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Los
pequeños
Excluidos
Un
niño autista o con síntomas del espectro autista está
a merced de diagnósticos errados y tardíos. Mientras,
las opciones de tratamiento son escasas o muy caras.
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| Santiago
Maldonado, un niño con trastorno generalizado del desarrollo,
activa el obturador de su cámara al ser fotografiado
para Vértice. Foto EDH |
Izquierda, izquierda! ¡Derecha, derecha!,
¡Delante, detrás! ¡Un, dos, tres!.
Los niños bailan. Flexionan rodillas y suben el pie izquierdo,
mientras bajan el derecho.
Suben el derecho, mientras bajan el izquierdo. Pero Franklin no. Él
lleva su propio ritmo.
Sí flexiona rodillas, pero sube y baja el pie izquierdo dos veces
antes de subir y bajar el derecho otras dos.
Estos niños no están en una piñata, sino en una
escuela; pero no en un centro tradicional, donde la independencia de
Franklin podría granjearle la observación de que no sigue
las instrucciones.
Estamos en la escuela especial de Mejicanos. Aquí, Marlene Rivera,
terapista y maestra, debido a la escasez de personal, sabe que Franklin
no es un rebelde, sino un niño con desórdenes del espectro
autista.
El pequeño estudiaba en un kinder nacional. Ahí, al ver
que no avanzaba al ritmo de los demás, la maestra recomendó
a sus padres enviarlo a una escuela especial. Para entonces Franklin
ya tenía 8 años.
Hoy, dos años después, Rivera cree que, a pesar de los
progresos sociales de Franklin, es poco probable que un día se
integre a una escuela tradicional. Si lo hubieran traído
temprano, a los 2 años, por ejemplo, tendría un mejor
pronóstico, explica.
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En
busca de relajación. Mientras sus compañeros casi
se duermen, Franklin agita sus manos. Foto EDH
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Franklin tiene pocos progresos
académicos... Si hubiera venido temprano tendría mejor
pronóstico
Profesora Marlene Rivera
Escuela Especial de Mejicanos
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Según la tendencia más
optimista a nivel mundial, en el país podríamos tener
12 mil niños con autismo.
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| Casi el 90% de los infantes del
programa para niños con autismo del CIM van a escuelas regulares. |
Ella y otras cuatro compañeras de la escuela
asistieron a un seminario sobre nuevas tecnologías de educación
especial en Israel, gracias a una beca.
Todas trabajan para el Ministerio de Educación, pero comparten
la idea de que las escuelas de educación especial de esta cartera
de Estado deberían tener terapistas.
Yo soy terapista de lenguaje, pero debido a la
falta de personal me toca dar clases, explica Marlene Rivera.
Según el neurólogo pediatra Jorge Alberto
Vidaurre, cuando se trata de niños con síntomas del espectro
autista, entre más temprano se inicie el tratamiento, mejor será
el resultado.
Este médico, que ha diagnostica a unos 50 niños con síntomas
de autismo, reconoce que al estudiar medicina general tuvo poca información
sobre este fenómeno; mientras se especializó como pediatra,
en el extranjero, tuvo alguna idea. Fue hasta que estudió
neurología pediátrica que aprendió a diagnosticar
si un pequeño es o no autista. Aún en Estados Unidos
falta esa formación, asevera.
Vidaurre cree necesario que los pediatras reciban formación sobre
autismo. Si un niño presenta problemas de lenguaje deberían
preguntar si mira a los ojos, cuál es su patrón de juegos
y si tiene conductas repetitivas, sugiere.
Si el chico tuviera alguna de esas características sería
una señal para remitirlo a un especialista. Muchos niños
(autistas) han sido diagnósticados con déficit atencional,
afirma Vidaurre a la vez que sugiere revisar ese diagnóstico.
El neurólogo pediatra Francisco Posada, director del Centro de
Invalideces Múltiples (CIM), está consciente de que en
El Salvador son pocos los especialistas que diagnostican autismo.
