3 de abril de 2005



LA COLUMNA

Juan Carlos Rivas
vertice@elsalvador.com

Hasta luego Juan Pablo

Lo conocimos como el Papa viajero, nos familiarizamos con su acento y su sonrisa y la expresión dulce en un cuerpo cansado pero indomable.

Para los católicos significó una esperanza en un mundo cada vez más convulsionado; para los cristianos, otro líder espiritual que promovió su fe y la doctrina dejada por uno de los seres más grandes que ha visitado este nivel de existencia.

Para el mundo en general, Juan Pablo II representó la fe y la religión, independientemente del respeto que merecen las otras religiones.

Fue su determinación por lograr el equilibrio, la justicia social y el cumplimiento de los mandatos del Dios que representó, lo que lo convirtió en uno de los personajes más destacados del siglo XX y el XXI.

En sus 25 años de Pontificado peregrinó en los cinco continentes, visitando 130 países, lo que equivale a recorrer 1.25 millones de kilómetros; algo así como darle la vuelta al mundo más de 30 veces.

Sin embargo, no fueron sus viajes los que destacaron sino el mensaje que en cada uno sembró en los creyentes, sobre todo en los afligidos, los desesperados, los pobres o los olvidados del hombre.

Este joven polaco que un día decidiera irrumpir en el mundo de la literatura, el teatro y la filosofía, jamás imaginó que recibiría el llamado de Dios, a tal grado de ordenarse sacerdote a los 26 años y más tarde ser nombrado Obispo y Cardenal.

Se convirtió en el primer Papa eslavo de la historia de la Iglesia, rompiendo con la tradición de 455 años de pontífices de origen italiano.

El 22 de octubre del mismo año fue investido como Sumo Pontífice, asumiendo el nombre de Juan Pablo II en honor a Albino Luciani (Juan Pablo I), fallecido a los 33 días de su elección.

Karol Wojtyla trabajó incansablemente por llevar la esperanza a los necesitados a través de la doctrina del amor, la paz y el respeto.

Entre sus legados más reconocidos se hallan las Cartas Encíclicas (escribió 14) y una epístola, la “Slavorum apostoli”.
Desde 1979 escribió a los fieles su “programa pontificio”, habló de Jesucristo como centro del Universo y de la historia humana, de la misericordia divina, del trabajo.

Escribió sobre el desarrollo de los hombres en la sociedad y la doctrina social de la Iglesia, el valor de la vida, la Eucaristía así como una visión de las relaciones entre fe e Iglesia, entre otras.

Independientemente de la parte política que significa la religión, Juan Pablo II dejó un legado trascendental para los hombres, convirtiéndose en un símbolo importante en la sociedad humana del siglo XX. Por muchas razones, su despedida no puede ser triste, porque al despertar verá por fin a Dios. Hasta luego, Juan Pablo, descansa con paz...


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