7 de agosto de 2005


INTERNACIONAL
La tristeza de la selva húmeda

Una de las regiones más ricas en flora y fauna lo constituye la selva del Petén, que abarca parte de los territorios de México y Guatemala. Sin embargo, dicha reserva ha sido constantemente amenazada por la tala indiscriminada, los incendios forestales y la presencia de pistas para las actividades del narcotráfico

Franz Smets/DPA
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Incendios por doquier. Los campesinos manejan un triste lema: menos árboles y más vacunos es igual a mayor riqueza. Foto EDH /DPA

Flores, Guatemala. Sólo pocas carreteras atraviesan la selva húmeda del Petén, a 500 kilómetros al norte de Ciudad de Guatemala. A ambos lados de la vía el fuego arrasa grandes superficies de tierra que alguna vez formaban parte de la selva de Centroamérica.

Colonos ilegales, ganaderos y campesinos han abierto con el fuego un corredor de varios kilómetros de ancho en la selva.

Por todas partes se alzan los troncos ennegrecidos de árboles quemados y el ganado rastrea el suelo pobre en busca de los últimos restos de hierba.

Los intentos de la naturaleza de recuperar el crecimiento son aniquilados radicalmente con el uso del fuego. Por doquier hay incendios. En el suelo yacen los troncos humeantes de caobas, reducidos a cenizas. Los campesinos están orgullosos de su trabajo, que llevan a cabo bajo el lema: menos árboles y más vacunos significa mayor riqueza.

“La selva no les importa absolutamente nada”, dice David Dudenhoefer, miembro de la organización internacional Forest Alliance. Si dependiera de ellos, quemarían todos los bosques.

Desde hace un siglo aproximadamente, los guatemaltecos comenzaron a penetrar nuevamente en la selva húmeda. Se trata de la segunda colonización de una región que marca la frontera geográfica entre América del Norte y América Central
.
En el primer milenio de la era cristiana, los mayas habían construido en esta selva el centro de su civilización, que abarcaba regiones que hoy pertenecen a México, Guatemala y Belize.

Una vez que abandonaron sus ciudades, por motivos que aún se desconocen, la selva recuperó el espacio perdido, convirtiendo los asentamientos de los mayas en colinas totalmente cubiertas de vegetación.

Sin embargo, los ganaderos no son los únicos que queman la selva húmeda. Muchos guatemaltecos ávidos de tierra procedentes del sur tratan de asentarse ilegalmente en la selva del Petén. Hace 30 años vivían en esta región 30 mil personas; hoy, hay más de 400 mil distribuidos entre más de 200 asentamientos.

“Tenemos que reconocer que generalmente hay incendios donde hay gente”, dice con fría lógica Julio Piñeda, responsable del equipo de vigilantes de incendios en Flores, la capital regional del Petén.

Un total de 130 bomberos y 400 soldados se dedican a combatir los incendios. Desde que comenzó el año y hasta mediados de mayo hubo 48 siniestros de cierta magnitud. Sin embargo, nadie contabiliza los causados por los campesinos ni lucha contra aquellos.

Esos incendios son ocasionados por los agricultores poco antes de comenzar la temporada de lluvias para sembrar maíz, trigo y marihuana.

“Para los españoles la selva sólo fue un obstáculo. Los ingleses sacaron de ella la madera, sobre todo la caoba, y nuestros gobiernos incendiaron la selva húmeda para expulsar a los guerrilleros”, denuncian al unísono los guardabosques.

“El mayor problema lo constituyen los grandes ganaderos”, afirma Víctor Melina, uno de los responsables de la protección de los bosques guatemaltecos.

Sin embargo, existen también grupos serios decididos a salvar la selva húmeda de Guatemala, México y Belize.
Organizaciones internacionales como Rainforest Alliance y Forest Stewardship Council, este último con sede en Bonn, Alemania, apoyan al Estado de Guatemala y llevan desde hace algunos años ensayando un sistema encaminado a reconciliar al hombre con la selva húmeda.

El objetivo principal de tales organizaciones consiste en convencer a los invasores de que es mejor y también más lucrativo no quemar las riquezas de la selva, sino aprovecharlas de forma inteligente y adecuada. El sistema prevé que árboles como la caoba, Santa María o manchichi sólo se talen en algunos lugares específicos, con una frecuencia de uno o dos árboles por hectárea cada 25 años.

La madera que las comunidades locales sacan de los bosques de acuerdo con estas normas recibe un certificado correspondiente de parte de Rainforest Alliance y se vende en el mercado internacional con la ayuda de otras organizaciones, al igual que otros productos de la selva tropical como el caucho y las hojas de palmas.

“Si hubiéramos seguido como antes, hoy estaríamos más pobres”, asegura Venedict Garzia, de 54 años, quien vive en el asentamiento selvático de Uaxactún. Este asentamiento, situado en medio de las ruinas mayas del mismo nombre, nació hace unos 100 años durante la explotación del caucho. La pista de aterrizaje construida en el centro del asentamiento también fue utilizada en tiempos posteriores por narcotraficantes para repostar sus aviones para el transporte de drogas. Tales pistas de aterrizaje aún existen hoy en el Petén.

 


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