4 de diciembre de 2005


RELATO
La partera de la muerte


María Granados (nombre ficticio) atiende enfermos sin ser enfermera y asiste a quienes están a punto de dejar este mundo con la esperanza de que al expirar iniciarán una vida que no tiene fin. Esta miembro de la Unión de Enfermos Misioneros (UEM), con el deseo de que “su mano izquierda lo que hace la derecha”, compartió algunas de sus experiencias con la periodista de Vértice, Lilian Martínez


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Apoyo. Religiosas de la Divina Misericordia visitan a católicos y no católicos. Pero también llevan la comunión a quien la pida en el Hospital de Oncología. Foto EDH / Wilfredo Díaz

Ese día llegamos a la 1:00 p.m., dos horas antes de lo acostumbrado. Consuelito y yo nos habíamos comprometido a visitar a un joven de 30 años.

Era la hora de visita y él nos esperaba junto a su esposa. Nos recibió contento y luego dio algunas recomendaciones a su señora respecto a la futura educación de su hija: entonces con tan solo meses de nacida. Consuelo y yo nos volteamos a ver. Nunca pensamos que aquel hombre iba a partir.

Era joven, robusto, simpático, de apariencia saludable. Entonces tomó de la mano a su esposa y a Consuelo, mientras yo estaba en la cabecera, viéndolo de frente, y comenzamos a orar. Soltó sus manos y ya no abrió los ojos.

En ese momento, la enfermera revisó sus signos vitales y nos dijo que él se había ido. Nos quedamos sorprendidas.

Esa ha sido una de las muertes más llenas de la gracia de Dios que hemos presenciado. Él no tuvo estiramientos, ni quejidos, sino que se quedó tranquilo, parecía estar dormido.

La leucemia no lo había minado. Al verlo, nadie hubiera pensado que tenía una enfermedad terminal. Durante la oración, habíamos pedido que él y todo lo que estaba sintiendo estuviera en sintonía con Dios, que si ese era su momento de partir, que supiera que era el mejor momento.

Por esa y otras experiencias, la oportunidad de visitar el hospital de Oncología, cuando recién había sido inaugurado, resultó ser un regalo. Yo no había terminado mi preparación de dos años como agente de la pastoral de enfermos, y ahí tuve la oportunidad de poner en práctica lo aprendido en mi primer año de preparación teórica.

Compartir la agonía de ancianos, adultos y jóvenes resultó una bendición que nadie planeó. Pero los miembros de la Unión de Enfermos Misioneros, a la que me uní en 1996, no sólo tenemos la oportunidad de acompañar a las personas que sufren en el momento de la muerte, la mayoría de nuestro trabajo consiste en acompañarles mientras reciben tratamiento para sus enfermedades y a lo largo de su convalecencia.

El trauma de la muerte


Cuando alguien está en agonía su cama no se cambia de lugar, sino que la cubren con mantas verdes colocadas a modo de cortinas, para separar al que agoniza del resto de enfermos y, así, no escandalizarlos. Eso fue lo que más me impresionó durante mi primera visita al hospital de Oncología.

Confianza. Los enfermos que pueden caminar acuden a la capilla de Oncología. Foto EDH / Wilfredo Díaz

Las cortinas verdes, sólo las traspasan los médicos y las enfermeras que están asistiendo en ese momento y excepcionalmente, si un doctor nos autoriza, nosotros.

Pero no sólo visitamos enfermos en Oncología, sino también en el Hospital de Especialidades.
Una vez atendimos a una señora que no podía morir. ¿Qué significa eso? Pues ella tenía angustias, levantaba las manos, levantaba los pies y tenía como un peso de encima, todo: el suero, la cobija, la luz, le estorbaban.

Era una gran angustia. No solo en la vida espiritual sino que también en términos médicos ella estaba agonizando.

Las enfermeras no le ponían atención, sólo estaban esperando que ella muriera. Pero en la asistencia espiritual no podíamos darnos la vuelta.

En ese hospital, Consuelito, mi compañera de pastoral, ya había orado por aquella señora sin lograr que se calmara. La señora ya no hablaba pero con sus quejidos y gestos rechazaba todo lo interior y lo exterior.

