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Huellas
de un crimen
Imperfecto
El
asesinato de Ofelia Molina vda. de Umaña y la de su empleada doméstica,
Mélida Lissette Domínguez, ocurrido el 2 de febrero pasado,
ha dejado una estela de rastros que hacen pensar que sus autores materiales
carecen de pericia. Retiros de dinero de una cuenta bancaria de Molina
y la identidad de quien los hizo son las principales evidencias en este
caso. Dos personas han sido detenidas, pero falta establecer a más
involucrados en la autoría. Aunque, la policía advierte
que éste y otros casos similares son obra del crimen organizado
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| Investigaciones. El homicidio de
las mujeres ha arrojado hasta hoy abundante evidencia para establecer
la autoría. Foto EDH / Archivo |
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Dos de febrero de 2005. Hora: 11:00 a.m. Marta
marca el 260-1561, el número telefónico de su amiga Ofelia,
para invitarla a una fiesta de cumpleaños.
Ofelia se excusa de no poder asistir porque no ha comprado el regalo,
pero le habla de otros planes, que pase por ella a las 7:30 p.m. para
que vayan al casino que frecuentan.
Cae la noche. A las 7:20 p.m. Marta estaciona su pick up
blanco frente a la casa número 2955, sobre la calle Sisimiles
de la colonia Miramonte, al poniente de la capital. Es jueves y hay
tráfico de vehículos.
Su vieja amiga tiene una activa vecindad. Varios restaurantes, hoteles
y casas de huéspedes; una lavandería, un car wash, una
carpintería, una farmacia y una pizzería forman parte
del panorama.
Hace sonar la bocina del vehículo en señal de que la espera
frente a la casa de paredes azul intenso. Nadie responde. Nadie aparece
tras el portón negro y corredizo. Más que la espera es
el hecho de no mirar luces encendidas lo que la inquieta. Eso
era algo que no pasaba, relató.
Marta no ha sido la única que ha esperado frente a la casa. Silvia,
una hermana de Mélida, la empleada doméstica de Ofelia,
ha pasado esperando desde las 4:00 p.m. hasta las 6:30 p.m. a que alguien
le responda. Unas horas antes ha visto a su hermana en Metrocentro.
La espera ha sido en vano y decide retirarse.
Marta pone en marcha su vehículo y se dirige hacia el casino
con la esperanza de encontrar allí a su vieja amiga Ofelia. Su
inquietud aumenta cuando en el lugar le dicen no haberla visto.
El reloj marca las 10:00 p.m. Le vuelve a llamar a Ofelia para saber
sobre su paradero. Nadie contesta.
Tres de febrero. Hora: 6:00 a.m. le hace la última llamada telefónica
sin ningún resultado. En el hogar de Ofelia nadie responde, cosa
rara pues si hubiera salido, ella les habría avisado. Siempre
lo hacía.
La sospecha de que algo raro ocurre comienza a transformarse en preocupación,
sobre todo cuando Marta le platica a Patricia
sobre la ausencia de Ofelia. Se comunican con conocidos en San Vicente
pero allí tampoco tienen seña alguna.
Patricia se dirige junto a su hija y otros conocidos hasta
la casa de Ofelia para constatar si por fin ha aparecido. Tocan el timbre
pero un silencio rotundo reina sobre aquella vivienda que se asienta
en una calle tan transitada. Le gritan repetidamente pero el silencio
continúa.
Deciden llamar a la hija de Ofelia que reside en Guatemala, le cuentan
lo sucedido y ella les autoriza el ingreso a la vivienda. Miguel,
un acompañante de las mujeres sube por una escalera, salta el
muro y abre el portón. Todos entran, todos caminan por la cochera
que está vacía.
El vehículo, un Chevrolet Cavalier color verde, ha desaparecido.
La puerta principal está cerrada. Tratan de observar a través
de las ventanas, llaman a las inquilinas pero ninguna responde. Deciden
ingresar al interior atravesando el techo y utilizando un tragaluz.
Entran por la cocina, cuya puerta está abierta.
El descubrimiento
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Cruzan la sala, en la que destacan unos muebles estampados
de estilo francés. Buscan el dormitorio de Ofelia, pero notan
desorden en una habitación contigua.
La puerta del lugar donde ella duerme está entreabierta. Entran
y un grito se le escapa a Patricia al ver a Ofelia muerta.
Está en horcajadas sobre el piso; su rostro y manos descansan
sobre el borde de la cama. Contiguas están dos cajas, verde y
negra, aparentemente saqueadas.
Buscan a Mélida, o Melita, como la llamaban con cariño.
La encuentran cerca de donde está Ofelia, en el cuarto de baño
destinado a las visitas.
