2 de enero de 2005


Crónica
La mala hora de los malditos

En El Salvador, de 1999 a 2002, el secuestro se convirtió en un delito muy lucrativo, tanto que en 2001 se llegó a la cifra de 114 plagios. Los secuestradores exigían elevadas sumas de dinero como rescate. El caso que se narra a continuación y el del niño Gerardo Villeda Kattán dieron un giro importante a la manera de operar de la Policía. En 2004, la PNC logró disminuir los secuestros a ocho, de los cuales sólo cinco —de acuerdo a funcionarios— fueron difíciles de resolver

Nathalie Villarroel
vertice@elsalvador.com

Los equipos de asalto están compuestos por cinco miembros del GRP, liderados por un cabo o un sargento. Según el tamaño del lugar a cubrir pueden intervenir dos o más equipos. Foto EDH


A las ocho de la noche del 28 de abril de 2001, Jorge H. circulaba por el Paseo General Escalón en su automóvil Mercedes Benz.

Estaba entre la 87ª y la 89ª avenidas Norte cuando un automóvil Toyota Corona color rojo le dio alcance y se cruzó frente a él violentamente, obligándolo a detenerse.

Las puertas del vehículo interceptor fueron abiertas y de ellas salieron cuatro sujetos armados con fusiles y con los rostros cubiertos con gorros pasamontaña.
Se acercaron al Mercedes y sacaron a Jorge H. a empujones, lo metieron al Corona y huyeron del lugar a toda velocidad.

Los plagiarios hicieron todo su operativo en cuestión de segundos. En el auto llevaban vendado y amordazado a un prominente empresario y familiar de un alto dirigente del gobierno de ese entonces.

Cuando la Policía supo del caso, contaba con la descripción del vehículo y un número de placas. Al investigarlas encontró que pertenecían a un Nissan Sentra color gris que no tenía reporte de robo.

El automóvil rojo fue encontrado abandonado horas después, a la altura del desvío de Apulo, en la calle que conduce al cantón Dolores.

Dentro del auto estaba la tarjeta de circulación. Las indagaciones reportaron robo activo, con fecha del 27 de abril, efectuado en la colonia La Rábida.
Con esas pistas, los miembros de la División Élite contra el Crimen Organizado (DECO) se reunieron con la familia de la víctima.

Mientras platicaban, entró la primera llamada del negociador del rescate. Era la 1:30 de la tarde del 29 de abril. Los plagiarios exigían una cantidad superior al medio millón de colones.

Desde el principio la DECO tomó el control, por medio de la familia, de las negociaciones. Se le ofreció a los secuestradores una cantidad de dinero importante y se quedó a la espera de una respuesta; además, se les exigió una prueba de que Jorge H. estaba vivo.

Los delincuentes llamaban desde un celular, pero aunque usaban el mismo aparato no siempre hablaba la misma persona.

La familia, entonces, tendría que negociar con dos tipos, lo que volvía más difícil la situación. En cada conversación, los familiares insistían en una prueba de vida.

Horas después, siempre el 29 de abril, los secuestradores hicieron llegar dos fotografías a la casa: en una retrataban a su víctima, solo, en una habitación; y en la otra, Jorge H. estaba vendado y atado de pies y manos acostado en una cama. Además, adjuntaron una grabación con su voz.

Las llamadas y la negociación se extendieron por cinco días sin llegar a un acuerdo.
Mientras tanto, el 3 de mayo, un empresario de hoteles fue secuestrado en circunstancias muy parecidas a las de Jorge H.: un carro robado, varios tipos con gorros navarone y armados raptaron a Mario A. en el barrio San Jacinto y luego pidieron una negociación inmediata, siendo en este caso más intimidantes con la familia.

Frente al nuevo caso, los analistas de la policía determinaron que se trataba de la misma banda debido a la similitud de las circunstancias de la captura. Y, aparte, los plagiarios cometieron un error: utilizaron la tarjeta de crédito de Jorge H. en varias gasolineras.

