Del 31 al 7 de noviembre de 2004



LA COLUMNA

Mirella Cáceres
vertice@elsalvador.com

Una eterna espera

“Señorita, ya no me pase más pacientes porque tengo que irme ya”, le dijo a su secretaria una doctora contratada para atender a derechohabientes y beneficiarios, en una de las unidades médicas del Seguro Social en esta capital.

Cinco citados para sus respectivos controles médicos o para consultar por sus dolencias habían quedado burlados y, por más que alegaron, no encontraron una clara explicación más allá de las “razones de fuerza mayor” que impedían a la mencionada doctora atenderlos ese día.

No era la primera vez que esto ocurría. En otras ocasiones había dejado plantados a sus pacientes. Pero no era la única; otros médicos que un día juraron cuidar de los enfermos a toda costa, pasaron un compromiso personal a primer plano.

Escabullirse en horas de trabajo para realizar labores ajenas es absolutamente irresponsable. ¿Pero quién los controla? Al parecer, nadie. ¿Quién vela por los derechos de los pacientes? Al parecer, nadie.

¿Quién vela por la calidad de atención médica? Es una buena pregunta. Al interior de los consultorios también se irrespeta el derecho del paciente, no sólo al brindarle un escaso tiempo, sino que además, muchos médicos ni siquiera han aprendido a escucharle.

En una de esas consultas, una embarazada pregunta a su ginecólogo si haber permitido que le pusieran una vacuna antitetánica después de haber sido mordida por un perro podría repercutirle durante la gestación.
El doctor —sin mirar a la paciente preocupada— respondió: “A mí no me venga con ese tipo de consultas, yo no tengo nada que ver con eso, o ¿fui yo quien le recomendó eso? ¿No, verdad?”.

“Doctor, sólo estoy preguntándole porque es usted quien lleva el control de mi embarazo”, replicó ella. Volvió a recibir la misma respuesta, y no hubo más preguntas ni chequeos sobre el estado de preñez de la paciente. Allí terminó la consulta.

La pésima calidad de la atención en muchos casos, y especialmente de quienes la ejercen, es un problema que debe despertar preocupación en nuestro país.

Por eso no me sorprende que un anciano tenga dos años de estar en una lista de espera para que le practiquen una cirugía de vesícula. Dos médicos razonan que aún no encuentran el tipo de operación adecuada para su edad. ¿Se necesitan acaso dos años para deliberar eso?

¿Cuánto tardará para mejorar la calidad y eficiencia de nuestro sistema de salud? ¿Cuándo primará el respeto a los derechos del paciente?


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