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TEMA
DE PORTADA
Travesía
por un sueño
Dispuestos
a sortear todos los obstáculos, cientos de salvadoreños
emprenden esta arriesgada aventura. Su viaje inicia en México
D.F. y hace escala en la ciudad fronteriza de Tijuana. Estos compatriotas
enfrentan frío, hambre, maltratos, robos y el miedo a ser descubiertos
y deportados por los agentes de migración mexicanos y estadounidenses.
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A PUNTO DE PARTIR.
Desde la Terminal del Norte, en el Distrito Federal de México,
cientos de compatriotas inician la odisea para llegar a Estados
Unidos.
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Es casi la hora de partir. Aquí todo bulle: desde
la impaciencia hasta los nervios.
Los salvadoreños tratan de confundirse entre los mexicanos.
Alistan sus pequeños bolsones en los que pusieron las pocas pertenencias
que llevan consigo. Quizá una mudada o dos. Nada más que
eso.
Otros, los más necesitados, no tienen en sus manos más
que una bolsa plástica donde echaron todo aquello que les pueda
servir para enfrentar el enorme reto que les queda adelante: llegar
hasta los Estados Unidos.
Cada uno de ellos guarda temores. Es lógico. No saben qué
les espera. No saben si los detendrá la migra estadounidense.
Temen a los asaltos. A los abusadores. A los que se pasan de listos.
A los coyotes desalmados.
El poco dinero que lleva cada uno de ellos lo ocultan con celo para
evitar las villanías. A veces creo que si el ombligo pudiese
convertirse en cartera, no dudarían en ocultar, ahí, los
pocos dólares que llevan consigo para comer o pagar servicios.
Todo esto ocurre en la terminal del norte del Distrito Federal de México.
Ahí, muchos salvadoreños y centroamericanos inician el
largo viaje hacia Estados Unidos movidos por una sola esperanza: cruzar,
sin tropiezos, la frontera.
Tres y media de la tarde de un siete de septiembre.
Inicio mi viaje con un grupo de salvadoreños que pretenden llegar
a Tijuana a bordo de un autobús que, por afuera, se mira lujoso.
Adentro, no se distancia de cualquier otro de su naturaleza.
El bus inicia su larguísimo recorrido. Se detiene. Bajan pasajeros
y sigue su ruta por el largo territorio mexicano. La distancia entre
el Distrito Federal y Tijuana es de tres mil kilómetros. Casi
cuatro veces lo que separa a El Salvador de Costa Rica.
El tiempo pasa, lentamente, entre ansiedades y temores. El viaje está
planeado para llegar en poco más de dos días y medio.
Algunos de los pasajeros, futuros mojados anhelan llegar
a Tijuana. Otros van en búsqueda de pasos menos convencionales
pero más peligrosos.
Sonoa
Tras cumplir casi un día de recorrido, llegamos a Sonoa, una
ciudad moderna pero rodeada de pobreza. Ahí me encontré
con otro grupo de salvadoreños que comían y descansaban
en una venta de tacos.
Escuchaban música en una estridente rockola. Hablaban en voz
baja de su viaje hacia Estados Unidos. Se cuidaban de los delatores
o de las autoridades que quisieran extorsionarlos.
Escucho el tono de sus voces. Entonces me acerqué a uno de ellos
y le pregunté sin rodeos: ¿Tú eres salvadoreño?
No, soy de Chiapas responde.
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Reto natural. El
desierto de La Rumorosa (Mexicali) puede ser la tumba de estos
viajeros.
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ESCALA. En la terminal
Los Monchis bajan y suben pasajeros rumbo a Tijuana.
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| En SONOA, un
grupo de migrantes aguarda el momento para reanudar el viaje. |
Entonces replico: Yo sí soy salvadoreño.
Pero, ¿no eres de la migra?
Claro que no le dije tratando de aclarar las cosas.
Fue entonces cuando el hombre reconoció que era salvadoreño
y que, simplemente, mentía para que no lo sorprendieran los soplones
de migración.
Alberto ( así se llamaba), me dijo que viajaba, en otro autobús,
junto a otros siete salvadoreños.
Historias como esas se encuentran, y repiten, a lo largo de todo el
camino hasta Tijuana. Algunas veces se mira a los salvadoreños
mientras hablan por teléfonos públicos a sus familiares,
a los jefes de los polleros o a coyotes que se encuentran
en la capital mexicana.
En las terminales de León, Aguas Calientes, San Luis Potosí,
Durango, Mazatlán, Sinaloa, Los Monchis, Culiacán, Ciudad
Obregón, Hermosillo, Caborea, San Luis Río Colorado y
Mexicali, entre otras ciudades, fui encontrando, siempre, toda suerte
de salvadoreños empeñados en llegar a Estados Unidos.
