Del 24 al 31 de octubre de 2004


Deportaciones gratis
Al filo de la frontera

Un país de tránsito para los que quieren llegar a Estados Unidos, un lugar para hacer cargamentos humanos o una oportunidad laboral para quienes huyen de la pobreza de su país. Así se pinta El Salvador para
decenas de extranjeros que llegan.
La siguiente historia, contada por el nicaragüense Facundo Mendoza, retrata el dilema de trabajar
indocumentado y ser expulsados en cualquier momento

Mirella Cáceres
vertice@elsalvador.com

“‘¡Agarren para su país o se regresan, hijos de p...!’, nos dijeron unos policías hondureños en la frontera El Amatillo, a un grupo de nicaragüenses que deportaron hace unos ocho años.

“Esa noche me fui a dormir a un lugar que le dicen El Sauce, donde una señora que conozco; allí me dieron de cenar y de desayunar, y hasta el pasaje para venirme de vuelta a Pasaquina, donde había dejado a mis hijos y a mi mujer.

“Éramos varios esa vez, así es siempre, juntan diez o 15 en un camión y los dejan al otro lado, en manos de los hondureños. Allí cada quien decide si se regresa a Nicaragua o a El Salvador.

“A mí, si me logran agarrar (otra vez), aunque le llore a la policía lágrimas de sangre y por mis hijos, no me vale, me vuelan para afuera. ¡Ahí si soy tonto me voy para Nicaragua!

“Yo no tengo miedo de que me manden de regreso, conozco todas estas tierras y aunque me saquen me regreso, porque aquí tengo a mi mujer y a mis hijos.

“Mi nombre es Facundo Mendoza y el pueblo de donde vengo se llama Villa Salvadorita, está en el departamento de Chinandega. Pero yo soy leonés... ¡Cabal!, de la tierra de Rubén Darío, allí tengo mi ombligo y mis papeles, todo.

“¿De cómo es que estoy por aquí? La historia de los pobres es dura: mi mujer estaba embarazada de la última niña, las haciendas bananeras fracasaron, allí trabajé de regador, no quedaba nadita de trabajo, anduve pepenando maní, uno por uno. ¡Puta, la vida es dura! En ese entonces le dije a mi mujer: aguantate, que yo me voy, vendí una cama para poder venirme con 50 córdobas.

“Eso fue a finales de 1996, me gustó el ambiente acá... La segunda vez me tiré por Barrancona a salir por El Tablón, y allí me dijeron que en (la hacienda de) los Romano, por El Zope, había trabajo; allí me encontré a unos amigos y empecé a trabajar con el machete, me hizo grandes llagas en las manos.

“A los Romano les cuidaba sus bienes, les miraba a 12 trabajadores que tenían en arrendo.
“Después de un mes de trabajar aquí me fui a dejarles billete a la gente; mi mujer, alegre por eso. Me iba y me venía cada mes o cada dos. Después anduve de corralero y de allí al azar hasta saqué sal en la playa Los Jiotes, allí ya mi mujer me ayudaba porque se había venido también.

“El dinero no nos alcanzaba y decidí traerme a los hijos ilegalmente. Una salvadoreña me los pasó por El Amatillo en un bus... venían descalzos.

“En Nicaragua he sufrido más que aquí. Desde que vine a Pasaquina pago $20 al mes, no me sacan de las posadas como allá. No es porque hable de mi país, pero se dice que está quebrado.

“Cuando agarró el gobierno la Violeta (Chamorro) se normalizaron los servicios y ya había pasada para los países vecinos, así es como yo vine a dar acá, fui de los primeros que vine a El Salvador.

“¿Que si es difícil vivir de ilegal aquí? Pues ya me acostumbré, aunque la falta de papeles (cédula) me tienen abatido, no los he podido recuperar desde la vez que se me mojaron cuando regresaba de trabajar de Santa Rosa de Lima.

“Tendría que ir hasta Chinandega, y ahora que están cerca las votaciones de alcaldes, es imposible sacarlos, así que me volví a venir ilegal...

Sin temores


Yo sé que en cualquier momento nos pueden detectar. Nosotros tenemos una palabra, que es ‘chochada’, y es allí donde nos guachan”.

“Cuando veo a la policía trato de fingir, pero ¿cómo? ¡Jamás! A ellos no los engaña nadie. La vez que me bajaron del bus, cuando venía de Santa Rosa de Lima, dije que era de Pasaquina y que no andaba el DUI porque andaba trabajando. El policía me reconoció, le dije la verdad y me apartó donde había un vergo de nicaragüenses y nos montaron en un bus; estuve en la policía y de allí me tiraron al otro lado, pero me les metí otra vez porque ya me puedo toda esta frontera.

