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Crónica
Coronel
Roberto Artiga:
Sólo fue el susto del momento
El
miércoles 5, un fundamentalista hizo volar un coche bomba cerca
del campamento donde están los soldados salvadoreños del
Batallón Cuscatlán. Esto es parte de lo que se vivió
ese día en tierras iraquíes
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El doctor Morales atiende a uno
de los heridos durante el ataque terrorista.
Foto EDH
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Lo que usted habría visto era una carrera de soldados en todas
las direcciones. Lo que yo vi fue un grupo de soldados corriendo, de
manera ordenada, a tomar sus posiciones de alerta.
La voz del militar suena lejana, temblorosa y a nueve husos horarios
de San Salvador. No es por cansancio, es por temperatura.
Hilla, Iraq. La noche de jueves está fría, de seis a siete
grados centígrados. Por eso es que el coronel Roberto Artiga,
comandante del Batallón Cuscatlán, tiene que moverse de
un lado a otro bajo una red de camuflaje mientras está pegado
a su teléfono satelital sosteniendo la entrevista donde narra
lo sucedido el pasado 5 de enero, cuando una bomba estalló cerca
del campamento donde están los salvadoreños.
A la hora del bombazo yo estaba tranquilo, concentrado en unos
papeles relata.
Ese día amaneció temprano en esa tierra de las mil y una
aventuras y prometía rutina: estaba soleado y las cosas transcurrían
con una normalidad pasmosa. Eso sí, la temperatura era baja.
Él estaba esa mañana en su oficina, leyendo unos documentos
que le habían enviado de la División Multinacional Centro-Sur
y, como estaban en inglés, se tomaba el tiempo suficiente para
comprenderlos. Los escritos describían la situación preelectoral
del país y la forma en que los pelotones deben apoyar ese proceso.
El coronel no se esperaba lo que pronto iba a suceder.
Temprano, había despachado a parte de su personal para hacer
actividades rutinarias: una patrulla acompañaba a un grupo de
operaciones cívico-militares en un pueblo cercano para supervisar
proyectos de ayuda, unos 25 kilómetros al sur; otra había
salido a Diwaniya, a un mercado de artesanías para comprar productos
de manufactura local; la tercera regresaba de un viaje por Kuwait de
ejecutar coordinaciones logísticas y estaba a unos 300 kilómetros
del campamento.
Los demás soldados cumplían tareas dentro de la base y
se preparaban para recibir capacitación para dar seguridad a
las caravanas de peregrinos musulmanes que van rumbo a La Meca, en Arabia
Saudita.
Pero en otro lado de la ciudad, un hombre subió a un auto cargado
con explosivos y salió rumbo a la Escuela de Policía.
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Tormenta de arena. La escena capta
el momento en que una patrulla sale a realizar sus operativos
mientras el inclemente clima intenta, sin éxito, detenerlos.
Fotos Cortesia Coronel Roberto Artiga
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Cuando llegó frente al edificio de donde salían
varios agentes que acababan de terminar una rutina de entrenamiento,
el suicida activó la carga y entonces una poderosa explosión
se dejó escuchar en Hilla, una ciudad agrícola donde abundan
las palmeras de dátiles.
Mire, esa es una fruta... así como jocotillos,
pero en racimo. ¡Viera las empachadas que nos hemos dado con los
dátiles! comenta Artiga.
Eran las 11:40, hora de Iraq, cuando el fuerte ruido
hizo que el comandante del Batallón saltara de su silla. De un
brinco alcanzó el chaleco y el casco antibalas. Se los puso y
salió, de otro salto, hacia la puerta. Lo primero que vio fue
una columna de espeso humo negro.
Después del impacto inicial, con la adrenalina en ascenso, ordenó
que la tropa tomara las posiciones de alerta.
Luego se dirigió al centro de operaciones donde le informaron
que se trataba de un atacante suicida. Alrededor de media hora más
tarde le dijeron que había nueve muertos y varias decenas de
heridos.
Cuando se percató de que no había mayores daños
en su gente, llamó a las demás patrullas y les informó
sobre lo sucedido y les dictó la ruta a seguir, porque su entrenamiento
le indica que después de un atentado puede haber otros ataques,
relacionados, en diferentes sitios.
Luego llegó el momento de llamar al Estado Mayor, en El Salvador.
A esa hora, pasadas las tres de la mañana de nuestro país,
el oficial de turno le contestó. Un escueto informe fue suficiente
para dar cuenta de lo acaecido y para no sembrar alarma.
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Para que no se aburran les han
instalado un sitio para que jueguen Play Station.
Fotos Cortesia Coronel Roberto Artiga
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Mientras el coronel hacía eso, los soldados seguían
parapetados en los búnkeres, fusil en mano, esperando indicaciones.
Aunque ya era la hora del almuerzo tuvieron que aguardar a que les dieran
permiso para dirigirse al comedor. Lo hicieron por turnos. Y seguían
nerviosos. Era la segunda bomba que escuchaban desde que llegaron a
tierras orientales.
Pasadas las 2:00 de la tarde de ese miércoles
de susto, los soldados del Batallón Cuscatlán recibieron
indicaciones para disminuir la alerta.
Y continuaron en su rutina. Era hora para hacer los ejercicios físicos
-actividad que han pasado para las tardes, cuando la temperatura ya
está más soportable-, recibieron un poco de adiestramiento
y partieron a asearse, porque entre las seis de la tarde y ocho de la
noche llegó la cena.
Después de devorar los platillos del bufé se marcharon
al casino de tropa, donde comentaron que la bomba los había asustado.
El coronel prefirió no llamar a su familia y cuando empezó
a sentir fatiga se retiró a su dormitorio donde monitoreó
noticias y continuó con la lectura de Executive Orders, el libro
de Tom Clamcy que tiene en cabecera.
-Hoy voy a hacer lo mismo cuando deje de hablar con usted -dice en un
tono más relajado. Incluso, su humor de militar se distiende:
-Las señoras pueden estar tranquilas en El Salvador, porque aquí
las iraquíes nada que ver... sólo con hombres hablamos
-indica antes de dar las buenas noches aunque aquí, en El Salvador,
apenas sea hora de ir a almorzar.
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Se
están dando la gran vida
Si bien han sido destacados en tierras conflictivas, dentro del
campamento los soldados salvadoreños no pasan tribulaciones.
Incluso, están en mejores condiciones que en los cuarteles
de nuestro país. Más de alguno extrañará
la histórica aventura que ha vivido.
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-No
hay duda, los coterráneos han subido de peso. Nada raro
si se toma en cuenta que los menús son abundantes y llenos
de suculentos platillos. El militar de la foto, por ejemplo, no
se conformó con la ración y está solicitando
dos deliciosas langostas.
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Adictos. No tendrán calidad moral para prohibir a su mujer
que vea novelas. Se han vuelto noveleros. La de moda es Prisionera
y se transmite por el único canal en español al
que tienen acceso.
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- Los besitos. Es notable que
los militares connacionales han tenido que acostumbrarse a prácticas
nada comunes en El Salvador. En la imagen, un valiente soldado
acepta el tierno beso que le da un iraquí, en señal
de saludo.
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- Coquetería. Las chicas
iraquíes no disimulan su atracción por los salvadoreños.
Esta imagen recoge el momento en que una de ellas (la del centro)
lanza un ósculo a los soldados que van
en auto.
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