1 de mayo de 2005


LA ARISTA AFILADA
Mariel, balseros y el león tranquilo

Carlos Alberto Montaner
vertice@elsalvador.com

Hace 25 años, en abril de 1980, se produjo un hecho espectacular: decenas de miles de desesperados cubanos navegaban a bordo de cualquier cosa rumbo al sur de los Estados Unidos.

Había comenzado una conmovedora aventura migratoria conocida por el nombre del sitio habilitado por el gobierno cubano como puerto de embarque: Mariel.

En pocas semanas, mientras Castro permitió la huida en masa de sus ciudadanos, nada menos que unas 125 mil personas lograron cruzar el estrecho de la Florida.

Entonces se dijo que, si el comandante no hubiera detenido el éxodo, probablemente varios millones más hubieran escapado del paraíso socialista.

En general, esta nueva oleada de exiliados constituía un corte transversal de la sociedad cubana, con una representación más o menos razonable de profesionales, obreros, campesinos, estudiantes, blancos, negros y mulatos.

Sólo había dos categorías de personas que poseían una representación proporcional mayor que la estadísticamente predecible: los homosexuales y personas condenadas por delitos comunes.

¿Por qué? En un caso, porque el gobierno cubano desterró a punta de bayoneta a unos cuantos millares de homosexuales, víctimas permanentes del odio machista-leninista de Castro y sus homofóbicos partidarios, quienes desde los años sesenta se habían ensañado cruelmente contra cualquier persona que escapara a la definición del hombre nuevo cubano, un varón feroz y antiimperialista, gloriosamente testiculado.

En el otro caso, en el de los delincuentes comunes, el dictador hizo algo que caía plenamente dentro de la definición de una grave agresión internacional: seleccionó a los peores psicópatas y criminales encerrados en las cárceles cubanas, y los embarcó en los botes de quienes emigraban a Estados Unidos.

Con esa canallesca acción perseguía tres objetivos: empañar la imagen de sus adversarios, a quienes las turbas golpeaban en las calles mientras los calificaban de “escoria”, castigar a los Estados Unidos y, de paso, vaciar sus atestadas prisiones, librándolas de unos cuantos millares de personas indeseables.

Estrategia de Fidel

En los primeros momentos de la llegada de esa impresionante marejada humana, generosamente acogida por el gobierno de Carter y por el Estado de la Florida, algunos analistas opinaron que tendría una difícil adaptación a Estados Unidos, dado que esos cubanos habían padecido 20 años de adoctrinamiento comunista, pero la predicción resultó errónea: el grueso de ese grupo de inmigrantes consiguió integrarse admirablemente bien a la sociedad norteamericana, y en pocos años formaba parte de la exitosa historia de los exiliados cubanos en Estados Unidos.

Tres veces ha lanzado Castro su “bomba balsera”, contra EE.UU. para obligar a Washington a hacer concesiones migratorias y siempre ha logrado su propósito: en septiembre de 1965, desde el Puerto de Camarioca, anunció la salida libre rumbo a Florida de todo aquel que fuera recogido por una embarcación.

Tras la llegada de los primeros dos mil exiliados, el mandatario Lyndon Johnson autorizó los “Vuelos de la Libertad”, y en pocos años 200 mil nuevos refugiados llegaron a territorio estadounidense. En 1980 se produjo el mencionado “Éxodo de Mariel”, con las consecuencias descritas.

En 1994, en medio de la peor crisis económica que ha padecido Cuba, Castro volvió a repetir la misma jugada, y el gobernante Bill Clinton se encontró con 32 mil balseros detenidos en alta mar y trasladados a Guantánamo, situación a la que puso fin admitiéndolos en Estados Unidos, mientras les otorgaba a los cubanos el alivio de 20 mil visas anuales, lo que significa que, desde esa fecha a hoy, otros 200 mil nuevos inmigrantes han llegado al sur de la Florida.

Castro suele presentarse ante el mundo como una pobre víctima de EE.UU., pero los datos objetivos demuestran exactamente lo contrario: Washington ha sido una fuente de estabilidad de su dictadura.

En casi medio siglo de gobierno ha conseguido trasportar a territorio supuestamente enemigo al 15 por ciento de la población cubana; los granjeros norteamericanos son sus principales vendedores de alimentos; las remesas de los emigrantes cubano-americanos constituyen la primera fuente de divisas que percibe el país; las poderosas organizaciones religiosas de Estados Unidos son los donantes más generosos de ayuda humanitaria que recibe Cuba; y, finalmente, esas 20 mil visas anuales funcionan como una especie de Prozac político que mantiene a cientos de miles de personas desafectas dulcemente sedadas mientras aguardan impacientes el resultado de la lotería anual que acaso les permitirá liberarse de la pesadilla comunista.

La única pregunta que carece de una fácil respuesta es por qué Estados Unidos, pese a su inmenso poderío, a lo largo de varias décadas ha sido siempre tan tímido en sus enfrentamientos con Castro.

Si algún país norteafricano lanzara una “bomba migratoria” contra Europa —envenenada, además, con criminales salidos de las cárceles—, la reacción de la UU.EE. sería inmediata, contundente, y tendría el apoyo de casi toda la sociedad. Evidentemente, el león no es tan fiero como lo pintan sus enemigos. Y Castro lo sabe.

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