Algunos no encuentran tropiezos en el camino. Otros
no tienen tanta suerte. En San Luis Colorado, un poblado localizado
a unas siete horas de Tijuana, policías de migración bajaron
de un autobús a cuatro salvadoreños y a dos guatemaltecos.
Los metieron en una maltrecha celda de una estación policial
para, luego, ponerlos bajo las órdenes de las autoridades federales
de migración. Por lo menos eso dijeron. Y hasta adelantaron el
futuro: la deportación.
En ese mismo lugar, mi compañero de viaje, el periodista Erick
Rodríguez, y yo, fuimos minuciosamente revisados por policías
de migración mexicanos. Les costaba creer que, por ser salvadoreños,
viajáramos con nuestros papeles en regla. Mejor nos trataron
cuando se enteraron de que éramos periodistas.
Amistad
Cuando se realiza un fatigado viaje en autobús hasta Tijuana,
se entabla algún tipo de amistad con los conductores.
Angel, uno de ellos, me contó que muchas veces hasta ellos sufren
los atropellos de las autoridades de migración. Los acusan de
ser polleros, posiblemente para sacarles dinero.
Cada vez que eso ocurre tienen que responder a las autoridades
que los conductores se limitan a pedir el boleto a los pasajeros (cuesta,
solo la ida, unos $160).
Mientras se sigue el camino hasta Tijuana se miran, desde el autobús,
toda clase de paisajes. Más arriba se cruzan largos desiertos
en los que, a lo lejos, se miran las cruces de las personas que mueren
ahí.
¿La causa? El calor durante el día o el frío en
la noche. Angel me recuerda, en cada tramo del desierto, los sitios
donde, de acuerdo con lo que sabe, quedaron muertos algunos salvadoreños.
Ustedes los salvadoreños son chingones. No se ahuevan.
Siempre se vienen a pesar de todos los riesgos que pasan en mi país
dice mientras bosteza en la madrugada.
Poco más tarde escucho decir a otro pasajero: Ya casi llegamos.
Sólo esperemos que este señor no nos falle y pasemos al
otro lado.
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Sin compañía.
Como este indocumentado, muchos caminan solos hacia la frontera.
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Otra persona, de quien no sé su nombre, acompaña
a dos mujeres jóvenes que también transportan, en una
bolsa plástica, sus pocas pertenencias.
En cada estación de autobuses se observa una característica:
de ahí salen más de 30 autobuses cada día hacia
Tijuana.
En cada autobús fácilmente se detecta que viajan muchos
centroamericanos. Dicen que hay compañías que poseen hasta
tres mil autobuses.
Por fin, y después de dos días y medio de viajar, llegamos
a Tijuana casi a las seis de la tarde. Una vez aquí, sé
que quienes intentarán cruzar la frontera con Estados Unidos
deberán recorrer mayores odiseas. Hay, incluso, quienes, hacen
los intentos una y otra vez.
En la frontera
Después de sentir el aire helado de la noche, me topo con algo
diferente: Tijuana es una ciudad muy moderna, donde se encuentra de
todo. Aquí nadie habla del peso mexicano. Todas las transacciones
se hacen en dólares.
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MUERTE. Los que
fracasan, ni siquiera tienen una tumba digna.
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El frío me abate y lo primero que se mira en
esa ciudad es el doble cerco metálico que divide a México
de los Estados Unidos. La valla no se puede saltar. Es muy difícil
hacer eso y no creo que nadie lo intente.
Tijuana es una ciudad donde el pecado está a la orden del día.
Miles de jóvenes que poseen sus papeles en reglas cruzan la frontera
para divertirse en los bares y discotecas localizadas en la avenida
Revolución. Ahí sobra el alcohol, las drogas y las prostitutas
durante las 24 horas del día.
Los inmigrantes, sin embargo, no llegan a Tijuana para estar ahí.
Se guarecen en cualquier sitio porque todo lo que desean es cruzar la
frontera.
En Tijuana pude observar cómo varias prostitutas centroamericanas,
incluyendo salvadoreñas, se vendían por unos 20 dólares.
Dicen que algunas mujeres juntan, de esa manera, el dinero necesario
para pagarle a un pollero para que las lleven a Estados
Unidos.
Al día siguiente de ver aquello, viajé hasta la playa
de Tijuana donde observé cómo muchísimas personas
platican con sus familiares, separados por la malla metálica.
Todas esas conversaciones las vigilan agentes de migración de
los Estados Unidos. Unos tienen derecho a permanecer en territorio estadounidense.
Otros, los mexicanos, no pueden traspasar la malla.
