9 de enero 2005


Relato
“Estoy presa por unas ollas”

María Martínez (seudónimo) reconoce haber vendido estupefacientes entre 1994 y 1995, y lamenta estar tras las rejas por puras “ollas y cacerolas”, precisamente cuando ya dejó “esa vida” . Desde hace tres años purga una condena a cinco. Infructuosamente, pagó a un defensor para que solicitara la revisión del caso: desea que se le aplique la reforma de 2003 que podría reducir su tiempo en prisión

Lilian Martínez
vertice@elsalvador.com

Durante el día María va a la escuela y participa en talleres. “A veces ni me acuerdo de que estoy presa”, dice. Foto EDH / Archivo
 
“Mi esposo me prohibió ir a la ‘Tutu’, pero yo siempre que pasaba por ahí me desviaba y visitaba a mi familia”


“Al mediodía, a mediados de 2001, estaba en el salón de belleza, en un centro comercial, donde me iban a poner las uñas acrílicas.

Cuando salí del salón me fui en mi carro a la Tutunichapa, llegué a la casa de mi sobrino, comí unas pupusas y ya casi me iba cuando me dieron ganas de ir al baño. Ahí estaba cuando oí el gran relajo de gente gritando y corriendo.

Salí del baño a la carrera y uno de los policías encapuchados, que ya habían entrado, me empujó para que me sentara en un sillón.

Ahí estuve mientras ellos registraban la casa. Al principio no encontraron nada, pero siguieron buscando hasta que vieron unas ollas y cacerolas que según ellos se habían usado para procesar piedra (crack). ¡Por eso estoy aquí, por ollas y cacerolas! Si en la casa sólo dos décimas de cocaína encontraron, ¡ése fue el gran decomiso!

Me tuvieron en esa casa hasta las cinco de la tarde. De ahí me llevaron a bartolinas. Primero me acusaron de posesión y tenencia de droga, porque la cantidad que hallaron era muy pequeña. El fiscal, no me acuerdo cómo se llama, me pidió que colaborara, que les dijera nombres de gente que anduviera en el negocio, entonces ‘vas a salir rápido’, me dijo.

Pero yo estaba descontinuada, no tenía nada nuevo que decirles, más que mencionarles los nombres de la gente que ellos ya conocen, pero que no capturan porque la tienen que encontrar en flagrancia. La gente no me andaba diciendo a mí: ‘Fijate que tengo droga en tal parte’, ‘Fijate que fulano nos está vendiendo’. Además, aunque hubiera tenido qué decirles, no lo hubiera hecho. Otros siempre usan el criterio de oportunidad. Yo no.

Así que le dije al fiscal que no iba a darle nombres. ‘Bueno, si no vas a hablar, te vamos a hacer una dedicatoria’, me respondió. No me importó. Preferí estar en la cárcel cinco años, porque mi vida vale mucho y de aquí voy a salir. Cuando acordé me habían cambiado el delito de tenencia y posesión de droga por el de tráfico.

Mi esposo se dio cuenta de que me habían arrestado y de lo que me acusaban inmediatamente. Él es un hombre honesto y aún confía en mí. Pero durante mucho tiempo se sintió perseguido. Nunca se ha desentendido de mí, porque siempre me trae lo que necesito: dinero para comprar comida en el chalet, ropa, jabón, pasta de dientes y champú.

Él no sabía que en 1995 también me habían arrestado por droga y que estuve presa tres años por eso.

Cosas de familia

Le voy a explicar. He tenido varios esposos. En 1991 quedé viuda del primero. Después anduve con uno que era hijo de un traficante muy conocido y por andar con él me detuvieron 72 horas la vez que encontraron marihuana en la quebrada, allá por el 93.

Dos años después me casé con otro que también vendía droga. Sí, yo sabía que comíamos de eso. En esa época no había tanto pipero ni vendían piedra como ahora. Nosotros vendíamos cocaína por gramo. El polvo se metía en esquinitas de bolsas plásticas y la gente llegaba a comprarlo a la casa, ¡nada de venderle a carros!

