6 de febrero 2005


Trampolín a la muerte

Horror. No es lo mismo contar en cifras el holocausto que describirlo por medio de quienes presenciaron la liberación de prisioneros de los campos de concentración y de exterminio. Un salvadoreño nos relata su experiencia.

vertice@elsalvador.com


     
“No comprendía cómo podían tener a esa gente encerrada, con cara de pena y resignada, y a quienes lo único que les quedaba era la piel” Roberto Machón
Hasta aquel momento, su vida de soldado había girado en torno a muertos, sangre, ataques, balas, peligro.

Jamás imaginó que, después de 60 años, la incertidumbre en aquellos rostros prisioneros clamando por su liberación le siguieran martillando sus recuerdos.

“Gritaban: ‘¡Libertad! ¡Libertad!’, detrás de los cercos de alambre.

Yo quería liberarlos a todos, pero no me dejaron... Querían salir... sentían una felicidad amarga”, rememora hoy Roberto Machón.

Él era uno de los soldados estadounidenses que habían entrado a territorio germano, después de haber derrotado a tropas nazis en la batalla en Bastogne, Bélgica, la que contribuiría a la victoria general de los aliados.

Caminaban hacia Berlín y en ese avance encontraron el campo de prisioneros, cuyo nombre no recuerda. “Más de 18 soldados alemanes nos vieron, tiraron los fusiles y salieron corriendo. El teniente dijo: ‘Olvídense de ellos’”, relata.

Durante cuatro días, los médicos bañaron a aquellos sobrevivientes con DDT, les quitaron las liendres y el pelo, les dieron ropa y comida poco a poco. Cuando estuvieron en mejores condiciones de salud, fueron liberados.
cacería

Sin duda, esas mismas ansias de ser liberados se repitieron entre los millares de reos de los más de 20 campos de concentración que fueron descubiertos al régimen nazi.

     
Haga clic sobre el gráfico

Estos sitios habían surgido en 1933, luego de que el partido nazi asumiera el poder en Alemania.

La abolición de un decreto había permitido el arresto arbitrario de disidentes religiosos, gitanos, comunistas, oponentes al régimen y homosexuales, pero más que todo de judíos, porque eran considerados una raza “impura” o inferior por el régimen de Adolfo Hitler.

“Mi abuelo y mis tíos fueron detenidos por tres semanas junto a varios latinoamericanos en un campo ubicado en las afueras de París; no llegaron a torturarlos, pero sí pasaron hambre y vieron atrocidades como que unos tipos mataran a quemarropa a un par de prisioneros”, relata Federico Hernández, el presidente de Concultura.

Cuando Federico Aguilar Meardi y sus hermanos, Mauricio y Roberto, fueron liberados regresaron a El Salvador y no volvieron a contar qué más vieron en aquel sitio en los albores de aquella guerra, porque, en labios de su nieto, “él prefería estar siempre alegre”.

Después de este conflicto, don Federico volvió a París, donde había vivido toda su infancia, y decidió buscar a sus amigos judíos. Nunca pudo encontrarlos, ni supo si fueron liberados o asesinados.

Si bien estos salvadoreños, como otros extranjeros, fueron liberados, otros no corrieron la misma suerte. Unos seis millones fueron enviados a campos de exterminio donde fueron torturados, asfixiados, envenenados, fusilados o sometidos a los efectos del hambre y enfermedades mortales como el tifus.

Por eso, la expresión en el rostro de aquellos sobrevivientes que vio Machón en 1945 no podían más que reflejar lo que él mismo calificó de: “felicidad amarga”.

Aunque después de 60 años el mundo sigue conmoviéndose ante las imágenes del holocausto, en los años posteriores a la guerra, otro salvadoreño, soldado también, y quien pidió el anonimato, testificaba cómo la justificación del exterminio seguía viviendo en los corazones de soldados alemanes.

“En mis cuatro años en Alemania sólo conocí a un nazi. Lo encontré en un bar de Bergen, a 16 kilómetros de Munich, dijo que había fundado el partido en 1932 y que había decidido no meterse con ellos (judíos y demás) porque eran una banda de criminales”.

Aunque estaba borracho, la respuesta de si estaba arrepentido por lo cometido fue espeluznante: “Absolutamente no. Lo volvería a hacer”.

Campos de concentración, trabajo mortal

Lugar de trabajo forzado

     
Los Campos y sus cifras
1.1 millones
Auschwitz-Birkenau
800 mil
Treblinka
600 mil
Belzec
250 mil
Sobibor
150 mil
Kulmhof
50 mil
Lublin

Nacieron luego de la asunción al poder por parte del régimen nazi el 30 de enero de 1933.
Era la policía de seguridad la que podía detener a cualquier persona y enviarla a uno de estos campos por un tiempo indefinido.

Los candidatos a estar en uno de estos campos eran todos aquellos oponentes al régimen, es decir, comunistas, socialistas, judíos y disidentes religiosos (Testigos de Jehová, protestantes y católicos).

Este primer grupo era custodiados por la Gestapo (la policía política).

Por otro lado, la policía criminal (Kripo) hacía arrestos “preventivos” a los denominados grupos antisociales, entre ellos figuraban gitanos, homosexuales, discapacitados, prostitutas y vagabundos.

Durante la administración de las SS (unidades de protección) en 1942, los prisioneros eran obligados a realizar trabajos forzados en la producción de industrias como la I.G. Farben y las fábricas de cohetes V-2. Otros eran utilizados para experimentos médicos.

Para el inicio de la Segunda Guerra Mundial, en 1939, existían ya seis grandes campos que albergaban alrededor de 25,000 prisioneros: Dachau, Sachsenhausen, Buchenwald, Flossenburg, Mauthausen y Ravensbruk destinado sólo a mujeres.

Auschwitz: la temible prisión de la muerte

Sitio de asesinatos

Lea además

• Trampolín a la muerte

• El tribunal de la redención

• Pasaportes a la libertad

• “No recordamos el Holocausto con rencor”

Los campos de concentración crecieron en número durante la guerra, se cree que sumaron 20. Surgieron nuevos como Auschwitz-Birkenau, Natzweiler, Neuengamme, Gross Rosen, Stutthof, Lublin-Majdanek, Hinzert, Vught, Dora y Bergen Belsen.

Se calcula que a estos lugares fueron llevados millones de prisioneros trasladados desde distintos países europeos ocupados (judíos, partisanos, prisioneros soviéticos de guerra o trabajadores extranjeros).

Pero a la par de estos sitios de trabajo forzado, los nazis crearon centros de exterminio donde expiraban poblaciones enteras.

Las SS los enviaban a las cámaras de gas. Las principales víctimas fueron unos seis millones de judíos y millares de prisioneros de guerra, gitanos y soviéticos.

Aunque fueron varios los centros de muerte (Lublin-Majdanek, Belzec, Sobibor, Treblinka, Kulmhof y Semlin), fue Auschwitz-Birkenau donde hubo un exterminio masivo de más de un millón de personas.

Se estima que más de cuatro millones de personas, en su mayoría judíos, fueron asesinados en estos sitios; otros dos millones murieron en guetos por inanición, enfermedad o fusilamiento por grupos de asalto.


Copyright 2005 El Diario de Hoy - Derechos Reservados. vertice@elsalvador.com
Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización escrita de su titular.