Pero, ahí no sólo se conversa. Hay quienes sólo
esperan que se descuiden las autoridades de migración de Estados
Unidos que viajan a bordo de tres vehículos patrullas, para intentar
cruzar la frontera, a pesar de lo dificultoso que es.
Los vigilantes no apagan nunca los motores de los autos en que viajan.
Incluso, durante toda la noche están listos para perseguir a
cualquier inmigrante ilegal.
Por la noche, un amigo del Periódico de
la Frontera, el principal periódico mexicano en Tijuana,
nos lleva a la zona del río, un sitio donde se depositan las
aguas negras para que desemboquen en el mar.
A pesar de todo, ese sitio facilita algunas acciones a los ilegales.
Eso sí: tienen que jugar algo así como ladrón-librado,
tratando de esquivar a las autoridades.
En ese sitio, donde también existe una valla de ocho metros de
alto con púas en el borde, encuentro a varios salvadoreños.
No sé cuanto llevan ahí. Pero, algunos tienen hasta dos
días sin alimentarse.
Tienen las ropas sucias porque duermen a la intemperie.
En cualquier sitio, incluso hasta en basureros, esperan días,
semanas y hasta meses, como se dice, para correr por el río de
Tijuana y burlar la migración estadounidense.
Ahí encontré a Víctor Hernández,
un salvadoreño que tenía 30 días de esperar su
mejor oportunidad en la que se jugaría el todo por el todo.
Es originario de San Antonio del Monte. Sus zapatos los lavaba con las
aguas que salían de una cloaca. En otro sitio, de donde supuestamente
sale agua limpia, toma agua para beber.
Varios amigos suyos me hablaron de él. Por eso, ante su asombro,
lo llamé por su nombre. Para evitar confusiones le digo que soy
salvadoreño, que soy periodista. Con su baja estatura y su piel
morena me cuenta que cerca de ese lugar hay varios compatriotas.
Aquí me rebusco lavando carros y parabrisas para tener
algún dinero para comer. A veces comemos lo que nos regalan algunos
hermanos de una iglesia evangélica dice.
Después me habla de la venta de drogas, de los problemas con
las autoridades mexicanas. Durante todo el tiempo que ha permanecido
ahí, la regalan zapatos y ropa.
Siempre se desplaza de un lugar a otro en espera de su oportunidad.
Dice que extraña a su esposa y a sus hijos mientras dirige su
mirada hacia el horizonte.
Lucharé por ellos cuando cruce la frontera asegura.
Víctor duerme donde sea. A veces lo hace en carros viejos. En
otras ocasiones lo hace en un túnel que, cuando llueve, se llena
de agua. Incluso, sabe que si pasa algo peor, puede morir ahogado. Hay
días en que duerme, sobre algunos cartones, cerca de la línea
fronteriza. Combate el frío con una colcha vieja.
Poco después, se acerca un guatemalteco a quien
llaman el Pelo parado. Un hondureño lo consuela y
le dice que si él cruza, le ayudará a hacer lo mismo.
Le pregunto sobre el tiempo que tiene de esperar. Dos años,
me dice, ante mi asombro. No sé si es cierto o no, pero no hay
nadie, ahí, que no viva una verdadera tragedia personal.
Poco a poco, aquel lugar se pobla de indocumentados. Algunos me piden
que les deje dinero para los refrescos. Uno de ellos saca fuerzas y
me dice: Yo todo lo puedo en Cristo que me fortalece.
Me pregunta si soy cristiano. Respondo que sí. Me aclara que
casi todos los que están ahí también son cristianos.
Me da la impresión que necesitan que alguien les predique la
palabra de Dios.
Cuando casi anochecía, me recomiendan que me vaya de allí
porque hay gente que no le gusta mirar cámaras fotográficas
como la que llevaba conmigo. Atiendo la sugerencia.
Los salvadoreños y centroamericanos me llevan
de regreso hasta la zona del río. Pero, sé que muchos
otros duermen en la playa o en las calles, a pesar del frío que
hace. Para cada uno de ellos, alimentarse, sobrevivir y, por supuesto,
cruzar la frontera, se transforma en un verdadero reto diario en el
que se pone la vida en el medio.
Saben, además, que para cruzar la frontera necesitan de un guía
de confianza, un familiar en Estados Unidos y dinero para pagar al pollero.
Esto último, lo sé, no pueden satisfacerlo los que me
encontré en ese sitio, que no es más que una mezcla de
cloaca en la que los estadounidenses sembraron una malla metálica.
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Evasón.
La noche es el mejor momento para que los viajeros sorteen la
llamada Zona Río: un depósito de aguas negras.
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| Desepción.
Un centroamericano lamenta no haber burlado la patrulla. |
En la noche
En Tijuana hay una casa donde albergan a los centroamericanos. Ahí
los abrigan únicamente por tres días. Llegan enfermos.