A esto se suma otra dificultad: no existe un examen de laboratorio o
de gabinete que sirva para diagnosticar estos casos. Eso hace
que los diagnósticos sean subjetivos, explica Posada.
Como una medida para evitar diagnósticos tardíos, el neurólogo
cree que debería realizarse un examen de niño sano cuando
los infantes cumplen el año y medio.
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| Marlene
Rivera da terapia sensorial a Franklin. Foto EDH |
Calvario materno
Juan Carlos no era un bebé enfermizo. Recibió todas sus
vacunas y aprendió sus primeras palabras.
Tampoco tuvo problemas para aprender a caminar. Pero al cumplir un año
y medio, empezó a retroceder ante la mirada atenta de Violeta
Benítez de Vásquez, su madre.
Las palabras aprendidas fueron sustituidas por el monosílabo:
¡Hum! y adquirió el hábito de agitar
sus manos. Cuando cumplió los 2 años hubo piñata
en su casa. Mientras los invitados jugaban y comían pastel, el
cumpleañero se aisló.
Nunca en mi vida había leído sobre el autismo, pero
yo sabía que algo raro estaba pasando, recuerda Violeta.
Desde ese día, con esfuerzo económico ella empezó
a pagar terapias de lenguaje para que su hijo recuperara las palabras
perdidas.
El gasto de la casa aumentó tanto que el padre de Juan Carlos
emigró a Estados Unidos para conseguir los recursos necesarios
para proporcionarle terapias, llevarlo al doctor y matricularlo en jardines
de niños privados.
Después de aquella piñata, Juan Carlos tuvo su primera
cita con el neurólogo. El galeno le recetó varios exámenes
y Truxaleta, un medicamento del que Violeta no tiene buenos recuerdos:
Sólo una vez se la di porque comenzaba a golpearse la cabeza
en la pared y estaba incontrolable. Por el efecto de la droga se calmó,
pero cuando el efecto pasó comenzó a explotar.
Decepcionada de su primer experiencia con un especialista, Violeta llevó
a su hijo al CIM. Ahí, otro neurólogo le dijo: No,
no se preocupe. Todo está bien, el niño va a hablar.
Tarde, pero va a hablar.
Violeta no sabía a quién acudir aunque ya había
leído mucho sobre autismo. Ya sabía las características
principales, pero no sabía a qué médico, colegio
o institución del gobierno acudir, lamenta.
En los kinders donde estudiaba Juan Carlos las maestras decían:
El niño va bien. Pero cuando cumplió 4 años
y medio una de ellas sugirió a su progenitora llevarlo donde
el neurólogo de nuevo.
Esta vez, la profesional no quiso dar un diagnóstico
apresurado y llevó el caso de Juan Carlos a un congreso que se
realizó en España. Las sospechas de Violeta eran ciertas.
Su hijo estaba dentro del espectro autista.
Sin respuestas
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| Daniel
mira, con atención, a su maestra durante un breve instante.
Foto EDH |
Contra todos los pronósticos, Juan Carlos ha
aprendido a vestirse y a comer solo.
Después de una frustrante búsqueda, su madre encontró
un colegio donde el pequeño está aprendiendo a leer.
La relación de Juan con su hermanito ha mejorado. Violeta ve
con esperanza el futuro de Juan Carlos. Primero Dios, va a lograr
incorporarse al sistema (de educación) normal con apoyo,
vaticina.
Ahora, Violeta Benítez de Vásquez une esfuerzos junto
a otras madres de niños con síntomas del espectro autista
para compartir su experiencia con padres en igual situación y
buscar que tanto los profesionales de la medicina como el Estado se
interesen más por esta población infantil.
Creo que ya es tiempo de que se le dé la importancia a
este sector, a esta parte de los niños, porque realmente no tienen
tratamiento, afirma De Vásquez.
Ella cree que aunque el CIM cuenta con un programa para niños
autistas, la única terapista del programa no da abasto para atender
a los 60 inscritos.
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| Casi
aislado. Daniel ve la televisión lejos de su grupo de compañeros.
