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RELATO
La partera de la muerte
María Granados
(nombre ficticio) atiende enfermos sin ser enfermera y asiste a quienes
están a punto de dejar este mundo con la esperanza de que al expirar
iniciarán una vida que no tiene fin. Esta miembro de la Unión
de Enfermos Misioneros (UEM), con el deseo de que su mano izquierda
lo que hace la derecha, compartió algunas de sus experiencias
con la periodista de Vértice, Lilian Martínez
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Apoyo. Religiosas
de la Divina Misericordia visitan a católicos y no católicos.
Pero también llevan la comunión a quien la pida
en el Hospital de Oncología.
Foto EDH / Wilfredo Díaz
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Ese día llegamos a la 1:00 p.m., dos horas antes
de lo acostumbrado. Consuelito y yo nos habíamos comprometido
a visitar a un joven de 30 años.
Era la hora de visita y él nos esperaba junto a su esposa. Nos
recibió contento y luego dio algunas recomendaciones a su señora
respecto a la futura educación de su hija: entonces con tan solo
meses de nacida. Consuelo y yo nos volteamos a ver. Nunca pensamos que
aquel hombre iba a partir.
Era joven, robusto, simpático, de apariencia saludable. Entonces
tomó de la mano a su esposa y a Consuelo, mientras yo estaba
en la cabecera, viéndolo de frente, y comenzamos a orar. Soltó
sus manos y ya no abrió los ojos.
En ese momento, la enfermera revisó sus signos vitales y nos
dijo que él se había ido. Nos quedamos sorprendidas.
Esa ha sido una de las muertes más llenas de la gracia de Dios
que hemos presenciado. Él no tuvo estiramientos, ni quejidos,
sino que se quedó tranquilo, parecía estar dormido.
La leucemia no lo había minado. Al verlo, nadie hubiera pensado
que tenía una enfermedad terminal. Durante la oración,
habíamos pedido que él y todo lo que estaba sintiendo
estuviera en sintonía con Dios, que si ese era su momento de
partir, que supiera que era el mejor momento.
Por esa y otras experiencias, la oportunidad de visitar el hospital
de Oncología, cuando recién había sido inaugurado,
resultó ser un regalo. Yo no había terminado mi preparación
de dos años como agente de la pastoral de enfermos, y ahí
tuve la oportunidad de poner en práctica lo aprendido en mi primer
año de preparación teórica.
Compartir la agonía de ancianos, adultos y jóvenes resultó
una bendición que nadie planeó. Pero los miembros de la
Unión de Enfermos Misioneros, a la que me uní en 1996,
no sólo tenemos la oportunidad de acompañar a las personas
que sufren en el momento de la muerte, la mayoría de nuestro
trabajo consiste en acompañarles mientras reciben tratamiento
para sus enfermedades y a lo largo de su convalecencia.
El trauma de la muerte
Cuando alguien está en agonía su cama no se cambia de
lugar, sino que la cubren con mantas verdes colocadas a modo de cortinas,
para separar al que agoniza del resto de enfermos y, así, no
escandalizarlos. Eso fue lo que más me impresionó durante
mi primera visita al hospital de Oncología.
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Confianza. Los
enfermos que pueden caminar acuden a la capilla de Oncología.
Foto EDH / Wilfredo Díaz
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Las cortinas verdes, sólo las traspasan los médicos
y las enfermeras que están asistiendo en ese momento y excepcionalmente,
si un doctor nos autoriza, nosotros.
Pero no sólo visitamos enfermos en Oncología, sino también
en el Hospital de Especialidades.
Una vez atendimos a una señora que no podía morir. ¿Qué
significa eso? Pues ella tenía angustias, levantaba las manos,
levantaba los pies y tenía como un peso de encima, todo: el suero,
la cobija, la luz, le estorbaban.
Era una gran angustia. No solo en la vida espiritual sino que también
en términos médicos ella estaba agonizando.
Las enfermeras no le ponían atención, sólo estaban
esperando que ella muriera. Pero en la asistencia espiritual no podíamos
darnos la vuelta.
En ese hospital, Consuelito, mi compañera de pastoral, ya había
orado por aquella señora sin lograr que se calmara. La señora
ya no hablaba pero con sus quejidos y gestos rechazaba todo lo interior
y lo exterior.
