![]() 6 de febrero 2005 |
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Un viaje al infierno MEMORIAS.
Jacques, Elsa y Raquel (nombres ficticios) viven en El Salvador. A 60
años de que Auschwitz les arrebatara parte de su familia muestran,
con temor, las cicatrices que el holocausto dejó en sus vidas
cuando
Allí, a orillas del famoso río, en la frontera que separa a Francia de Alemania, en una típica casa blanca con reglas de madera rematando el frente viven Elsa y su familia. Ella es la mayor de dos hermanas. Sus progenitores poseen una zapatería que da trabajo a tres personas: dos artesanos y un hombre que conduce el camión Mathies en el que transportan lo necesario para hacer negocio. Elsa estudia, ayuda a sus padres y tiene por novio a Daniel, reservista del ejército francés y propietario de una imprenta. Ellos no son los únicos judíos que viven en la zona. A 15 cuadras de la catedral de Notre Dame que enorgullece a Estrasburgo, vive la familia Hertzog. El padre es propietario de una granja y es ganadero. Los hijos varones del matrimonio Hertzog disfrutan de su infancia. Jacques, de 14 años, estudia en el Liceo de Estrasburgo, juega al fútbol, va al cine con sus amigos y tiene novia. Ella se llama Simone Repka, una judía polaca de 12 años cuyas facciones y tez morena tienen ilusionado al adolescente. Pero ellos tampoco son los únicos judíos que viven en Francia para 1939. A 504 kilómetros al oeste, en París, en un edificio de apartamentos viven los padres de Raquel. Faltan nueve meses para que ella nazca, pero su familia celebra el embarazo como un gran acontecimiento. Su segunda hija vendrá al mundo en 1940. El futuro no podría ser más prometedor. Sin embargo, ni Elsa, ni Jacques ni los padres de Raquel son conscientes del plan de exterminio que Adolfo Hitler inició seis años atrás, en la vecina Alemania. Cuando el Presidente alemán Paul von Hindenburg nombró canciller al hasta entonces presidente del Partido Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores (Nazi) no imaginó que le estaba concediendo apenas una cuota del poder al que éste aspiraba.
En abril de ese año, Hitler inició la persecución de los judíos residentes en Alemania. Primero boicotearon sus negocios, luego se les impidió ejercer su profesión y un mes después los nazis lanzaron a la hoguera libros escritos por judíos e intelectuales de oposición. Aunque ese pareció ser el colmo, sólo era el principio de una larga cadena de acontecimientos que marcarían para siempre las vidas de Elsa, Jacques, Raquel y los diez millones de judíos niños, adultos, jóvenes y ancianos que vivían en Europa para entonces. El nuevo éxodo Poco a poco, la sombra del nazismo se extiende sobre Francia. Alemania invade Polonia en septiembre de 1939, y tanto franceses como británicos salen en su defensa. La declaración de guerra llega a oídos de Elsa y su familia, entonces huyen hacía Obernai, un pueblo un poco más al sur. Los Hertzog hacen lo propio hasta que, el 10 de mayo de 1940, los nazis ingresan desde Bélgica burlando la línea Maginot, más de 200 kilómetros de frontera fortificados con los que Francia creía proteger las provincias de Alsacia y Lorena de cualquier intento de invasión. Mientras Jacques y los suyos buscan refugio en Gerardmer, Elsa y su familia suben al camión Mathies y se dirigen a las cercanías de Vichy. Entonces sí empezó el éxodo: cinco días y cinco noches dormimos en escuelas, en el suelo y en lugares donde nos prestaban un poco de techo, recuerda Elsa. En París la escasez es aún mayor. La pequeña Raquel apenas ha aprendido a caminar cuando su padre es capturado y enviado al campo de concentración de Drancy, en 1941. Tras cinco meses, es uno de los 700 prisioneros cuya liberación gestionó la Cruz Roja Internacional. Sin embargo, el encierro en Drancy deja secuelas en él y ante la amenaza que pesa sobre todos los hombres judíos, su esposa empieza a contemplar la idea de emigrar. Ella apenas habla francés, pues es oriunda de Polonia, igual que su esposo, pero lleva las riendas del hogar. Mi madre nunca fue a declarar que era judía, nunca llevamos la estrella. Ellos decidieron que no. Creo que eso nos salvó parcialmente, porque (llevarla) era como señalarnos, explica hoy Raquel. La decisión se toma apresuradamente meses después, luego de una inquietante visita. El recuerdo más antiguo que tengo es una mano sobre mi boca para que no hiciera ruido, ni hablara, porque dos hombres estaban golpeando la puerta de la casa y tocando el timbre, hablando en alemán y francés, diciendo que al día siguiente vendrían a buscarnos. Esa misma noche salimos de ahí, recuerda Raquel.
