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LA
OPINIÓN
Reclamos
necesarios
Una
mujer persigue a un médico por el largo pasillo de la sexta planta
del Hospital de Especialidades del Instituto Salvadoreño del
Seguro Social (ISSS). El doctor la mira de reojo, sin detenerse.
Segundos después, ella regresa a la silla de ruedas en donde
está adormitada su madre.
Aún agitada por el esfuerzo, le explica en voz alta y muy despacio
que tendrán que esperar.
No sabe cuánto tiempo más.Tené paciencia,
mamá, porque todavía no me han dicho nada, le dice.
Al percatarse de que otro médico pasaba frente a ellas la mujer
lo siguió, pero esta vez empujando la silla de ruedas. Esquivó
a los pacientes hasta que logró alcanzarlo.
Disculpe, fíjese que no me dieron la receta que ella necesita....,
la señora no terminó la frase. No, no sé,
interrumpió el doctor y continuó su camino.
El resto de los pacientes que estaban esperando su consulta la miraron
con lástima. ¿Y qué necesita?, le preguntó
alguien que había visto la escena.
La mujer tenía diez minutos de estar preguntando. Nadie le supo
explicar qué debía hacer para que le dieran una receta
que no le habían entregado.
Vinimos a pasar consulta para ver cómo sigue, pero más
que todo porque se le terminó la medicina, comentó
mientras acomodaba a su madre en la silla. La mujer se sentó
en una banca, junto a la silla de ruedas, a esperar.
Con una escena tan simple basta para conocer un poco el trato que reciben,
muchas veces, los derechohabientes del ISSS. Estos no son casos aislados,
lo puedo asegurar.
Dora Alicia también escuchaba la conversación e interrumpió
para contar un episodio parecido. Cada vez que le dejan una radiografía
en el Seguro la llevo a un médico privado para que me diga como
está, dice en referencia a un familiar. ¡Cómo
aquí nunca te dicen que es lo que tenés. No les gusta
explicar!, añadió.
Otra señora explicó que el galeno había pedido
ver cuanto antes la radiografía de su esposo para saber cuándo
había avanzado en su enfermedad.
Cuando ella obtuvo la radiografía, le habían dado una
cita hasta el 6 de enero. Cuando le dije que el médico
quería verlo cuanto antes, me dijeron que no podían hacer
nada, agregó.
En media hora, una de las áreas del sexto piso del hospital de
Especialidades parecía un confesionario.
El resto de pacientes se sumaron a la plática y contaron experiencias
parecidas. La mayoría eran quejas por el mal trato que recibían
o el desdén con el que eran atendidos.
Todos se quejaron, pero no hubo nadie que mencionara que ha reclamado
o protestado por esas experiencias. En otras palabras, que haya hecho
valer sus derechos. ¡El Seguro Social no es un servicio gratuito!
Por entender eso deberíamos empezar.
Si algunos médicos y personal en general no ha querido entender,
creo que una buena idea es que nosotros como usuarios que pagamos
por el servicio hagamos prevalecer nuestro derecho de recibir
una atención digna.
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