9 de enero de 2005


Crónica
Coronel Roberto Artiga:
“Sólo fue el susto del momento”

El miércoles 5, un fundamentalista hizo volar un coche bomba cerca del campamento donde están los soldados salvadoreños del Batallón Cuscatlán. Esto es parte de lo que se vivió ese día en tierras iraquíes

Ciro Granados
vertice@elsalvador.com

El doctor Morales atiende a uno de los heridos durante el ataque terrorista. Foto EDH


Lo que usted habría visto era una carrera de soldados en todas las direcciones. Lo que yo vi fue un grupo de soldados corriendo, de manera ordenada, a tomar sus posiciones de alerta.

La voz del militar suena lejana, temblorosa y a nueve husos horarios de San Salvador. No es por cansancio, es por temperatura.

Hilla, Iraq. La noche de jueves está fría, de seis a siete grados centígrados. Por eso es que el coronel Roberto Artiga, comandante del Batallón Cuscatlán, tiene que moverse de un lado a otro bajo una red de camuflaje mientras está pegado a su teléfono satelital sosteniendo la entrevista donde narra lo sucedido el pasado 5 de enero, cuando una bomba estalló cerca del campamento donde están los salvadoreños.
—A la hora del bombazo yo estaba tranquilo, concentrado en unos papeles— relata.

Ese día amaneció temprano en esa tierra de las mil y una aventuras y prometía rutina: estaba soleado y las cosas transcurrían con una normalidad pasmosa. Eso sí, la temperatura era baja.

Él estaba esa mañana en su oficina, leyendo unos documentos que le habían enviado de la División Multinacional Centro-Sur y, como estaban en inglés, se tomaba el tiempo suficiente para comprenderlos. Los escritos describían la situación preelectoral del país y la forma en que los pelotones deben apoyar ese proceso. El coronel no se esperaba lo que pronto iba a suceder.

Temprano, había despachado a parte de su personal para hacer actividades rutinarias: una patrulla acompañaba a un grupo de operaciones cívico-militares en un pueblo cercano para supervisar proyectos de ayuda, unos 25 kilómetros al sur; otra había salido a Diwaniya, a un mercado de artesanías para comprar productos de manufactura local; la tercera regresaba de un viaje por Kuwait de ejecutar coordinaciones logísticas y estaba a unos 300 kilómetros del campamento.

Los demás soldados cumplían tareas dentro de la base y se preparaban para recibir capacitación para dar seguridad a las caravanas de peregrinos musulmanes que van rumbo a La Meca, en Arabia Saudita.

Pero en otro lado de la ciudad, un hombre subió a un auto cargado con explosivos y salió rumbo a la Escuela de Policía.

Tormenta de arena. La escena capta el momento en que una patrulla sale a realizar sus operativos mientras el inclemente clima intenta, sin éxito, detenerlos. Fotos Cortesia Coronel Roberto Artiga

Cuando llegó frente al edificio de donde salían varios agentes que acababan de terminar una rutina de entrenamiento, el suicida activó la carga y entonces una poderosa explosión se dejó escuchar en Hilla, una ciudad agrícola donde abundan las palmeras de dátiles.

—Mire, esa es una fruta... así como jocotillos, pero en racimo. ¡Viera las empachadas que nos hemos dado con los dátiles! —comenta Artiga.

Eran las 11:40, hora de Iraq, cuando el fuerte ruido hizo que el comandante del Batallón saltara de su silla. De un brinco alcanzó el chaleco y el casco antibalas. Se los puso y salió, de otro salto, hacia la puerta. Lo primero que vio fue una columna de espeso humo negro.

Después del impacto inicial, con la adrenalina en ascenso, ordenó que la tropa tomara las posiciones de alerta.

Luego se dirigió al centro de operaciones donde le informaron que se trataba de un atacante suicida. Alrededor de media hora más tarde le dijeron que había nueve muertos y varias decenas de heridos.

Cuando se percató de que no había mayores daños en su gente, llamó a las demás patrullas y les informó sobre lo sucedido y les dictó la ruta a seguir, porque su entrenamiento le indica que después de un atentado puede haber otros ataques, relacionados, en diferentes sitios.

Luego llegó el momento de llamar al Estado Mayor, en El Salvador. A esa hora, pasadas las tres de la mañana de nuestro país, el oficial de turno le contestó. Un escueto informe fue suficiente para dar cuenta de lo acaecido y para no sembrar alarma.

Para que no se aburran les han instalado un sitio para que jueguen Play Station. Fotos Cortesia Coronel Roberto Artiga

Mientras el coronel hacía eso, los soldados seguían parapetados en los búnkeres, fusil en mano, esperando indicaciones. Aunque ya era la hora del almuerzo tuvieron que aguardar a que les dieran permiso para dirigirse al comedor. Lo hicieron por turnos. Y seguían nerviosos. Era la segunda bomba que escuchaban desde que llegaron a tierras orientales.

Pasadas las 2:00 de la tarde de ese miércoles de susto, los soldados del Batallón Cuscatlán recibieron indicaciones para disminuir la alerta.

Y continuaron en su rutina. Era hora para hacer los ejercicios físicos -actividad que han pasado para las tardes, cuando la temperatura ya está más soportable-, recibieron un poco de adiestramiento y partieron a asearse, porque entre las seis de la tarde y ocho de la noche llegó la cena.

Después de devorar los platillos del bufé se marcharon al casino de tropa, donde comentaron que la bomba los había asustado.

El coronel prefirió no llamar a su familia y cuando empezó a sentir fatiga se retiró a su dormitorio donde monitoreó noticias y continuó con la lectura de Executive Orders, el libro de Tom Clamcy que tiene en cabecera.

-Hoy voy a hacer lo mismo cuando deje de hablar con usted -dice en un tono más relajado. Incluso, su humor de militar se distiende: -Las señoras pueden estar tranquilas en El Salvador, porque aquí las iraquíes nada que ver... sólo con hombres hablamos -indica antes de dar las buenas noches aunque aquí, en El Salvador, apenas sea hora de ir a almorzar.

Se están dando la gran vida
Si bien han sido destacados en tierras conflictivas, dentro del campamento los soldados salvadoreños no pasan tribulaciones. Incluso, están en mejores condiciones que en los cuarteles de nuestro país. Más de alguno extrañará la histórica aventura que ha vivido.
-No hay duda, los coterráneos han subido de peso. Nada raro si se toma en cuenta que los menús son abundantes y llenos de suculentos platillos. El militar de la foto, por ejemplo, no se conformó con la ración y está solicitando dos deliciosas langostas.
- Adictos. No tendrán calidad moral para prohibir a su mujer que vea novelas. Se han vuelto noveleros. La de moda es “Prisionera” y se transmite por el único canal en español al que tienen acceso.
- Los besitos. Es notable que los militares connacionales han tenido que acostumbrarse a prácticas nada comunes en El Salvador. En la imagen, un valiente soldado acepta el tierno beso que le da un iraquí, en señal de saludo.
- Coquetería. Las chicas iraquíes no disimulan su atracción por los salvadoreños. Esta imagen recoge el momento en que una de ellas (la del centro) lanza un ósculo a los soldados que van
en auto.

 


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