Durante dos años, Elsa vivió con sus padres y su hermana en Vichy, hasta que los rumores de que los jóvenes como ella son enviados a fabricar material bélico a quién sabe dónde, la llevan a aceptar la oferta de refugiarse en un hospital administrado por religiosas católicas. Así, el 9 de noviembre de 1942, empieza su vida oculta a 29 kilómetros de Lyon. Ahí atiende a enfermos de seis a diez de la mañana, y luego es la secretaria del hospital. A cambio de su trabajo tiene refugio y alimento. Con las puntas de los panes hacían una sopa y nos comíamos las papas que, en Francia, son para los cuches, dice antes de confesar que a veces entraba a la cocina para tomar un pan extra y llevarlo a un anciano o anciana enfermos, pues toda la comida estaba racionada.
Un día, sus padres lo mandan de compras y él, inconsciente, ignora una de las nuevas restricciones: los judíos entre otras cosas obligados a portar la estrella de David en la solapa sólo pueden entrar a las tiendas entre dos y cuatro de la tarde. Jacques va de compras pasadas las 4:00 p.m. y al salir tropieza con un policía alemán. El gendarme le pregunta: ¿Usted, qué está haciendo aquí?. Jacques se justifica diciendo no saber nada del horario restringido. El policía pudo haberme llevado al puesto de la policía alemana y de ahí me habrían enviado a un campo. Pero me dejó ir fue como un ángel para mí, recuerda. Las incomodidades por las que pasaban Elsa y él no se comparaban con el sufrimiento que los judíos de Alemania, Polonia y Rusia padecían entonces. Para 1942, los nazis ya habían establecido 22 campos de concentración, cinco campos de exterminio y recluido a los judíos de los países ocupados en siete guetos. Más temprano que tarde, los adolescentes y niños que huyeron de Estrasburgo y París descubrirían la verdad sobre lo que realmente sucedía a quienes eran capturados y enviados a los campos de concentración nazis. Refugio y orfandad
Jacques corre a su casa y sus progenitores le piden que se esconda. Primero se refugia con una vecina, luego pasa tres noches en la casa de religiosas Nuestra Señora de Sión, después vive un mes en otro punto de la ciudad mientras consigue una identificación falsa que le permita abordar el tren que lo llevará de Gerardmer hasta Lyon. La policía visita a sus padres y autoriza a su madre para que se quede en casa cuidando al abuelo de Jacques. Sin embargo, ella prefiere ir junto a su esposo al campo de concentración de Drancy. El abuelo es enviado a un hospital donde muere, al cabo de una semana. Una vez con los papeles que lo identifican como Pierre Toussaint (Pedro Todos los Santos), Jacques se refugia en el castillo del Barón Paul de Lagarde, en las afueras de Lyon, hasta septiembre de 1944. Durante ese tiempo, alberga la esperanza de que al finalizar la guerra sus padres sean liberados. No sabe ni imagina que los campos de concentración son la antesala de los campos de exterminio, mucho menos que Drancy es la antesala que conduce a Auschwitz. Tampoco Jean, el padre de Elsa, está al tanto de eso mientras contempla el paisaje desde un puente, sin percatarse de que la milicia francesa se aproxima. Es el 30 de junio de 1944 y los aliados llevan 24 días en suelo francés. Los gendarmes piden a Jean identificarse, sin que este pueda ocultar su origen judío. Luego es obligado a guiar a sus captores hacia donde se refugia su familia. Durante ese lapso, una compañera de escuela