Ella también yace muerta, con la mitad del cuerpo sobre el piso
de azulejo, abajo de la regadera. Está en posición
de cúbito dorsal, cabeza al sur, pies al norte, cabeza flexionada
a nivel de cuello hacia el oriente, según rezara luego
el reconocimiento forense.
Viste pantalón de lona color gris, camiseta negra y zapatos de
cuero del mismo color. Una gorra cubre su rostro severamente golpeado,
sobre todo en la región de la boca y nariz.
Llaman al 911, el teléfono de emergencias, para informar que
en aquella casa ha ocurrido un crimen. A las 12:30 p.m. Marta
recibe al fin noticias de Ofelia. Patricia le relata que
la han encontrado muerta junto a Mélida.
A las 2:20 p.m. investigadores de la División Élite Contra
el Crimen Organizado (DECO) acuden a la escena y en su inspección
ocular constatan que los ejecutores de ambas mujeres no utilizaron la
violencia para ingresar a la vivienda. Primera pista: los asesinos eran
conocidos de las víctimas.
En el comedor con vista al patio y el jardín descansa una librera
con enciclopedias que está intacta, no así un chinero
de color blanco, cuyas puertas superiores están abiertas. Han
dejado en él copas, vasos y botellas de licor.
Hacia el poniente de la casa, en el piso del pasillo que conduce al
baño donde yace el cadáver de Mélida, hay un trozo
de papel toalla.
La luz está encendida. Más evidencias son señaladas.
A un costado del baño hay un dormitorio con dos camas cubiertas
con sábanas infantiles. Sobre una de ellas hay una caja metálica
de color rojo. Parece un joyero con la palabra Royal impresa.
Ha sido violentado.
Los responsables de aquella escena han registrado más que todo
la habitación de Ofelia. Papeles, agendas, libros yacen junto
al cadáver. Carteras, bolsos y documentos están sobre
el piso.
En boca de la policía, tanto Mélida como Ofelia fueron
arrastradas a los lugares donde fueron asesinadas. La primera fue llevada
al baño donde le dieron una muerte rápida.
Lo que hicieron fue quebrarle la espina dorsal y tuvo que ser
alguien fuerte... a ella no la ahogaron, sino que la asfixiaron,
explica Douglas Omar García Funes, subdirector de investigaciones
de la Policía.
La joven doméstica presenta laceraciones en su mano derecha cerca
del dedo pulgar.
Aunque, según la autopsia de Medicina Legal, ambas mujeres fallecieron
por asfixia mecánica por estrangulación, con
Molina fue distinto.
Las laceraciones encontradas en ambos antebrazos, golpes en la parte
baja del mentón y el labio interno superior, plantean que en
su caso hubo una tortura física, o laceraciones,
como prefiere llamarlas el comisionado García Funes.
Estas laceraciones también suponen un mecanismo de presión
para hacerla firmar hojas de retiro de dinero de su cuenta bancaria.
En el cuello muestra bordes equimotesis, una especie de
línea que marca el rastro de un cordón fino posiblemente
metálico con el cual la estrangularon.
Saqueo y rastro
Pero esta acción sólo fue el final de una muerte planificada
cuyo propósito era el robo.
De la escena del crimen se extraen diversas evidencias, desde trozos
de papel hasta huellas dactilares.
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| Jueves 3 de febrero. Son encontrados
los cadáveres de Ofelia Molina y Mélida Domínguez
en la colonia Miramonte. Foto EDH / Archivo |
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Pero hay dos pistas más contundentes. A la hora
del levantamiento ocular policial y el reconocimiento de los cadáveres
por médicos forenses, la policía ya ha detectado movimientos
en las cuentas de Molina.
A las 9:53 a.m. de ese 3 de febrero, un sujeto llega a la agencia La
Esperanza de un banco local y pide retirar $1,100 de la referida cuenta.
Presenta una hoja debidamente firmada por Ofelia junto con el Documento
Único de Identidad (DUI). Lleva un argumento preparado de por
qué él está realizando la transacción: Dice
que ella está enferma y en silla de ruedas.
Cuarenta y cuatro minutos después retira otros $1,100 de otra
agencia cercana a la iglesia Don Rúa.
A las 11:17 de ese mismo día obtiene otra cantidad similar de
la agencia Caribe. Poco más de media hora después sacaba
$1,100 más de otra sucursal, la Masferrer.
Hasta ese momento todo marcha bien para el que efectúa esas transacciones
aquí y que al mismo tiempo las deposita en una cuenta que ha
sido abierta en Guatemala pocos días antes.
Cuando quiere hacer un quinto retiro en una agencia en la zona del redondel
Masferrer, la intuición de un cajero le hace sospechar de tantas
operaciones en un mismo día y en una misma cuenta.