Esa vez, los policías se saltaron el muro de la casa. Eran como las seis de la mañana y yo todavía estaba en la cama. Me arrestaron por diez gramos de cocaína revueltos con tierra. Me metieron presa por primera vez y me divorcié de mi segundo esposo.

Las reformas
María fue juzgada bajo una ley, emitida en 1991, que no diferenciaba entre tenencia y tráfico según la cantidad decomisada. Ilustracion EDH/ Jorge castillo
Ley antigua
Ley actual

Art. 37.- El que sin autorización legal posea o tenga (“...”) drogas... en cantidades que a juicio prudencial del juez
sean presumiblemente comerciales... será sancionado con prisión de tres a seis años.
Por este artículo María fue condenada a cinco años de prisión, aunque dice que se encontró muy poca cocaína en la casa donde la detuvieron.

Art. 34.- El que sin autorización legal posea o tenga... drogas ilícitas en cantidades mayores de dos gramos... será sancionado con prisión de uno a tres años y multa de cinco a mil salarios mínimos...
La solicitud de revisión de condena de María pretendía que se le aplicara este artículo de la Ley de Actividades Relativas a las Drogas de 2003.

Al año de haber salido de la cárcel mataron a mi hijo en la Tutu (colonia Tutunichapa). Él vivía ahí y me decía que no vendía droga, pero la bicha con la que se había acompañado sí. No crea que lo mataron por eso. Su muerte fue un accidente. Una bala perdida con las que celebran el 31 de diciembre le entró por la oreja y le reventó en la cabeza. Cuando cayó al suelo ya estaba muerto. Entonces yo también me morí.

En ese momento reapareció el que ahora es mi esposo. Había tenido una relación antes de que yo me casara por primera vez, pero como él ya tenía familia nos habíamos alejado. Se dio cuenta de lo de mi hijo, me buscó, me llevó a vivir a otra colonia y se casó conmigo.

Como sabía las cosas que pasaban en la Tutunichapa, me prohibió ir ahí. Pero mi familia, mi mamá, mis hermanas, mis sobrinos, se quedaron en la colonia y yo seguí visitándoles. Tal vez la gente de ahí creyó que les iba a quitar el negocio. El día que me capturaron, alguien vio que llegué, llamó a la policía y les dijo: ‘Miren, en tal pasaje, en tal casa, hay una mujer vendiendo droga’. Por esa llamada estoy presa desde hace tres años.

El hallazgo

Un día, aquí en la cárcel, nos dijeron que iba a haber cateo. Entonces, como siempre, escondimos en un rincón del cuarto las pinzas para depilar cejas, las tijeras para quitarnos las uñas, las limas para los callos de los pies, porque si no, se van en el cateo.

‘Mire, tía, lo que encontré’, me dijo mi sobrina, que está aquí por homicidio. En su mano tenía un sobre pequeño de plástico negro. Olía a marihuana, ese olor es inconfundible, y le pregunté dónde lo había encontrado. Ella me dijo que junto a la lima para los callos. Yo pensé que si no lo entregábamos me podían fregar a mí, a mi sobrina y las 23 que compartimos el cuarto. Así que lo entregamos.

La gente cree que lo hice por quedar bien y que me disminuyan la pena; pero no, fue para no meterme en problemas.
He querido superarme. Tengo 15 diplomas y me he metido en todas las capacitaciones que han dado. Pronto voy a salir y a levantar las pupuserías que tengo.

Aquí me entretengo, paso tan ocupada que hasta se me olvida que estoy presa. A veces voy al culto. Pero como a veces me deprimo, prefiero oír al hermano Toby por la radio.

Las compañeras ven novelas, yo solo miro los noticieros. A pesar de los problemas que he tenido, no pienso irme del país, pero a la Tutunichapa nunca más voy a regresar”.

Cuando termina de hablar, María mira al horizonte, se toca una de las dos pulseras de oro que lleva en su muñeca izquierda, ve el suelo, vuelve a verme y sonríe con los labios apretados. Al despedirnos, antes de que ella cruce la reja del recinto principal hace una petición: “Ojalá vengan a verme otro día, pero para hablar de cosas buenas”.

 

 


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