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Crónica
La
mala hora de los malditos
En
El Salvador, de 1999 a 2002, el secuestro se convirtió en un
delito muy lucrativo, tanto que en 2001 se llegó a la cifra de
114 plagios. Los secuestradores exigían elevadas sumas de dinero
como rescate. El caso que se narra a continuación y el del niño
Gerardo Villeda Kattán dieron un giro importante a la manera
de operar de la Policía. En 2004, la PNC logró disminuir
los secuestros a ocho, de los cuales sólo cinco de acuerdo
a funcionarios fueron difíciles de resolver
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Los equipos de asalto están
compuestos por cinco miembros del GRP, liderados por un cabo o
un sargento. Según el tamaño del lugar a cubrir
pueden intervenir dos o más equipos.
Foto EDH
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A las ocho de la noche del 28 de abril de 2001, Jorge H. circulaba por
el Paseo General Escalón en su automóvil Mercedes Benz.
Estaba entre la 87ª y la 89ª avenidas Norte cuando un automóvil
Toyota Corona color rojo le dio alcance y se cruzó frente a él
violentamente, obligándolo a detenerse.
Las puertas del vehículo interceptor fueron abiertas y de ellas
salieron cuatro sujetos armados con fusiles y con los rostros cubiertos
con gorros pasamontaña.
Se acercaron al Mercedes y sacaron a Jorge H. a empujones, lo metieron
al Corona y huyeron del lugar a toda velocidad.
Los plagiarios hicieron todo su operativo en cuestión de segundos.
En el auto llevaban vendado y amordazado a un prominente empresario
y familiar de un alto dirigente del gobierno de ese entonces.
Cuando la Policía supo del caso, contaba con la descripción
del vehículo y un número de placas. Al investigarlas encontró
que pertenecían a un Nissan Sentra color gris que no tenía
reporte de robo.
El automóvil rojo fue encontrado abandonado horas después,
a la altura del desvío de Apulo, en la calle que conduce al cantón
Dolores.
Dentro del auto estaba la tarjeta de circulación. Las indagaciones
reportaron robo activo, con fecha del 27 de abril, efectuado en la colonia
La Rábida.
Con esas pistas, los miembros de la División Élite contra
el Crimen Organizado (DECO) se reunieron con la familia de la víctima.
Mientras platicaban, entró la primera llamada del negociador
del rescate. Era la 1:30 de la tarde del 29 de abril. Los plagiarios
exigían una cantidad superior al medio millón de colones.
Desde el principio la DECO tomó el control, por medio de la familia,
de las negociaciones. Se le ofreció a los secuestradores una
cantidad de dinero importante y se quedó a la espera de una respuesta;
además, se les exigió una prueba de que Jorge H. estaba
vivo.
Los delincuentes llamaban desde un celular, pero aunque usaban el mismo
aparato no siempre hablaba la misma persona.
La familia, entonces, tendría que negociar con dos tipos, lo
que volvía más difícil la situación. En
cada conversación, los familiares insistían en una prueba
de vida.
Horas después, siempre el 29 de abril, los secuestradores hicieron
llegar dos fotografías a la casa: en una retrataban a su víctima,
solo, en una habitación; y en la otra, Jorge H. estaba vendado
y atado de pies y manos acostado en una cama. Además, adjuntaron
una grabación con su voz.
Las llamadas y la negociación se extendieron por cinco días
sin llegar a un acuerdo.
Mientras tanto, el 3 de mayo, un empresario de hoteles fue secuestrado
en circunstancias muy parecidas a las de Jorge H.: un carro robado,
varios tipos con gorros navarone y armados raptaron a Mario A. en el
barrio San Jacinto y luego pidieron una negociación inmediata,
siendo en este caso más intimidantes con la familia.
Frente
al nuevo caso, los analistas de la policía determinaron que se
trataba de la misma banda debido a la similitud de las circunstancias
de la captura. Y, aparte, los plagiarios cometieron un error: utilizaron
la tarjeta de crédito de Jorge H. en varias gasolineras.
Por recomendación de la DECO, la familia no había bloqueado
el uso de las tarjetas del secuestrado.