Por recomendación de la DECO, la familia no había bloqueado el uso de las tarjetas del secuestrado.
Los delincuentes, en su intento para despistar a las autoridades al momento de usar el plástico, le pidieron a un “conocido” que hiciera las compras. Pero no contaban con que ese conocido era un informante de la PNC.

Fue gracias a ese personaje que la DECO supo que —para ambos secuestros— estaba tratando con la banda Los Malditos, liderada por Héctor Giovanni Portillo Guevara, en ese entonces uno de delincuentes más buscados. Su expediente policial indicaba que había perpetrado secuestros de gran envergadura.

Vigilancia

Los secuestradores estaban impacientes. Con la familia de Mario A. fueron menos tolerantes; pero no era por azar: el grupo había decidido secuestrar a una persona sin avisarle a Geovanni, su jefe, por eso debían hacer toda la operación rápidamente para evitar que éste se diera cuenta.

La familia de Mario A. estuvo de acuerdo con entregar una cantidad relativamente baja de dinero. La cita para dar el rescate fue en un centro comercial de San Miguelito.

Al llegar al lugar, los secuestradores se llevaron el dinero y la Policía inició la vigilancia y persecución.
Momentos después, los delincuentes decidieron separarse. Los policías que los seguían también tomaron rumbos distintos. Un grupo llegó al Hotel Buena Vista, ubicado en la colonia del mismo nombre, y allí fueron apresados.

El segundo grupo llevó a la Policía hacia la casa número 3 del pasaje Vásquez, calle El Guaje, de la colonia San Rafael, en Ilopango, donde la DECO determinó que se encontraba cautivo Mario A. Por esa certeza es que se organizó el operativo de rescate.

Las acciones


La convocatoria para liberar a Mario A. se hizo a las seis de la tarde del 4 de mayo, en la División Antinarcotráfico de la Policía, DAN. Allí, la DECO se reunió con tres equipos del Grupo de Reacción Policial (GRP) y 30 agentes de la Unidad de Mantenimiento del Orden, UMO.

El Grupo de Reacción Policial es el primero en incursionar al área para dominar a los secuestradores y hacer los rescates. Foto EDH

Un oficial del GRP recuerda que la investigación de la Policía en ese caso fue muy exhaustiva y se le informó al Grupo que los delincuentes estaban fuertemente armados.

Las directrices para el operativo fueron muy específicas. “El GRP es muy cuidadoso con este tipo de procedimientos para no dañar a la víctima”, asegura el oficial.

Tres horas después de la reunión, varios autos de la Policía fueron estacionados a dos cuadras de la vivienda. “Nos tocó cargar todo el material de asalto: chalecos y arietes, que son muy pesados; debíamos ir primero pero por momentos nos quedábamos rezagados y nos tocó correr”, recuerda entre sonrisas.
A las nueve de la noche, la señal para entrar en acción fue dada.

A una cuadra de la casa, la UMO formó el primer anillo periférico para asegurar la zona. En ese mismo lugar fue ubicado el personal de la DECO.

Por su parte, el equipo de apoyo del GRP tomó su posición a cinco metros de distancia de la vivienda mientras dos francotiradores subieron a los techos de las casas cercanas.

El equipo de asalto golpeó la puerta de la vivienda y entró violentamente… pero no encontró nada.
Los policías salieron al patio trasero donde descubrieron una casuchita de láminas. Irrumpieron y, para su sorpresa, no sólo estaba Mario A. En un cuarto contiguo, atado de pies y manos, se encontraba Jorge H.

Pero las víctimas no estaban solas. Cuatro sujetos las vigilaban. Los policías encañonaron a los plagiarios, les ordenaron que tiraran las armas y, acto seguido, los esposaron.

“Después, la DECO entró para hacer las identificaciones y recopilar evidencias, nuestro trabajo ya estaba hecho”, relata, satisfecho, el oficial del GRP.

Después de las capturas, las labores continuaron. Esa misma noche, el operativo se extendió a otros puntos de la capital donde se logró atrapar a siete miembros más de la misma banda vinculados a los casos.

