
|
 |
LA
ARISTA AFILADA
Mi
amigo Miguel Ángel
 |
|
Ilustración
EDH / Juan José López
|
Me estremeció ver en la televisión cuando la policía
costarricense le colocó las esposas a Miguel Ángel Rodríguez
al descender del avión que lo llevó a San José.
¿Era necesaria esa humillación a un hombre que voluntariamente
regresaba a enfrentarse a los tribunales? En pocos días, Miguel
Ángel había pasado de ser una de las figuras más
respetadas de América Latina, ex Presidente de Costa Rica y recién
electo secretario general de la OEA, a ser un perseguido por la justicia,
acusado de corrupción. Se le imputaba haber recibido dinero de
compañías transnacionales que operaban en el país,
y entre ellas la más notable era una firma francesa que ya se
había visto vinculada a escándalos parecidos en África
y en otras naciones de Latinoamérica.
Todo esto me parecía increíble. Conocía a Miguel
Ángel desde hacía muchos años y jamás percibí
en él ese interés por las cosas materiales que suele caracterizar
a las personas que se dejan tentar por el dinero. Supongo que la idea
de tener yates, aviones privados o autos lujosos debía agobiarlo
o darle risa. Le interesaban los libros, los debates ideológicos
y las batallas políticas.
Cuando tres veces lo visité en la casa de gobierno, fue para
pedirle ayuda para disidentes en peligro, ex presos políticos
que necesitaban visas o solidaridad con las víctimas de la represión
en Cuba. Siempre atendió mis solicitudes generosa y desinteresadamente,
pero lo que más me impresionaba era su genuina preocupación
por las personas: sufría con el dolor ajeno, y ése siempre
es un rasgo de gente noble.
Errar es de humanos
En el verano de 2003 volvimos a coincidir en España. Era un admirado
ex presidente y ya se le mencionaba como posible sustituto de Gaviria
al frente de la OEA. Una universidad madrileña lo había
invitado a dar un curso de verano de tres horas al día sobre
globalización y gobierno, y me pidió que lo acompañara.
Él hablaría dos tercios del tiempo sobre los aspectos
técnicos y la experiencia práctica de manejar las relaciones
económicas internacionales, mientras en la hora final yo me ocuparía
de amenizar las clases con anécdotas políticas de menor
calado.
El experimento, a juzgar por los comentarios de los estudiantes, salió
muy bien, y recuerdo que entonces pensé que Miguel Ángel,
por su vocación docente, sería un extraordinario ex presidente
y un gran embajador extraoficial de Costa Rica, como sucede, por ejemplo,
con el mexicano Ernesto Zedillo, hoy en la Universidad de Yale.
Ignoro si Miguel Ángel, en efecto, aceptó comisiones de
esas empresas. Ojalá sea incierto o inexacto, pero eso deberán
dilucidarlo los jueces costarricenses y fallar en consecuencia. Sé,
sin embargo, que no fue a la política a enriquecerse, porque
en algunas conversaciones familiares escuché exactamente lo contrario:
en el ejercicio de la política había enterrado casi todo
el patrimonio familiar que había heredado. Cuando era muy joven
y le entró el gusanillo del servicio público tenía
muchos más recursos que cuando abandonó la presidencia.
En todo caso, he vivido lo suficiente para saber que alguna gente grande
y brillante a veces yerra, peca estúpidamente, se equivoca, e
incluso rompe las reglas. Hace unos días, a propósito
del cuarto centenario de la publicación de la primera parte del
Quijote, releía la biografía de Cervantes escrita por
Rodríguez Marín, y recordaba que el español más
notable de todos los tiempos, el que más gloria le ha traído
a su patria, se vio envuelto en un oscuro caso de asesinato, condonó
la prostitución de una hermana, y muy probablemente manejó
mal ciertos dineros recaudados a nombre de la Corona, turbio asunto
que lo llevó a la cárcel de Sevilla.
No estoy haciendo comparaciones extravagantes, sino subrayando dos observaciones
esenciales. La primera, es que el juicio legal se circunscribe a hechos
y a códigos precisos, pero el juicio humano y el juicio histórico,
es mucho más complejo y balanceado, y está lleno de sumas
y de restas, de aciertos y de pifias, de luz y de sombras. Espero, más
allá de lo que digan los tribunales, que ese balance final sea
benigno con una persona que fue buena y compasiva cuando tuvo que serlo,
y que, con más o menos éxito, entregó toda su vida
a la gloria de tratar de mejorar la existencia de sus compatriotas.
La segunda observación, Miguel Ángel, es que esa celda
inhóspita en que pasas estos últimos días del año
no es tampoco el final de tu vida útil. Te quedan libros por
escribir y lecciones que impartir. Todavía tienes mucho que dar
y mucho que servir. Dicen que de la cárcel de Sevilla sacó
Cervantes los primeros apuntes del Quijote. Ya nadie se acuerda de sus
desaciertos o de sus faltas. Lo único que recordamos es ese inagotable
chasquido de gracia y talento que comenzó diciendo: En
un lugar de la Mancha....
[©FIRMAS PRESS]
*www.firmaspress.com
Copyright 2005
El Diario de Hoy - Derechos Reservados. vertice@elsalvador.com
Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización
escrita de su titular. |
|