Otros con sus pies reventados por las ampollas que les produce caminar.
Cada quien sufre a su manera.
En un momento, decidí acudir hasta el sitio donde cruzan los
salvadoreños acompañados, eso sí, de miembros del
Grupo Beta, una organización que cuida a los inmigrantes de los
asaltantes e impide que los abandonen los polleros.
El sitio tiene poca luz.
Una raya amarilla representa la frontera. Cuando llego, más de
una docena de salvadoreños se encuentra en la zona elegida.
Ahí se tiene que tener la vista en máxima
alerta. A lo lejos se mira a un policía de migración estadounidense.
De pronto, el policía se mueve y cambia de lugar.
Es entonces cuando los compatriotas aprovechan el descuido y comienzan
a correr como especialistas en 100 metros planos.
Intento seguirlos pero la luz no me favorece para fotografiarlos. Corren
tan a prisa que es imposible alcanzarlos. Sin percatarme, crucé
la frontera. Es entonces cuando Rodolfo Venegas, del grupo Beta, me
dice que me salga de ahí, rápido.
Tan pronto como escuché los gritos de Venegas se activaron las
patrullas estadounidenses. Corrí de regreso unos 300 metros mientras
escuchaba las sirenas de los cuadriciclos en que viajaban los agentes
estadounidenses que venían detrás de mí.
Finalmente crucé territorio mexicano mientras observaba cómo,
evadiendo todos los obstáculos, los estadounidenses perseguían
a unos 14 salvadoreños que se habían atrevido a meterse
en territorio de los Estados Unidos.
Cuando todavía estaba casi sin aliento, escuché
unos gritos de unos drogadictos que decían: Hey, por esa
cámara ya nos dan algo. Por dicha, cuando casi juraba que
me quitarían la cámara, miembros del grupo Beta acudieron
en mi auxilio y alejaron a los drogadictos.
Las esperanzas de todos los que cruzan por ese lugar es llegar a una
ciudad fronteriza que se llama San Isidro. Está al otro lado
de la valla metálica.
El principal obstáculo para que consigan eso son los patrulleros
que se esconden en todos los lugares posibles. La oscuridad les ayuda
a ocultarse, incluso, detrás de los matorrales.
Los vigilantes cuentan con todos los recursos necesarios: desde ojos
de pescado que es un farol de luz fuerte hasta luces infrarrojas
que les ayudan a descubrir inmigrantes con la medición del calor
en pequeñas computadoras.
Aventura
Un día después de aquella aventura, decidí tomar
unas fotografías en el paso hacia San Diego. Junto con mi compañero
cruzamos, de nuevo, la línea amarilla.
Ahí nos detuvieron agentes estadounidenses que nos devolvieron
a territorio mexicano. Antes nos advirtieron que es prohibido tomarles
fotografías, después de revisar nuestros pasaportes que,
dichosamente, estaban en regla.
Otro día, mientras caminaba por la avenida Revolución
de Tijuana, se me acercó un hombre y me dice: Hey, hoy
salimos para Los Angeles.
El ofrecimiento me inquietó. Salimos por la tarde dice
el tipo y sólo se caminan cinco horas. Pregunto el
precio del servicio. Me responde que vale 1,500 dólares
hasta Los Angeles. El trato no sonaba mal porque en México no
debía pagarle nada sino que lo haría al llegar a la ciudad
angelina.
Aquel hombre me ofrece algo más: un teléfono para que
llame a mi supuesta familia en Los Angeles. Luego me llevaría
a un hotel donde me daría de comer y donde descansaría
hasta la hora de partir.
De repente, sin embargo, me grita ¡Aguas! que no es
más que un significado mexicano de ¡Cuidado!.
Ahí viene la policía me dice mientras actúa
como si no me conociese.
El hombre se marcha y me dice que en tal comedor lo
puedo contactar si aprecio su oferta.
La zona de la avenida Revolución está inundada de polleros
que todas las mañanas salen y, calladamente, ofrecen sus servicios
a los inmigrantes. Pero se sabe que es peligroso tratar con ellos porque
muchos no cumplen sus promesas.
Y así, entre diálogos, entre las vivencias de muchísimos
centroamericanos, entre angustias de salvadoreños, entre líneas
amarillas, entre vigilantes y alertas, acabó mi experiencia.
Es duro mirar aquello. Es duro mirar los esfuerzos que hacen muchísimos
salvadoreños para burlar la ley en procura de construir una nueva
esperanza para sus familias.
Ahí hay una ley: o sobrevives, o te atrapan. O llegas a su destino
o acabas en la cárcel, después de sortear ladrones, drogadictos
y toda suerte de inescrupulosos. Cada día, muchos asumen ese
reto.
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