Entonces, le pedimos ayuda a un sacerdote que estaba a punto de empezar una misa en la capilla del hospital, y él nos dio un libro con oraciones bien profundas que tratan de hacerlo recordar a uno y de transportarlo en ese camino, al encuentro del Señor.

Yo debía leer esas oraciones varias veces al oído de la agonizante a fin de que ella alcanzara esa paz. Leí, leí y leí… En eso estaba cuando llegó un pariente de la enferma y nos preguntó:

- ¿Qué están haciendo?


- Estamos tratando de ayudar. Ella está muriendo, pero no puede morir.
- No, lo que pasa es que entre ella y su esposo hay problemas, necesita que él venga y arregle esta situación.
El señor llegó, pero ella no quería ni escucharlo, lo rechazaba con gemidos. Yo creo que si a veces en nuestra vida normal no podemos hablar con quienes no estamos en paz, en momentos así debe ser más difícil y queremos exteriorizar ¡a saber cuánta ira!

Estuvimos cuatro horas con ella. Durante ese lapso, íbamos a ver a otros enfermos, pero luego regresábamos donde ella. Era como algo pendiente que teníamos ahí.

Yo tomé los números de teléfono de su familia. Al día siguiente los llamé y me dijeron que la señora seguía en la misma situación. En la tarde ya había muerto.

CON LA MUERTE EN CASA

Fe. En el cristianismo se cree que la muerte física es el inicio de una vida sin sufrimiento. Foto EDH / Wilfredo Díaz

He acompañado a muchos en el hospital, pero también he visto morir gente muy cercana.
La enfermedad de mi comadre duró cinco años. Un día domingo a la 1:00 p.m. le dieron el alta en Oncología. No es normal dar el alta en esas circunstancias, pero la doctora que la atendía nos dijo al hijo de mi comadre y a mí, que ella estaba a punto de morir y nos autorizó a sacarla del hospital.

Mi comadre hablaba muy bien, estaba lúcida. Llegamos a su casa y dijo: “Estoy con las botas bien puestas para presentarme ante el señor y no quiero ver a nadie llorando”. Sin que yo me diera cuenta, le dijo a su muchacha: “¿Sabés qué? Andá donde doña Tana y le encargás 150 tamales”.

Durante toda su enfermedad ella nos repitió esas palabras: “No quiero gente naca, quiero gente valiente, porque yo voy fuerte ante el Señor. Mi comadre no era guatemalteca y llamamos a toda su familia para que vinieran a verla. Ella los esperó.

A las 9:00 p.m., llegaron mis hijos a platicar con ella y les dio recomendaciones.
Una hora después ya hablaba menos. Quería tener los ojos cerrados y estar quieta. Pero mantuvo siempre una posición firme en la cama. Los médicos nos dijeron: “prepárense porque a la hora que ella muera va a vomitar sangre”.
Nosotros la observábamos, no íbamos a preparar nada delante de ella. A la media noche, llegaron las últimas visitas de Guatemala.

A las2:00 a.m. su hijo Rafael y yo, no aguantamos más el sueño. Él se recostó a su derecha y yo a su izquierda. Mientras dormíamos, ella hacía un ruido bien fuerte, como cuando alguien ronca. Después nos explicaron que aquellos no eran ronquidos, sino un sonido que a veces se oye cuando alguien está partiendo. Pero a nosotros ni ese ruido nos quitó el sueño. Como a las 4 de la madrugada yo le dije a Rafael, que me iba a mi casa a prepararle el desayuno a mis hijos y luego regresaría.

Vivíamos bien cerca y al regreso, ella ya tenía aquellas palpitaciones bien suaves. Entonces el hijo y yo tuvimos un presentimiento. A las 5:00 a.m. estiró su cuerpo y con un suspiro de descanso, de aquellos bien grandes y que luego se van haciendo suaves , nos dejó.

Había muerto. El único de sus hijos que viven en Estados Unidos llegaba a las 7 a.m. pero ya no alcanzó a verla viva.
Murió tranquila, había mandado a hacer su mortaja. ¡Se preparó tanto! Murió un 21 de septiembre y había cumplido años el 7 de agosto.