Los delincuentes, en su intento para despistar a las autoridades al
momento de usar el plástico, le pidieron a un conocido
que hiciera las compras. Pero no contaban con que ese conocido era un
informante de la PNC.
Fue gracias a ese personaje que la DECO supo que para ambos secuestros
estaba tratando con la banda Los Malditos, liderada por Héctor
Giovanni Portillo Guevara, en ese entonces uno de delincuentes más
buscados. Su expediente policial indicaba que había perpetrado
secuestros de gran envergadura.
Vigilancia
Los secuestradores estaban impacientes. Con la familia de Mario A. fueron
menos tolerantes; pero no era por azar: el grupo había decidido
secuestrar a una persona sin avisarle a Geovanni, su jefe, por eso debían
hacer toda la operación rápidamente para evitar que éste
se diera cuenta.
La familia de Mario A. estuvo de acuerdo con entregar una cantidad relativamente
baja de dinero. La cita para dar el rescate fue en un centro comercial
de San Miguelito.
Al llegar al lugar, los secuestradores se llevaron el dinero y la Policía
inició la vigilancia y persecución.
Momentos después, los delincuentes decidieron separarse. Los
policías que los seguían también tomaron rumbos
distintos. Un grupo llegó al Hotel Buena Vista, ubicado en la
colonia del mismo nombre, y allí fueron apresados.
El segundo grupo llevó a la Policía hacia la casa número
3 del pasaje Vásquez, calle El Guaje, de la colonia San Rafael,
en Ilopango, donde la DECO determinó que se encontraba cautivo
Mario A. Por esa certeza es que se organizó el operativo de rescate.
Las acciones
La convocatoria para liberar a Mario A. se hizo a las seis de la tarde
del 4 de mayo, en la División Antinarcotráfico de la Policía,
DAN. Allí, la DECO se reunió con tres equipos del Grupo
de Reacción Policial (GRP) y 30 agentes de la Unidad de Mantenimiento
del Orden, UMO.
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El Grupo de Reacción Policial
es el primero en incursionar al área para dominar a los
secuestradores y hacer los rescates. Foto
EDH
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Un oficial del GRP recuerda que la investigación
de la Policía en ese caso fue muy exhaustiva y se le informó
al Grupo que los delincuentes estaban fuertemente armados.
Las directrices para el operativo fueron muy específicas. El
GRP es muy cuidadoso con este tipo de procedimientos para no dañar
a la víctima, asegura el oficial.
Tres horas después de la reunión, varios autos de la Policía
fueron estacionados a dos cuadras de la vivienda. Nos tocó
cargar todo el material de asalto: chalecos y arietes, que son muy pesados;
debíamos ir primero pero por momentos nos quedábamos rezagados
y nos tocó correr, recuerda entre sonrisas.
A las nueve de la noche, la señal para entrar en acción
fue dada.
A una cuadra de la casa, la UMO formó el primer anillo periférico
para asegurar la zona. En ese mismo lugar fue ubicado el personal de
la DECO.
Por su parte, el equipo de apoyo del GRP tomó su posición
a cinco metros de distancia de la vivienda mientras dos francotiradores
subieron a los techos de las casas cercanas.
El equipo de asalto golpeó la puerta de la vivienda y entró
violentamente
pero no encontró nada.
Los policías salieron al patio trasero donde descubrieron una
casuchita de láminas. Irrumpieron y, para su sorpresa, no sólo
estaba Mario A. En un cuarto contiguo, atado de pies y manos, se encontraba
Jorge H.
Pero las víctimas no estaban solas. Cuatro sujetos las vigilaban.
Los policías encañonaron a los plagiarios, les ordenaron
que tiraran las armas y, acto seguido, los esposaron.
Después, la DECO entró para hacer las identificaciones
y recopilar evidencias, nuestro trabajo ya estaba hecho, relata,
satisfecho, el oficial del GRP.
Después de las capturas, las labores continuaron. Esa misma noche,
el operativo se extendió a otros puntos de la capital donde se
logró atrapar a siete miembros más de la misma banda vinculados
a los casos.
