6 de marzo 2005


Huellas de un crimen
Imperfecto

El asesinato de Ofelia Molina vda. de Umaña y la de su empleada doméstica, Mélida Lissette Domínguez, ocurrido el 2 de febrero pasado, ha dejado una estela de rastros que hacen pensar que sus autores materiales carecen de pericia. Retiros de dinero de una cuenta bancaria de Molina y la identidad de quien los hizo son las principales evidencias en este caso. Dos personas han sido detenidas, pero falta establecer a más involucrados en la autoría. Aunque, la policía advierte que éste y otros casos similares son obra del crimen organizado

Mirella Cáceres
Vertice@elsalvador.com
   
Investigaciones. El homicidio de las mujeres ha arrojado hasta hoy abundante evidencia para establecer la autoría. Foto EDH / Archivo
 

Dos de febrero de 2005. Hora: 11:00 a.m. “Marta” marca el 260-1561, el número telefónico de su amiga Ofelia, para invitarla a una fiesta de cumpleaños.

Ofelia se excusa de no poder asistir porque no ha comprado el regalo, pero le habla de otros planes, que pase por ella a las 7:30 p.m. para que vayan al casino que frecuentan.

Cae la noche. A las 7:20 p.m. “Marta” estaciona su pick up blanco frente a la casa número 2955, sobre la calle Sisimiles de la colonia Miramonte, al poniente de la capital. Es jueves y hay tráfico de vehículos.

Su vieja amiga tiene una activa vecindad. Varios restaurantes, hoteles y casas de huéspedes; una lavandería, un car wash, una carpintería, una farmacia y una pizzería forman parte del panorama.

Hace sonar la bocina del vehículo en señal de que la espera frente a la casa de paredes azul intenso. Nadie responde. Nadie aparece tras el portón negro y corredizo. Más que la espera es el hecho de no mirar luces encendidas lo que la inquieta. “Eso era algo que no pasaba”, relató.

Marta no ha sido la única que ha esperado frente a la casa. “Silvia”, una hermana de Mélida, la empleada doméstica de Ofelia, ha pasado esperando desde las 4:00 p.m. hasta las 6:30 p.m. a que alguien le responda. Unas horas antes ha visto a su hermana en Metrocentro. La espera ha sido en vano y decide retirarse.

Marta pone en marcha su vehículo y se dirige hacia el casino con la esperanza de encontrar allí a su vieja amiga Ofelia. Su inquietud aumenta cuando en el lugar le dicen no haberla visto.

El reloj marca las 10:00 p.m. Le vuelve a llamar a Ofelia para saber sobre su paradero. Nadie contesta.
Tres de febrero. Hora: 6:00 a.m. le hace la última llamada telefónica sin ningún resultado. En el hogar de Ofelia nadie responde, cosa rara pues si hubiera salido, ella les habría avisado. Siempre lo hacía.

La sospecha de que algo raro ocurre comienza a transformarse en preocupación, sobre todo cuando “Marta” le platica a “Patricia” sobre la ausencia de Ofelia. Se comunican con conocidos en San Vicente pero allí tampoco tienen seña alguna.

“Patricia” se dirige junto a su hija y otros conocidos hasta la casa de Ofelia para constatar si por fin ha aparecido. Tocan el timbre pero un silencio rotundo reina sobre aquella vivienda que se asienta en una calle tan transitada. Le gritan repetidamente pero el silencio continúa.

Deciden llamar a la hija de Ofelia que reside en Guatemala, le cuentan lo sucedido y ella les autoriza el ingreso a la vivienda. “Miguel”, un acompañante de las mujeres sube por una escalera, salta el muro y abre el portón. Todos entran, todos caminan por la cochera que está vacía.

El vehículo, un Chevrolet Cavalier color verde, ha desaparecido.

La puerta principal está cerrada. Tratan de observar a través de las ventanas, llaman a las inquilinas pero ninguna responde. Deciden ingresar al interior atravesando el techo y utilizando un tragaluz. Entran por la cocina, cuya puerta está abierta.

El descubrimiento

   
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Cruzan la sala, en la que destacan unos muebles estampados de estilo francés. Buscan el dormitorio de Ofelia, pero notan desorden en una habitación contigua.

La puerta del lugar donde ella duerme está entreabierta. Entran y un grito se le escapa a “Patricia” al ver a Ofelia muerta.

Está en horcajadas sobre el piso; su rostro y manos descansan sobre el borde de la cama. Contiguas están dos cajas, verde y negra, aparentemente saqueadas.

Buscan a Mélida, o “Melita”, como la llamaban con cariño. La encuentran cerca de donde está Ofelia, en el cuarto de baño destinado a las visitas.

