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Relato
Misión en Iraq... Nada fácil
Los soldados salvadoreños se acomodan a la temperatura alta,
pero de entrada tienen dificultades para comunicarse con sus parientes.
Sin embargo, la remuneración recibida es una de sus quejas más
frecuentes
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En pleno desierto. El convoy del
Batallón Cuscatlán durante las 14 horas de desplazamiento
por el desierto iraquí, en ruta hacia Al Hillah, el 15
de agosto anterior.
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El sofocante calor o las temperaturas bajo cero enfrentados
a miles de kilómetros del país de origen, la inconformidad
por el bajo salario extra recibido y las frustraciones por ignorar el
acceso a tecnología, son algunas de las dificultades percibidas
entre los soldados salvadoreños destacados en Iraq.
La primera evocación del trópico se da al pisar suelo
kuwaití. Un calor que no es inferior a los 50 grados centígrados
da la bienvenida a los connacionales, cuando llegan a su primer refugio:
el Campamento Virginia, levantado desde la Guerra del Golfo Pérsico
en 1991.
La búsqueda inmediata de botellas de agua o refrescos hidratantes
parece el paso obligado al desplazarse sobre la arena del desierto,
donde están levantadas las barracas para los efectivos que tienen
la misión de llegar a Iraq.
Ya establecidos temporalmente, la primera batalla a vencer es el hambre.
Desde las barracas para los cuscatlecos hasta el comedor del campamento
hay casi un kilómetro de distancia.
La incomodidad de la temperatura para un occidental recién llegado
lo obliga a prescindir del almuerzo. No es la única actividad
suspendida. Desde el mediodía hasta las 4 p.m. la tropa realiza
sólo las tareas de extrema urgencia.
Ante esto, habrá que hacerse de provisiones de comida después
del desayuno, o echar mano de la Ración C distribuida
entre los militares.
Se trata de empaques plásticos, que contienen comidas completas:
carne de pavo, purés de papa o preparados vegetarianos, que son
recalentados al introducir las bolsas que los contienen en otras con
químicos especiales a los que basta agregar un poco de agua que
se convierte en vapor para calentar las porciones.
Desilusión
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Habitaciones. Cada contenedor
está dispuesto para dos moradores.
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Pero el desánimo se apodera de los soldados cuando
en el campamento Charlie, en Al Hillah, se enteran de la remuneración
que reciben los militares de otras naciones.
En El Salvador, un soldado se ilusiona con los 600 dólares que
recibe para la misión, adicional al salario que reclaman sus
parientes mientras está lejos.
La remuneración extra la reciben en dos pagos. Los uniformados
comentan que una parte la utilizan para el pago de deudas personales,
que no pueden saldar con un saldo mensual de 240 dólares.
Otra parte la llevan consigo, para comprar tarjetas para llamadas telefónicas,
souvenirs sencillos y cosas personales.
Conforme se interrelacionan con otros militares, los salvadoreños
se enteran que son los peor pagados entre todos los contingentes. Por
ejemplo, los rumanos perciben $1,500 adicionales, y los estadounidenses
superan los $2,500 mensuales.
Las cifras dicen todo.
Aún así, los nacionales muestran cierta conformidad al
mencionar que se consideran dichosos por haber sido seleccionados para
la misión internacional.
Explican que la aparente pasividad de la milicia salvadoreña
a partir de los Acuerdos de Paz, en 1992, no les garantiza otra manera
para destacarse, que no sea convertirse en veteranos del Batallón
Cuscatlán.
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Amanecer en Iraq. Vista del Campamento
Charlie, en Al Hillah, donde los cuscatlecos se alojan permanentemente
durante la misión.
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Los que sobrepasan los 40 años y que ya tienen
25 de servicio no desechan la posibilidad de retirarse al regresar.
Los jóvenes sueñan con ascensos. Estas ilusiones son alimentadas
por los jefes militares, que tienen la consigna de insistir en que los
efectivos que integran el representativo salvadoreño son los
que tienen los expedientes intachables, debido a que no han provocado
novedad (fallas).
Frustración
Sin embargo, orgullosos de estar en territorio árabe los nacionales
localizan las casetas telefónicas. Una tarjeta de $20 dólares
les garantiza una llamada de al menos 12 minutos de conversación;
pero no todos tienen el poder adquisitivo por lo que se privan de los
contactos o compran las de menor valor.
La dificultad llega al activar el auricular. Los mensajes en inglés
les confunden fácilmente, aunque los mismos instruyan para hacerlo
en español.
El desconocimiento para realizar una llamada internacional es aprovechado
por otros salvadoreños que después de prestar
auxilio, se quedan con los saldos o realizan sus comunicaciones.
A este malestar se agrega que los connacionales enfrentan la pena de
ignorar cómo se usa una computadora y navegar en Internet.
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Desayuno. Salvadoreños
en el Campamento Virginia.
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Dormitorios. Contenedores acomodados
para la tropa.
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Interrelación. Nacionales
comparten con soldados coreanos.
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Al acercarse a la sala de informática de los
campamentos, son pocos los efectivos que muestran suficiente habilidad
para la tecnología o para comunicarse.
El resto se sienta frente al computador e intenta manipularlo. A los
pocos minutos, busca un tutor o pide que le redacten un email para una
dirección electrónica que pronuncia con dificultad.
Incluso, abiertamente revelan las claves secretas de sus cuentas, sin
advertir quienes les rodean.
Pero, el desconocimiento no es exclusivo de los que se fueron. La situación
para algunos receptores es peor. Los ejemplos abundan.
El segundo día en Iraq, un soldado salvadoreño logró
comunicarse con su esposa en El Salvador. Por casi 40 minutos dijo lo
mismo: Que fuera a un ciber café y le escribiera un e mail
a un dirección electrónica tal.
Parecía que la mujer no sabía cómo escribir yahoo.com.
El efectivo llegó al grado de gritar y deletrear la palabra.
Pero, no lograba hacerse entender.
Al final, le reclamó porqué lloraba. Su cólera
sólo fue interrumpida al saber que la llamada le costó
$36.
Una estadía para largo rato
Aunque no se trata de un oasis literal, el campamento
de Arijfan, cerca del Golfo Pérsico en Kuwait, constituye una
verdadera ciudad estadounidense que entre sus lujos cuenta con templos,
supermercados, avenidas y una piscina.
La base militar ha sido construida para que lleguen a vacacionar los
efectivos norteamericanos destacados en el Medio Oriente.
La extensión es tal que los militares se desplazan en lujosos
vehículos de un lugar a otro.
Abundan los oficios religiosos y los sitios para realizar compras o
entretenerse.
Arifjan tiene un complejo de edificios, que se constituyen en cómodas
habitaciones para la tropa.
En los alrededores, son frecuentes las bodegas de vehículos militares
ordenadas de tal forma, que parecen juguetes dispuestos para el observador.
Así pasan los días. No se advierte el final de la misión.
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