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INTERNACIONAL
La tristeza de la selva húmeda
Una de las regiones más ricas en flora y fauna lo constituye
la selva del Petén, que abarca parte de los territorios de México
y Guatemala. Sin embargo, dicha reserva ha sido constantemente amenazada
por la tala indiscriminada, los incendios forestales y la presencia
de pistas para las actividades del narcotráfico
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Incendios
por doquier. Los campesinos manejan un triste lema: menos árboles
y más vacunos es igual a mayor riqueza. Foto
EDH /DPA
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Flores, Guatemala. Sólo pocas carreteras atraviesan
la selva húmeda del Petén, a 500 kilómetros al
norte de Ciudad de Guatemala. A ambos lados de la vía el fuego
arrasa grandes superficies de tierra que alguna vez formaban parte de
la selva de Centroamérica.
Colonos ilegales, ganaderos y campesinos han abierto con el fuego un
corredor de varios kilómetros de ancho en la selva.
Por todas partes se alzan los troncos ennegrecidos de árboles
quemados y el ganado rastrea el suelo pobre en busca de los últimos
restos de hierba.
Los intentos de la naturaleza de recuperar el crecimiento son aniquilados
radicalmente con el uso del fuego. Por doquier hay incendios. En el
suelo yacen los troncos humeantes de caobas, reducidos a cenizas. Los
campesinos están orgullosos de su trabajo, que llevan a cabo
bajo el lema: menos árboles y más vacunos significa mayor
riqueza.
La selva no les importa absolutamente nada, dice David Dudenhoefer,
miembro de la organización internacional Forest Alliance. Si
dependiera de ellos, quemarían todos los bosques.
Desde hace un siglo aproximadamente, los guatemaltecos comenzaron a
penetrar nuevamente en la selva húmeda. Se trata de la segunda
colonización de una región que marca la frontera geográfica
entre América del Norte y América Central
.
En el primer milenio de la era cristiana, los mayas habían construido
en esta selva el centro de su civilización, que abarcaba regiones
que hoy pertenecen a México, Guatemala y Belize.
Una vez que abandonaron sus ciudades, por motivos que aún se
desconocen, la selva recuperó el espacio perdido, convirtiendo
los asentamientos de los mayas en colinas totalmente cubiertas de vegetación.
Sin embargo, los ganaderos no son los únicos que queman la selva
húmeda. Muchos guatemaltecos ávidos de tierra procedentes
del sur tratan de asentarse ilegalmente en la selva del Petén.
Hace 30 años vivían en esta región 30 mil personas;
hoy, hay más de 400 mil distribuidos entre más de 200
asentamientos.
Tenemos que reconocer que generalmente hay incendios donde hay
gente, dice con fría lógica Julio Piñeda,
responsable del equipo de vigilantes de incendios en Flores, la capital
regional del Petén.
Un total de 130 bomberos y 400 soldados se dedican a combatir los incendios.
Desde que comenzó el año y hasta mediados de mayo hubo
48 siniestros de cierta magnitud. Sin embargo, nadie contabiliza los
causados por los campesinos ni lucha contra aquellos.
Esos incendios son ocasionados por los agricultores poco antes de comenzar
la temporada de lluvias para sembrar maíz, trigo y marihuana.
Para los españoles la selva sólo fue un obstáculo.
Los ingleses sacaron de ella la madera, sobre todo la caoba, y nuestros
gobiernos incendiaron la selva húmeda para expulsar a los guerrilleros,
denuncian al unísono los guardabosques.
El mayor problema lo constituyen los grandes ganaderos,
afirma Víctor Melina, uno de los responsables de la protección
de los bosques guatemaltecos.
Sin embargo, existen también grupos serios decididos a salvar
la selva húmeda de Guatemala, México y Belize.
Organizaciones internacionales como Rainforest Alliance y Forest Stewardship
Council, este último con sede en Bonn, Alemania, apoyan al Estado
de Guatemala y llevan desde hace algunos años ensayando un sistema
encaminado a reconciliar al hombre con la selva húmeda.
El objetivo principal de tales organizaciones consiste en convencer
a los invasores de que es mejor y también más lucrativo
no quemar las riquezas de la selva, sino aprovecharlas de forma inteligente
y adecuada. El sistema prevé que árboles como la caoba,
Santa María o manchichi sólo se talen en algunos lugares
específicos, con una frecuencia de uno o dos árboles por
hectárea cada 25 años.
La madera que las comunidades locales sacan de los bosques de acuerdo
con estas normas recibe un certificado correspondiente de parte de Rainforest
Alliance y se vende en el mercado internacional con la ayuda de otras
organizaciones, al igual que otros productos de la selva tropical como
el caucho y las hojas de palmas.
Si hubiéramos seguido como antes, hoy estaríamos
más pobres, asegura Venedict Garzia, de 54 años,
quien vive en el asentamiento selvático de Uaxactún. Este
asentamiento, situado en medio de las ruinas mayas del mismo nombre,
nació hace unos 100 años durante la explotación
del caucho. La pista de aterrizaje construida en el centro del asentamiento
también fue utilizada en tiempos posteriores por narcotraficantes
para repostar sus aviones para el transporte de drogas. Tales pistas
de aterrizaje aún existen hoy en el Petén.
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