
|
 |
Relato
Estoy
presa por unas ollas
María
Martínez (seudónimo) reconoce haber vendido estupefacientes
entre 1994 y 1995, y lamenta estar tras las rejas por puras ollas
y cacerolas, precisamente cuando ya dejó esa vida
. Desde hace tres años purga una condena a cinco. Infructuosamente,
pagó a un defensor para que solicitara la revisión del
caso: desea que se le aplique la reforma de 2003 que podría reducir
su tiempo en prisión
 |
| Durante el
día María va a la escuela y participa en talleres.
A veces ni me acuerdo de que estoy presa, dice. Foto
EDH / Archivo |
| |
|
Mi
esposo me prohibió ir a la Tutu, pero yo siempre
que pasaba por ahí me desviaba y visitaba a mi familia
|
Al mediodía, a mediados de 2001, estaba en el salón
de belleza, en un centro comercial, donde me iban a poner las uñas
acrílicas.
Cuando salí del salón me fui en mi carro a la Tutunichapa,
llegué a la casa de mi sobrino, comí unas pupusas y ya
casi me iba cuando me dieron ganas de ir al baño. Ahí
estaba cuando oí el gran relajo de gente gritando y corriendo.
Salí del baño a la carrera y uno de los policías
encapuchados, que ya habían entrado, me empujó para que
me sentara en un sillón.
Ahí estuve mientras ellos registraban la casa. Al principio no
encontraron nada, pero siguieron buscando hasta que vieron unas ollas
y cacerolas que según ellos se habían usado para procesar
piedra (crack). ¡Por eso estoy aquí, por ollas y cacerolas!
Si en la casa sólo dos décimas de cocaína encontraron,
¡ése fue el gran decomiso!
Me tuvieron en esa casa hasta las cinco de la tarde. De ahí me
llevaron a bartolinas. Primero me acusaron de posesión y tenencia
de droga, porque la cantidad que hallaron era muy pequeña. El
fiscal, no me acuerdo cómo se llama, me pidió que colaborara,
que les dijera nombres de gente que anduviera en el negocio, entonces
vas a salir rápido, me dijo.
Pero yo estaba descontinuada, no tenía nada nuevo que decirles,
más que mencionarles los nombres de la gente que ellos ya conocen,
pero que no capturan porque la tienen que encontrar en flagrancia. La
gente no me andaba diciendo a mí: Fijate que tengo droga
en tal parte, Fijate que fulano nos está vendiendo.
Además, aunque hubiera tenido qué decirles, no lo hubiera
hecho. Otros siempre usan el criterio de oportunidad. Yo no.
Así que le dije al fiscal que no iba a darle nombres. Bueno,
si no vas a hablar, te vamos a hacer una dedicatoria, me respondió.
No me importó. Preferí estar en la cárcel cinco
años, porque mi vida vale mucho y de aquí voy a salir.
Cuando acordé me habían cambiado el delito de tenencia
y posesión de droga por el de tráfico.
Mi esposo se dio cuenta de que me habían arrestado y de lo que
me acusaban inmediatamente. Él es un hombre honesto y aún
confía en mí. Pero durante mucho tiempo se sintió
perseguido. Nunca se ha desentendido de mí, porque siempre me
trae lo que necesito: dinero para comprar comida en el chalet, ropa,
jabón, pasta de dientes y champú.
Él no sabía que en 1995 también me habían
arrestado por droga y que estuve presa tres años por eso.
Cosas de familia
Le voy a explicar. He tenido varios esposos. En 1991 quedé viuda
del primero. Después anduve con uno que era hijo de un traficante
muy conocido y por andar con él me detuvieron 72 horas la vez
que encontraron marihuana en la quebrada, allá por el 93.
Dos años después me casé con otro que también
vendía droga. Sí, yo sabía que comíamos
de eso. En esa época no había tanto pipero ni vendían
piedra como ahora. Nosotros vendíamos cocaína por gramo.
El polvo se metía en esquinitas de bolsas plásticas y
la gente llegaba a comprarlo a la casa, ¡nada de venderle a carros!
Esa vez, los policías se saltaron el muro de la casa. Eran como
las seis de la mañana y yo todavía estaba en la cama.
Me arrestaron por diez gramos de cocaína revueltos con tierra.
