Del 31 al 7 de noviembre de 2004


PERFIL

Lisandro Alfredo Suárez
La voz que hacía llorar

En1940, un poeta migueleño llevó su arte a los más reconocidos escenarios de América Latina. Este carismático escritor y periodista tuvo un historial de éxito sorprendente, una hazaña que ha permanecido en el olvido durante más de medio siglo

Juan Carlos Rivas
vertice@elsalvador.com


Después de la tercera llamada, los escenarios quedaban en penumbra, una débil luz se proyectaba en el centro y -en medio del silencio- aparecía el poeta con su sombrero negro... y con una pausa larga, signo característico de sus actuaciones .

Con un ademán teatral extendía los dedos como queriendo alcanzar o acariciar algo.

En ese instante y con clarísimo acento comenzaba su interpretación: un canto escrito a la sensualidad de la condesa de Saint-Exupery, Consuelo Suncín, su compatriota salvadoreña.

Mientras, la audiencia, en total silencio, imaginaba la escena y el éxtasis invadía el escenario.

Y él empezaba: “Permitidme, condesa, que os anude la liga”. El público seguía callado mientras Lisandro aumentaba la pasión: “Con sus dedos de nácar levantóse la falda/el lazo era rosado con broches de esmeralda/y ante la linda pierna de modelado fino/atreviose lo humilde de mi rendido empeño/me olvidé de la liga/y en el muslo sedeño/ se posaron mis labios con un beso felino.

El artista concluía. La audiencia empezaba con los frenéticos aplausos, los mismos que llegaban cuando se presentaba en el Teatro Clamer de Tegucigalpa, el Teatro Principal de El Salvador, el Teatro León de Nicaragua, el Casino Salvadoreño o los Teatros Nacionales de Suramérica.

Porque Lisandro logró, a través de una estrecha relación entre el verso creado y el verso dicho, llevar la declamación a niveles espectaculares tal como lo demuestran los periódicos de la época.

A sus 25 años gozaba del prestigio y éxito en todas las esferas sociales, declamando como invitado de honor de presidentes y diplomáticos.

Desde la adolescencia, este poeta cosechó el aplauso porque era sencillo, aunque su oratoria era soberbia.
Con el trabajo venían los reconocimientos, como el Premio Juegos Florales Agostinos de 1945, con el poema Jubilosa canción a una tierra triste.

“Con su poesía, reflejo de su personalidad fina, elegante, buscó transmitir su esencia creativa a una sociedad que ya maduraba en sus luchas sociales”, reza un comentario que recibió del jurado en ocasión del premio.

En 1940 y años posteriores, figuras como Miguel Ángel Espino solían comentar su obra en los periódicos: “La expresión admirable que da al verso, sólo en pocos e ilustres recitadores la he encontrado tan alta y pura como en Lisandro Alfredo Suárez”, dijo en cierta ocasión.

Y es que no sólo la capacidad y calidad del poeta creaban un ambiente elevado, los programas que elaboraba comprendían notables obras de Salarrué, Rubén Darío, Manuel Machado o Clemetina Suárez.

“Procuro que estén todas las escuelas poéticas representadas por sus abanderados más ilustres”, comentaba, según refiere una de sus parientes lejanas, Mercedes Suárez.

Lisandro fue uno de los salvadoreños que más éxito ha logrado frente a tan diversos auditorios en los países donde se presentó.

Fue miembro de la Asociación de Periodistas de El Salvador y de la Sociedad de Escritores y Artistas Americanos.
Fungió como Agregado Cultural de El Salvador en España, en 1950, y murió trágicamente a los 36 años en Madrid, en 1951. Sus restos descansan en el Cementerio Los Ilustres. Su obra no ha sido reeditada.


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