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Un
mundo sin tiranos
Más
que una doctrina, Bush formuló una hipótesis en su reciente
discurso de inauguración.
Dijo
que la seguridad norteamericana dependía de la existencia en
el mundo de Estados que respetaran los derechos humanos y organizaran
la convivencia de acuerdo con normas democráticas.
Los pueblos, sencillamente, nunca quieren ir a las guerras: son las
camarillas gobernantes las que los arrastran a estos sangrientos conflictos.
Ergo, si los pueblos pueden expresar libremente sus preferencias, es
probable que escogerán la paz.
La hipótesis es razonable, aunque no siempre se verifique en
la experiencia histórica: los principales causantes de la Primera
Guerra Alemania y el Imperio Austro-Húngaro, aunque
imperfectos, eran estados en los que existían parlamentos, elecciones
y prensa libre, pero estos mecanismos de control fueron incapaces de
impedir el desarrollo de un letal conflicto saldado con nueve millones
de muertos.
Sin embargo, el presidente Bush tiene razón cuando supone que
el mundo es más seguro cuando quienes gobiernan tienen que rendir
cuenta a las sociedades que los eligen.
En realidad, la postura de Bush es perfectamente coherente con el minuto
histórico en que vivimos.
Durante las próximas tres o cuatro décadas Estados Unidos
será la única superpotencia que exista en el mundo y el
país tiene una oportunidad excepcional de unificar al resto de
las naciones de acuerdo con los valores e intereses de la sociedad norteamericana.
Por otra parte, es exactamente eso lo que de diversas maneras se viene
haciendo en otras latitudes. Cuando la Unión Europea les exige
a los países del Este que abandonaron el campo comunista que
se comporten democráticamente y con arreglo a un modelo económico
basado en el mercado, para poder integrarse en su organización,
beneficiarse de sus ayudas y recibir las ventajas de pertenecer a su
enorme circuito comercial, está auspiciando activamente el tipo
de gobierno occidental que Bush preconiza.
Cuando esa misma Unión Europea les cierra las puertas a los acuerdos
preferenciales del Tratado de Cotonou a las naciones del Tercer Mundo
que no respeten los Derechos Humanos, está utilizando el "palo
y la zanahoria" para inducir comportamientos democráticos
ajustados a su escala de valores.
Algo similar a lo que sucede cuando las naciones latinoamericanas agregan
a la Carta de la OEA o a los documentos fundacionales del Mercosur una
cláusula democrática que castiga y excluye a cualquier
país miembro que deje de respetar las libertades fundamentales.
Esa es la misma lógica que hoy emplea Bush: no es verdad que
el modelo de organización política de los Estados es algo
que sólo concierne a los gobiernos del país en cuestión.
Todos los Estados no son iguales. No es lo mismo una satrapía
sanguinaria que una democracia. El comportamiento democrático
es una condición ineludible para poder tener acceso a las ventajas
de la colaboración internacional.
Es muy paradójica, sin embargo, la reacción de cierta
izquierda ante este activismo democratizador que hoy prevalece en el
mundo. Le parece que se trata de una intolerable injerencia en los asuntos
internos de otras naciones, y para descalificarlo invoca el supuestamente
vulnerado derecho al ejercicio de la soberanía nacional. Se le
olvida que, durante más de un siglo, desde la creación
por Marx de la Primera Internacional en 1864, la izquierda ha reivindicado
el derecho al "internacionalismo revolucionario", saltando
sobre fronteras, etnias o razas para construir un mundo de acuerdo con
sus postulados ideológicos. ¿Cómo quienes esgrimen
ese "derecho" pueden negarles a sus adversarios la autoridad
moral necesaria para impulsar el "internacionalismo democrático"
que hoy practican Estados Unidos, la Unión Europea y otras naciones
de convicciones similares?
Naturalmente, está por cuantificarse el costo tremendo de este
esfuerzo por democratizar el planeta, pero no hay duda de que se trata
de un objetivo loable. La ironía es que, en el pasado, esa izquierda
le reprochaba a Estados Unidos su defensa selectiva de la democracia,
acusando al país, con razón, de tener buenas relaciones
con dictadores de derecha como Somoza o Stroessner, pero ahora le critica
a Washington que asuma una posición global de ataque a todos
los gobiernos antidemocráticos.
¿Triunfarán las democracias en esta batalla? Pudiera ser.
Vale la pena intentarlo. A principios del siglo XIX, cuando Inglaterra
se propuso terminar con la trata de esclavos, hubo muchas voces que
esgrimían argumentos muy parecidos a los que hoy se escuchan
contra el "internacionalismo democrático". Al final,
afortunadamente, se impuso la liquidación de este infame tráfico
de personas. Ojalá algún día todos los seres humanos
puedan ser libres. Aspirar a ello es una hermosa causa.
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