Ella también yace muerta, con la mitad del cuerpo sobre el piso de azulejo, abajo de la regadera. “Está en posición de cúbito dorsal, cabeza al sur, pies al norte, cabeza flexionada a nivel de cuello hacia el oriente”, según rezara luego el reconocimiento forense.

Viste pantalón de lona color gris, camiseta negra y zapatos de cuero del mismo color. Una gorra cubre su rostro severamente golpeado, sobre todo en la región de la boca y nariz.

Llaman al 911, el teléfono de emergencias, para informar que en aquella casa ha ocurrido un crimen. A las 12:30 p.m. “Marta” recibe al fin noticias de Ofelia. “Patricia” le relata que la han encontrado muerta junto a Mélida.

A las 2:20 p.m. investigadores de la División Élite Contra el Crimen Organizado (DECO) acuden a la escena y en su inspección ocular constatan que los ejecutores de ambas mujeres no utilizaron la violencia para ingresar a la vivienda. Primera pista: los asesinos eran conocidos de las víctimas.

En el comedor con vista al patio y el jardín descansa una librera con enciclopedias que está intacta, no así un chinero de color blanco, cuyas puertas superiores están abiertas. Han dejado en él copas, vasos y botellas de licor.

Hacia el poniente de la casa, en el piso del pasillo que conduce al baño donde yace el cadáver de Mélida, hay un trozo de papel toalla.

La luz está encendida. Más evidencias son señaladas. A un costado del baño hay un dormitorio con dos camas cubiertas con sábanas infantiles. Sobre una de ellas hay una caja metálica de color rojo. Parece un joyero con la palabra “Royal” impresa. Ha sido violentado.

Los responsables de aquella escena han registrado más que todo la habitación de Ofelia. Papeles, agendas, libros yacen junto al cadáver. Carteras, bolsos y documentos están sobre el piso.

En boca de la policía, tanto Mélida como Ofelia fueron arrastradas a los lugares donde fueron asesinadas. La primera fue llevada al baño donde le dieron una muerte rápida.

“Lo que hicieron fue quebrarle la espina dorsal y tuvo que ser alguien fuerte... a ella no la ahogaron, sino que la asfixiaron”, explica Douglas Omar García Funes, subdirector de investigaciones de la Policía.

La joven doméstica presenta laceraciones en su mano derecha cerca del dedo pulgar.

Aunque, según la autopsia de Medicina Legal, ambas mujeres fallecieron por “asfixia mecánica por estrangulación”, con Molina fue distinto.

Las laceraciones encontradas en ambos antebrazos, golpes en la parte baja del mentón y el labio interno superior, plantean que en su caso hubo una tortura física, o “laceraciones”, como prefiere llamarlas el comisionado García Funes.

Estas laceraciones también suponen un mecanismo de presión para hacerla firmar hojas de retiro de dinero de su cuenta bancaria.

En el cuello muestra “bordes equimotesis”, una especie de línea que marca el rastro de un cordón fino —posiblemente metálico— con el cual la estrangularon.

Saqueo y rastro

Pero esta acción sólo fue el final de una muerte planificada cuyo propósito era el robo.

De la escena del crimen se extraen diversas evidencias, desde trozos de papel hasta huellas dactilares.

   
Jueves 3 de febrero. Son encontrados los cadáveres de Ofelia Molina y Mélida Domínguez en la colonia Miramonte. Foto EDH / Archivo
 

Pero hay dos pistas más contundentes. A la hora del levantamiento ocular policial y el reconocimiento de los cadáveres por médicos forenses, la policía ya ha detectado movimientos en las cuentas de Molina.

A las 9:53 a.m. de ese 3 de febrero, un sujeto llega a la agencia La Esperanza de un banco local y pide retirar $1,100 de la referida cuenta.

Presenta una hoja debidamente firmada por Ofelia junto con el Documento Único de Identidad (DUI). Lleva un argumento preparado de por qué él está realizando la transacción: Dice que ella está enferma y en silla de ruedas.

Cuarenta y cuatro minutos después retira otros $1,100 de otra agencia cercana a la iglesia Don Rúa.

A las 11:17 de ese mismo día obtiene otra cantidad similar de la agencia Caribe. Poco más de media hora después sacaba $1,100 más de otra sucursal, la Masferrer.

Hasta ese momento todo marcha bien para el que efectúa esas transacciones aquí y que al mismo tiempo las deposita en una cuenta que ha sido abierta en Guatemala pocos días antes.

Cuando quiere hacer un quinto retiro en una agencia en la zona del redondel Masferrer, la intuición de un cajero le hace sospechar de tantas operaciones en un mismo día y en una misma cuenta.

