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LA
OPINIÓN
Cosecha
ajena
Calzan
zapatos de marca. Para ellos, cualquier día de la semana es perfecto
para reunirse con la novia o los amigos en el centro comercial.
No hace falta esperar que sea miércoles al dos por uno
para ir al cine. El pisto les sobra.
Su abuela no regatea cuando va al mercado ¿para qué?
si tiene pisto. Ellos, por su parte, tampoco esperan las rebajas
para renovar su guardarropas.
El estreno que se compraron para Navidad nunca más lo usaron.
Quieren comprar, tienen los dólares e ignoran lo que cuesta ganarlos.
Esta es una nueva especie. No nacieron en cuna de oro. Sin embargo,
viven como hijos de papi.
Ignoran que el señor que remite la remesa de dólares a
su nombre acaba de abrir dos orificios más a su gastado cinturón.
Que ni en sueños entra a una sala de cine. Que el frío
le golpea los huesos en invierno y el calor amenaza con deshidratarlo
en el verano.
Ignoran que, aunque trabaja a unas cuadras de Beverly Hills, lleva puestos
los mismos trapos que usaba en El Salvador. Los mismos trapos que arrastró
por el desierto de México, porque no tuvo dinero para llegar
hasta Tijuana en bus.
Mientras tanto, los niños sus hijos u otros familiares
se niegan a estudiar inglés y prefieren darse aires de clase
media a fuerza de look y maquillaje.
Es cierto, no todos los parientes de los salvadoreños que emigraron
a los Estados Unidos para forjarles un futuro mejor, despilfarran
el dinero que con sacrificio les envían sus familiares. No todos
tienen ese grado de inconsciencia.
Pero, buena parte de los 1,838 millones de dólares que recibió
el país hasta agosto pasado están condenados a evaporarse
en concepto de consumo innecesario.
Del porcentaje de familias que reciben remesas, muy pocas invierten
el dinero recibido en la educación de sus hijos. La prole, que
queda a cargo de un cónyuge, de los abuelos o de los tíos
es acostumbrada a un estilo de vida que no llevarían si estuvieran
bajo la tutela de ambos padres.
Si el actual gobierno pretende fomentar el ahorro y la inversión
de las remesas, necesitará más que campañas mediáticas.
Se necesita educar a nuestros niños y adolescentes para que conozcan
el valor del dinero.
Pero, más importante que eso: urge que quienes se fueron para
forjar un futuro mejor para sus familiares dejen los aires de triunfo
a un lado y trasmitan a su gente los duros momentos que vivieron, y
siguen viviendo, con tal tener billetes que enviarles cada mes.
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