03 de julio de 2005


Reportaje:
Seis meses de dolor

El día que Margarita N. esperaba a sus hijos en la estación de buses de Brooklyn, recibió la noticia de su desaparecimiento. Fueron seis meses de incertidumbre.

Juan Carlos Rivas / VERTICE / Foto EDH Archivo
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El regreso. Algunos menores llegan por vía aérea, pero la mayoría lo hace a través de la frontera La Hachadura. EDH / Archivo

Según la licenciada Patricia Díaz, delegada occidental del Isna, se reciben a diario entre 10 y 20 niños deportados que entran por La Hachadura, quienes son colocados en dos casas-albergue: el Hogar-morada, que atiende a niñas, y la Ciudad de los niños, que atiende varones. Las edades oscilan entre 11 y 17 años.

En las últimas semanas se han dado dos casos especiales, el de un niño de seis años que fue abandonado por un coyote, y el de un bebé de seis meses a quien recuperaron.

“Recibimos denuncias todos los días y de todos los departamentos. Sólo en junio ingresaron 170, la mayoría en condiciones higiénicas inadecuadas, sin haberse bañado en ocho días, con la misma ropa, o desnutridos y desmejorados”, dice.

“El fenómeno es gravísimo. El año pasado recibimos 459 menores deportados; a estas alturas de 2005 llevamos casi 500. Imagínese cuando lleguemos a diciembre”, explica.
Sin embargo, el problema está siendo atendido con toda la delicadeza del caso. A pesar de que el tráfico ilícito continúa, se ha logrado evitar la salida de más de dos mil menores. Un avance significativo en un mundo donde el comercio inescrupuloso ataca, explota y esclaviza a los más indefensos. Por ejemplo, el caso de Margarita N. es uno de cientos.

Burdeles e infiernos


Hace 11 meses, cuando Margarita N. recibió la amarga noticia cayó en shock. Su amiga hondureña Marta R., compañera de trabajo en el hotel de cinco estrellas, la socorrió y le prometió ayudar a encontrarlos con un coyote conocido de San Pedro Sula. Comenzaron las averiguaciones.

Mientras tanto, en Nogales, Sonora, México, los niños José, de 9 años, y Vilma, de 14, —nombres cambiados por motivos de seguridad— habían sido raptados en un descuido del coyote salvadoreño Ramón F., quien los llevaba desde Antiguo Cuscatlán.

Según relataron los menores, después del rapto fueron trasladados a una casa pequeña donde se encontraban cuatro niños más, dos guatemaltecos y dos hondureños.

Convenios. El trabajo con autoridades mexicanas ha dado resultado.. EDH / Archivo

Los más grandes eran utilizados para explotación sexual en dos burdeles de la zona, los cuales son visitados por hombres mayores, la mayoría norteamericanos, quienes pagan altas sumas por actos de pedofilia.

José fue obligado a trabajar recogiendo la basura en la cocina mientras que Vilma y Maritza, —la niña hondureña— fueron llevadas a un burdel y obligadas a ejercer la prostitución.

No recibieron ningún pago, aparte de la comida y el alojamiento. Después de dos meses de prostituirse fueron vendidas a “El Güero”, un conocido maleante de Tijuana dedicado a la trata de personas.

“Fue gracias a un señor que tiene una tienda cerca, que se pudo rescatar a las niñas casi seis meses después. Le llamó la atención que “El Güero” pasaba muy seguido con diferentes niños del brazo y eso le dio mala espina”, comenta Margarita.

“El señor le comentó a su yerno, un policía recién incorporado, quien comenzó las averiguaciones por su cuenta y pudo descubrir los movimientos de una mafia de tráfico y trata de personas que opera en Tijuana”, añade la denunciante.
La policía de Nogales comenzó las investigaciones formales y capturó a cuatro adultos implicados en el tráfico, entre ellos el dueño del burdel.

Las niñas eran obligadas a vender su cuerpo y las más grandecitas (entre 16 y 18 años) a prostituirse con cinco o más hombres en una noche. La experiencia resultó traumática.

Posterior a su liberación, los menores fueron atendidos por las autoridades mexicanas las que de inmediato avisaron a las respectivas cancillerías.

De esa forma pudieron ser repatriados para reunirse con sus familiares. Actualmente reciben tratamiento sicológico y viven con su madre, Margarita N., quien regresó a El Salvador hace cinco meses.

“Tengo que agradecerle a muchas personas el haber recuperado a mis niños —expresa—. Sólo espero que se terminen de desarmar esas bandas para que los padres que sólo buscan un mejor futuro no tengan que atravesar este infierno. Le hago un llamado a la señora de Saca (Ligia) para que atrapen a estos monstruos y ya no sigan golpeando a nuestra niñez”.

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