Foto EDH |
Tanto el director del ISRI, José Eduardo Avilés,
como el del CIM, Francisco Posada, esperan que el programa de autismo
salga beneficiado con la próxima fusión del CIM, el ISRI
y Educación Especial, que dará como resultado el Centro
de Rehabilitación Integral para la Niñez y la Adolescencia
(CRINA).
El programa de autismo se va a fortalecer, adelantó
el director del ISRI. Necesitamos más personas... Me imagino
que con la fusión el programa se va a fortalecer, dijo
el doctor Francisco Parada.
Mientras tanto, los huecos en el sistema actual y el desconocimiento
de la enfermedad entre los profesionales de la medicina seguirá
retrasando el diagnóstico del autismo y de los síntomas
del espectro autista. Y niños como Franklin y Juan Carlos seguirán
llevándose la peor parte.
Problema común
Florencia de Maldonado y Flor de María de Rais vivieron en la
misma incertidumbre que Violeta.
Ambas son madres de niños con síntomas del espectro autista.
Rodrigo, el segundo hijo de Flor de María y Rafael Rais, despertó
sospechas en su madre desde los primeros meses.
Era un niño bien aguado, de bajo tono. Su motricidad gruesa
y fina siempre fueron malas. A los seis meses me di cuenta de que algo
no estaba bien, recuerda.
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| Juan
Carlos Vásquez en una de las actividades favoritas de los
chiquillos con síntomas del espectro autista: alinear objetos.
Foto EDH |
Sin embargo, la familia y el pediatra trataban de calmarla
diciéndole: Los varones son más haraganes, hablan
tarde; además es el chiquito, el consentido. Flor de María
se calmaba unos 10 minutos pero luego volvía a preguntar ¿Qué
le pasa a mi hijo?.
Santiago, hijo de Florencia y Guillermo Maldonado, también era
un bebé normal. Poco a poco ella se dio cuenta de que el niño
no intentaba comunicarse.
El niño gateó a los nueve meses, y caminó
a los 12 meses, su desarrollo físico fue normal. Pero a los dos
años no hablaba ni una palabra, ni imitaba monisílabos.
Estaba en su mundo, recuerda.
En distintos momentos, ambas visitaron médicos y especialistas
privados, hasta que finalmente recibieron un diagnóstico temprano.
Santiago y Rodrigo tenían tres años cuando se les diagnósticó
un Trastorno Profundo del Desarrollo que está dentro del espectro
autista.
Hoy sus progenitores forman parte del Programa para la Rehabilitación
de niños con desórdenes del espectro autista, de la Fundación
María Escalón de Núñez.
Dicho ente busca llegar a proveer de terapias de calidad y al
alcance de todos y difundir información que ayude a lograr
diagnósticos prontos y certeros.
Maldonado y De Rais, al igual que Violeta, escucharon a pediatras, maestras
y neurólogos decirles que sus hijos estaban bien.
Los papás están sobrecargados, hay mucha problemática
a su alrededor, advierte el doctor Posada.
Mientras tanto, el médico Vidaurre, quien acompaña a los
padres del Programa, cree que de alguna manera dicho esfuerzo debería
fusionarse con entes estatales como CIM. Solo así, la historia
de Franklin no se volverá a repetir.
Tarea pendiente
El único programa estatal que atiende a los niños con
autismo funciona desde hace 10 años en el Centro de Invalideces
Múltiples (CIM).
Cuenta con una sola terapista y atiende a alrededor de 60 niños.
Según el director de dicho centro, doctor Francisco Posada, la
mayoría de padres llegan ahí sin un diagnóstico
de autismo, creyendo que sus hijos sólo tienen problemas de lenguaje.
Parada asegura que los pequeños son examinados por un neurólogo
y un psicólogo.
Los padres de familia que acuden al CIM temen que la fusión de
este centro con el ISRI y el Centro de Educación Especial signifique
la desaparición del programa de autismo. Sin embargo, Posada
cree que se fortalecerá y que, al haber más terapistas,
la atención para los infantes mejorará.

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