Entonces, le pedimos ayuda a un sacerdote que estaba a punto de empezar
una misa en la capilla del hospital, y él nos dio un libro con
oraciones bien profundas que tratan de hacerlo recordar a uno y de transportarlo
en ese camino, al encuentro del Señor.
Yo debía leer esas oraciones varias veces al oído de la
agonizante a fin de que ella alcanzara esa paz. Leí, leí
y leí
En eso estaba cuando llegó un pariente de
la enferma y nos preguntó:
- ¿Qué están haciendo?
- Estamos tratando de ayudar. Ella está muriendo, pero no puede
morir.
- No, lo que pasa es que entre ella y su esposo hay problemas, necesita
que él venga y arregle esta situación.
El señor llegó, pero ella no quería ni escucharlo,
lo rechazaba con gemidos. Yo creo que si a veces en nuestra vida normal
no podemos hablar con quienes no estamos en paz, en momentos así
debe ser más difícil y queremos exteriorizar ¡a
saber cuánta ira!
Estuvimos cuatro horas con ella. Durante ese lapso, íbamos a
ver a otros enfermos, pero luego regresábamos donde ella. Era
como algo pendiente que teníamos ahí.
Yo tomé los números de teléfono de su familia.
Al día siguiente los llamé y me dijeron que la señora
seguía en la misma situación. En la tarde ya había
muerto.
CON LA MUERTE EN CASA
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Fe. En el cristianismo
se cree que la muerte física es el inicio de una vida sin
sufrimiento. Foto EDH /
Wilfredo Díaz
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He acompañado a muchos en el hospital, pero también
he visto morir gente muy cercana.
La enfermedad de mi comadre duró cinco años. Un día
domingo a la 1:00 p.m. le dieron el alta en Oncología. No es
normal dar el alta en esas circunstancias, pero la doctora que la atendía
nos dijo al hijo de mi comadre y a mí, que ella estaba a punto
de morir y nos autorizó a sacarla del hospital.
Mi comadre hablaba muy bien, estaba lúcida. Llegamos a su casa
y dijo: Estoy con las botas bien puestas para presentarme ante
el señor y no quiero ver a nadie llorando. Sin que yo me
diera cuenta, le dijo a su muchacha: ¿Sabés qué?
Andá donde doña Tana y le encargás 150 tamales.
Durante toda su enfermedad ella nos repitió esas palabras: No
quiero gente naca, quiero gente valiente, porque yo voy fuerte ante
el Señor. Mi comadre no era guatemalteca y llamamos a toda su
familia para que vinieran a verla. Ella los esperó.
A las 9:00 p.m., llegaron mis hijos a platicar con ella y les dio recomendaciones.
Una hora después ya hablaba menos. Quería tener los ojos
cerrados y estar quieta. Pero mantuvo siempre una posición firme
en la cama. Los médicos nos dijeron: prepárense
porque a la hora que ella muera va a vomitar sangre.
Nosotros la observábamos, no íbamos a preparar nada delante
de ella. A la media noche, llegaron las últimas visitas de Guatemala.
A las2:00 a.m. su hijo Rafael y yo, no aguantamos más el sueño.
Él se recostó a su derecha y yo a su izquierda. Mientras
dormíamos, ella hacía un ruido bien fuerte, como cuando
alguien ronca. Después nos explicaron que aquellos no eran ronquidos,
sino un sonido que a veces se oye cuando alguien está partiendo.
Pero a nosotros ni ese ruido nos quitó el sueño. Como
a las 4 de la madrugada yo le dije a Rafael, que me iba a mi casa a
prepararle el desayuno a mis hijos y luego regresaría.
Vivíamos bien cerca y al regreso, ella ya tenía aquellas
palpitaciones bien suaves. Entonces el hijo y yo tuvimos un presentimiento.
A las 5:00 a.m. estiró su cuerpo y con un suspiro de descanso,
de aquellos bien grandes y que luego se van haciendo suaves , nos dejó.
Había muerto. El único de sus hijos que viven en Estados
Unidos llegaba a las 7 a.m. pero ya no alcanzó a verla viva.
Murió tranquila, había mandado a hacer su mortaja. ¡Se
preparó tanto! Murió un 21 de septiembre y había
cumplido años el 7 de agosto.