El comisionado Douglas Omar García Funes, subdirector de Investigaciones
de la Policía, explicó que el operativo estaba organizado
para el rescate de Mario A. pero se encontró que Jorge H. también
estaba escondido en la misma vivienda.
El secuestro de Mario A. no fue informado a Geovanni,
por eso decidieron esconderlo en el mismo sitio que a Jorge H., para
ocupar menos recursos, comentó el comisionado.
La casa estaba ubicada a tres cuadras de un puesto policial, su dueño
ya era conocido por los agentes y estaba tachado como conflictivo y
violento; posteriormente se determinó que participó en
varios secuestros.
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Un caso triste
fue el del niño Villeda Kattán; durante el rescate
murieron él y dos miembros del GRP.
Foto EDH
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Durante el tiempo de negociación para el
secuestro de Jorge H. ubicamos a la banda, se les vigiló en diferentes
lugares donde departían, como Apulo. Se les filmó pero
nunca nos llevaron a la casa de cautiverio, fue gracias al secuestro
de Mario A., que logramos localizarlos, dijo el comisionado.
Durante el operativo se logró la recuperación de más
del 60% del dinero entregado como rescate por la familia de Mario A.
y la captura de Manuel de Jesús Vásquez Panameño,
alias Chocoyo, quien era el carcelero, junto a tres sujetos más.
Además, la Policía identificó como miembro de la
banda a un ex miembro de la Unidad de Finanzas de la PNC que había
sido despedido en una de las depuraciones de la institución.
Se trataba de Óscar Antonio Turcios de Paz, (a) Bryan, quien
se convirtió en uno de los más buscados.
Turcios fue capturado seis días después del operativo,
el 10 de mayo.
Un grupo de agentes vigiló la casa de la mamá de
Bryan esperando a que él llegara a visitarla por ser el Día
de la Madre. Cuando el sospechoso tocó a la puerta, se le apresó,
se había teñido el pelo de rubio, pero igual se le identificó,
señaló García Funes. Y agrega que, durante las
negociaciones, Bryan llegó a amenazar al director de la Policía
en ese entonces, Mauricio Sandoval.
Otras capturas
José Humberto Durán, otro de los más buscados por
varios secuestros, quien también había participado en
el plagio de Mario A., y el que había utilizado las tarjetas
de crédito de Jorge H. en las gasolineras, días después
fue identificado en la Carretera Troncal del Norte. Al apresarlo se
le decomisó una tarjeta del plagiado.
La banda Los Malditos fue desarticulada totalmente, todos sus miembros
fueron capturados en los meses siguientes y les llevaron a juicio.
Geovanni Portillo, el cabecilla de la organización, fue condenado
a 40 años de prisión.
Geovanni tenía una gran capacidad intelectual a pesar de
su juventud (tenía 22 años cuando fue arrestado). Él
decidía a quién se iba a secuestrar y de qué manera;
organizaba muy bien sus operaciones, comentó García
Funes.
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Por su parte, Humberto Durán era el encargado
de liderar la ejecución de los secuestros por lo que se le condenó
a 25 años tras las rejas.
Además, se capturó a Henry Stanley Miranda Ojeda, (a)
Gallina, quien fue condenado a vivir 40 años en prisión.
El subdirector de Investigaciones de la PNC asegura que Portillo y Durán
son de los plagiarios más violentos y peligrosos identificados
durante el auge de las bandas de secuestradores. Eran buscados desde
el año 2000.
Los demás miembros de la banda, Rafael Moisés Posada Colindres,
José Antonio Mejía y Ricardo Nazareth Nolazco purgan 50
años de prisión por haberles sido comprobada su participación
en varios secuestros.
También Mario Castro Echeverría fue condenado a 28 años,
igual que Carlos Eduardo Sibrián. Manuel de Jesús Vásquez
Panameño tuvo una condena de 35 años.
Los casos de secuestro según las estadísticas que
maneja la Policía han disminuido desde 1989 a 2004 en un
92.07%. De 114 casos sucedidos en 2000, la entidad reporta solamente
8 para este año.
Sin embargo, según comenta García Funes, no hay fiestas
de fin de año en que una familia no extrañe a uno de sus
miembros que ha sido secuestrado... y este año no será
la excepción.
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