Les costaba creer que, por ser salvadoreños, viajáramos con nuestros papeles en regla. Mejor nos trataron cuando se enteraron de que éramos periodistas.

Amistad

Cuando se realiza un fatigado viaje en autobús hasta Tijuana, se entabla algún tipo de amistad con los conductores.
Angel, uno de ellos, me contó que muchas veces hasta ellos sufren los atropellos de las autoridades de migración. Los acusan de ser polleros, posiblemente para sacarles dinero.

Cada vez que eso ocurre tienen que responder a las autoridades que los conductores se limitan a pedir el boleto a los pasajeros (cuesta, solo la ida, unos $160).

Mientras se sigue el camino hasta Tijuana se miran, desde el autobús, toda clase de paisajes. Más arriba se cruzan largos desiertos en los que, a lo lejos, se miran las cruces de las personas que mueren ahí.

¿La causa? El calor durante el día o el frío en la noche. Angel me recuerda, en cada tramo del desierto, los sitios donde, de acuerdo con lo que sabe, quedaron muertos algunos salvadoreños.

—Ustedes los salvadoreños son chingones. No se ahuevan. Siempre se vienen a pesar de todos los riesgos que pasan en mi país —dice mientras bosteza en la madrugada.

Poco más tarde escucho decir a otro pasajero: “Ya casi llegamos. Sólo esperemos que este señor no nos falle y pasemos al otro lado”.

Sin compañía. Como este indocumentado, muchos caminan solos hacia la frontera.

Otra persona, de quien no sé su nombre, acompaña a dos mujeres jóvenes que también transportan, en una bolsa plástica, sus pocas pertenencias.

En cada estación de autobuses se observa una característica: de ahí salen más de 30 autobuses cada día hacia Tijuana.

En cada autobús fácilmente se detecta que viajan muchos centroamericanos. Dicen que hay compañías que poseen hasta tres mil autobuses.

Por fin, y después de dos días y medio de viajar, llegamos a Tijuana casi a las seis de la tarde. Una vez aquí, sé que quienes intentarán cruzar la frontera con Estados Unidos deberán recorrer mayores odiseas. Hay, incluso, quienes, hacen los intentos una y otra vez.

En la frontera

Después de sentir el aire helado de la noche, me topo con algo diferente: Tijuana es una ciudad muy moderna, donde se encuentra de todo. Aquí nadie habla del peso mexicano. Todas las transacciones se hacen en dólares.

MUERTE. Los que fracasan, ni siquiera tienen una tumba digna.

El frío me abate y lo primero que se mira en esa ciudad es el doble cerco metálico que divide a México de los Estados Unidos. La valla no se puede saltar. Es muy difícil hacer eso y no creo que nadie lo intente.

Tijuana es una ciudad donde el pecado está a la orden del día. Miles de jóvenes que poseen sus papeles en reglas cruzan la frontera para divertirse en los bares y discotecas localizadas en la avenida Revolución. Ahí sobra el alcohol, las drogas y las prostitutas durante las 24 horas del día.

Los inmigrantes, sin embargo, no llegan a Tijuana para estar ahí. Se guarecen en cualquier sitio porque todo lo que desean es cruzar la frontera.

En Tijuana pude observar cómo varias prostitutas centroamericanas, incluyendo salvadoreñas, se vendían por unos 20 dólares.

Dicen que algunas mujeres juntan, de esa manera, el dinero necesario para pagarle a un “pollero” para que las lleven a Estados Unidos.

Al día siguiente de ver aquello, viajé hasta la playa de Tijuana donde observé cómo muchísimas personas platican con sus familiares, separados por la malla metálica.

Todas esas conversaciones las vigilan agentes de migración de los Estados Unidos. Unos tienen derecho a permanecer en territorio estadounidense. Otros, los mexicanos, no pueden traspasar la malla.

Pero, ahí no sólo se conversa. Hay quienes sólo esperan que se descuiden las autoridades de migración de Estados Unidos que viajan a bordo de tres vehículos patrullas, para intentar cruzar la frontera, a pesar de lo dificultoso que es.

Los vigilantes no apagan nunca los motores de los autos en que viajan. Incluso, durante toda la noche están listos para perseguir a cualquier inmigrante ilegal.

Por la noche, un amigo del “Periódico de la Frontera”, el principal periódico mexicano en Tijuana, nos lleva a la zona del río, un sitio donde se depositan las aguas negras para que desemboquen en el mar.

A pesar de todo, ese sitio facilita algunas acciones a los ilegales. Eso sí: tienen que jugar algo así como “ladrón-librado”, tratando de esquivar a las autoridades.