de su hija menor corre y advierte a su familia. Esposa e hija menor salen de casa para esconderse donde un vecino. Una vez ocultas, la madre y esposa tiene un inexplicable asalto de imprudencia. Tenía que ir a traer no sé qué babosada, relata Elsa. La madre sale en el momento que la milicia pasa justo frente a la casa donde ella se escondía. La menor de sus hijas se salva sólo porque mientras la madre corre ella se niega a salir del escondite. El padre y la madre de Elsa son enviados al campo de concentración de Drancy y desde ahí hacia Auschwitz. COSECHA de muerte En ese transporte se fueron mis padres el 31 de julio de 1944... y París fue liberado el 17 de agosto recuerda Elsa ¡Iban en el último tren que salió de Drancy!. Un mes después, Jacques Hertzog se une a la 1a. División Francaise Libre y colabora en la expulsión de los nazis. Mientras los aliados avanzan, las tropas de Hitler siguen enviado judíos a Auschwitz-Birkenau desde Eslovaquia y Polonia.
La hora del recuento llegó también para Elsa y Jacques. Al terminar la guerra, el 8 de mayo de 1945, la verdad quedó al descubierto. Por toda Europa los seguidores de Hitler segaron la vida de seis millones de judíos. Sólo en Auschwitz murieron cuatro millones de personas entre judíos, gitanos, homosexuales, comunistas y opositores políticos. Poco a poco, los sobrevivientes de los campos de concentración liberados volvieron a sus lugares de origen. Entre ellos, hubo un prisionero de guerra con una noticia para Elsa. Daniel, su novio, había sido capturado y cuando los alemanes se dispusieron a trasladarlo a otro campo de prisioneros ante el avance de los rusos intentó huir, pues creyó que lo llevarían a un campo de exterminio. Una bala acabó con su vida. El matrimonio Hertzog tampoco volvió. Luego de múltiples intentos por dar con su paradero, finalmente, en 1975, Jacques recibió una carta del International Tracing Service de la Cruz Roja Internacional que conserva como explicación de lo sucedido. Ellos salieron del campo de Drancy el 13 de abril de 1944 y llegaron a Auschwitz el 16 de abril. En ese tren había 1,500 hebreos. Cuando llegaron ahí hubo una selección: 165 hombres fueron enviados a los campos de trabajos forzados y recibieron los números 184097 - 184261, el resto de las personas fueron gaseadas. ¡De 1,500 se salvaron 165 hombres!, dice aún sorprendido. En 1947, Jacques recibió una invitación para viajar a América y así terminó estableciéndose en El Salvador. De todos los libros de su biblioteca que hablan sobre el holocausto, tal vez ninguno le conmueva más que El memorial de los niños judíos deportados de Francia, pues entre sus páginas un día encontró la foto de Simone Repka, su primer amor. Elsa terminó casada con un francés que vivía en El Salvador desde antes de la guerra. Hace 58 años que vivo aquí, dice con su marcado acento francés aún. Raquel llegó más tarde. Siempre me conmovió el paisaje de El Salvador, de hecho no sabía por qué, pero pasaba por avión encima de El Salvador y decía: ¡Qué bonito! Resulta que es igual al paisaje que yo vi allá en (el centro de) Francia, que es una soledad de volcanes apagados, explica. Mientras Jacques, Elsa y Raquel secan las lágrimas que se les escapan al hablar y se reconcilian a pausas con el pasado, París y Estrasburgo siguen en pie, igual que ellos, a pesar de todo lo que se llevó el holocausto.
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