Le llegaron tantas flores el día de su cumpleaños que decía: “Solo falta mi caja”. Nosotros nos quedábamos callados. Y ella decía: “¡Hablen! Si yo que me voy a morir, veo mi muerte tan natural. Ustedes ¿por qué se acobardan?”, nos preguntaba.

EN LOS ZAPATOS DE QUIEN AGONIZA


No hace falta que publique mi nombre. Soy madre soltera, estudié secretariado e ingeniería en sistemas, pero estos conocimientos solo los aplico en casa, con mis hijos. El mayor tiene 19 y la menor 15. Cuando no estoy en un hospital atendiendo enfermos, estoy aquí en la parroquia, ayudando con el trabajo diario.

¿Cómo quiero morir? Para mí, morir es morir, no importa cómo. La preparación que debemos andar para morir es la importante. No importa si hoy, mañana, si en casa o fuera de casa. Lo que importa es la preparación para morir. Hacer todo como debemos hacerlo, grato a Dios, como si este es el último momento.

" ¿Cómo quiero morir? Para mí, morir es morir, no importa cómo. La preparación que debemos andar para morir es la importante. ” Rosa Granados, miembro de la UEM

Yo fui regalada cuando a penas tenía 18 meses de nacida. Entonces siempre, cuando las cosas no estaban bien en el lugar donde me criaron, yo buscaba la iglesia. Me iba enfrente de la iglesia a llorar. A veces me soñaba muerta, me veía en la caja y que me llegaban a ver.

Cuando cumplí los 33 años y no me morí me preocupé. Porque había soñado que iba morir a esa edad. Hoy para mí cada día es ganancia. No es que ande pensando en la muerte todo el tiempo. Sino que de repente cuando ya hago mis oraciones de la noche siempre digo, “qué gran regalo, viví un día más”, en medio de las circunstancias que estamos viviendo, vivir un día más es salir bien de una odisea.

¿Qué pienso cuando veo sufrir a alguien en su lecho de enfermo? Inmediatamente viene a mi mente cómo Cristo se abandonó en la cruz por cada uno de nosotros y en el gran amor tuvo para cada uno.

En ese momentito frente al enfermo, mi misión es enseñarle a cómo ofrecer todo ese dolor, si es dolor, o si es ardor, todo lo que siente en su cuerpo ofrecerlo, así como Cristo se ofreció a nosotros. No se trata de sufrir en vano. Cuando andamos en nuestras actividades normales, eso es imposible. Cuando tenemos que permanecer tanto tiempo en la cama, la enfermedad se convierte en una oportunidad.

Sí. Me he encontrado con gente que duda. Hay gente que protesta por estar enferma. Pero en esos momentos hay que entenderlos. Sin embargo, mi misión es hacerles ver, en medio de esa duda, que en ese sufrimiento está la verdadera vida, la que no tiene fin.

PASTORAL DE ENFERMOS

Católicos y protestantes cuentan con feligreses que dedican su tiempo a apoyar a enfermos y moribundos
En el cristianismo los enfermos hacen presente a Jesucristo. Servir a un enfermo es servirle a él. Sin embargo, ni católicos ni protestantes hacen distinciones a la hora de acompañar a los enfermos y moribundos. No hace falta ser creyente para recibir sus visitas, solamente solicitarlas.

Si usted quiere unirse a ellos, colaborar o pedir asistencia a la Unión de Enfermos Misiones (católicos) puede llamar al teléfono 2226-6066 ext. 233.

Mano amiga
Si usted quiere contar con el apoyo de la Unión de Enfermos Misioneros puede llamar a las sedes que la UEM en las distintas diócesis del país. Ellos buscarán tiempo para acompañarle y animarle.
Sonsonate
Dirija su solicitud a Ricardo Cuestas.
Tel.: 2453-5012
San Miguel
Pedir ayuda al hermano Roberto.
Tel.: 2661-9463
Santiago de MarÍa
Mirka Ramos es el representante de la UEM.
Tel.: 2618-2080
Santa Ana
Comunicarse con Gregorio Herrera.
Tel.: 2440-5752
San Salvador
Pedir ayuda a la Hermana Estela.
Tel.: 2226-6066



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