6 de febrero de 2005


Un mundo sin tiranos

Más que una doctrina, Bush formuló una hipótesis en su reciente discurso de inauguración.

Carlos Alberto Montaner
vertice@elsalvador.com

Dijo que la seguridad norteamericana dependía de la existencia en el mundo de Estados que respetaran los derechos humanos y organizaran la convivencia de acuerdo con normas democráticas.

Los pueblos, sencillamente, nunca quieren ir a las guerras: son las camarillas gobernantes las que los arrastran a estos sangrientos conflictos.

Ergo, si los pueblos pueden expresar libremente sus preferencias, es probable que escogerán la paz.

La hipótesis es razonable, aunque no siempre se verifique en la experiencia histórica: los principales causantes de la Primera Guerra –Alemania y el Imperio Austro-Húngaro–, aunque imperfectos, eran estados en los que existían parlamentos, elecciones y prensa libre, pero estos mecanismos de control fueron incapaces de impedir el desarrollo de un letal conflicto saldado con nueve millones de muertos.

Sin embargo, el presidente Bush tiene razón cuando supone que el mundo es más seguro cuando quienes gobiernan tienen que rendir cuenta a las sociedades que los eligen.

En realidad, la postura de Bush es perfectamente coherente con el minuto histórico en que vivimos.

Durante las próximas tres o cuatro décadas Estados Unidos será la única superpotencia que exista en el mundo y el país tiene una oportunidad excepcional de unificar al resto de las naciones de acuerdo con los valores e intereses de la sociedad norteamericana.

Por otra parte, es exactamente eso lo que de diversas maneras se viene haciendo en otras latitudes. Cuando la Unión Europea les exige a los países del Este que abandonaron el campo comunista que se comporten democráticamente y con arreglo a un modelo económico basado en el mercado, para poder integrarse en su organización, beneficiarse de sus ayudas y recibir las ventajas de pertenecer a su enorme circuito comercial, está auspiciando activamente el tipo de gobierno occidental que Bush preconiza.

Cuando esa misma Unión Europea les cierra las puertas a los acuerdos preferenciales del Tratado de Cotonou a las naciones del Tercer Mundo que no respeten los Derechos Humanos, está utilizando el "palo y la zanahoria" para inducir comportamientos democráticos ajustados a su escala de valores.

Algo similar a lo que sucede cuando las naciones latinoamericanas agregan a la Carta de la OEA o a los documentos fundacionales del Mercosur una cláusula democrática que castiga y excluye a cualquier país miembro que deje de respetar las libertades fundamentales.

Esa es la misma lógica que hoy emplea Bush: no es verdad que el modelo de organización política de los Estados es algo que sólo concierne a los gobiernos del país en cuestión. Todos los Estados no son iguales. No es lo mismo una satrapía sanguinaria que una democracia. El comportamiento democrático es una condición ineludible para poder tener acceso a las ventajas de la colaboración internacional.

Es muy paradójica, sin embargo, la reacción de cierta izquierda ante este activismo democratizador que hoy prevalece en el mundo. Le parece que se trata de una intolerable injerencia en los asuntos internos de otras naciones, y para descalificarlo invoca el supuestamente vulnerado derecho al ejercicio de la soberanía nacional. Se le olvida que, durante más de un siglo, desde la creación por Marx de la Primera Internacional en 1864, la izquierda ha reivindicado el derecho al "internacionalismo revolucionario", saltando sobre fronteras, etnias o razas para construir un mundo de acuerdo con sus postulados ideológicos. ¿Cómo quienes esgrimen ese "derecho" pueden negarles a sus adversarios la autoridad moral necesaria para impulsar el "internacionalismo democrático" que hoy practican Estados Unidos, la Unión Europea y otras naciones de convicciones similares?

Naturalmente, está por cuantificarse el costo tremendo de este esfuerzo por democratizar el planeta, pero no hay duda de que se trata de un objetivo loable. La ironía es que, en el pasado, esa izquierda le reprochaba a Estados Unidos su defensa selectiva de la democracia, acusando al país, con razón, de tener buenas relaciones con dictadores de derecha como Somoza o Stroessner, pero ahora le critica a Washington que asuma una posición global de ataque a todos los gobiernos antidemocráticos.

¿Triunfarán las democracias en esta batalla? Pudiera ser. Vale la pena intentarlo. A principios del siglo XIX, cuando Inglaterra se propuso terminar con la trata de esclavos, hubo muchas voces que esgrimían argumentos muy parecidos a los que hoy se escuchan contra el "internacionalismo democrático". Al final, afortunadamente, se impuso la liquidación de este infame tráfico de personas. Ojalá algún día todos los seres humanos puedan ser libres. Aspirar a ello es una hermosa causa.

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