“Sé mi oficio de estructuras metálicas, pero no tengo trabajo fijo, a donde me dicen, voy... A veces gano $80 ó $115 a la semana. Ahorita estoy haciendo estas galladas (pintando tumbas) porque no puedo salir muy largo; sin papeles, la policía me puede agarrar, aunque ande trabajando, ellos no reflexionan que no ando haciendo nada malo, que estoy aquí por trabajar, por ver un beneficio de mis hijos.

“Yo no le doy problemas a la autoridad, sólo que no tengo papeles. Aunque de nada me sirve si sólo nos dan 30 días para andar aquí. Si al vencer ese tiempo no he terminado una puerta o un techo no puedo irme.

A El Salvador. Unos 200 nicaragüenses entran cada día.
 
“Hay patrones que son buena onda y
le ayudan a uno. Así la vamos pasando los nicaragüenses de este lado”

“¡Ah, mire!, aquél es nicaragüense, el que lleva ese saco lleno de basura, está jovencito, antier entró. Aquel otro enguantado también es de allá, los ha contratado la alcaldía (de Pasaquina).

“Ellos vienen de mi pueblo, que también se conoce como Villa 15 de Julio, porque allá no hallan trabajo en las siembras de sorgo, ajonjolí y maní. Y si encuentran ganan $3 en el día, mientras que aquí se hacen el doble o más.
“¿Que si aquí nos tratan bien? Sí. Yo no me siento que me vean de menos, ni cuando me dicen chocho. Mi esposa se enoja, pero yo le digo que en verdad somos chochos, comeyuca somos.

“Pero la gente se acostumbra a vernos y la policía también. La última vez me sentenciaron en el paso de Las Flores, cuando venía de trabajar de El Mozote, me dijeron: ‘si te volvemos a agarrar sin papeles, vas a estar un año preso’.

“Santa Rosa de Lima está lleno. Aquí estuvo lleno un tiempo, pero ahora se han ido para allá porque hay mucha construcción; allá estuviera yo, pero no ando papeles y tengo que viajar, montarme en los buses; imagínese el montón de retenes: San Carlos, El Picacho, La Fabulosa... Yo le he gustado a la vida porque me he portado bien con mis hijos. ¿Qué? ¿Cuándo voy a regresar a Nicaragua? Humm... Quizá nunca”.

No tiene papeles; tampoco miedo

“Yo me llamo Gerónima Montalbán Pazo, soy de Chinandega y tengo 27 años. Vine a El Salvador hace siete años, ilegal, pero traía mi cédula que ahora se me ha perdido. Nunca me han bajado de los buses, nunca me han pedido los papeles ni me han deportado como a mi marido, Facundo, pero sé que me pueden pedir los papeles en algún momento.

“Pero es que en Nicaragua, sacar los papeles cuesta tiempo y dinero. Sólo un pasaporte vale más de $100 y lo dan después de un mes.

“Yo he visto cómo detienen a la gente de mi país y la mandan de regreso, pero yo he tenido suerte. Aquí la policía nos conoce y no nos hace nada porque sabe que no damos problemas, sólo queremos trabajar.

“A mí no me gusta trabajar de doméstica como otras de mi país aunque ganen $60 y hasta $80 cada mes. Ahorita estoy de ayudante en un chalet de la escuela donde me pagan $3 diarios. Ya es algo que ayuda, no me gusta dejarle el gasto de la casa sólo a Facundo.

“Me hace falta estar en mi país, pero a qué voy a regresar, del trabajo aquí hemos podido comprar un solarcito y después vamos a levantar una casita para los hijos; además, ellos no quieren irse, aquí estudian y eso es bueno.
“¿Que si tengo miedo de que me deporten? No, ¡qué voy a tener miedo yo!”

 


Deportaciones gratis
Destino de migrantes

Viaje sin costo. Entre 2003 y lo que va de 2004, El Salvador ha deportado a más de cuatro mil extranjeros.
El trámite es un tanto engorroso, pero ¿cuánto cuesta el viaje de retorno de los indocumentados? Nada

La subcomisionada Alicia Méndez, de la División de Fronteras, dice que el país debería contar con un resguardo especial para indocumentados.
 

Muchos extranjeros tienen un fin que va más allá del turismo cuando atraviesan nuestras fronteras.

