4 de septiembre de 2005


Relato
Misión en Iraq... Nada fácil

Los soldados salvadoreños se acomodan a la temperatura alta, pero de entrada tienen dificultades para comunicarse con sus parientes. Sin embargo, la remuneración recibida es una de sus quejas más frecuentes

Texto y fotos/ Wilfredo Salamanca
vertice@elsalvador.com


En pleno desierto. El convoy del Batallón Cuscatlán durante las 14 horas de desplazamiento por el desierto iraquí, en ruta hacia Al Hillah, el 15 de agosto anterior.

El sofocante calor o las temperaturas bajo cero enfrentados a miles de kilómetros del país de origen, la inconformidad por el bajo salario extra recibido y las frustraciones por ignorar el acceso a tecnología, son algunas de las dificultades percibidas entre los soldados salvadoreños destacados en Iraq.

La primera evocación del trópico se da al pisar suelo kuwaití. Un calor que no es inferior a los 50 grados centígrados da la bienvenida a los connacionales, cuando llegan a su primer refugio: el Campamento Virginia, levantado desde la Guerra del Golfo Pérsico en 1991.

La búsqueda inmediata de botellas de agua o refrescos hidratantes parece el paso obligado al desplazarse sobre la arena del desierto, donde están levantadas las barracas para los efectivos que tienen la misión de llegar a Iraq.

Ya establecidos temporalmente, la primera batalla a vencer es el hambre. Desde las barracas para los cuscatlecos hasta el comedor del campamento hay casi un kilómetro de distancia.

La incomodidad de la temperatura para un occidental recién llegado lo obliga a prescindir del almuerzo. No es la única actividad suspendida. Desde el mediodía hasta las 4 p.m. la tropa realiza sólo las tareas de extrema urgencia.
Ante esto, habrá que hacerse de provisiones de comida después del desayuno, o echar mano de la “Ración C” distribuida entre los militares.

Se trata de empaques plásticos, que contienen comidas completas: carne de pavo, purés de papa o preparados vegetarianos, que son recalentados al introducir las bolsas que los contienen en otras con químicos especiales a los que basta agregar un poco de agua que se convierte en vapor para calentar las porciones.

Desilusión

Habitaciones. Cada contenedor está dispuesto para dos moradores.

Pero el desánimo se apodera de los soldados cuando en el campamento Charlie, en Al Hillah, se enteran de la remuneración que reciben los militares de otras naciones.

En El Salvador, un soldado se ilusiona con los 600 dólares que recibe para la misión, adicional al salario que reclaman sus parientes mientras está lejos.

La remuneración extra la reciben en dos pagos. Los uniformados comentan que una parte la utilizan para el pago de deudas personales, que no pueden saldar con un saldo mensual de 240 dólares.

Otra parte la llevan consigo, para comprar tarjetas para llamadas telefónicas, souvenirs sencillos y cosas personales.

Conforme se interrelacionan con otros militares, los salvadoreños se enteran que son los peor pagados entre todos los contingentes. Por ejemplo, los rumanos perciben $1,500 adicionales, y los estadounidenses superan los $2,500 mensuales.

Las cifras dicen todo.

Aún así, los nacionales muestran cierta conformidad al mencionar que se consideran dichosos por haber sido seleccionados para la misión internacional.

Explican que la aparente pasividad de la milicia salvadoreña a partir de los Acuerdos de Paz, en 1992, no les garantiza otra manera para destacarse, que no sea convertirse en veteranos del Batallón Cuscatlán.

Amanecer en Iraq. Vista del Campamento Charlie, en Al Hillah, donde los cuscatlecos se alojan permanentemente durante la misión.

Los que sobrepasan los 40 años y que ya tienen 25 de servicio no desechan la posibilidad de retirarse al regresar. Los jóvenes sueñan con ascensos. Estas ilusiones son alimentadas por los jefes militares, que tienen la consigna de insistir en que los efectivos que integran el representativo salvadoreño son los que tienen los expedientes intachables, debido a que no han provocado “novedad” (fallas).

Frustración

Sin embargo, orgullosos de estar en territorio árabe los nacionales localizan las casetas telefónicas. Una tarjeta de $20 dólares les garantiza una llamada de al menos 12 minutos de conversación; pero no todos tienen el poder adquisitivo por lo que se privan de los contactos o compran las de menor valor.

La dificultad llega al activar el auricular. Los mensajes en inglés les confunden fácilmente, aunque los mismos instruyan para hacerlo en español.

El desconocimiento para realizar una llamada internacional es aprovechado por “otros salvadoreños” que después de prestar auxilio, se quedan con los saldos o realizan sus comunicaciones.

A este malestar se agrega que los connacionales enfrentan la pena de ignorar cómo se usa una computadora y navegar en Internet.

Desayuno. Salvadoreños en el Campamento Virginia.
Dormitorios. Contenedores acomodados para la tropa.
Interrelación. Nacionales comparten con soldados coreanos.

Al acercarse a la sala de informática de los campamentos, son pocos los efectivos que muestran suficiente habilidad para la tecnología o para comunicarse.

El resto se sienta frente al computador e intenta manipularlo. A los pocos minutos, busca un tutor o pide que le redacten un email para una dirección electrónica que pronuncia con dificultad.

Incluso, abiertamente revelan las claves secretas de sus cuentas, sin advertir quienes les rodean.

Pero, el desconocimiento no es exclusivo de los que se fueron. La situación para algunos receptores es peor. Los ejemplos abundan.

El segundo día en Iraq, un soldado salvadoreño logró comunicarse con su esposa en El Salvador. Por casi 40 minutos dijo lo mismo: “Que fuera a un ciber café y le escribiera un e mail” a un dirección electrónica tal.

Parecía que la mujer no sabía cómo escribir “yahoo.com”. El efectivo llegó al grado de gritar y deletrear la palabra. Pero, no lograba hacerse entender.

Al final, le reclamó porqué lloraba. Su cólera sólo fue interrumpida al saber que la llamada le costó $36.

Una estadía para largo rato

Aunque no se trata de un oasis literal, el campamento de Arijfan, cerca del Golfo Pérsico en Kuwait, constituye una verdadera ciudad estadounidense que entre sus lujos cuenta con templos, supermercados, avenidas y una piscina.

La base militar ha sido construida para que lleguen a vacacionar los efectivos norteamericanos destacados en el Medio Oriente.

La extensión es tal que los militares se desplazan en lujosos vehículos de un lugar a otro.
Abundan los oficios religiosos y los sitios para realizar compras o entretenerse.

Arifjan tiene un complejo de edificios, que se constituyen en cómodas habitaciones para la tropa.
En los alrededores, son frecuentes las bodegas de vehículos militares ordenadas de tal forma, que parecen juguetes dispuestos para el observador.

Así pasan los días. No se advierte el final de la misión.


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