1 de mayo de 2005



LA COLUMNA

Lilian Martínez
vertice@elsalvador.com

Florecillas de mayo

Aunque la lluvia no se decida a ser chaparrón, a este mes no le falta vegetación. Desde que inicia, el paisaje se llena de especímenes exóticos, masculinos y femeninos.

Los primeros en aparecer son “los lirios trabajadores”, vegetación que celebra precisamente su día, dando la espalda a sus labores.

O al menos intentándolo, porque al día siguiente, cuando la jornada esté en la cresta, y el jefe haga mala cara, probablemente estarán preguntándose si realmente el trabajo es una bendición. Bastará que le pregunten al vecino que lleva 11 meses desempleado para que sepan la respuesta.

Tras estos lirios, celebrarán su día los claveles verdes. Ese día, con marcial paso, estos especímenes acostumbran dar una pequeña muestra de lo que son capaces de hacer defendiéndose y defendiéndonos.

Casi desapercibidas y sin hacer demasiado alboroto, “las monjas blancas”, festejarán que aún no se arrepienten de la tarea que eligieron, aunque a veces implique atender a los enfermos cuando son menos pacientes y rara vez escuchar un “gracias”.

Finalmente, los últimos en florecer son los vástagos de rosa, una especie sumamente extraña que espera, precisamente este mes, para premiar a la tierra que los parió con detalles por demás extraños.

Sin duda, la máxima expresión de cariño que podemos esperar de esta especie es un rastrillo o una pala ultramodernos. También hay quienes obsequian herramientas de trabajo más pequeñas.

Lo que importa es la novedad, y la pretensión de que con ese utensilio la tierra que se desangró al parirlos dedique menos tiempo a sus labores y perciba el afecto y gratitud que durante todo un año no ha logrado percibir.

La tierra no hace mala cara. Espera lo mejor de sus hijos. Y si eso es lo mejor que pueden dar... No, no es capaz de protestar. Si se atreviera tendría razones de sobra. Los vástagos de rosa, como su nombre lo indica, tienen espinas.

Y cuando las cosas no se hacen como a ellos se les antoja, esas espinas están listas para actuar. Entonces sus palabras de afecto se transforman en indiferencia. Su generosidad en reclamo. Su gratitud en desprecio.

Por fortuna, esta especie, la más prolífica durante los próximos 30 días, es de corta vida. Al multiplicarse las lluvias, sus raíces se marchitan y la tierra descansa en paz.


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