En ese sitio, donde también existe una valla de ocho metros de alto con púas en el borde, encuentro a varios salvadoreños. No sé cuanto llevan ahí. Pero, algunos tienen hasta dos días sin alimentarse.

Al acecho. La migra mexicana a la espera del paso de indocumentados.
BAJO EL SOL. Dos indocumentados caminan hacia la frontera, desafiando las altas temperaturas y la falta de agua.
Caza inmigrantes. La patrulla fronteriza estadounidense vigila la Zona Río, en Tijuana.

Tienen las ropas sucias porque duermen a la intemperie. En cualquier sitio, incluso hasta en basureros, esperan días, semanas y hasta meses, como se dice, para correr por el río de Tijuana y burlar la migración estadounidense.

Ahí encontré a Víctor Hernández, un salvadoreño que tenía 30 días de esperar su mejor oportunidad en la que se jugaría el todo por el todo.

Es originario de San Antonio del Monte. Sus zapatos los lavaba con las aguas que salían de una cloaca. En otro sitio, de donde supuestamente sale agua limpia, toma agua para beber.

Varios amigos suyos me hablaron de él. Por eso, ante su asombro, lo llamé por su nombre. Para evitar confusiones le digo que soy salvadoreño, que soy periodista. Con su baja estatura y su piel morena me cuenta que cerca de ese lugar hay varios compatriotas.

—Aquí me rebusco lavando carros y parabrisas para tener algún dinero para comer. A veces comemos lo que nos regalan algunos hermanos de una iglesia evangélica —dice.

Después me habla de la venta de drogas, de los problemas con las autoridades mexicanas. Durante todo el tiempo que ha permanecido ahí, la regalan zapatos y ropa.

Siempre se desplaza de un lugar a otro en espera de su oportunidad.
Dice que extraña a su esposa y a sus hijos mientras dirige su mirada hacia el horizonte.

— Lucharé por ellos cuando cruce la frontera —asegura.

Víctor duerme donde sea. A veces lo hace en carros viejos. En otras ocasiones lo hace en un túnel que, cuando llueve, se llena de agua. Incluso, sabe que si pasa algo peor, puede morir ahogado. Hay días en que duerme, sobre algunos cartones, cerca de la línea fronteriza. Combate el frío con una colcha vieja.

Poco después, se acerca un guatemalteco a quien llaman el “Pelo parado”. Un hondureño lo consuela y le dice que si él cruza, le ayudará a hacer lo mismo.

Le pregunto sobre el tiempo que tiene de esperar. “Dos años”, me dice, ante mi asombro. No sé si es cierto o no, pero no hay nadie, ahí, que no viva una verdadera tragedia personal.

Poco a poco, aquel lugar se pobla de indocumentados. Algunos me piden que les deje dinero para los refrescos. Uno de ellos saca fuerzas y me dice: “Yo todo lo puedo en Cristo que me fortalece”.

Me pregunta si soy cristiano. Respondo que sí. Me aclara que casi todos los que están ahí también son cristianos. Me da la impresión que necesitan que alguien les predique la palabra de Dios.

Cuando casi anochecía, me recomiendan que me vaya de allí porque hay gente que no le gusta mirar cámaras fotográficas como la que llevaba conmigo. Atiendo la sugerencia.

Los salvadoreños y centroamericanos me llevan de regreso hasta la zona del río. Pero, sé que muchos otros duermen en la playa o en las calles, a pesar del frío que hace. Para cada uno de ellos, alimentarse, sobrevivir y, por supuesto, cruzar la frontera, se transforma en un verdadero reto diario en el que se pone la vida en el medio.

Saben, además, que para cruzar la frontera necesitan de un guía de confianza, un familiar en Estados Unidos y dinero para pagar al “pollero”. Esto último, lo sé, no pueden satisfacerlo los que me encontré en ese sitio, que no es más que una mezcla de cloaca en la que los estadounidenses sembraron una malla metálica.

Evasón. La noche es el mejor momento para que los viajeros sorteen la llamada Zona Río: un depósito de aguas negras.
Desepción. Un centroamericano lamenta no haber burlado la patrulla.

En la noche

En Tijuana hay una casa donde albergan a los centroamericanos. Ahí los abrigan únicamente por tres días. Llegan enfermos. Otros con sus pies reventados por las ampollas que les produce caminar. Cada quien sufre a su manera.

En un momento, decidí acudir hasta el sitio donde cruzan los salvadoreños acompañados, eso sí, de miembros del Grupo Beta, una organización que cuida a los inmigrantes de los asaltantes e impide que los abandonen los “polleros”.
El sitio tiene poca luz.

