8 de mayo de 2005


Un salvadoreño en las
trincheras

Roberto machón es uno de los 188 salvadoreños veteranos de la II Guerra mundial. Dice que su experiencia fue una aventura, y el haber sobrevivido, un milagro.

VERTICE
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Roberto Machón dice que tuvo el privilegio de regresar a EE.UU. en 1945, como guardia de honor del general Eisenhower..Foto EDH


Había emigrado a los 17 años hacia los Estados Unidos en busca de su padre que vivía en California.

Corría 1942, pero un día su vida cambió. “Vi un rótulo que decía: almuerzo gratis, viaje gratis. Enlístese en el ejército”, recuerda hoy Roberto Machón. Allí comenzó toda una aventura, según sus palabras.

Con diez semanas de entrenamiento arribó a las costas inglesas como parte de la División 82 identificada como “All American”, con una misión: combatir en la II Guerra Mundial. Al regreso, no le permitieron quedarse en el ejército estadounidense. “Me dijeron que yo no iba a vivir mucho porque tenía presión muy alta y había sido herido muchas veces. Y aquí estoy. Muchos han muerto y yo todavía estoy vivo”, dice Machón.

¿Qué impresión tuvo al llegar a Inglaterra?

Llegar a un país diferente a El Salvador y ver aquella gente que corría al escuchar las sirenas que anunciaban los bombardeos alemanes. Tenía más bien curiosidad, no miedo.

¿Cuál era su misión?
Mi misión era secreta. Saltar en las líneas alemanas y hacer travesuras de las que no puedo hablar.

¿Cuál fue su primera experiencia?

Nos mandaron al norte de Francia, lindando con Alemania y Holanda. Estuvimos en Bastogne. Allí nos habían atrapado los alemanes. Si hubieran ganado la batalla de Bastogne, habrían ganado la guerra porque habrían roto esa zona y llegado al Mar del Norte.

“Participé en tres batallas, en otras ocasiones fui comando de asalto en misiones secretas para hacerle alguna travesura al enemigo”
Roberto Machón, veterano..Foto EDH

¿Cómo resulta herido en Bastogne?
Fue un error mío. La temperatura estaba a 40 bajo cero, era un frío de once mil diablos. Iba caminando y no usé el buen sentido de un soldado de rodear los árboles y me fui recto. Allí estaba un alemán y me barrió. Yo también disparé y no recuerdo si le pegué. El general Patton, que venía zumbado desde Italia ordenó que me llevaran a París. A las dos semanas estaba de vuelta con el fusil.

¿Cuál fue su peor experiencia?
En Bastogne, donde no teníamos ropa adecuada para el frío. A muchos de mis amigos les cortaban los dedos de los pies porque se les congelaban y les podía dar gangrena. O cuando regresábamos de la batalla y en medio de la niebla se hacía el llamado. Decían, por ejemplo, Pedro Jiménez, y si éste decía “presente”, todos aplaudíamos, pero si se oía “chilín” (sonido) de la placa de identificación estaba muerto. Esa sensación era horrible.

¿Vio algún campo de concentración?
Avanzábamos hacia Berlín y así fue que lo encontramos. (Los prisioneros) Parecían cadáveres caminando, pegaban gritos. Vestían pedazos de ropa. Yo quería abrir la puerta, pero me dijeron que no tocara nada, que tenían que alimentarlos poco a poco, eliminarles los piojos. Debo decir que a mí me movía la compasión, no la lógica.

¿Qué pasó después?

Seguimos avanzando hacia Berlín y nos paramos en el río Elba, ya que los aliados habían acordado en Yalta que los rusos iban a tomar Berlín. Allí encontramos soldados alemanes que venían huyendo del frente ruso y los dejamos pasar, pero antes, les quitamos las armas y los relojes; era el botín de guerra, luego se los vendimos a los rusos. Cuando todo terminó, a unos los enviaron de regreso a los Estados Unidos y a otros, como yo, nos pusieron de guardias de honor de Eisenhower.

¿Sabía de la dimensión de aquella guerra?

Era para mí una aventura. No es que peleara por la patria o por una causa noble.

¿Qué recuerdos se le vienen hoy a la mente?
Por siete años no pude dormir. No puedo ver películas de guerra. Lo que se ve en ellas ni siquiera se parece un poco a la espantosa realidad del campo de batalla.

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