Le llegaron tantas flores el día de su cumpleaños que
decía: Solo falta mi caja. Nosotros nos quedábamos
callados. Y ella decía: ¡Hablen! Si yo que me voy
a morir, veo mi muerte tan natural. Ustedes ¿por qué se
acobardan?, nos preguntaba.
EN LOS ZAPATOS DE QUIEN AGONIZA
No hace falta que publique mi nombre. Soy madre soltera, estudié
secretariado e ingeniería en sistemas, pero estos conocimientos
solo los aplico en casa, con mis hijos. El mayor tiene 19 y la menor
15. Cuando no estoy en un hospital atendiendo enfermos, estoy aquí
en la parroquia, ayudando con el trabajo diario.
¿Cómo quiero morir? Para mí, morir es morir, no
importa cómo. La preparación que debemos andar para morir
es la importante. No importa si hoy, mañana, si en casa o fuera
de casa. Lo que importa es la preparación para morir. Hacer todo
como debemos hacerlo, grato a Dios, como si este es el último
momento.
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" ¿Cómo
quiero morir? Para mí, morir es morir, no importa cómo.
La preparación que debemos andar para morir es la importante.
Rosa
Granados, miembro de la UEM
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Yo fui regalada cuando a penas tenía 18 meses
de nacida. Entonces siempre, cuando las cosas no estaban bien en el
lugar donde me criaron, yo buscaba la iglesia. Me iba enfrente de la
iglesia a llorar. A veces me soñaba muerta, me veía en
la caja y que me llegaban a ver.
Cuando cumplí los 33 años y no me morí me preocupé.
Porque había soñado que iba morir a esa edad. Hoy para
mí cada día es ganancia. No es que ande pensando en la
muerte todo el tiempo. Sino que de repente cuando ya hago mis oraciones
de la noche siempre digo, qué gran regalo, viví
un día más, en medio de las circunstancias que estamos
viviendo, vivir un día más es salir bien de una odisea.
¿Qué pienso cuando veo sufrir a alguien en su lecho de
enfermo? Inmediatamente viene a mi mente cómo Cristo se abandonó
en la cruz por cada uno de nosotros y en el gran amor tuvo para cada
uno.
En ese momentito frente al enfermo, mi misión es enseñarle
a cómo ofrecer todo ese dolor, si es dolor, o si es ardor, todo
lo que siente en su cuerpo ofrecerlo, así como Cristo se ofreció
a nosotros. No se trata de sufrir en vano. Cuando andamos en nuestras
actividades normales, eso es imposible. Cuando tenemos que permanecer
tanto tiempo en la cama, la enfermedad se convierte en una oportunidad.
Sí. Me he encontrado con gente que duda. Hay gente que protesta
por estar enferma. Pero en esos momentos hay que entenderlos. Sin embargo,
mi misión es hacerles ver, en medio de esa duda, que en ese sufrimiento
está la verdadera vida, la que no tiene fin.
PASTORAL DE ENFERMOS
Católicos y protestantes cuentan con feligreses que dedican su
tiempo a apoyar a enfermos y moribundos
En el cristianismo los enfermos hacen presente a Jesucristo. Servir
a un enfermo es servirle a él. Sin embargo, ni católicos
ni protestantes hacen distinciones a la hora de acompañar a los
enfermos y moribundos. No hace falta ser creyente para recibir sus visitas,
solamente solicitarlas.
Si usted quiere unirse a ellos, colaborar o pedir asistencia a la Unión
de Enfermos Misiones (católicos) puede llamar al teléfono
2226-6066 ext. 233.
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Mano amiga
Si usted quiere contar con el apoyo de la Unión de Enfermos
Misioneros puede llamar a las sedes que la UEM en las distintas
diócesis del país. Ellos buscarán tiempo
para acompañarle y animarle.
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Sonsonate
Dirija su solicitud a Ricardo Cuestas.
Tel.: 2453-5012
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San Miguel
Pedir ayuda al hermano Roberto.
Tel.: 2661-9463
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Santiago de MarÍa
Mirka Ramos es el representante de la UEM.
Tel.: 2618-2080
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Santa Ana
Comunicarse con Gregorio Herrera.
Tel.: 2440-5752
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San Salvador
Pedir ayuda a la Hermana Estela.
Tel.: 2226-6066
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