4 de septiembre de 2005


LA OPINIÓN
Reclamos necesarios

Alicia Miranda Duke
vertice@elsalvador.com

Una mujer persigue a un médico por el largo pasillo de la sexta planta del Hospital de Especialidades del Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS). El doctor la mira de reojo, sin detenerse.

Segundos después, ella regresa a la silla de ruedas en donde está adormitada su madre.

Aún agitada por el esfuerzo, le explica en voz alta y muy despacio que tendrán que esperar.

No sabe cuánto tiempo más.“Tené paciencia, mamá, porque todavía no me han dicho nada”, le dice.

Al percatarse de que otro médico pasaba frente a ellas la mujer lo siguió, pero esta vez empujando la silla de ruedas. Esquivó a los pacientes hasta que logró alcanzarlo.

“Disculpe, fíjese que no me dieron la receta que ella necesita....”, la señora no terminó la frase. “No, no sé”, interrumpió el doctor y continuó su camino.

El resto de los pacientes que estaban esperando su consulta la miraron con lástima. “¿Y qué necesita?”, le preguntó alguien que había visto la escena.

La mujer tenía diez minutos de estar preguntando. Nadie le supo explicar qué debía hacer para que le dieran una receta que no le habían entregado.

“Vinimos a pasar consulta para ver cómo sigue, pero más que todo porque se le terminó la medicina”, comentó mientras acomodaba a su madre en la silla. La mujer se sentó en una banca, junto a la silla de ruedas, a esperar.

Con una escena tan simple basta para conocer un poco el trato que reciben, muchas veces, los derechohabientes del ISSS. Estos no son casos aislados, lo puedo asegurar.

Dora Alicia también escuchaba la conversación e interrumpió para contar un episodio parecido. “Cada vez que le dejan una radiografía en el Seguro la llevo a un médico privado para que me diga como está”, dice en referencia a un familiar. “¡Cómo aquí nunca te dicen que es lo que tenés. No les gusta explicar!”, añadió.

Otra señora explicó que el galeno había pedido ver cuanto antes la radiografía de su esposo para saber cuándo había avanzado en su enfermedad.

Cuando ella obtuvo la radiografía, le habían dado una cita hasta el 6 de enero. “Cuando le dije que el médico quería verlo cuanto antes, me dijeron que no podían hacer nada”, agregó.

En media hora, una de las áreas del sexto piso del hospital de Especialidades parecía un confesionario.

El resto de pacientes se sumaron a la plática y contaron experiencias parecidas. La mayoría eran quejas por el mal trato que recibían o el desdén con el que eran atendidos.

Todos se quejaron, pero no hubo nadie que mencionara que ha reclamado o protestado por esas experiencias. En otras palabras, que haya hecho valer sus derechos. ¡El Seguro Social no es un servicio gratuito! Por entender eso deberíamos empezar.

Si algunos médicos y personal en general no ha querido entender, creo que una buena idea es que nosotros como usuarios —que pagamos por el servicio— hagamos prevalecer nuestro derecho de recibir una atención digna.


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