El comisionado Douglas Omar García Funes, subdirector de Investigaciones de la Policía, explicó que el operativo estaba organizado para el rescate de Mario A. pero se encontró que Jorge H. también estaba escondido en la misma vivienda.

“El secuestro de Mario A. no fue informado a ‘Geovanni’, por eso decidieron esconderlo en el mismo sitio que a Jorge H., para ocupar menos recursos”, comentó el comisionado.

La casa estaba ubicada a tres cuadras de un puesto policial, su dueño ya era conocido por los agentes y estaba tachado como conflictivo y violento; posteriormente se determinó que participó en varios secuestros.

Un caso triste fue el del niño Villeda Kattán; durante el rescate murieron él y dos miembros del GRP. Foto EDH

“Durante el tiempo de negociación para el secuestro de Jorge H. ubicamos a la banda, se les vigiló en diferentes lugares donde departían, como Apulo. Se les filmó pero nunca nos llevaron a la casa de cautiverio, fue gracias al secuestro de Mario A., que logramos localizarlos”, dijo el comisionado.

Durante el operativo se logró la recuperación de más del 60% del dinero entregado como rescate por la familia de Mario A. y la captura de Manuel de Jesús Vásquez Panameño, alias Chocoyo, quien era el carcelero, junto a tres sujetos más.

Además, la Policía identificó como miembro de la banda a un ex miembro de la Unidad de Finanzas de la PNC que había sido despedido en una de las depuraciones de la institución. Se trataba de Óscar Antonio Turcios de Paz, (a) Bryan, quien se convirtió en uno de los más buscados.

Turcios fue capturado seis días después del operativo, el 10 de mayo.
“Un grupo de agentes vigiló la casa de la mamá de Bryan esperando a que él llegara a visitarla por ser el Día de la Madre. Cuando el sospechoso tocó a la puerta, se le apresó, se había teñido el pelo de rubio, pero igual se le identificó”, señaló García Funes. Y agrega que, durante las negociaciones, Bryan llegó a amenazar al director de la Policía en ese entonces, Mauricio Sandoval.

Otras capturas


José Humberto Durán, otro de los más buscados por varios secuestros, quien también había participado en el plagio de Mario A., y el que había utilizado las tarjetas de crédito de Jorge H. en las gasolineras, días después fue identificado en la Carretera Troncal del Norte. Al apresarlo se le decomisó una tarjeta del plagiado.

La banda Los Malditos fue desarticulada totalmente, todos sus miembros fueron capturados en los meses siguientes y les llevaron a juicio.

Geovanni Portillo, el cabecilla de la organización, fue condenado a 40 años de prisión.
“Geovanni tenía una gran capacidad intelectual a pesar de su juventud (tenía 22 años cuando fue arrestado). Él decidía a quién se iba a secuestrar y de qué manera; organizaba muy bien sus operaciones”, comentó García Funes.

Por su parte, Humberto Durán era el encargado de liderar la ejecución de los secuestros por lo que se le condenó a 25 años tras las rejas.

Además, se capturó a Henry Stanley Miranda Ojeda, (a) Gallina, quien fue condenado a vivir 40 años en prisión.

El subdirector de Investigaciones de la PNC asegura que Portillo y Durán son de los plagiarios más violentos y peligrosos identificados durante el auge de las bandas de secuestradores. Eran buscados desde el año 2000.

Los demás miembros de la banda, Rafael Moisés Posada Colindres, José Antonio Mejía y Ricardo Nazareth Nolazco purgan 50 años de prisión por haberles sido comprobada su participación en varios secuestros.

También Mario Castro Echeverría fue condenado a 28 años, igual que Carlos Eduardo Sibrián. Manuel de Jesús Vásquez Panameño tuvo una condena de 35 años.

Los casos de secuestro —según las estadísticas que maneja la Policía— han disminuido desde 1989 a 2004 en un 92.07%. De 114 casos sucedidos en 2000, la entidad reporta solamente 8 para este año.

Sin embargo, según comenta García Funes, no hay fiestas de fin de año en que una familia no extrañe a uno de sus miembros que ha sido secuestrado... y este año no será la excepción.

 


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