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LA
ARISTA AFILADA
Mariel,
balseros y el león tranquilo
Hace
25 años, en abril de 1980, se produjo un hecho espectacular:
decenas de miles de desesperados cubanos navegaban a bordo de cualquier
cosa rumbo al sur de los Estados Unidos.
Había comenzado una conmovedora aventura migratoria conocida
por el nombre del sitio habilitado por el gobierno cubano como puerto
de embarque: Mariel.
En pocas semanas, mientras Castro permitió la huida en masa de
sus ciudadanos, nada menos que unas 125 mil personas lograron cruzar
el estrecho de la Florida.
Entonces se dijo que, si el comandante no hubiera detenido el éxodo,
probablemente varios millones más hubieran escapado del paraíso
socialista.
En general, esta nueva oleada de exiliados constituía un corte
transversal de la sociedad cubana, con una representación más
o menos razonable de profesionales, obreros, campesinos, estudiantes,
blancos, negros y mulatos.
Sólo había dos categorías de personas que poseían
una representación proporcional mayor que la estadísticamente
predecible: los homosexuales y personas condenadas por delitos comunes.
¿Por qué? En un caso, porque el gobierno cubano desterró
a punta de bayoneta a unos cuantos millares de homosexuales, víctimas
permanentes del odio machista-leninista de Castro y sus homofóbicos
partidarios, quienes desde los años sesenta se habían
ensañado cruelmente contra cualquier persona que escapara a la
definición del hombre nuevo cubano, un varón feroz y antiimperialista,
gloriosamente testiculado.
En el otro caso, en el de los delincuentes comunes, el dictador hizo
algo que caía plenamente dentro de la definición de una
grave agresión internacional: seleccionó a los peores
psicópatas y criminales encerrados en las cárceles cubanas,
y los embarcó en los botes de quienes emigraban a Estados Unidos.
Con esa canallesca acción perseguía tres objetivos: empañar
la imagen de sus adversarios, a quienes las turbas golpeaban en las
calles mientras los calificaban de escoria, castigar a los
Estados Unidos y, de paso, vaciar sus atestadas prisiones, librándolas
de unos cuantos millares de personas indeseables.
Estrategia de Fidel
En los primeros momentos de la llegada de esa impresionante marejada
humana, generosamente acogida por el gobierno de Carter y por el Estado
de la Florida, algunos analistas opinaron que tendría una difícil
adaptación a Estados Unidos, dado que esos cubanos habían
padecido 20 años de adoctrinamiento comunista, pero la predicción
resultó errónea: el grueso de ese grupo de inmigrantes
consiguió integrarse admirablemente bien a la sociedad norteamericana,
y en pocos años formaba parte de la exitosa historia de los exiliados
cubanos en Estados Unidos.
Tres veces ha lanzado Castro su bomba balsera, contra EE.UU.
para obligar a Washington a hacer concesiones migratorias y siempre
ha logrado su propósito: en septiembre de 1965, desde el Puerto
de Camarioca, anunció la salida libre rumbo a Florida de todo
aquel que fuera recogido por una embarcación.
Tras la llegada de los primeros dos mil exiliados, el mandatario Lyndon
Johnson autorizó los Vuelos de la Libertad, y en
pocos años 200 mil nuevos refugiados llegaron a territorio estadounidense.
En 1980 se produjo el mencionado Éxodo de Mariel,
con las consecuencias descritas.
En 1994, en medio de la peor crisis económica que ha padecido
Cuba, Castro volvió a repetir la misma jugada, y el gobernante
Bill Clinton se encontró con 32 mil balseros detenidos en alta
mar y trasladados a Guantánamo, situación a la que puso
fin admitiéndolos en Estados Unidos, mientras les otorgaba a
los cubanos el alivio de 20 mil visas anuales, lo que significa que,
desde esa fecha a hoy, otros 200 mil nuevos inmigrantes han llegado
al sur de la Florida.
Castro suele presentarse ante el mundo como una pobre víctima
de EE.UU., pero los datos objetivos demuestran exactamente lo contrario:
Washington ha sido una fuente de estabilidad de su dictadura.
En casi medio siglo de gobierno ha conseguido trasportar a territorio
supuestamente enemigo al 15 por ciento de la población cubana;
los granjeros norteamericanos son sus principales vendedores de alimentos;
las remesas de los emigrantes cubano-americanos constituyen la primera
fuente de divisas que percibe el país; las poderosas organizaciones
religiosas de Estados Unidos son los donantes más generosos de
ayuda humanitaria que recibe Cuba; y, finalmente, esas 20 mil visas
anuales funcionan como una especie de Prozac político que mantiene
a cientos de miles de personas desafectas dulcemente sedadas mientras
aguardan impacientes el resultado de la lotería anual que acaso
les permitirá liberarse de la pesadilla comunista.
La única pregunta que carece de una fácil respuesta es
por qué Estados Unidos, pese a su inmenso poderío, a lo
largo de varias décadas ha sido siempre tan tímido en
sus enfrentamientos con Castro.
Si algún país norteafricano lanzara una bomba migratoria
contra Europa envenenada, además, con criminales salidos
de las cárceles, la reacción de la UU.EE. sería
inmediata, contundente, y tendría el apoyo de casi toda la sociedad.
Evidentemente, el león no es tan fiero como lo pintan sus enemigos.
Y Castro lo sabe.
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