Me metieron presa por primera vez y me divorcié de mi segundo
esposo.
 |
|
Las
reformas
María fue juzgada bajo una ley, emitida en 1991, que no
diferenciaba entre tenencia y tráfico según la cantidad
decomisada. Ilustracion EDH/ Jorge castillo
|
|
Ley
antigua
|
Ley
actual
|
|
Art. 37.- El que sin autorización
legal posea o tenga (...) drogas... en cantidades
que a juicio prudencial del juez
sean presumiblemente comerciales... será sancionado con
prisión de tres a seis años.
Por este artículo María fue condenada a cinco años
de prisión, aunque dice que se encontró muy poca
cocaína en la casa donde la detuvieron.
|
Art. 34.- El que sin autorización
legal posea o tenga... drogas ilícitas en cantidades mayores
de dos gramos... será sancionado con prisión de uno
a tres años y multa de cinco a mil salarios mínimos...
La solicitud de revisión de condena de María pretendía
que se le aplicara este artículo de la Ley de Actividades
Relativas a las Drogas de 2003. |
Al año de haber salido de la cárcel mataron
a mi hijo en la Tutu (colonia Tutunichapa). Él vivía ahí
y me decía que no vendía droga, pero la bicha con la que
se había acompañado sí. No crea que lo mataron
por eso. Su muerte fue un accidente. Una bala perdida con las que celebran
el 31 de diciembre le entró por la oreja y le reventó
en la cabeza. Cuando cayó al suelo ya estaba muerto. Entonces
yo también me morí.
En ese momento reapareció el que ahora es mi esposo. Había
tenido una relación antes de que yo me casara por primera vez,
pero como él ya tenía familia nos habíamos alejado.
Se dio cuenta de lo de mi hijo, me buscó, me llevó a vivir
a otra colonia y se casó conmigo.
Como sabía las cosas que pasaban en la Tutunichapa, me prohibió
ir ahí. Pero mi familia, mi mamá, mis hermanas, mis sobrinos,
se quedaron en la colonia y yo seguí visitándoles. Tal
vez la gente de ahí creyó que les iba a quitar el negocio.
El día que me capturaron, alguien vio que llegué, llamó
a la policía y les dijo: Miren, en tal pasaje, en tal casa,
hay una mujer vendiendo droga. Por esa llamada estoy presa desde
hace tres años.
El hallazgo
Un día, aquí en la cárcel, nos dijeron que iba
a haber cateo. Entonces, como siempre, escondimos en un rincón
del cuarto las pinzas para depilar cejas, las tijeras para quitarnos
las uñas, las limas para los callos de los pies, porque si no,
se van en el cateo.
Mire, tía, lo que encontré, me dijo mi sobrina,
que está aquí por homicidio. En su mano tenía un
sobre pequeño de plástico negro. Olía a marihuana,
ese olor es inconfundible, y le pregunté dónde lo había
encontrado. Ella me dijo que junto a la lima para los callos. Yo pensé
que si no lo entregábamos me podían fregar a mí,
a mi sobrina y las 23 que compartimos el cuarto. Así que lo entregamos.
La gente cree que lo hice por quedar bien y que me disminuyan la pena;
pero no, fue para no meterme en problemas.
He querido superarme. Tengo 15 diplomas y me he metido en todas las
capacitaciones que han dado. Pronto voy a salir y a levantar las pupuserías
que tengo.
Aquí me entretengo, paso tan ocupada que hasta se me olvida que
estoy presa. A veces voy al culto. Pero como a veces me deprimo, prefiero
oír al hermano Toby por la radio.
Las compañeras ven novelas, yo solo miro los noticieros. A pesar
de los problemas que he tenido, no pienso irme del país, pero
a la Tutunichapa nunca más voy a regresar.
Cuando termina de hablar, María mira al horizonte, se toca una
de las dos pulseras de oro que lleva en su muñeca izquierda,
ve el suelo, vuelve a verme y sonríe con los labios apretados.
Al despedirnos, antes de que ella cruce la reja del recinto principal
hace una petición: Ojalá vengan a verme otro día,
pero para hablar de cosas buenas.
Copyright 2005
El Diario de Hoy - Derechos Reservados. vertice@elsalvador.com
Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización
escrita de su titular. |
|