Una raya amarilla representa la frontera. Cuando llego, más de una docena de salvadoreños se encuentra en la zona elegida.

Ahí se tiene que tener la vista en máxima alerta. A lo lejos se mira a un policía de migración estadounidense. De pronto, el policía se mueve y cambia de lugar.

Es entonces cuando los compatriotas aprovechan el descuido y comienzan a correr como especialistas en 100 metros planos.

Intento seguirlos pero la luz no me favorece para fotografiarlos. Corren tan a prisa que es imposible alcanzarlos. Sin percatarme, crucé la frontera. Es entonces cuando Rodolfo Venegas, del grupo Beta, me dice que me salga de ahí, rápido.

Tan pronto como escuché los gritos de Venegas se activaron las patrullas estadounidenses. Corrí de regreso unos 300 metros mientras escuchaba las sirenas de los cuadriciclos en que viajaban los agentes estadounidenses que venían detrás de mí.

Finalmente crucé territorio mexicano mientras observaba cómo, evadiendo todos los obstáculos, los estadounidenses perseguían a unos 14 salvadoreños que se habían atrevido a meterse en territorio de los Estados Unidos.

Cuando todavía estaba casi sin aliento, escuché unos gritos de unos drogadictos que decían: “Hey, por esa cámara ya nos dan algo”. Por dicha, cuando casi juraba que me quitarían la cámara, miembros del grupo Beta acudieron en mi auxilio y alejaron a los drogadictos.

Las esperanzas de todos los que cruzan por ese lugar es llegar a una ciudad fronteriza que se llama San Isidro. Está al otro lado de la valla metálica.

El principal obstáculo para que consigan eso son los patrulleros que se esconden en todos los lugares posibles. La oscuridad les ayuda a ocultarse, incluso, detrás de los matorrales.

Los vigilantes cuentan con todos los recursos necesarios: desde “ojos de pescado” que es un farol de luz fuerte hasta luces infrarrojas que les ayudan a descubrir inmigrantes con la medición del calor en pequeñas computadoras.

REFUGIO. Durante el invierno, el agua sale por esta estructura. En el verano se convierte en habitaciones, baño y patio de los indocumentados centroamericanos. La falta de recursos los obliga a vivir así.
Condiciones desesperantes. La necesidad de agua lleva a los que pasan por este lugar a abastecerse del vital líquido en desagües insalubres.
A RAS DE SUELO. La línea fronteriza se convirtió en cama para este aventurero.

Aventura

Un día después de aquella aventura, decidí tomar unas fotografías en el paso hacia San Diego. Junto con mi compañero cruzamos, de nuevo, la línea amarilla.

Ahí nos detuvieron agentes estadounidenses que nos devolvieron a territorio mexicano. Antes nos advirtieron que es prohibido tomarles fotografías, después de revisar nuestros pasaportes que, dichosamente, estaban en regla.

Otro día, mientras caminaba por la avenida Revolución de Tijuana, se me acercó un hombre y me dice: “Hey, hoy salimos para Los Angeles”.

El ofrecimiento me inquietó. “Salimos por la tarde —dice el tipo— y sólo se caminan cinco horas”. Pregunto el precio del “servicio”. Me responde que vale 1,500 dólares hasta Los Angeles. El trato no sonaba mal porque en México no debía pagarle nada sino que lo haría al llegar a la ciudad angelina.

Aquel hombre me ofrece algo más: un teléfono para que llame a mi supuesta familia en Los Angeles. Luego me llevaría a un hotel donde me daría de comer y donde descansaría hasta la hora de partir.

De repente, sin embargo, me grita “¡Aguas!” que no es más que un significado mexicano de “¡Cuidado!”.

—Ahí viene la policía —me dice mientras actúa como si no me conociese.

El hombre se marcha y me dice que en tal comedor lo puedo contactar si aprecio su oferta.

La zona de la avenida Revolución está inundada de “polleros”” que todas las mañanas salen y, calladamente, ofrecen sus servicios a los inmigrantes. Pero se sabe que es peligroso tratar con ellos porque muchos no cumplen sus promesas.

Y así, entre diálogos, entre las vivencias de muchísimos centroamericanos, entre angustias de salvadoreños, entre líneas amarillas, entre vigilantes y alertas, acabó mi experiencia.

Es duro mirar aquello. Es duro mirar los esfuerzos que hacen muchísimos salvadoreños para burlar la ley en procura de construir una nueva esperanza para sus familias.

Ahí hay una ley: o sobrevives, o te atrapan. O llegas a su destino o acabas en la cárcel, después de sortear ladrones, drogadictos y toda suerte de inescrupulosos. Cada día, muchos asumen ese reto.

 

 

 

 

 

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