Como Facundo y Gerónima, entraron con miras laborales. Hay muchos dispersos en el país, especialmente en la zona oriental. En Pasaquina, La Unión, dicen que es Santa Rosa de Lima donde más trabajadores nicaragüenses indocumentados hay porque —por hoy— allí abunda el trabajo en la construcción.

Pero Pasaquina no se queda atrás. En la unidad de salud, su director dice que cada mes atiende a unos 50 “chochos” por cefaleas, lumbago, espasmos musculares o afectados de las vías respiratorias, quizá porque, como dice el concejal Eleuterio Turcios, desarrollan por su misma necesidad faenas duras como cortar el “guate” del maicillo que expele un fino polvillo que provoca escozor.

Son faenas que, a su juicio y el de otros, ya no quieren realizar los naturales del pueblo porque un 60% de esas familias reciben remesas desde Estados Unidos. Ganar $7 a la semana en las haciendas es una oportunidad que aprovechan chochos, y, a veces, hondureños.

En la misma frontera de El Amatillo, oficiales de migración señalan que a diario pasan unos 200 nicaragüenses. El sargento Ricardo Pérez sostiene que basta verlos con sus matatas para darse cuenta que ingresan con fines laborales. Es por eso que les extienden un permiso de 30 días, un plazo que la mayoría cumple, pero vuelven a entrar. Pérez reconoce que hay muchos puntos ciegos, a lo largo de la frontera con Honduras, que son utilizados para evadir controles migratorios.

Judy Lissete Mendoza es una niña nicaragüense que aquí ha logrado permanecer en la escuela.


“Si la embajada norteamericana no ayudara con esos pasajes el Estado tendría que asumir los costos”.
Alicia Méndez, PNC
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Evitar esos controles o quedarse al margen de la ley en El Salvador no sólo tiene razones de trabajo ni son sólo nicaragüenses los acusados. Por las 12 fronteras y los puntos ciegos que tiene el país, ingresan incontables extranjeros con variados fines.

La jefa de la División de Fronteras de la PNC, Alicia Méndez, dice que “quizá somos un destino de migrantes”, pero que también muchos indocumentados —especialmente suramericanos— ocupan nuestro pequeño territorio como paso fugaz rumbo a EE.UU.; otros, entre ellos un alto porcentaje de mexicanos, “anda en la jugada... tenemos casos que son tratantes y traficantes de personas, vienen a traer niñas de aquí y de Honduras, vienen a hacer carga humana”.

Méndez se apoya en los registros de personas localizadas y deportadas entre el 1 de enero y el 24 de octubre de este año, que suman 2,057, una cifra que ya superó los 2,018 de 2003.

De ese total, la mayoría (el 85%) son guatemaltecos, hondureños y nicaragüenses, quienes, a juicio de Méndez, se les expulsó por trabajar de manera ilegal, no así en el caso de 91 suramericanos cuya presencia estuvo directamente relacionada con un viaje a Estados Unidos, o de muchos de los 163 mexicanos sorprendidos como coyotes.

Otro detalle en las estadísticas que apoya la tesis de Méndez es que un 97% de los detenidos son hombres adultos “en edad productiva”.

Pero esta vida en la ilegalidad o el hacer operaciones ilícitas no está del todo encubierta. Aunque no con la frecuencia que requiere, de un momento a otro la policía realiza operativos en busca de personas que no tienen permisos de residencia. El cabo Reynaldo Flores dice que desde Pasaquina deportan a la semana al menos a dos nicaragüenses u hondureños.

Retorno fácil


Ante esta realidad migratoria ¿qué se hace para controlarla? y ¿quién costea tantos viajes de regreso?
Fuentes de Migración aseguran que no tienen una partida especial para financiar las deportaciones. “Son los consulados de los gobiernos de los ciudadanos los que asumen esos costos, pero en la mayoría de las veces son ellos mismos los que piden que los contacten con sus familiares para que les envíen el boleto”, manifestaron.

La subcomisionada Méndez dice que ellos tampoco tienen un presupuesto para atender a estos ilegales, pero que, igual, les brindan una asistencia básica mientras esperan regresar a sus países.

Agrega que muchos suramericanos detenidos son beneficiados por un programa de financiamiento del gobierno de los EE.UU. para asegurarse que no ingresen hacia su territorio.
Una fuente de la embajada norteamericana en nuestro país confirmó la existencia de este programa pero dijo no estar autorizado para dar nombres, fechas o cifras sobre el mismo.

¿Cuánto gasta El Salvador en materia de deportaciones? “Pues el Estado no incurre en gasto alguno, nada más que en el trabajo operativo que es parte de la administración”, respondió la fuente migratoria.





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