Como parte de la acción preventiva de los bancos, llaman por teléfono a Ofelia para corroborar si ella ha autorizado esas transacciones, pero ella no contesta.

Le dicen que debe esperar. El joven, que está bien vestido y luce lentes de sol sobre su cabeza, se molesta y le dice que no ha almorzado, que no le pagan para estar allí.

En esa agencia han recibido una alerta de que un sujeto hace transacciones sospechosas y que aquella libreta de ahorro puede ser robada. Un ejecutivo del banco decide no autorizar la transacción como una acción preventiva.
Antes le han pedido presentar el DUI para consultar la autorización.

   
Nombre: Nelson Alexander Lara Ramos.
Acusación: Homicidio agravado.
Evidencia. Joyas y otros objetos de valor le son encontrados a Lara.
 

El joven sale de la oficina y hace una llamada a través de su celular. Luego entra de nuevo y pregunta al cajero cuál es el problema, pues ha hecho retiros en otras agencias sin ningún atraso.

La espera lo impacienta, pero el rostro se le enrojece y empieza a sudar cuando explica que Ofelia le ha autorizado retirarle $5,000 y que por eso ha tenido que hacer varios retiros.

Está alterado y al hablar tartamudea. Mientras tanto, los trabajadores bancarios han sacado copia de su DUI y las cámaras de seguridad han grabado su imagen en una cinta de video.

La transacción no le fue autorizada esta vez a Víctor Manuel Alvarado Ponce. Pero su identidad ha quedado registrada.

Los comprobantes firmados de retiro y los videos constituyen la evidencia principal que ahora pesa sobre Alvarado bajo el delito de homicidio agravado en perjuicio de Ofelia Molina, de 76 años, y Mélida Domínguez, de 25.

Pero Víctor no estaría solo. La policía establece rápida conexión entre éste y un ex pandillero de la MS, Nelson Alexander Lara, a través de ocho llamadas telefónicas realizadas entre el 22 de diciembre de 2004 y el 21 de enero de 2005.

Pocos días después del crimen, Lara, de 24 años, es capturado en su casa de la Residencial El Tazumal de Ayutuxtepeque. A él le encuentran las joyas, dinero, un bastón y una chaqueta de cuero pertenecientes a Ofelia.
Un alerta ciudadana permite saber que Lara, alias el Cleeper pretende comercializar las joyas.

En otro operativo en la colonia Las Margaritas de Soyapango, es capturado Alvarado Ponce, un joven de 21 años, criado en la Tutunichapa pero sin antecedentes criminales, aunque su madre fue procesada por narcotráfico en 1993.

Esta semana, miembros del Juzgado 8º de Instrucción, de la Fiscalía General de la República y de la PNC, viajarán a Guatemala, para ampliar las investigaciones que conduzcan a establecer que Alvarado y Lara no están solos detrás de este crimen.

Asesinatos al estilo del crimen organizado
Para el subdirector de investigaciones de la PNC, Douglas García, las características del crimen de la Miramonte responden a los ejecutados por bandas
¿antecedentes? A Víctor Manuel Alvarado Ponce se le decomisó este carné en el que utiliza un nombre falso.
Alvarado Ponce, un joven bien vestido y con apariencia de persona no violenta, habría sido utilizado como señuelo para “ganarse la confianza” de Ofelia Molina viuda de Umaña.

Se presenta como un interesado en una propiedad que ella tenía en venta en el cantón Apancino, de Ilopango.

Existen testigos de haberlo visto salir con ella desde la colonia Miramonte el 1 de febrero, un día antes del asesinato y haber recorrido la propiedad cerca de las 10:00 a.m.

Un día después habría entrado con otros sujetos sin violentar la vivienda para cometer el crimen.

Se contrata a Alvarado, a Lara y otros sujetos aún no identificados. Uno retira el dinero de la cuenta de la víctima y los traslada a una cuenta abierta con anticipación en Guatemala.

Asesinan a sus víctimas para no ser reconocidos, saquean las viviendas. Todo parece orquestado.

Ese es el modus operandi de bandas organizadas, las que según García Funes han dejado su estampa en por lo menos cuatro hechos similares, como el homicidio del vigilante de la Universidad Luterana.

“Cuando estas personas (en el caso de Avarado) ingresan a la banda no empiezan robando.

Ellos eran como sicarios, trabajaron para un narcotraficante de peso que agarraron, y cuando se ven desempleados roban porque tienen el acceso, porque han conocido el bajo mundo”, apunta el jefe policial.

Pero García Funes reconoce, que en estos casos, el autor intelectual muchas veces nunca cae, aunque dice que en el caso de la Miramonte, las investigaciones están avanzadas.

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