Como parte de la acción preventiva de los bancos, llaman por
teléfono a Ofelia para corroborar si ella ha autorizado esas
transacciones, pero ella no contesta.
Le dicen que debe esperar. El joven, que está bien vestido y
luce lentes de sol sobre su cabeza, se molesta y le dice que no ha almorzado,
que no le pagan para estar allí.
En esa agencia han recibido una alerta de que un sujeto hace transacciones
sospechosas y que aquella libreta de ahorro puede ser robada. Un ejecutivo
del banco decide no autorizar la transacción como una acción
preventiva.
Antes le han pedido presentar el DUI para consultar la autorización.
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Nombre: Nelson Alexander
Lara Ramos.
Acusación: Homicidio agravado. |
Evidencia. Joyas y otros objetos
de valor le son encontrados a Lara. |
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El joven sale de la oficina y hace una llamada a través
de su celular. Luego entra de nuevo y pregunta al cajero cuál
es el problema, pues ha hecho retiros en otras agencias sin ningún
atraso.
La espera lo impacienta, pero el rostro se le enrojece y empieza a sudar
cuando explica que Ofelia le ha autorizado retirarle $5,000 y que por
eso ha tenido que hacer varios retiros.
Está alterado y al hablar tartamudea. Mientras tanto, los trabajadores
bancarios han sacado copia de su DUI y las cámaras de seguridad
han grabado su imagen en una cinta de video.
La transacción no le fue autorizada esta vez a Víctor
Manuel Alvarado Ponce. Pero su identidad ha quedado registrada.
Los comprobantes firmados de retiro y los videos constituyen la evidencia
principal que ahora pesa sobre Alvarado bajo el delito de homicidio
agravado en perjuicio de Ofelia Molina, de 76 años, y Mélida
Domínguez, de 25.
Pero Víctor no estaría solo. La policía establece
rápida conexión entre éste y un ex pandillero de
la MS, Nelson Alexander Lara, a través de ocho llamadas telefónicas
realizadas entre el 22 de diciembre de 2004 y el 21 de enero de 2005.
Pocos días después del crimen, Lara, de 24 años,
es capturado en su casa de la Residencial El Tazumal de Ayutuxtepeque.
A él le encuentran las joyas, dinero, un bastón y una
chaqueta de cuero pertenecientes a Ofelia.
Un alerta ciudadana permite saber que Lara, alias el Cleeper pretende
comercializar las joyas.
En otro operativo en la colonia Las Margaritas de Soyapango, es capturado
Alvarado Ponce, un joven de 21 años, criado en la Tutunichapa
pero sin antecedentes criminales, aunque su madre fue procesada por
narcotráfico en 1993.
Esta semana, miembros del Juzgado 8º de Instrucción, de la Fiscalía
General de la República y de la PNC, viajarán a Guatemala,
para ampliar las investigaciones que conduzcan a establecer que Alvarado
y Lara no están solos detrás de este crimen.
| Asesinatos al estilo
del crimen organizado |
| Para el subdirector
de investigaciones de la PNC, Douglas García, las características
del crimen de la Miramonte responden a los ejecutados por bandas |
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| ¿antecedentes? A Víctor
Manuel Alvarado Ponce se le decomisó este carné
en el que utiliza un nombre falso. |
Alvarado Ponce,
un joven bien vestido y con apariencia de persona no violenta, habría
sido utilizado como señuelo para ganarse la confianza
de Ofelia Molina viuda de Umaña.
Se presenta como un interesado en una propiedad que ella tenía
en venta en el cantón Apancino, de Ilopango.
Existen testigos de haberlo visto salir con ella desde la colonia
Miramonte el 1 de febrero, un día antes del asesinato y haber
recorrido la propiedad cerca de las 10:00 a.m.
Un día después habría entrado con otros sujetos
sin violentar la vivienda para cometer el crimen.
Se contrata a Alvarado, a Lara y otros sujetos aún no identificados.
Uno retira el dinero de la cuenta de la víctima y los traslada
a una cuenta abierta con anticipación en Guatemala.
Asesinan a sus víctimas para no ser reconocidos, saquean
las viviendas. Todo parece orquestado.
Ese es el modus operandi de bandas organizadas, las que según
García Funes han dejado su estampa en por lo menos cuatro
hechos similares, como el homicidio del vigilante de la Universidad
Luterana.
Cuando estas personas (en el caso de Avarado) ingresan a la
banda no empiezan robando.
Ellos eran como sicarios, trabajaron para un narcotraficante de
peso que agarraron, y cuando se ven desempleados roban porque tienen
el acceso, porque han conocido el bajo mundo, apunta el jefe
policial.
Pero García Funes reconoce, que en estos casos, el autor
intelectual muchas veces nunca cae, aunque dice que en el caso de
la Miramonte, las investigaciones están avanzadas. |
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