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LA
ARISTA AFILADA
Chávez
contra Fox y los Estados pendencieros
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Ilustración
EDH
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Chávez aprendió de Castro
que el lenguaje tabernario suele darle buenos resultados. A nadie le
conviene enfrentarse a un tipo deslenguado y busca pleitos que lo mismo
llama pendejo a George Bush, que cachorro del imperialismo
yanqui a Vicente Fox.
Es el guapo del barrio, siempre con una ordinariez a flor de labio,
capaz de desfigurarle la cara a golpes a su pobre mujer (ya ex mujer),
y de hacer gestos vulgares desde la tribuna.
Lo indicado con gentes de ese jaez es cruzar de acera cuando uno se
las tropieza en una conferencia, no sea que extraigan una navaja del
calcetín.
Esta vez la andanada contra Fox se debe al humillante fracaso de la
petrodiplomacia chavista en Mar del Plata. Durante años, Hugo
Chávez trató de seducir a los países del Caribe
y Centroamérica concediéndoles algunas ventajas para la
adquisición de petróleo.
El objetivo de esta condicionada solidaridad era reclutar a estas naciones
pobres en su cruzada antiyanqui y neopopulista, pero sus planes se deshicieron
en esa reciente cumbre argentina.
Cuando Chávez trató de aplastar al ALCA y al libre comercio,
Fox le salió al paso y colocó sobre el tapete la lista
de veintinueve países latinoamericanos y caribeños que
no estaban dispuestos a dejarse arrastrar al abismo por el atrabiliario
venezolano.
Sólo cuatro, sin demasiada convicción, se alinearon junto
a los delirios bolivarianos, y uno de ellos, Brasil, ni siquiera parece
que lo hará por mucho tiempo. Lula también está
hasta el gorro de su pintoresco vecino, y parece que la antipatía
es mutua y creciente.
Por su parte, Fox, más allá de un comprensible rechazo
antropológico que tiene que ver con el buen gusto, también
posee tres razones de peso para detestar a Chávez: los servicios
secretos mexicanos han detectado que desde Venezuela le llega dinero
a Andrés Manuel López Obrador, candidato del PRD, armas
a la guerrilla del Ejército Popular Revolucionario (EPR) y heroína
a los narcotraficantes.
Asimismo, según las mismas fuentes, la embajada venezolana financia
copiosamente los círculos bolivarianos que pululan
en las universidades públicas, dedicados a fomentar el culto
por Hugo Chávez y la vocación colectivista de la izquierda
paleolítica mexicana. ¿No reaccionará con
indignación la clase dirigente mexicana frente a estas injerencias
de Hugo Chávez? -le pregunto a un diplomático.
En México me responde con cierta melancolía
el nacionalismo convive con el malinchismo.
Muchos mexicanos prefieren culpar a Fox por los ataques de Chávez.
Odian a la víctima. Malinche fue la india que se unió
a Hernán Cortés y luego a uno de sus capitanes,
le sirvió de intérprete y fue clave en la conquista de
México.
De esta anécdota lamentable se deduce una vieja lección
que las naciones suelen ignorar: no es posible mantener el mismo tipo
de relaciones con los países respetuosos y sensatos que con los
gobiernos pendencieros. Los gobiernos pendencieros dedican enormes recursos
a reclutar partidarios fuera de sus fronteras con el objeto de castigar
a los gobiernos y a las sociedades con los que tienen algún tipo
de conflicto.
El ex presidente español José María Aznar, por
ejemplo, nunca ha descartado del todo que el atentado dinamitero ejecutado
por ETA en 1995, y en el que estuvo apunto de morir, haya sido alentado
por La Habana. A fin de cuentas, los lazos entre los terroristas vascos
y el gobierno cubano son muy estrechos y Castro no quería que
llegara al poder un adversario declarado de la dictadura cubana.
Esa circunstancia se repite en cada nación iberoamericana. Cuando
el presidente Fox, en consonancia con los nuevos rumbos democráticos
del país, ordenó que México votara en Naciones
Unidas junto a los países que deseaban que se investigaran las
violaciones a los derechos humanos en Cuba, la respuesta de Castro fue
divulgar grabaciones de conversaciones privadas
entre él y el presidente mexicano, más la consabida catarata
de insultos, inmediatamente suscritos por la prensa castrista. De la
misma manera, el presidente Néstor Kirchner de Argentina, da
por descontado que en su primer enfrentamiento o roce con Castro tendrá
que soportar el acoso de las turbas piqueteras y de otros revoltosos
alimentados desde la embajada cubana en Buenos Aires.
La conclusión, pues, debiera ser obvia: la única manera
de mantener relaciones razonables con los Estados pendencieros es dejándoles
saber, tajantemente, que cualquier injerencia en los asuntos internos,
o cualquier intento de crear una base de apoyo local, será castigada
con la ruptura inmediata de relaciones. No obstante, dudo que tal cosa
suceda, especialmente en América Latina, donde son dos las actitudes
más frecuentes ante hechos de esta naturaleza: la perplejidad
o la indefensión.
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