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Un
salvadoreño en las
trincheras
Roberto
machón es uno de los 188 salvadoreños veteranos de la
II Guerra mundial. Dice que su experiencia fue una aventura, y el haber
sobrevivido, un milagro.
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| Roberto
Machón dice que tuvo el privilegio de regresar a EE.UU. en
1945, como guardia de honor del general Eisenhower..Foto EDH |
Había emigrado a los 17 años hacia
los Estados Unidos en busca de su padre que vivía en California.
Corría 1942, pero un día su vida cambió. Vi
un rótulo que decía: almuerzo gratis, viaje gratis. Enlístese
en el ejército, recuerda hoy Roberto Machón. Allí
comenzó toda una aventura, según sus palabras.
Con diez semanas de entrenamiento arribó a las costas inglesas
como parte de la División 82 identificada como All American,
con una misión: combatir en la II Guerra Mundial. Al regreso,
no le permitieron quedarse en el ejército estadounidense. Me
dijeron que yo no iba a vivir mucho porque tenía presión
muy alta y había sido herido muchas veces. Y aquí estoy.
Muchos han muerto y yo todavía estoy vivo, dice Machón.
¿Qué impresión tuvo al llegar a Inglaterra?
Llegar a un país diferente a El Salvador y ver aquella gente
que corría al escuchar las sirenas que anunciaban los bombardeos
alemanes. Tenía más bien curiosidad, no miedo.
¿Cuál era su misión?
Mi misión era secreta. Saltar en las líneas alemanas y
hacer travesuras de las que no puedo hablar.
¿Cuál fue su primera experiencia?
Nos mandaron al norte de Francia, lindando con Alemania y Holanda. Estuvimos
en Bastogne. Allí nos habían atrapado los alemanes. Si
hubieran ganado la batalla de Bastogne, habrían ganado la guerra
porque habrían roto esa zona y llegado al Mar del Norte.
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Participé
en tres batallas, en otras ocasiones fui comando de asalto en misiones
secretas para hacerle alguna travesura al enemigo
Roberto Machón, veterano..Foto EDH |
¿Cómo resulta herido en Bastogne?
Fue un error mío. La temperatura estaba a 40 bajo cero, era un
frío de once mil diablos. Iba caminando y no usé el buen
sentido de un soldado de rodear los árboles y me fui recto. Allí
estaba un alemán y me barrió. Yo también disparé
y no recuerdo si le pegué. El general Patton, que venía
zumbado desde Italia ordenó que me llevaran a París. A
las dos semanas estaba de vuelta con el fusil.
¿Cuál fue su peor experiencia?
En Bastogne, donde no teníamos ropa adecuada para el frío.
A muchos de mis amigos les cortaban los dedos de los pies porque se
les congelaban y les podía dar gangrena. O cuando regresábamos
de la batalla y en medio de la niebla se hacía el llamado. Decían,
por ejemplo, Pedro Jiménez, y si éste decía presente,
todos aplaudíamos, pero si se oía chilín
(sonido) de la placa de identificación estaba muerto. Esa sensación
era horrible.
¿Vio algún campo de concentración?
Avanzábamos hacia Berlín y así fue que lo encontramos.
(Los prisioneros) Parecían cadáveres caminando, pegaban
gritos. Vestían pedazos de ropa. Yo quería abrir la puerta,
pero me dijeron que no tocara nada, que tenían que alimentarlos
poco a poco, eliminarles los piojos. Debo decir que a mí me movía
la compasión, no la lógica.
¿Qué pasó después?
Seguimos avanzando hacia Berlín y nos paramos en el río
Elba, ya que los aliados habían acordado en Yalta que los rusos
iban a tomar Berlín. Allí encontramos soldados alemanes
que venían huyendo del frente ruso y los dejamos pasar, pero
antes, les quitamos las armas y los relojes; era el botín de
guerra, luego se los vendimos a los rusos. Cuando todo terminó,
a unos los enviaron de regreso a los Estados Unidos y a otros, como
yo, nos pusieron de guardias de honor de Eisenhower.
¿Sabía de la dimensión de aquella guerra?
Era para mí una aventura. No es que peleara por la patria o por
una causa noble.
¿Qué recuerdos se le vienen hoy a la mente?
Por siete años no pude dormir. No puedo ver películas
de guerra. Lo que se ve en ellas ni siquiera se parece un poco a la
espantosa realidad del campo de batalla.
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